lunes, 5 de agosto de 2013

EL estío dilata las horas, sobre todo en la noche. Se expande, como la miel, delirando su caída. Es la hora de las cumbres, de las sinrazones que jalonan la vida. Varios libros encima de la mesa; música de Wagner para infligir en el espíritu una grandeza simulada y carente.  Una oscuridad de trazas luminosas: palabras, ideas, diálogos. 

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El poeta termina advirtiendo que el reino al que pertenece es el de la palabra. No es una evidencia para la mayoría, antes al contrario, algunos ejercen en la cración el dominio del yo sobre el del verbo luminoso. 
Comienza todo por una fabulación de las palabras en la mente y la consciencia del poeta, pues cree este que está nombrando, libando allí donde otros nunca antes lo han hecho. Con el tiempo, el bardo acaba convencido de que fueron otros los que ya nombraron el mundo e, incluso, que el mundo no necesita ser nombrado cuando la palabra (palabra como discurso y cauce total) no es más que yerma melodía. 

Encontrar la armonía entre lo nombrado y cómo se nombra, esa es la virtud del poeta, la tarea imposible y la búsqueda incesante. Todo lo que sucede en plenitud no es verbal, la polifonía es imposible para el verbo, el poeta debe conformarse con la melodía ajustada a la armadura de la belleza. 

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La creación es una comunión con el mundo. Para ello, el creador debe partir del mundo y no desde su lábil y corta identidad. La creación no suge ex nihilo, lo hace al contacto con el mundo. Una experiencia externa que se convoca en las profundidades de lo subjetivo para dar, como respuesta, la creación artística, armonizada, de lo vivido. Vida, idea, contacto, creación se unen en un todo inamovible. Esa es la naturaleza del misterio y por eso mismo es inexplicable la creación literaria desde sus adentros. 
La creación comienza antes del contacto. Para ello es fundamental la experiencia como lector. Solo las lecturas de autores como Platón o Dante o Rilke pueden otorgar un semillero preparatorio para el escritor. La música es la estación total y necesaria, sin el entendimiento de la música el poeta jamás podráser invisible anillo.

El poeta principia su labor con esta premisa; podemos llegar a la conclusión de que la literatura necesita de un estado previo, una previsión estética que vehicule posteriormente todos los estímulos exógenos e internos. Solo la lectura es enseñanza total, pues no solo prepara previamente sino que ayuda a entender la naturaleza del lector. 

La lectura es una escuela del misterio. El poeta debe vislumbrar su naturaleza en la memoria y en la consciencia. En esa visión encontrará el símbolo de lo que debe tañer con su palabra. Luego, la fidelidad a esa verdad que se configura indudable y cuya naturaleza es indescriptible. Solo su presencia es su ser.  El yo vanidoso del hombre debe diluirse en la entera naturaleza de la humanidad.