martes, 18 de agosto de 2015

COMO en los sueños premonitorios parece estar todo predispuesto por el destino: las veces que vayamos a oler una rosa, los finitos latidos del corazón hasta la muerte, el tacto de los cuerpos con un ruido de estrellas y amapolas. Aquí parece haber perdido toda referencia para volverse allí, que no es nada tampoco. Ahora viene siendo un superlativo esfuerzo de la consciencia por atrapar un siempre irresoluto. Quizás la trampa de la lengua reside en los sentidos que cada cual otorga a los términos. Más aún, arrojar tu vida en el agasajo dudoso de esos significados. las ideas provocan fallas éticas en los humanos que creen estar tomando la verdad de los nombres. ¿Hay otra forma de acercarse a la verdad que no sea lingüística? A poco que el hombre contemple, lo entiende así,  la lengua cercena el entendimiento de la realidad. El signo lingüístico es arbitrario en tanto que existen y se ordenan según las lenguas diversas y los hablantes de las mismas. 

Desde los primeros pensadores, las palabras han servido para que los mortales puedan reflexionar sobre sus posibles sentidos y significaciones. Ellas mismas, en sí, en su forma sonora, no son nada, en absoluto. Son únicamente los hombres los que han querido volcar en ellas los posibles sentidos, bien atendiendo a su ético bien a sus distintos usos. Pero este intento es ínfimo en el devenir de los hombres, sea cual sea el significado de las palabras. De este modo, entiendo que en la creación poética debe haber una armonización entre todos los elementos para tratar, al menos, de vislumbrar, sugerir, evocar lo nombrado.  La rosa es la rosa y el mar es el mar en cada matiz, en cada silabeo oculto del escritor y el lector. Cosa distinta es el mar en sí, la cosa en sí. 

El poeta es el que se sitúa en el límite entre el discurso vacuo y el discurso reformulado, entre el arabesco errabundo y la pulsión en el seno de la palabra para lustrarla como nunca. Aun así, los intentos de los escritores y poetas serán destellos en la realidad por siempre.