domingo, 20 de julio de 2008

PARA TI, CREYENTE, LA RELIGIÓN.

Después de leer que la familia de Servet lo atrajo a sus tierras para entregarlo a la Inquisicón con la intención de limpiar la mancha de herejía que se propalaba por ella, considero con firmeza que hay asuntos que se complican a la hora de analizarlos con la adecuada objetividad y la necesaria inteligencia, máxime cuando invaden el espacio de la alcoba. Aplicarles los mecanismos de la razón a estos temas sólo está reservado para un puñado de mentes privilegiadas que encuentran el tono que en todo momento les conviene. Eso ocurre con el tema de la gens hispanica en manos de Jiménez Lozano, es decir, la condición aquella que provoca que en España “la Iglesia aniquile la realidad del Estado y se sacralice como con Carlomagno, no es que el Derecho natural y civil quede subsumido en categorías canónicas y desaparezca en ellas; es que es el Estado el que se constituye en esencia en religioso y sacral. Es la Iglesia la que se ha hecho Estado como la fe se hace carne y sangre, biología casta, españolidad”. Evidentemente, estas palabras de Jiménez Lozano son como un guante que se arrima a la realidad en todos sus ángulos hasta evidenciarlos. Esa españolidad referida en el libro ha sido un elemento divergente para la formación de este país a pesar de que los católicos hayan intentado siempre utilizarlo al contrario, como la sustancia que aglutinó a todos en la ansiada unidad. Claro, lo tienen realmente fácil, “la españolidad o condición de español supone y presupone la fe. No se precisa ninguna adhesión intelectual personal y específica a los dogmas, ni ninguna atención a la ética derivada de ellos”. Desde luego que no se necesita adhesión alguna, o por lo menos, los que profesan o dicen profesar la relgión católica no lo demuestran ni defienden, más bien se sienten pertenecientes a una casta de privilegio que les viene dada por la tradición de un país sumido aún en las mixturas de la Religión y el Estado que de forma tan distinta han solucionado otros países como Francia. Esa creencia llega a ser “no asunto o aventura personal, sino presupuesto político, social y castizo que empapa el universo entero de lo español, lo define y constituye”.
Invito a la refrescante lectura de este libro ya señalado en entradas anteriores, por la frialdad de sus argumentos y por la impecable forma en que está escrito. Un discurso que pretende extenderse por temas que han pertenecido a bandos y concepciones distintas. Desde luego, comparto el capítulo inicial, “Un catolicismo político”, palabra por palabra: “Y es más: el español que abandona su fe católica, no parece que se convierta, como ha venido diciéndose tradicionalmente, en un ateo, sino, más bien, en un anticatólico o ateo militante de talante religioso […] El ateísmo o el agnosticismo han sido posibles en otros universos mentales, mas no han sido tan fáciles en el nuestro”.
Todavía los rescoldos están recientes y avivan, en gran medida, las actitudes de generaciones absorbidas por las estridencias franquistas que siempre fueron bienvenidas por la Iglesia. Estas tribulaciones de orden ideológico están muy cercanas a lo que ocurre en otras sociedades que profesan religiones distintas y que desde aquí tildamos de fundamentalistas y belicosas, pero también es cierto que “ el pensar y actuar al margen de lo religioso ha sido una actitud europea reciente, pero no una actitud hispánica; y cuando aquí aparece, por fin, en torno o después de la Ilustración, no ha sabido o ha sido incapaz de hacerlo de modo pacífico o con expresiones relativamente beligerantes, sino siempre de manera mucho más violenta que en otras partes". Esa situación de inaceptabilidad ( perdón por el polisílabo) de otras formas religiosas o laicas con que se ha vivido y se vive durante siglos en este país ha provocado que se mantenga una lucha abierta contra todo lo que no pertenezca a esa cosmovisión, a saber, islámicos, hebreos, herejes luteranos, ilustrados y ateístas, afrancesados, liberales, masones, etc.
Con estas referencias intento señalar un tema que siempre expongo cuando me encuentro en una conversación con amigos: para que este país comience a funcionar debe separar inmediatamente el Estado de la cuestión religiosa; ya sé que hubo intentos en otras épocas, pero los intentos han quedado remilgados hasta lo que tenemos hoy: ministros que juran su cargo con la mano puesta en la Biblia, asignaturas de religión católica en las escuelas públicas, subvenciones públicas a la Iglesia, invasiones de procesiones por las calles sin ningún derecho durante toda una semana, en definitiva, minucias que pertenecen al grave problema de la conciencia religiosa que anuda los días de este suelo hispánico.
*Ilustración, San Vicente Ferrer curando a un endemoniado. Fragmento de un retablo que se halla en el Museo San Pío V.

jueves, 17 de julio de 2008

MONTÍCULOS EN LA LLANURA

Una cita es como un encuentro con la belleza indescifrable. Necesitas detenerte con más calma, aplicar la contemplación, enfoscarte en la reflexión detenida de sus elementos lingüísticos. Una parada en un universo que nunca atisbaste, en definitiva. Incluso hay novelistas que basan su quehacer apoyándose en las citas, pongo por caso a Vila-Matas, a quien venero desde antiguo.
Una cita es como un montículo inesperado en una llanura, una atalaya que surge de repente entre el boscaje de palabras y sintagmas que desciframos en una novela, un poema o cualquier otro libro. En muchas ocasiones, la justificación de un poemario, el epicentro de toda una novela que cuenta cientos de páginas, la síntesis de un tratado de filosofía se sitúa en un puñado de palabras que nunca fuimos capaces de pensar y escribir hasta ese momento en que las leemos.
Dicho esto cito lo siguiente pensando en mi entrañable compañero Iván: “Aquí se fundará la fenomenología pura o trascendental no como una ciencia de hechos, sino como una ciencia de esencias (como ciencia “eidética”); como una ciencia que quiere llegar exclusivamente a conocimientos esenciales y no fijar, en absoluto, hechos; el pensamiento que se encarna en juicios que van desde la universalidad fáctica (empírica) hasta la universalidad esencial, ésa es la reducción eidética.” Edmun Husserl, Ideas (Relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica), FCE, 1993, Méjico.
*Ilustración, Martin Heidegger hablando con E. Husserl.

miércoles, 16 de julio de 2008

LOS CEMENTERIOS CIVILES

Hacía tiempo que no visitaba a mi amigo Ignacio, el librero de viejo de Los Terceros en Sevilla. Siempre que acudo a sus baldas me encuentro con algún retruécano en forma de rareza o singularidad o desconocimiento. El caso es que andaba en busca de un libro de José Jiménez Lozano, Los cementerios civiles y la heterodoxia española, desde hace bastante tiempo. Estaba publicado en Taurus y en más de una ocasión lo utilicé cuando en la Facultad de Filología los profesores se alejaban de los escritores y las circunstancias que van más allá de 1936 por no sé qué miedo inconfesable o ignorancia acuciante. Siempre me pareció que el libro estaba muy bien escrito y que era un ensayo forjado desde el conocimiento.
Ignacio tenía el libro, pero en una edición novísima de Seix-Barral, que acaba de publicarlo en su colección de ensayos “Los tres mundos”. Durante ese proceso que consiste en espigar por aquí y acullá por las páginas de la nueva presa, me detuve en una anécdota de Larra. Resulta que se cita un artículo de Larra del Día de Ánimas de 1836 en que Mariano José escribe lo siguiente: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. A continuación explica Jiménez Lozano por qué no fue a parar el propio Larra a esa ingente cantidad de cementerios civiles que acogían los cuerpos de los que vivieron al margen de la cuestión religiosa. El cuerpo del suicida, Larra, fue despreciado por sus familiares. El párroco de Santiago, indeciso con el bendito que tenía delante de él, no tuvo más remedio que pedir consejo al vicario general; el vicario le preguntó: “¿Los locos se entierran en sagrado? ¿Sí? Pues los que se suicidan están locos y debe éste ser enterrado también en sagrado”. Esta interpretación sui generis del vicario hizo que por vez primera entrara en territorio santo el cuerpo de un suicida.
He querido subrayar este relato porque el libro se desarrolla precisamente a través de historias, pequeñas historias, que hilvanan toda la mentalidad de una época de confusiones e interpretaciones que por una u otra razón siguen marcando el curso de nuestros días.
Cuando terminé de leerle al librero la anécdota y quizás movido por la calorina que soportábamos allí de pie entre montañas de libros, me lo regaló junto a una sonrisa..."llévatelo","llévatelo". Me lo llevé y aquí lo traigo.

martes, 15 de julio de 2008

MEMORABILIA

"Si la memoria es un trémulo de piano que se desliza incorpóreo por los recuerdos; si los recuerdos son los hilos que sostienen nuestra imagen en el mundo; si el mundo se configura a través de las escurridizas tramas que sustancian al hombre, ¿qué cabe esperar de uno después de tantos años? ¿Qué socavón del olvido es el que nos dejó sin ego?"- moribundo, con la boca ensalivada y colmada de magdalena, pronunció Marcel su última sentencia.

jueves, 10 de julio de 2008

TRAZOS DEL IMAGINARIO

Estaré sin escribir en esta bitácora unos días; me marcho al resguardo de la Sierra de Huelva movido por la invitación de unos amigos entrañables. Sin duda, en las charlas apasionadas que mantendremos surgirán entradas orales que bien merecerán un espacio, al menos, para compartirlo con otros interesados. Iván y M. José son unos buenos conversadores que comparten la imantación por la literatura y la visión poliédrica que ofrecen los libros. Para entonces llevaré conmigo el moleskine y registraré en él, como un notario de la desrutina los acontecimientos que acontezcan en las rúas oxigenadas de Cortegana.

*
Anhelo tanto el silencio, que cuando Juan Antonio se refirió a él al mencionar su lugar de descanso, me estremecí. Hay pocas cosas que me estremezcan: el amor, el silencio y la música. El amor asociado al trasiego de la soledad, es un rescate y una tentación, intimidad y entrega al otro; el silencio como el amparo del lenguaje, de la literatura en sus extremos; la música como el devenir de lo inasible en la mente del hombre a pesar de su filtración por los sentidos.

*
Siempre que acudo a la sierra me inclino por llevar conmigo algún libro de poesía, sin saber por qué motivo la narrativa o el ensayo no me apetecen. En cualquier caso a lo mejor estamos ante unas condiciones que el topos predispone para el alma, quizás el espacio determina la intervención del tiempo, o a la inversa. Bachelard intuyó algo parecido al calor del psicoanálisis y escribió La Poética del espacio. Sea cual sea la tentación, recuerdo a Claudio Rodríguez merodeando por el campo cuando era un zagal y recitando de memoria El don de la ebriedad; me acuerdo de Horacio, de fray Luis, de Garcilaso, de Neruda o Miguel Hernández, entre muchos. También espero encontrarme a Nabokov cazando mariposas o a Horacio Quiroga asentado a la intemperie dialogando con una anaconda gigante. Nada más lejos de la realidad, nada más cerca. Cosas del imaginario, posibilidades de la ficción. ¿Qué sería de mí sin estas disquisiciones?

martes, 8 de julio de 2008

SONATA DE OTOÑO EN VERANO

En este arrebato noventayochista que viene del invierno acabo de terminar Sonata de otoño (1902), de Valle-Inclán. Es ésta la sonata que abre el ciclo de las “Memorias del Marqués de Bradomín”, feo, católico y sentimental tal y como don Ramón María quiso que naciera. No volveré sobre el asunto de las novelas de 1902 ni a mencionar a Azorín, Baroja y Unamuno.
De todas las obras que llevo leídas de estos próceres de la regeneración no puedo señalar ninguna como la que sobrevuele por encima de ellas, es decir, todas me parecen obras de una calidad literaria inmensa, en la que la personalidad de cada cual funcionó a la hora de escribir. Sin embargo, el caso de la prosa de Valle-Inclán es un evento de tal calibre que no se debe dejar a un lado. Volveré a él cuando me disponga a terminar con esta reseña.
En estas sonatas algunos han visto (y yo mismo me sumo) una parodia de todos los tópicos de la época decadentista y modernista, de las actitudes que se aglutinaron en la época finisecular. En este aspecto, el juego de sensaciones dispares es descomunal y acrecienta la sensación irónica y socarrona del autor. El Marqués de Bradomín recibe una carta de Concha en la que ésta le relata sus ansias sexuales y sensuales que necesita soliviantar. Toda vez que se reúnen en el Palacio de Brandeso, Concha le dice al marqués que se encuentra enferma, en estado terminal. Todo ello bajo los velos de los decires mísiticos y religosos empadaos de retórica sexual.
La estructura circular del libro, porque empieza como termina, hace que sea la forma en la que está escrito el libro el aliento que guía sus páginas. Esto lo consigue Vallé-Inclán a la perfección, al igual que lo hizo García Márquez con Crónica de una muerte anunciada, por ejemplo. Páginas que se completan con el palacio dieciochesco, los jardines atosigantes y versallescos de las fincas gallegas, los sirvientes de nombres rimbombantes (Brión, Frisole…) e incluso un personaje como Juan Manuel de Montenegro que aparecerá de nuevo en las Comedias Bárbaras y como secundario en La Guerra Carlista.
Concha recopila todas las contradicciones que deviene de la mujer prerafelista por un lado, y de la sensualidad exacerbada por otro. Siempre se la describe como una mujer “monacal”, vestida de blanco “cartujano”, que rezuma todos los perfumes posibles de la naturaleza -en muchas ocasiones se le atribuye propiedades de las plantas, se zoomorfiza al extremo-. Está a punto de morir, pero siempre dispuesta a mantener relaciones sexuales con el vetusto Marqués; se encuentra en estado de aspiraciones místicas, pero rememorando gozosa las tardes de cama y las aventuras con otros hombres.
La obra se enlaza a través de secuencias de corto alcance, y fue esta de otoño la primera que se publicó en forma de libro; también es la que ciertos críticos consideran la que ofrece de la mejor manera las cualidades de este proyecto finisecular de Vallé-Inclán.
He dejado para lo último, sumado a los mil detalles y comentarios que se dejan en el cuaderno, el festín de la prosa del autor. Si bien es cierto que esta no es la mejor prosa de Vallé-Inclán, prefiero Tirano Banderas o cualquier acotación de sus obras de teatro o sus obras de corte teórico, etc. se convierte en un proceso acelerado de aprendizaje abrir cualquier página de este escritor: “el sudario ceniciento de la llovizna, un blanco de harina, barba senatorial y augusta, la luenga cola de su ropón monacal, azul heráldico, ojos de topacio, lloré como un Dios antiguo al extinguirse su culto,etc.”; A. Alonso nos avisó de la singular plasticidad de esta prosa que siempre busca las eufonías, las comparaciones, las metáforas, la búsqueda incesante de imágenes nunca vistas ni asociadas, en definitiva, un maestro de la lengua que es un maestro de la literatura. No siempre ocurre esta conexión ni siempre se dan los vínculos necesarios para que una obra anclada en la fría y nubosa Galicia pueda leerse sin remiendos actuales ni aparatos filológicos.
Ya sólo me queda Amor y pedagogía, de Unamuno, ¿por qué será que todas estas novelas son más bien novelas cortas o nivolas?

lunes, 7 de julio de 2008

HOY SÓLO QUIERO SER YO

Me traigo de la playa -junto a la brisa, las pisadas de las gaviotas y los cueros al descubierto- un par de libros. Seguí la costumbre de siempre, leer el primer párrafo o, en su caso, la primera secuencia. Pessoa nunca defrauda las expectativas que se proyectan cuando abrigo cualesquiera de sus libros, en todo caso las supera, las revuelve y enloquece.
Por su parte, he descubierto que Robert Walser ya practicaba un ejercicio muy similar a este de las bitácoras; así lo demuestra la publicación de un tercer volumen de escritos en prosa que evidencian que la genialidad no entiende de extensión, que la brillantez sólo es una sombra encubierta que hay que alumbrar no importa con cuántas palabras. Una bitácora desordenada, pero con la fuerza de las grandes obras.

*

Dejé para el verano la lectura de dos o tres obras de filosofía porque pensaba que el apaciguamiento de los días sin clase, que las tribulaciones estivales me otorgarían muchas posibilidades en el tiempo. Nada más lejos. Cuando la cuestión es leer hay que hacerlo como si el mundo se fuera a terminar mañana, no se puede esperar el momento ni el espacio oportunos.
Antes al contrario, principié la lectura de la Metafísica de Aristóteles con la mirada puesta en el segundo volumen de Carlos Morla Lynch publicado en Renacimiento, España sufre, Madrid en guerra, con prólogo de Andrés Trapiello. Aristóteles desvencijando todos los andamiajes que socavan mi cabeza; Morla dejando al descubierto, con la franqueza de los testigos, la realidad de unos años decisivos.

*

Una sorpresa mayúscula fue el libro de Robert Walser, Escrito a lápiz, Microgramos III (1925-1932), publicado en Siruela. Contiene este volumen giros extrañísimos, pero no por ellos menos hermosos y desconcertantes: “Mi pasado refulge en conjunto como un impoluto cubierto de plata. Su intangiblidad es casi inconcebible”. Qué espectáculo más grandioso son los libros de Walser, todavía recuerdo Jakob von Gunten sermoneando a los profesores o recriminando a sus compañeros todo tipo de comportamiento, qué ángulo inhabitado por escritores el que ofrece Walser.
Si uno observa la caligrafía con la que Walser escribió estas prosas en tantos folios, puede llegar a pensar que se trata de un escritor con paciencia flamenca; su prosa entonces sería como ese pincel finísimo que en Flandes penetraba hasta las costillas de los cristos.

*
Gadir ha publicado un nuevo libro de Pessoa, Diarios: “El artista debe ser hermoso y elegante, porque quien admira la belleza no debe carecer de ella. Y, sin duda, causa un dolor terrible al artista no encontrar en sí mismo nada de lo que busca tan trabajosamente”. Con estas palabras de inicio, siente uno la tentación de abandonar la belleza de su prosa y de su pensamiento ya que debilita al máximo mis capacidades. Él crea belleza hablando de la belleza y con belleza; me conformo con contemplarla, en prospección etimológica.
Aunque hay un dato que me ofrece cierta esperanza, cierta sensación que solivianta mis paseos por estas páginas tan bien editadas. Resulta que el día dieciséis de marzo de 1906 Pessoa leía el Organon, de Aristóteles, y entre ese corpus cita expresamente la Lógica y la Metafísica, los libros que me acompañan en estos días junto al suyo. Cierta euforia repentina se apoderó de mí, incluso me llevó a sentimientos altivos. Una vez más él tenía mejores palabras para describir toda esta república de vanidades, escribió el veintiuno de noviembre de 1914: “Hoy, al tomar de una vez por todas la decisión de ser Yo y vivir a la altura de mí mismo, y, por esto, despreciar la idea de la llamada, de la plebeya socialización, del Interseccionismo, alcancé otra vez, súbitamente, al volver de mi viaje de impresiones por los otros, la posesión plena de mi Genio y mi Misión. Hoy sólo me quiero tal y como mi carácter innato quiere que sea.”

viernes, 4 de julio de 2008

CONCIERTO ARMÓNICO

¿No estaremos enredados entre las garras de nuestras acciones? ¿No delimitan ellas gran parte de los que somos? Ahora, cuando el tiempo se dilata entre granos de calorina, sentimos que nuestras vidas se expanden con ellas, en sus entresijos. Dice Paul Valéry: “Lo que llamamos Tiempo es una noción tan tosca y confusa como lo era la de Fuerza antes de la dinámica. Llamábamos Fuerza, en general, a lo que se analizó finalmente como esfuerzo, fuerza, trabajo, intensidad, fuerza viva, potencia, aceleración, etc.
Una discriminación de este tipo debe ser preliminar a toda filosofía o metafísica del tiempo
” (Cuadernos 1894-1945, Galaxia/Gutenberg).

*

En el Alcázar, todos los veranos, el tiempo se detiene y se diluye entre muecas ajardinadas. Cuando los conciertos comienzan a templar la noche, los instrumentos de otros tiempos mueven al espíritu a latitudes desconocidas para la naturaleza humana. Tomo la costumbre de que me aten a la silla, como un pasajero junto a Ulises, para refrenar mi entusiasmo. Los armónicos tomaron la noche; la noche se preñó de belleza; acaso la belleza irradió la eternidad por unos momentos.
*


Siempre que vuelvo al Alcázar recuerdo la figura del palaciego Joaquín Romero Murube. Hay una escena, sobre la que volveré muy pronto, que une a Romero Murube y a Miguel Hernández cuando éste estaba en camino de la desesperación antes de ser encarcelado y de que la muerte levantara en él su vuelo. El caso es que Hernández fue a visitar a Romero Murube al Alcázar en busca de refugio cuando, con toda la mala suerte del mundo, por la otra puerta entraba Franco.
Rescato ahora un romance de Romero Murube, Romance del Jardín. Pertenece al libro titulado Siete Romances, publicado en 1937, una fecha harto significativa no sólo por las circunstancias que corroía el devenir de nuestra historia, sino porque Romero Murube dedicó el libro a Federico García Lorca, ya muerto meses antes. La cita reza así: " ¡A ti , en Vizna, cerca de la fuente grande, hecho ya de tierra y rumor de agua eterna y oculta!" Qué dedicatoria tan emotiva de un poeta a otro.

No es la fuente cuando corre
con cielos de musgo y plata,
ni la brisa entre las hojas
ni las aves cuando cantan.

No es la luz quebrada en oros
por el encaje de ramas
sobre la siesta profunda
del arrayán y la malva.

Es algo que está en la frente
o que por los labios pasa
otorgándonos la dulce
presencia de la esperanza.

Son oros desvanecidos
sobre yedras de murallas
con un tibio olor difuso
de soledades y savias.

...Es el jardín hecho tacto
sobre los pulsos del alma
cuando la luz de la tarde
brilla, ya muerta, en el agua.

miércoles, 2 de julio de 2008

UNA NOCHE PREÑADA DE AURORA. CAMINO DE PERFECCIÓN.

“Una noche preñada de aurora”, dice Fernando Ossorio en mitad de la secuencia cuarenta y tres. Rápidamente anoté en las páginas traseras del libro esta sentencia, me parecía idónea para titular una entrada referida al libro de Baroja que estaba leyendo. Idónea porque todo lo que se esconde en la cabeza de Ossorio permanece como una noche que restalla de pronto en un diálogo con otros personajes dejando a la luz sus evidentes inquietudes, su aurora escondida.
Terminé el camino, Camino de perfección (Pasión mística), de Pío Baroja. Mucho se ha hablado ya, y en esta bitácora también, del inicio de una nueva forma de hacer novelas a partir de 1902, año de la publicación de La Voluntad, de Azorín, Amor y pedagogía, de Unamuno, Sonata de otoño, de Valle-Inclán y la obra de marras, Camino de perfección (Pasión mística), de Baroja.
Demasiadas son las conexiones entre la obra de Azorín y la de Baroja, sobre todo en el desarrollo de la trama y de la evolución anímica de los protagonistas. Esta íntima relación la estableció magníficamente José Carlos Mainer en La Edad de Plata y a ella remito para quienes degusten percibir con nitidez y curiosidad esas arterias que conectan una y otra obra. Sin ánimo de ser exhaustivo, sino de compartir lo más destacado de mi lectura, debo decir primeramente que la obra de Baroja me ha gustado y además me ha llevado a levantar más de una carcajada en no pocos pasajes.
Este libro es el tercero de una trilogía titulada La vida fantástica, los otros dos son Aventuras, inventos y mistificaciones de Silvestre Paradox y Paradox, rey, a pesar de que las historias son absolutamente independientes.
El libro está dividido en sesenta secuencias. Desde el inicio, Fernando Osorio se muestra como un hombre puramente del 98, esto es, un desenfadado de la vida, alter ego de don Pío, un inconformista que se debate a diario entre los preceptos que impone la sociedad burguesa y los que bullen por sus adentros. Por ello el título prefigura muy bien lo que ocurrirá en las páginas siguientes, ya que para escapar de esa sumisión a la que está sometido su espíritu decide viajar, refugiarse en el fluir de los días. Sin embargo, nunca dejan de asomarse por la vida de Ossorio las pasiones carnales, bien en las carnes de su tía Laura, bien en las de sus propias primas. No en vano termina casado con una prima lejana, Dolores.
En este camino me resulta fundamental el encuentro que tiene con Schultze, un alemán con el que dialoga sobre los puntos clave de su vida; estos diálogos están impregnados de toda la filosofía de Nietzsche y en estos diálogos se enjuaga gran parte del porvenir de Ossorio. Son ellos un reflejo de las preocupaciones que palpitan en el interior del personaje y de una demostración a las claras del combinado terapéutico que poseen los diálogos en esta obra en concreto. Si debiera decir lo más altivo y sensato de esta obra subrayaría los diálogos: magníficos, cervantinos, profundos, inevitables para esta obra.
La referencia a la Religión como la “gran mentira” y a los curas como gañanes y tremebundos son constantes, y en ocasiones de cierta jocosidad. Recuerdo el episodio con un escolapio joven que intenta catequizarle; los diálogos no tienen desperdicio alguno. De las monjas dirá literalmente el personaje: “Sí, son casi todas zafias y sin educación alguna…”.
Es un doble viaje el que realiza el protagnista, un viaje físico que lo lleva de Yecla a Toledo, para terminar en Barcelona; y un viaje espiritual, interior. Aunque también es verdad que el subtítulo de la obra, “Pasión mística”, obedece a intenciones paródicas y más o menos laicas. La pasión mística no es tal pasión más que el enfrentamiento entre los placeres mundanos y sus aspiraciones de pequeño filósofo alicaído.
La obra se va leyendo como si fuésemos en una carreta; unos tramos están perfectamente trazados en el camino, otros se dejan llevar por el descuido y la imprecisión. Hay un uso muy particular de la puntuación, sobre todo del punto y coma, y un manejo de los párrafos que no deja de ser sorprendente. Incluido el uso dativo del pronombre "se" en una oración de este calibre: "Ossorio se desayunaba". Todo lo contrario a Azorín cuya escritura se diluye en la perfección arquitectónica de la lengua. No por ello la obra, y me extiendo al cómputo de su novelística, deja de estar bien escrita, o por lo menos bajo el hechizo de un estilo personal, que no es poco. Se ha escapado algún que otro laísmo (que para una edición de 2004 me resulta significativo) y se ha colado alguna que otra errata en esta edición de Alianza que he manejado.
Nada de importancia frente a la magnitud de una obra que me ha hecho disfrutar y entender aún más el germen de una generación, del 98, (llamémosla así, pardiez) y de una forma nueva de hacer literatura alejada de naturalismos innecesarios y de realismos moralistas.

martes, 1 de julio de 2008

VERANIEGAS

Hay estampas que son perpetuas en la memoria, que están abigarradas en un lugar de privilegio y que sostienen buena parte de nuestro recordatorio. Si no fuera por ellas, los recuerdos vendrían a ser olas fugitivas que restallan sobre la rocosidad del presente.
Ciertos olores enroscados en el olfato visionario de la ficción, la mano comprimida y enjuta de una abuela, los colores del prodigio sanluqueño de la Desembocadura. Sensaciones que de continuo percuten cada verano sobre mis entendederas para despertarme de un letargo demasiado arrimado a la mecánica alquitranada de los días.
De entre ellos, y cuando deje de escribir estas líneas, voy a fijar mi atención en uno de ellos y que coincide con la arena solitaria de la playa a una hora muy temprana; cuando levanta la muerte el vuelo, cuando madruga la madrugada. Sobre esa arena templada y fría de la mañana, corríamos los niños con la fuerza proteica de la infancia dejando huellas que se borraban al momento, por el paso de los otros. La llanura era interminable y nos pensábamos ligeros como el viento.
Esta mañana fui a la playa, temprano, cuando el Coto de Doñana despierta aún de su melancólica verdura de amanecida y comencé a correr como nunca. De repente me sentí acompañado por otros niños, por otros olores, por la mano enjuta de una abuela. Mis pasos perdidos seguían sobre la arena. Pude ver cómo el viento los borraba sin compasión. Ahora esos recuerdos necesitaba dejarlos por escrito como antes en la arena anónima de una playa. La escritura me ha dado, y ahora lo reconozco, el espacio reconocible de mi persona.

*


J.M. Caballero Bonald dejó escrito en Tiempo de guerras perdidas (La novela de la memoria,I) “Las fronteras de la infancia suelen coincidir con las del verano”. En mi caso el tino es perfecto, los niños que han crecido con la playa a su vera la han engullido con sus días. Al final, somos pequeños seres marítimos con branquias de hormigón y placton urbano.
*
Ahora las algas quieren despertar los instintos subalternos de estas semblanzas. Donarle a la memoria una encendida mecha verde para detonar los estados infantiles que rozaban con la épica. Poco a poco voy entendiéndolo. Los olvidos nos delimitan ante el mundo y ante nosotros mismos; los recuerdos nos arrojan a la miseria incapaz de suscitar nada más que acercamientos. Ah, quizás en el acercamiento resida el espacio para la escritura.

sábado, 28 de junio de 2008

LA "BIBI"BLIOTECA

El cansancio es como una verdina que se incrusta insonora y que casi nos deja inmortales. Por el cansancio, hace ahora un año, no pude contemplar cómo transportaban por las aguas del gran canal veneciano el puente que Santiago Calatrava había diseñado. Menos mal que en Venecia los prodigios acontecen a diario, sin tiempo, en plena amanecida.
Veo en la prensa que en Jerusalén han colocado otro de esos puentes atirantados y geométricos que parecen surgidos de una imposibilidad física. Tantas toneladas en equilibrio, tantas mediciones en el aire. Y eso parece que le ocurre ahora al país, que se encuentra en un estado gaseoso en que las cosas no se llaman por sus nombres, en que los asuntos que se colocan en el observatorio bien merecen una mueca malévola de indignación.
No es justo, en un sentido amplio de justicia, cuasi filosófico, que una señorita se haya convertido en Ministra de Igualdad, que se le haya creado un ministerio nuevo y que además quiera compartir con el resto de los ciudadanos su supina ignorancia, su paupérrima dialéctica y sus modales de niña de feria vestida de gala. No es la primera ministra que me lleva al bochorno, ya se encargaron la difunta Loyola de Palacio y Carmen Calvo de advertirnos que el puesto costaba poco. Sin embargo, la pedantería enquistada de Bibiana no hace más que conducirme al cansancio primero que comenzó estas líneas.
Bibiana Aído ha demostrado en público que su aprecio y defensa de la lengua española parte del desconocimiento absoluto, de la ignorancia alquitranada que conduce a la sinrazón. Pero además, últimamente, se atreve con ponencias inyectadas de una moralina que ya me suena a fundamentalismo soviético y perdición de las almas. Es decir, resulta que los disparates son ahora de orden antropológico, ya que sin darnos cuenta nos hemos convertido en un batallón del etnocentrismo. Obviamente, esta muchacha creo que no sabe qué es el etnocentrismo, qué es la lengua española y qué es una biblioteca; es más, pienso que si realmente supiera medir el valor que poseen las bibliotecas, jamás hubiera lanzado propuestas como las que ha manifestado. Me gustó el desplante socarrón de César Antonio Molina y la aclaración que dejó a la galería.
Si existe un espacio en que conviven todas las lenguas posibles para la escritura; si existe un espacio en que confluye la diversidad de criterios, las interpretaciones de las culturas; si existe un lugar de privilegio en que se nutre la formación de las mentalidades, ése es una biblioteca. Y una biblioteca sesgada, utilizada con finalidades políticas de cualquier orden, deja de manifestar la libertad de espíritu que la inteligencia otorga.

viernes, 27 de junio de 2008

¡VEN A MÍ, OH, LENTA MANERA!

Más allá de apreciaciones académicas y de juicios personales, hay citas que parecen surgidas para el grueso de los humanos. Llevo algún tiempo leyendo de forma aséptica, sin dejarme llevar por efusiones estilísticas. Cada vez creo más, con Kafka, en la obra literaria escrita con la sencillez de las ramas, pero con la profundidad del universo. Me empachan igualmente las tendencias grupales y contemporáneas, tan empecinadas en ofrecer lo moderno y lo nuevo, pero tan pelonas de lecturas. Al poco que uno lee cualquier obra clásica -la que nunca terminar de decir lo que tiene que decir- se da cuenta de que la novedad, en ocasiones, se asemeja a un chubasco pasajero; ni es agua ni nube, ni paisaje ni esencia, sino una encrucijada involuntaria de los elementos. La diferencia está en que los elementos en literatura han dejado de ser la palabra y el ingenio para convertirse en editoriales y mercado.

*


A más de un poeta nonato y prosista pubertino, le conviene repensar estas palabras de Nietzsche en el prólogo de Aurora: “No en vano se es o se ha sido filólogo. Filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente… Ese arte enseña a leer bien, es decir, despacio, con profundidad, con cuidado, con atención, y con intención, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados”.
Mis dedos son toscos aún; mis ojos, demasiado miopes. Si en la lentitud anida la lectura profunda, dejaré de leer por unos días para ver si calmo y sosiego esta necesidad fieramente cotidiana.

miércoles, 25 de junio de 2008

DESDE LA VENTANA, LAS PARALELAS.

Como un funambulista, me arrojo a escribir sin fines determinados. Escorando la mirada hacia los laterales, ausentes de red, me dispongo a cruzar la cuerda floja que sostiene buena parte de los días, buena parte de los entresijos que manifiestan su descontento con cada amanecida. Me acompañan las rarezas que la mirada desprende cuando se posa en lo circundante, cuando se desvencija la disposición del mundo. El mundo, entonces, es un claustro humedecido, rodeado de columnas, un trazado que equivale a sentirse en una membrana acuosa. El mundo, entonces, es una laguna poseída por la quietud de lo insólito.
Beso en los labios, y el mundo cambia.

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Esta mañana he abierto un libro en la estación, momentos antes de que llegara el tren. El caso es que me encontraba terminando un paŕrafo crucial para entender la obra de Baroja en la que estoy imbuido. Entonces decido lo que nunca antes había decidido, y sigo leyendo, con una sonrisa cruzándome los labios; y no sólo culmino el párrafo sino que termino el capítulo y casi el libro.
El tren ya se ha ido cargado de ruido y de vidas paralelas. Me ha dado igual que se marchara y que yo no fuera en él como es costumbre. Algunos me han mirado desde la ventana extrañados por la decisión y me invade un estupor de satisfacción y de tiempo perdido. Es esto lo que debiera hacer cada mañana.

lunes, 23 de junio de 2008

UNA MANERA DE ENTENDER.

La bitácora me ha traído nuevas costumbres que me invaden a diario: la necesidad de escribir en unas dimensiones más o menos establecidas, los temas con los que puedo abordar una entrada, las imágenes que selecciono para cada una de ellas, las referencias a compañeros, amigos o comentaristas virtuales, etc., todo ello, además de los elementos que ni siquiera detecto, me reconforta cada vez más.
Una de las manías que se ha enquistado con más profundidad es abrir un libro al azar, por una página cualquiera, con la intención de glosarla y pensarla. Prefiero este mecanismo hermenéutico a la reseña de un volumen completo, porque con ello me demuestra la literatura (o la filosofía, la historia…) que cada página, cada línea, puede volver a pensarse, volver a escribirse de manera distinta. Por este motivo, ya no sólo recurro al comentario con el lápiz en los márgenes de la página o al subrayado con el bicolor de aquellos párrafos de arquitectura versallesca, sino que recojo en la memoria, precipito sobre el moleskine o resguardo con el separador de páginas las letras que van a sufrir una metamorfosis bajo mi atención, la de quien espera el milagro de encontrar el ritmo oculto de la literatura.

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Hay poetas que encierran el misterio en sí de la poesía, filósofos que auguraron la esencia de las ideas, escritores que dibujaron el mercado de las entrañas, como Cervantes. Hólderlin es, sin duda, uno de esos vates que al ser leídos insuflan una sobredosis de extrañeza que personalmente equiparo con la poesía como axioma liminar de los elementos. No en vano, podemos leer los Ensayos, de Hölderlin, (Hiperión, Madrid, 2008), traducidos, presentados y anotados por uno de los grandes filósofos de esta península, Felipe Martínez Marzoa. Lo recomiendo por entero para los que hayan catado sus versos previamente. En la página 171 dice Hölderlin: “Temor ante la verdad, a partir de ahí el placer en ella. En efecto, la primera captación viviente de ella en el sentido viviente está, expuesta a confusiones; de modo que uno no yerra por culpa propia, ni por una perturbación, sino por causa del objeto superior, para el cual, relativamente, el sentido es demasiado débil.” ¿Será esa verdad la de la poesía, ese turbamiento la excitación de escribir versos? ¿No es por ello el mezquino idioma, el círculo de hierro de la palabra esa debilidad del sentido?
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¿No se nos escapa en la mirada demasiada verdad?

sábado, 21 de junio de 2008

EL RÍO

Todavía no han llegado a entender los políticos que a la problemática ambiental que sostiene y enmarca una ciudad se le debe tener el respeto que se merecen los ciudadanos. Quiero decir, claramente, que el problema del río no es un problema que sólo afecte al río, en sí, como un ente externo a nosotros, sino que si la alcaldesa y su equipo de gobierno no lo atajan como es debido, atentan contra los derechos de los conciudadanos. Es decir, parece que están desatendiendo las maneras afangadas del río en beneficio del silencio que conviene a la Junta de Andalucía por las siglas comunes. Es una forma de despreciar a los ciudadanos de una ciudad, y a sus allegados que se cuentan por miles, por el mero hecho de no levantar otro escándalo a esta comunidad andaluza de trasiegos socialistas. Y comienza uno a cansarse de tanto beneficio personal en las alcaldías. No sé dónde reside la solución, pero desde luego la política local se ha convertido en un erial de seguidores acérrimos a un partido que consigue su puesto de trabajo sin demostrar nada nunca a nadie. Sólo que sigue, con anteojeras, el dictado unidireccional del partido de turno.
He comenzado hablando del problema del río porque llevo varias semanas resistiéndome a abordar la chocolatería que desemboca en el Guadalquivir. No en vano, no es la primera catástrofe que sufre el río de las conquistas americanas. Si mantuviésemos y se les diera el espacio que se merecen a los ecologistas, estos nos explicarían con pelos y señales las miles de tretas e irregularidades que se proyectan en él. Pero la desinformación es absoluta, tal y como acostumbran cuando no conviene que el problema salga a flote y se convierta en “vox populi”.
Sólo hacen referencia a los análisis que se realizan en el río y de la salubridad del agua. Pero el hábito hace al monje, valiéndome de un refrán manipulado, y las aguas no se muestran con la claridad que cualquier bañanista requiere. Esta circunstancia hace que muchos veraneantes, ya atosigados por la maldita subida del petróleo, hayan decidido cambiar de lugar de vacaciones. Esto para el sector de la hostelería y del comercio es una catástrofe que deviene de otra. No me imagino, miren por dónde, que estas cosas ocurran en otras comunidades, y pongo por caso a Cataluña. Sería impensable que el río mayor de esa comunidad sufriera los desmanes y los vertidos y el maltrato que aquí recibe el Guadalquivir. Si eso llegara a ocurrir, en el Congreso ya estarían buscando una partida de presupuestos.
El río es un bien natural que convive con el hombre y debe éste saber respetarlo y aprovecharse de sus cualidades. Sin embargo, se está convirtiendo en un fiel reflejo del devenir de las políticas locales de este país, esto es, un curso repleto de fangos que viene de no se sabe dónde, aunque todos lo imaginemos.

viernes, 20 de junio de 2008

DIME LO TUYO, SERÉ YO.

Tenía preparadas unas líneas sobre Camino de perfección, de Pío Baroja. Sin embargo, a pesar de que me está alegrando la lectura de esta "pasión mística", -así se subtitula con ironía barojiana en efervescencia-, tras algunos pasajes, me he detenido en dos preguntas que me traen distraído: "¿Qué es un hombre sin el concepto de humanidad? ¿Qué es un libro (novela, poesía, teatro...) sin el concepto de literatura? ¿Existiría la literatura si solo hubiera un libro literario, uno solo; o ni siquiera haría falta éste para crear el concepto? Me ocurre lo mismo con los hombres, ¿haría un solo hombre a la humanidad o necesitan esos arquetipos de la experiencia para convertirse en eternos?
Mientras tanto sigo con Baroja, con Fernando Ossorio y con Schultze, que conduce a Ossorio por los caminos nietzschenianos de la perfección.

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En muchas ocasiones he pensado en ese Libro de la risa que supuestamente escribió Aristóteles, según Umberto Eco en El nombre de la rosa; ahora bien, ¿puede llevar la invención puramente ficcional ha crearnos realidades que pasen por reales? Creo, sinceramente, que ése es el camino único de la literatura que mejor frutos ha dado y que, al menos, se mezcla con la experiencia empírica. ¿No tiene en los sueños lo que pasó, lo que nunca pasó y lo que inventamos la misma naturaleza para la memoria? ¿Qué somos sin ella?

jueves, 19 de junio de 2008

ESTA NOCHE, LA NOCHE.

No siempre está conforme uno con lo que escribe o reflexiona. La mayoría de las veces, cuando vuelvo sobre un tema ya recorrido o apenas tanteado, se me vienen a la cabeza miles de enmiendas, retoques, cambios. Es el caso de unas anotaciones que había escrito el 17 de junio de 2008. Creo que iba en el tren leyendo a Hölderlin y de repente escribí: “Si escribo `noche´, ¿recojo con esa palabra las cualidades de la`noche´ o sólo las de la noche concreta que miro aterido? Pero, ¿no posee, en efecto, la noche, esta noche, la misma que la noche? ¿Qué registro entonces con esa palabra?”. Al leerlo ahora, me digo que la verdad puede decirse de formas distintas y que por eso la noche es siempre la misma noche, al igual que nosotros somos los mismos y otros al tiempo de un yo. ¿Quién era Pessoa y quién Bernardo Soares o quién Ricardo Reis, etc.?

lunes, 16 de junio de 2008

TRES NOTAS EN LA NOCHE

Al final del día conviene un repaso, parada y fonda. Por eso hace unos momentos me he decidido por los Diarios, de Kafka. En ellos leo lo siguiente: “Una de las ventajas de llevar un diario consiste en que uno cobra consciencia, con una claridad tranquilizadora, de las transformaciones a que está sometido incisamente, en la que uno, en general, cree, por supuesto, y que intuye y admite, pero que niega de forma inconsciente cada vez que lo que importa es obtener, al admitirlas esperanza o tranquilidad. […] Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido, de haber mirado a su alrededor y de haber anotado observaciones […]”. Esto lo escribe Kafka el sábado 23 de diciembre de 1911. ¡Qué enseñanza!, el diario como constatación de haber vivido, como registro perenne de la filtración de la realidad en los sentidos y el alma. Entonces, Franz, ¿es tu diario el único testimonio de tu vida?¿Se cifra en él lo que elegiste de lo que circundaba tu realidad? Si es así, cuando te leo siento que soy otro, un tal Franz Kafka que escribe en su diario para escoger, entre el movimiento perpetuo, las palabras quietas como soles disecados, con luz, pero muertas; con brillo, a pesar de su suicidio.

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Tal es la tarea, interminable. Por eso Heidegger aviva a pensar: “El hombre puede pensar en tanto en cuanto tiene la posibilidad de ello. Ahora bien, esta posibilidad aún no nos garantiza que seamos capaces de tal cosa". Qué prudencia poseen estas palabras, qué clemencia para con el hombre. Aun esperanzado, Heidegger tiene una fe enorme puesta en el hombre. Llega a decir: “Porque el hombre es el ser viviente racional. Pero la razón, la ratio, se despliega en el pensar. Como ser viviente racional, el hombre tiene que poder pensar cuando quiera. Pero tal vez el hombre quiere pensar y no puede. En última instancia, con este quieres pensar el hombre quiere demasiado y por ello puede demasiado poco”.
Está en lo cierto Heidegger si apuesta por la insuficiencia del pensar del hombre como el único instrumento capaz de escudriñar la realidad, pero también es cierto que para el hombre es lo único posible. Así que si queremos demasiado, si sólo poseemos la capacidad de intuir que somos incapaces, gocemos de esa incapacidad, de esa imposibilidad. En ella reside la naturaleza racional del hombre, con ella debemos morirnos después de haberla usado hasta límites nunca imaginados. ¿No es un diario una impresión cuarteada de todo lo que nos determinó por entonces?¿No lo gozamos acaso? En la consciencia de la insuficiencia está la virtud de los hombres. Por eso la literatura debe perseguir siempre la tangente de los entes infinitos, precisamente los que nos configura como hombres y nos acerca a esa sensación de insensatos. Hermosura no usada es el pensamiento.
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Entonces la escritura es una huella en el tiempo que traza el espacio de una verdad personal, el encuentro fortuito con lo indecible.

sábado, 14 de junio de 2008

NADIE NOS NECESITA

Va y me dice, ¿ves cómo se posa el sol sobre las nubes, cómo enarbolan los pájaros sus alas al viento?, con eso me conformaría en la vida. Veníamos de hablar horas y horas sobre las catástrofes que azotan a este mundo hipermoderno. Contesté diciendo que la modernidad consistía en estar delante de una televisión la mitad de una vida, oyendo -escuchar es un prodigio- palabrerías hueras y comiendo una comida que remeda la misma basura que se inocula; que ahora los escritores se dedicaban a ganar premios y enseñarlos por las radios y los suplementos culturales; que los padres de familia regalaban a sus hijos un teléfono y un ordenador y que con ello decían haberle otorgado el fuego de los dioses; que la carrera política era una carrera de conveniencia personal en que jamás se atiende a los intereses de los conciudadanos del Estado; que los periodistas vivían de las historias amorosas de los ricos, que se habían convertido en carroñeros; que las huelgas terminaban incendiando a los compañeros y sus camiones; que los miembros se habían transformado en “miembras” y que la lengua era cosa de ministras púberes e incultas más preocupadas del maquillaje que de la cosa en sí, etc. Es decir, si el hombre moderno ha terminado por consumir el humo de los coches, la basura norteamericana triturada e hipnotizado por la chabacanería que se despliega en la televisión, es que estamos en vías del suicidio colectivo; si el hombre moderno ha terminado por rodearse de mierda por todos los lados, es que no ha sabido conducir los logros, si los ha habido, que alguna mente que otra ha sido capaz de regalarnos.
El compañero, F. Ossorio, seguía ensimismado con el vuelo de los pájaros y con la cadencia del sol sobre las aguas. Yo preferí quedarme en silencio y dejar hablar al viento, como decía Onetti. Por un momento, el vuelo de una gaviota nos rozó la frente y no tuvimos más remedio que agachar el cuerpo, flexionar las rodillas. Quizás es esto lo que nos queda, flexionar el espíritu. ¿No es libre el espíritu?, pregunté cargando la situación de enigmas. ¿Libre? ¿Es libre el vuelo de esa gaviota?, me respondió seriamente. Creo que la gaviota vuela a su merced siempre que el viento no se lo impida, el viento para nosotros es la masa, compañero, la mole humana rodeada de excremento. No supe si asentar con la cabeza aquella afirmación o si seguir rebatiéndole aquellas bagatelas de domingo.
Preferí el silencio, de nuevo, aunque en mi cabeza seguía buscando y arañando alguna otra virtud para el hombre, al fin al cabo, no nos queda más que eso.
Fíjate aquí en Sanlúcar nos queda un río embarrado al que no se le presta atención alguna. ¿Piensas tú que le importa a alguien, a quién debiera importarle? Entonces fui quien miro de nuevo a los pájaros; la nube ya se había marchado enroscada con mis ilusiones.

jueves, 12 de junio de 2008

UNA CONVERSACIÓN PENDIENTE CON FOUCAULT

Es difícil deshacerse de las reflexiones cuando estas son importantes para uno. Persisten por unos días, traban conexiones insospechadas, por nuevas, y al final lo renueva a uno, dotándonos de cierta euforia pasajera y endeble.
Algunas veces aparecen por la memoria algunas frases cristalinas, de autores recurrentes para uno. Es el caso de Foucault y su Las palabras y las cosas. En el inicio de ese libro hay dos cosas que de antiguo percuten, de vez en cuando, mis divagaciones más inmediatas. La primera es que el libro nació, según Foucault, tras la lectura de un cuento de Borges que le provocó una risa fecunda, tanto que creó un libro. La segunda se deposita en la siguiente interrogación: “¿Qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata?”. En muchas ocasiones he querido formar una respuesta sólida, de la que no me arrepienta de inmediato. Hoy me atrevo a decir que esta pregunta es clave para entender el fenómeno literario, porque quizás la literatura es esa forma de la imposibilidad.

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El mismo autor dice unas páginas más allá: “Los códigos fundamentales de una cultura fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de los que se reconocerá”. Y digo al calor de esta aseveración, ¿no son los géneros literarios ese lugar, ese topos que de antemano les viene dado a los escritores, el mecanismo que le reconoce como tal a él y para nosotros, los lectores?

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El mundo o, mejor, la Realidad, seguiría a pesar de la inexistencia de los hombres, no los necesitaría. El orden del universo sería el mismo, sus factores idénticos, su devenir quedaría intacto. Entonces, ¿qué aporta nuestra presencia sobre la realidad: mera palabrería poética, insustanciales acercamientos razonados, mediocres y caducas pretensiones de infinitud en qué?

martes, 10 de junio de 2008

DETERMINACIÓN Y LENGUAJE

El tema es demasiado amplio, pero no me resisto a esbozarlo al menos. Hace poco me entregaba un compañero unos folios que versaban sobre el Determinismo. En la introducción ya planteaba una de las cuestiones capitales que atraviesa la problemática tal y como él la expone: el lenguaje en referencia a los conceptos, los objetos, la realidad. Es cierto que la Filosofía se ha encontrado desde sus inicios con este problema y no lo ha solucionado nunca. Hermosas son las palabras de Platón en el Crátilo sobre el lenguaje en relación a las ideas o, en mejor decir, a la posibilidad de la orthótês (“exactitud”, “corrección”…). No despliega Platón una reflexión sobre el lenguaje en sí, como han querido ver algunos filólogos de refrito bibliográfico, sino la relación de éste con la realidad, esto es, si mediante del lenguaje se puede llegar al conocimiento filosófico. Ya dedicaremos una entrada que aborde estas tribulaciones que se traen las palabras y las cosas. Sólo quería comentar en voz alta y compartir con vosotros estas ideas, deslavazadas y mal planteadas, a lo sumo.
Precisamente, esa es la tesis de Deleuze y Guatari en ¿Qué es filosofía? (Barcelona, Anagrama): “La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos”. En este sentido, vienen al pelo las palabras de Nietzsche en “Sobre el arte de la desconfianza” y que viene a cerrar las conclusiones que el compañero de marras desgajó de sus argumentaciones: “Los filósofos ya no deben darse por satisfechos con aceptar los conceptos que se les dan para limitarse a limpiarlos y a darles muestre, sino que tienen que empezar por fabricarlos, crearlos, plantearlos y convencer a los hombres de que recurran a ellos”. Sigamos pues estas recomendaciones y no nos sintamos satisfechos cuando nos presentan las cosas envueltas en esa perfección de tabula que tanto nos gusta a los pobres de entendederas y a los sofistas de cátedra.

domingo, 8 de junio de 2008

CUADERNOS, ANOTACIONES.

Si en la actuación práctica hay dos grados de compromiso, según Aristóteles en su Ética a Nicómaco, en su Política y con Quintiliano, puedo entender ahora muchas cosas a las que no sabía otorgarles un ángulo de interpretación. Por un lado, está el juego (ludus, otium, schola) y por otro, la ocupación seria (negotium). Confundirlas es lo habitual, a no ser que el escritor conciba, desde el principio, el asunto como negotium.
Esto casa perfectamente con lo que vengo defendiendo de un tiempo a esta parte: el poeta (el escritor) comienza jugando con la nueva manera de entender el mundo, ya que reconocer en uno mismo que aprehende la realidad, en un sentido lato, bajo otros parámetros, en este caso, lingüísticos, supone un enturbamiento inicial. Luego viene la calma, el temple, la meditación, y se hace uno poeta. No es que al principio no surjan buenos tanteos, buenos acercamientos, lo que ocurre es que luego se produce el acercamiento en sí y la cosa se pone tan difícil que queremos que la palabra sea la cosa misma.

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“El verdadero escritor es un hombre que no encuentra sus palabras. Así que las busca. Y buscándolas, encuentra las mejores”. (1902. Sin título, II, 669).P. Valéry, Cuadernos.

Esa disciplina hercúlea de Valéry es un trabajo imposible. Escribir a lo largo de cincuenta años, como apunta Sánchez Robayna, diariamente, desde las cuatro o las cinco de la mañana y durante tres o cuatro horas es una tarea de dilución absoluta en la letra que se convierte en el síntoma de la grafomanía más transparente que pocas veces podemos constatar. Estos Cuadernos (1894-1945), de Paul Valéry (Barcelona, 2007, Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores) son una compilación en quinientas cincuenta páginas de las más de veintiséis mil seiscientas que componen los Cahiers. En ellas caben de todo. Una vida. Tanto es así que la Pléiade francesa intentó una especie de tabulación por temas, trabajo quimérico. ¿Cuál es el tema de una vida?
Luego el libro se escribió bajo el influjo indeterminado de los días, no había plan trazado por el escritor. El resultado es una verdadera miscelánea, una fragmentación absoluta, per natura, de la escritura en libertad. “Escribir -para conocerse- y eso es todo”. (1907-1908. Sin título). Todavía algunos se sienten novísimos porque fragmentan sus novelas con un puñado de mensajes de móviles, correos electrónicos y recetas del médico. “Pero no hay que creer que esto sea una novedad. Esto es sólo hacer de manera consciente lo que está necesariamente hecho de manera inconsciente en todos los casos en que interviene el lenguaje. Etc. (1933. Sin título, XVI, 645).

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Tan sólo hay que espigar un poco por las Anotaciones a la poesía de Garcilaso (Madrid, Cátedra, 2001), de Fernando de Herrera, para caer en la cuenta de que si bien es verdad que la tradición antiquísima de los comentaristas y glosadores ha ido en declive, en la actualidad es de espanto. Una cosa es tomar conciencia de que desaparece un modo de acercamiento a la obra literaria, por motivos diversos, y otra creerse en la capacidad para enjuiciar obras literarias. Creo que los modernos se creen en la poltrona juiciosa de los elegidos, cuando no son más que erratas en el devenir de la literatura que, como tales, serán corregidas, por infecciosas.

sábado, 7 de junio de 2008

LA GRACIA DEL PRIVILEGIO

Alguna vez me han dicho, ¿qué interés tiene eso que escribes en el periódico, a quién le interesa esos paseos por el Barrio Alto, ese lenguaje remilgado y suntuoso con el que rellenas columnas y columnas sin sentido? Ante estas posturas suelo contestar con un largo silencio, un silencio que enjuague las palabras del compañero. Es cierto, pienso para mis adentros, a quién puede interesarle esto que uno escribe todas las semanas, son ejercicios de conciencia que surgen por el compromiso de la rutina. Sin embargo, para atentar contra la solidez del compañero, le contesto con seriedad: “Yo creo que esto no le lee nadie, sinceramente, por eso me siento más desinhibido. A lo mejor algún amigo, por curiosidad, algún familiar, por vergüenza, algún curioso, por despistado. Tengo clarísimo que estas letras no van a herir a nadie, porque mueren en el mismo acto de su publicación. Nadie las lee, no existen”.
“Yo las leo”, me dice con premura. “Lo que ocurre es que en una columna de opinión debe existir una opinión, y en las tuyas no aparece ninguna”. Evidentemente, el interlocutor estaba buscándome las cosquillas y sabía que en más de una ocasión este mismo tema había sufrido el análisis entre cervezas. Sin querer, porque no quería hacerlo, le dije que la opinión, la mía, valía menos que las letras que escribía, “y por eso vacío de opinión la columna y dejo que sea la palabra la que traduzca esa ausencia”. “No”, contestó de nuevo como un arcabuzazo. “No tienes opinión sobre nada, eso es lo que te pasa, hay temas de los que no tienes ni idea…”. “Tienes toda la razón, de la gran mayoría de temas que ocupan un periódico no tengo una idea formada. Sólo escribo de lo que tanteo, de lo que me parece que no va a aparecer en un periódico, y menos en un semanario local”. “Claro, tú vienes a decirnos al pueblo que siempre hablamos de lo mismo”, continuó con sus imprecaciones. “No estoy diciendo eso, quiero referirme al hecho de que los provincianismos son dogmáticos”. Esta respuesta que di no era mía, se la leí en una ocasión a Ortega y Gasset y desde entonces, en estas situaciones, la suelto como quien deja correr una liebre por el campo, con la esperanza de que una sentencia tan bien expuesta con tan pocas palabras zanjase de forma definitiva el diálogo que manteníamos. “No sé, no todos lo provinciano es dogmático…”, siguió inconforme el amigo.
Tras la charla durante horas, llegaba la tarde en la que suelo escribir la columna. De nuevo no tenía tema, de nuevo no sabía cómo aterrizar en el trópico. Pensé en los lectores, y sólo se me vino a la cabeza el amigo de marras. Ese es el tema, la opinión: la belleza de ese pueblo al que vuelvo con la gracia de los privilegiados.

jueves, 5 de junio de 2008

110 LORCAS

Hace ciento diez años, en Fuente Vaqueros (Granada), nació un extraordinario poeta y dramaturgo, Federico García Lorca. A pesar de que los números que establecen las conmemoraciones suelen atender a no sé que criterios, en este trópico se producen al azar. Ahora que leo parte de la vida de García Lorca a través de los ojos de Morla Lynch, dejo unos versos:
La cariátide es la esfinge
del mar,
y el mar la cariátide
del cielo.
(Suites, II)

martes, 3 de junio de 2008

QUINTILIANOS DE HUMO

De vez en cuando, conviene revisar lo que se hacía en otros tiempos, sobre todo para no volver a caer en los mismos errores o, si se quiere, para repetirlos, pero de otra forma. Los griegos no dejarán nunca de sorprendernos por más que algunos eruditos de claustro profesoral, culturillas de salón o lectorzuelos de medio pelo, se quejen cada vez que alguien saca a la luz algún alcance de estos ciudadanos de la antigüedad. Sí, me pasó el otro día. Estaba revisando el Manual de retórica literaria, de H. Lausberg, cuando me asedió un compañero, leyó el título del libro e inmediatamente me recriminó en público que ya estaba bien eso de tener la mente en otros tiempos, “que estamos en el siglo XXI, hombre, en el siglo XXI”, fueron justamente sus palabras. Atónito y desconcertado, lo negué con la cabeza hasta tres veces, como Pedro. Cerré el libro, cambié de lugar de lectura y proseguí ensimismado con la clasificación de las artes liberales. Este es un vocero político que defiende todas las propuestas que vengan de la Consejería, sea cual sea su orientación y trato. Puede uno estar más o menos de acuerdo, encontrar desajustes entre lo que propone y lo que sucede en las aulas, pero jamás creer como impositivo ley, competencia o diversidad alguna. Subrayé unas líneas del Manual: “[…] el aprendizaje de las ars (esto es, el aprender de memoria las regulae que nos proporciona la doctrina y que aprendemos de memoria mediante la disciplina) conduce a la scientia “saber”. La scientia se transforma en facultas “poder” cuando el aprendiz posee la disposición natural y actúa en una ocupación práctica el saber aprendido”. No se me ocurrió decirle que todas las competencias pueden resumirse en este párrafo y que si no lo convencía, le leería el siguiente: “comienza la enseñanza de la lectura y escritura a base de oraciones de reconocido valor y a base también de frases y dichos célebres. […]Surge la necesidad de seleccionar la materia de la lectura, selección que se ha de hacer con criterios gramaticales, estilísticos, literarios y éticos. Lo decisivo es que esta lectura ofrezca exempla para la imitatio estilística y literaria.[…]La finalidad del discurso queda circunscrita al determinarse que el discurso tiene como fin el convencimiento, la persuasión del oyente”. No voy a establecer conexiones, por obvias, entre estas disposiciones de la enseñanza antigua y las nuestras. Otra vez el eterno debate entre antiguos y modernos, cuando más bien deberíamos ver la modernidad de los antiguos en la antigüedad de los modernos.
No se me ocurrió leer estas líneas al vocero de turno, eso jamás, sería trabajo imposible y suicida. Pero sí las dejo por aquí, con la intención de reflexionar sobre ellas a fin de que las nuevas teorías y teóricos se den cuenta de que muchas de las propuestas que arrojan de forma mesiánica fueron ya escritas y practicadas mucho mejor de lo que lo hacemos nosotros.

domingo, 1 de junio de 2008

EL MODERNISMO: APUNTES, CARTAS, PLUMAS.

Entre tanto, sigo leyendo los apuntes que Zenobia tomó del curso que Juan Ramón Jiménez dictó sobre el Modernismo en la Universidad de San Juan, campus de Río Piedras, en Puerto Rico. Para ello imito el mecanismo que aprendí de un ilustre amigo, Galbarro, que se dedicó a copiar La metamorfosis, de Kafka, o El Polifemo, de Góngora, para entenderlos mejor.
Una vez que se suceden las introducciones sinfónicas del poeta-profesor, me detengo en un dato del lunes, 26 de enero de 1953: “Unamuno [dijo] de Rubén Darío [que lo suyo] estaba escrito con “plumas de indio”. Rubén Darío [respondió]: “Quitándome una pluma de mi cabeza”. Estos fragmentos en forma de apuntes de clase se matizan con las magníficas notas a pie de página que el editor, Jorge Urrutia, introduce con maestría, conocimiento y buen tino. Para aclarar esta historia de la pluma y de los encantamientos indígenas, trae el editor unas cartas que muestran cómo se desarrolló el episodio. Son esas cartas las que me han empujado a escribir hoy, y por ello las reproduzco aquí en parte. Dice la nota: “En 1907, Unamuno comentó en algún lugar que a Darío se le veían las plumas del indio debajo del sombrero. El 5 de septiembre, Darío le escribe una carta que se iniciaba así: “Mi querido amigo: Ante todo para una alusión. Es con una pluma que me quito de debajo del sombrero con la que le escribo. Y lo primero que hago es quejarme de no haber recibido su último libro”.
La carta de Darío es más extensa, pero lo vamos a dejar aquí, hasta donde nos interesa para el caso. Sorprende el tono que utiliza el nicaragüense para responder a una boutade unamoniana; esto, en otras manos, hubiera dado pie a toda una discusión epistolar que hubiera terminado en acusaciones desvirtuadas. Imaginemos, por ejemplo, a Cernuda en el lugar de Darío, “carácter es destino”.
Es cierto que si todo quedara reducido a estas notas, la figura de Unamuno se vería truncada y sesgada por la falta de información. Por ello, debo decir también, y así lo hace el editor de estas notas, que Unamuno responde a esta carta de Darío con igual tono y templanza, en ella dice: “ Sr. D. Rubén Darío. La de siempre, mi querido amigo: ya le han ido a usted con el cuento de lo que yo haya podido decir de desagradable para usted y en cambio no le habrían contado lo demás". Cómo no estaría Unamuno para hacer referencia a ese “la de siempre”, hasta dónde no se habrán desvirtuado confesiones, afirmaciones o referencias del salmantino. Concluye Unamuno de la siguiente manera: “Si yo fuese otro me pondría a explicar eso de las plumas y a justificarlo como relativo elogio recordando algo muy exacto que de usted escribió el amigo Rodó. Sí le diré que en usted prefiero lo nativo, lo de abolengo, lo que de un modo o de otro puede ahijarse con viejos orígenes a lo que haya podido tomar de esa Francia que me es tan poco simpática y aun de esta mi querida España”.
Acierta Unamuno al describir el espíritu español como aquel que dice sin decir, esto es, somos especialistas en afirmar y sentenciar sobre los demás con la ligereza con la que vuela una pluma. ¿Qué son si no nuestros políticos? Habladores arrepentidos, acusadores que se sienten acusados. Saca a relucir Unamuno el nombre de José Enrique Rodó e indirectamente su obra Ariel (1900), panorama imprescindible de las discusiones que se vertieron en torno al Modernismo y al concepto de americanismo en particular.
Toda vez que la polémica parece resuelta sin llegar a ningún otro rifirrafe, apunta Zenobia lo siguiente en su cuaderno: “Luego amistad de los dos. Los poetas empiezan buscándose”. J.R.J, a sabiendas de las inclinaciones dispares que mantenían Unamuno y Darío, hace la siguiente afirmación: “Unamuno: espiritual, místico, vida interior; versos bien elaborados, poco arquitectónicos. Era la forma muy difícil para él”. ¡"La forma era muy difícil para él"! Cuánto me hubiera gustado una carta de Unamuno matizándole a Juan Ramón eso de que la forma era muy difícil para él; cuánta discusión nos hemos perdido, cuántas divagaciones acerca de la forma, de la vida interior. Para colmo, seguidamente, anota Zenobia: “Rubén Darío domina la forma”.
Claro está que lo más interesante de estas letras está en las referencias (miles, innumerables) que hace el poeta de Moguer a poetas contemporáneos, en su capacidad omnímoda de relacionar conceptos, autores y obras y, por sobre todos, la endiablada sensación de que hablaba de las aguas en las que él se baño y en las que él mismo se ahogó. Debe leerse este curso con reparos. Es de entender que estamos ante anotaciones de un curso que fue difícil publicar, ya que la edición de Ricardo Gullón publicada en Méjico en 1962 incluía las anotaciones de otra alumna, Gloria Arjona de Muñoz. El editor por el que leo estos apuntes, J. Urrutia, no ha podido contar con todo el material, pero, sin embargo, ha orientado la lectura en las notas a pie de página con solvencia.

sábado, 31 de mayo de 2008

RITUALES

Habíamos quedado en la Cuesta de Belén, donde vive el compañero. Hacía tiempo que los compromisos nos tenían alejados y quisimos darnos una oportunidad como una pareja de enamorados que recuperan el tiempo perdido.
Regresé a Sanlúcar el viernes por la tarde, como viene siendo costumbre cada dos o tres semanas, y no falté a mis rituales. Di un paseo por las callejuelas del centro, subí por la Cava del Castillo, contemplé el aroma de Luis de Eguílaz y bajé hasta la Parroquia. Ese recorrido lo tengo ya trazado en las entendederas como una marca de agua en un folio, como una aguja de reloj que no puede salirse de su trayectoria.
Mientras daba ese paseo, el cielo fue adquiriendo el color del mar. Se entristeció, se tornó grisáceo y denso, como el humo de un cigarrillo, y con él vino el aire fresco. Todo lo contrario al espectáculo de luz que nos acompañó en la mañana siguiente, en la mañana del sábado.
M.A. Gallego y el que escribe estas líneas siempre hemos soñado con tener una de esas casas del Barrio Alto próximas a la calle Caballeros. En más de una ocasión, mi amigo pintor me ha levantado la sesera con sus sueños de mago incandescente proponiendo lo imposible: una casa sosegada, una luz única, una vida plena. Después de pensar en todo esto, me decidí cumplir con la segunda de mis manías, comprar libros.
La vida tiene esas vueltas de la lógica y del devenir que se hacen incomprensibles, pero que debemos terminar por aceptar sin más. Digo esto porque mi librero en Sanlúcar es también un antiguo conocido de la época del colegio. Miguel y su padre, Manolo, me conocen desde que era un mocoso extrovertido y socarrón que compartía las peras de la infancia. Ahora voy a comprarle libros, a encargarles otros tantos como si su librería fuese un sitio sacro y verdadero por donde no puedo dejar de pasar. En la Librería Elcano desemboco todas las semanas como lo hace el río en los senos del Océano.
Retomo para terminar la cita con el compañero M. Hablamos de los trasiegos académicos, de las incomprensiones de los maestros, de las injusticias que se ejecutan diariamente, de la vida y sus porqueras. Unas cervezas, unas patatas cocidas aliñadas sobre la mesa y las palabras de dos individuos que compartieron un tiempo de dichas y rotundas sensaciones. Habla uno con él como si la vida consistiera en comentar la vida, habla uno sin el remedo de las evidencias, como si todo al nombrarlo terminara por convertirse en sueños, recuerdos inventados, lirismos de la finitud. Siempre me marcho mirando al mar, la lucha de las olas a pesar de su derrota, el verde del Coto a pesar de las inclemencias humanas.

jueves, 29 de mayo de 2008

CONVERSACIÓN EN UN ANIVERSARIO INESPERADO

-Debes leer un libro, un magnífico libro, En España con Federico García Lorca, y Madrid sufre (Diarios de guerra en el Madrid republicano), de Carlos Morla Lycnh, el embajador chileno. Encontrarás en él referencias interesantísimas sobre Alberti, Lorca, Neruda y García Lorca. La casa de Morla Lynch fue toda una poética del espacio.
-Es cierto, Fernando, llevo leídas unas doscientas páginas y me están mostrando más que cualquier manual al uso. Las páginas están escritas desde dentro, es la vida, no lo que se cuenta de ella.
- ¿Qué llevas en la bolsa? ¿Qué has comprado?
- De todo un poco, he comprado Elementos de lingüística general, de Martinet, no lo tenía en casa y, ya sabes, esas inclinaciones filológicas...; La poesía épica del siglo de Oro, de Frank Pierce; Hispanismo y falange, de Pérez Monfort y El Modernismo, apuntes de un curso (1953), de J.R.J.
Tras estas palabras se quedó mirándome el amigo peruano a los ojos y me dijo dos cosas. La primera fue: "¿Sobre qué versa el libro de Pérez Monfort? La segunda: "¿Has comprado un libro de Juan Ramón porque hoy se cumplen 50 años de su muerte? Me quedé atónito, le dije: "no, quiero decir, el libro de Pérez Monfort se centra en la relación que tuvo la derecha española y mejicana en la revolución en Méjico". Tras esto utilicé un largo silencio para templarme. No me acordaba de la fecha de J.R.J., eso me provocó cierto sonrojo. Entonces abrí el libro y le leí lo que los apuntes intentan reconstruir, la voz afilada, infante y sobredotada de un poeta vivo,vivo, porque viven sus versos.

martes, 27 de mayo de 2008

HOY FUE NADA

IBA leyendo las últimas páginas del diario de Trapiello, camino de la estación de tren, cuando de repente empezó a desaparecer el mundo. Digo bien cuando escribo desaparecer: las calles, los coches, los primeros transeúntes de la mañana, el ruido, los semáforos… Me vi paseando por una alameda infinita, rodeado de reflejos que me suscitaban lo más remoto de mis pensamientos. El olor, recuerdo el olor a nada; los colores, los colores, deshechos en ambientes conjuntados como un cuarteto de cuerda. Mostré una mesura cervantina en todo esa confusión y continué con mi camino tradicional, el de todas las mañanas. No sabía hasta dónde me llevaría aquella anulación de la materia; desemboqué en unas ruinas antiguas que contenían la cifra del mundo y la arqueología de la vida. La mañana se había convertido en un haiku primoroso, en una deliciosa consecución de palabras y palabras.
Mantuve el libro en mis manos, abierto, como si en él estuviesen escondidas las palabras mágicas para deshacer el hechizo. Entonces arrojé la mirada sobre una de ellas, enfoqué mis retinas a los últimos renglones y leí en silencio, en un silencio que jamás volveré a escuchar, las palabras que dieron fin a aquel bucle finito en que comprendí que la literatura posee momentos mágicos, tantos como libros, tantos como vidas.
Tengo la imagen de mí mismo sentado en un banco gris, en el andén, mirando con una sonrisa a un lector que sostenía un libro de J.R.J. Su mirada perdida, sus andares pausados me indicaban que ahora era él quien estaba en la alameda.

domingo, 25 de mayo de 2008

UN PÁJARO A RAS DE TIERRA, MOVIDO POR EL VIENTO.

HACE unos días mantuve un encuentro con dos antiguos compañeros de la académica-filológica fábrica de tabacos y otros asuntos sevillana. Me entusiasmó verlos de otro tiempo, forjados con otras letras, disimulados y efervescentes como las virtudes de un pájaro solitario. Uno de ellos, Diego Vaya, me regaló dos libros de poesía que le han publicado al calor de sendos premios literarios. El tema de los premios es realmente una sílaba sorda en mi vida, una grafía desgajada de todo el alfabeto poético que me interesa; un reducto, una anécdota anacrónica que poco me interesa. También es cierto que sin esos premios ni Diego hubiera publicado estos libros (aunque de inmediato me desdigo de esta afirmación y estoy seguro de que sí lo hubiera hecho), ni yo los hubiera leído y, por ende, escrito sobre ellos, que es lo quiero hacer si no termino por enredarme más.
Leí primero Un canto a ras de tierra, (I Premio de Poesía Joven La Garúa, 2006). Una cita de Vallejo y otra de Shakespeare alumbran los versos que a continuación se deslizan. El libro me gustó por la propuesta estética, por la ejecución versicular, por cesarvallejear con la libertad y la conmoción de un infante de la poesía. Luego Ovidio viene a aclarar varias betas temáticas y regustos sintácticos que, por acumulación, me distrajeron de la sorpresa iniciática. Quiero decir que cuando uno alumbra una metáfora magnífica, una comparación de escalofrío, una forma de entender la poesía singular, debe tener cuidado, porque la repetición puede convertir la genialidad en sonido hueco. Le ocurre a Juan Manuel de Prada, en especial, y a otros virgueros de la palabra.
Sin embargo, a pesar del uso singular de la sintaxis, ora latinizante ora inclinada a la inconexión, de la ausencia de puntuación, de las destacadas aspiraciones rítmicas, son dos los elementos con los que me quedo de ese libro.
Por un lado, es uno de los pocos libros que me ha llevado a recordar una novela, Las virtudes del pájaro solitario, de Juan Goytisolo; tanto en la concepción formal como en la temática, de espirales místicas, especialmente centrados en la figura de San Juan de la Cruz.
Por otro lado, los versos que cierran los poemas. Creo que el poemario de Diego Vaya puede resumirse en los versos, casi sentencias o aforismos, que los culmina. Esto no es poco para un libro de poemas.
Poco más tarde leí el Accésit del Premio Adonáis del 2007, El Libro del viento. Si antes Diego era un hombre con un canto a ras de tierra, ahora es el canto. Antes iba acompañado por la poesía, vislumbró qué era y qué le quedaba, ahora es la poesía; antes era un fugitivo de la vida que se dejó arrastar por el silbo mefistofélico de los versos, ahora es Mefistófeles. Antes jugaba con ella, ahora la crea.
Aunque es cierto que, a priori, Un canto a ras de tierra es más vivo, celular, polimórfico y seductor, me quedo, sin dudarlo, sin entrar en más apreciaciones y con esperanza y convencimiento, con la templanza del viento, con el canto proteico y mineral de estos versos, los de El Libro del Viento. Y no digo más, sólo que lean estos libros, si pueden, y que se dejen acariciar por un poeta que lleva el viento a lomos de un ciervo que cabalga con el vuelo de un pájaro.

sábado, 24 de mayo de 2008

CUENTE, DÉ VIDA.

Una vida jamás puede ser aburrida, en todo caso está mal contada. Por eso, las vidas que no se cuentan se dejan relatar en la boca o en la pluma de los otros. Pero deviene un problema, más bien una incapacidad en todo esto de relatar vidas ajenas, ausentes, de los otros. Y es que en la vida uno termina siendo la vida de muchos, la danza solitaria de los días se entremezclan en el baile multitudinario de los hombres. Pessoa lo descubrió pronto, supo intuir las posibilidades de transmutación que poseemos los que pensamos que la vida y la literatura pueden fusionarse en una estirpe escrituraria que las desvirtúa.
De un tiempo a esta parte, me acompaña mi cuaderno de notas, mi moleskine maltrecho. He decidido que voy a apuntar en él las actitudes, los comportamientos o las palabras de otros que más llamen mi atención. De esta forma, si la vida del individuo que observo – la Plaza del Cabildo, el periódico local desplegado, la cerveza descansando sobre la madera- es aburrida eso no me importa, ni lo sé ciertamente. Me apresuro a escribir esto que ahora leéis y que no es más que un intento de salvar del aburrimiento los minutos que dedica a permanecer sentado en esta mañana de sábado. Entonces imagino que trabaja de esto y de lo otro, que tiene una familia, una hija que estudia en el Instituto. Sus ademanes son comedidos, propios de una persona educada, que mide su comportamiento en el sentido común. Y todo lo escribo, lo registro en el cuaderno que completo a mano y con ello mi vida también se escurre del aburrimiento, y por eso mi vida
, al entrar en otra vida, se confunde.
Cuando he levantado la cabeza para confirmar su permanencia, para intentar inventar sus hipotecas con los sentimientos, he comprobado que se acaba de marchar. Al poco tiempo confirmo mis sospechas cuando veo su figura a lo lejos, abocetada y difuminada en el gentío de la calle Ancha.
Ahora ya no me queda nada, solo el recuerdo. Su vida no seguirá el curso de estas letras, ni saldrá al fin del aburrimiento, ni podré continuar con esta tarea. Sin embargo, creo que es ahora cuando debiera empezar a escribir de verdad, quiero decir, es este el momento en que sólo cuento con la literatura para enlazar el recuerdo del porvenir que se anida en mi mollera, acaso las aguas preclaras del futuro.
Miro a mi alrededor y observo que me observan. Siento la extrañeza de que alguien se ha percatado de que estoy usurpándole la vida a otro para hacer de la mía, de mi tiempo y mis costumbres, literatura. Y siento, además, en un punto fugitivo donde todo se eterniza, que alguien escribe sobre lo que escribo, que apunta en su cuaderno que alguien, yo, escribe sobre otro porque su vida es aburrida, quizás porque nadie la cuenta bien, o nadie la relata.
(Ilustración, San Jerónimo escribiendo, Caravaggio)

jueves, 22 de mayo de 2008

DULCE, MARÍA.

SUELO escuchar el programa de radio -Las afueras, en Uniradio- que unos amigos mantienen, de un tiempo a esta parte, todos los miércoles. En él hablan de literatura, de actos culturales, realizan entrevistas jugosas, leen poemas bajo efectos etílicos y lírico-musicales, ahondan en las vidas literarias de filósofos y personajes de la cultura, en fin, un programa agradable para los que gustamos de escuchar la radio, máxime cuando lo realizan compañeros de guerras perdidas.
En la página web de Uniradio puede uno tanto escuchar la programación en directo como descargarse los últimos programas; y es eso lo que hago habitualmente, escucharlos los jueves.
Sin embargo, hoy todo ha transcurrido por otros cauces que no son los habituales. Acabo de despertarme, porque sumo varios días abandonado por el sueño, atascado con el trabajo y leyendo páginas como salones. Me he despertado y he soñado que estos amigos leían un poema
-si puede llamarse así a los artefactos pseudorítmicos que reuní creyendo que era poesía- con un fondo musical la-la-la. De repente, también recordé la casa de los hermanos Loynaz, en Pinar del Río (Cuba) cuando el silabeo de los versículos comenzó a sonar. Soñé con un canasto azul, una furgoneta pinchada, una mujer ciega que hablaba hasta el infinito de Alejo Carpentier, una camiseta del Recreativo de Huelva, unos calzoncillos de Epi (el de barrio sésamo) y con los refrescos de Juan Montero. Todo terminaba en la Heladería Copelia, rodeado de libros viejos, revistas ilustres y carcajadas sonoras, tan sonoras y medidas como una oda interminable que aún resuena bajo el velo de la amistad.

miércoles, 21 de mayo de 2008

LA MANÍA (Salón de pasos perdidos), A.T

"No deberíamos decir jamás de una vida que es aburrida porque, en todo caso, si eso ocurre es porque ha sido mal contada"
SUCEDE con La Manía, de Andrés Trapiello, lo que en el poema de Cernuda, termina uno por convertirse tras su lectura en un naipe extraviado de su baraja, que es la vida. Se siente uno azotado por todas partes, como una barca anclada en la orilla de una playa. Por momentos, la barca sobrevive a los vaivenes de los cautos oleajes, en otras ocasiones viene el río revuelto y enturbiado y la barca comienza a oscilar de un lado a otro con la violencia neptúnica de las algas.
Un naipe desbarajado, al margen de sus días, con la sensación de fundirse en la vida de otro, de A.T; o mejor, en su capacidad para dotar a lo cotidiano de las ascuas literarias. De esta forma, partiendo de la conciencia de que la manía es la vida misma, comienza uno su andadura por el relieve de una escritura que se desliza ágil y sentenciosa, con ritmo propio, sin dejos sintácticos ni aspiraciones espurias, en una prosa larvada por la pasión de escribir y bien trenzada.
En ocasiones, como agua enfangada, se tropieza uno con la travesía de cierta exaltación del yo, de A.T, de sus cuitas y manías (no la literaria); estas zonas de asueto resultan, a veces, sin desmerecerlo, crestas de pedantería, muestras cercanas a un “con esas a mí” que desconcierta entre tanta mesura. Sin embargo, el curso extraordinario por el que te mueven estas páginas consiente estas desviaciones como añadidos necesarios.
"Una novela en marcha" que se transfigura en el formato del diario tiene, por lo demás, permiso para adentrarse por cuantas interpretaciones crea necesarias su autor. Por este motivo cuesta mucho trabajo abandonar, -a pesar de las 815 páginas-, su lectura, ya que nos lleva Trapiello por los acueductos de la vida y los rastros de la literatura. Esta es una buena aproximación, ahora que la escribo, el Rastro, una de las manías de A.T.
Cuando uno pasea por los rastros se detiene aquí y allí, contempla objetos de otro tiempo, que pertenecieron a otras manos y ya sólo al menudeo de la anécdota. Así este salón de pasos perdidos. Pasea uno por ellos: por aquí, acullá, por una página repleta de rifirrafes, se distrae uno en una anécdota, en una ocurrencia, un suceso destacado por la vibratoria mirada del escritor y prosigue, aun sin escuchar sus pasos, hasta que termina el paseo. De continuo aparece la necesidad de leer más. De la misma manera que en el Rastro, de donde nos llevamos un libro descatalogado, inencontrable, curioso, príncipe en su edición, se lleva uno de La Manía en el recuerdo o en un cuaderno el espíritu visionario de los diarios, algunas páginas magistrales, una prosa alejada de impurezas y no pocas frases felices, fragmentos imborrables.
Como un esturión literario que desprende las huevas del caviar, conviene destacar esta obra para aclarar, en el panorama de críticos y mindundis metidos a literatos, que fragmentar el discurso, incorporar otros lenguajes e inmovilizar la acción en estampas mal escritas y peor concebidas, es como decir en pintura que el collage es un invento de hace pocos días. Esta marcha de una novela de salón demuestra que aún la literatura pervive en los escritores y a pesar de ellos. Espero, ya con anhelo, la próxima entrega, Troppo vero.