martes, 7 de octubre de 2008

UNA EDUCACIÓN SENSORIAL.

En ocasiones creo que educo mis sentidos a través de los libros. Tanto es así que ya no me interesa el mundo, el mundo de realidades sensoriales, el que se muestra a sí mismo como un repertorio de avances indescifrables. Ya se acabó, abandono la vida, o, en mejor decir, me retiro de vivir la vida. Odio, además, esa expresión, "vivir la vida", como si la vida ofreciera más opciones que vivirla. Sí, a lo mejor la opción oculta es la que muestra la literatura: renuncia a la vida, la tendrás en tus manos.

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“El libro es la educación de los sentidos a través del lenguaje”, escribe Carlos Fuentes en En esto creo. ¿Podemos educar a los sentidos a través del lenguaje? Si entendemos lenguaje en un sentido amplio, por supuesto. Aunque prefiero pensar que los sentidos recopilan el corpus de realidad al que luego le damos nombre, le damos vida.

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Cuando me despido de algunos compañeros de trabajo o de unos acompañantes de viaje siempre me surgen las ganas -unas tremendas ganas hay que decir- de despedirme con la siguiente frase: “Adiós, adiós, recuérdame”. Esta es la frase que utiliza el fantasma del padre de Hamlet cada vez que aparece y desaparece. Es la cifra del poder de la memoria. Recuérdame, exhorta el viejo, no dejes de otorgarme la vida en el recuerdo. En ese gusanillo que se enreda por un hueco y por otro y que recorre las cenizas de nuestra imagen.

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Al leer estas notas me digo “el yo es detestable”. Se las he robado a Rimbaud. Rimbaud no quiso darle más cobijo a su yo, dejó de escribir para ello. Quizás ande por ahí el misterio de los Bartlebys; se me antojan personajes que han decapitado a su yo desde el principio. No vivir conmigo, sólo fuera de mí.

lunes, 6 de octubre de 2008

¿QUÉ CRISIS?

Estos aires de crisis huelen a rancio, a tiempos antiguos. Ya sabemos la historia y volverá a repetirse: unos pocos especulan con el dinero de los ciudadanos y cuando traspasan las reglas del juego, resulta que ellos terminan ganando y los trabajadores de medio pelo pagando la muerte de las finanzas. Los ricos se quejan de la crisis cuando dejan de ganar lo que ganaban, pero jamás pierden. Así que cuando hablan de crisis económica me pregunto hasta cuándo vamos a dejar que el capitalismo exacerbado nos abrigue y envilezca, porque, cada cual en sus posibilidades, estamos sometidos al capitalismo en crudo. Con esta afirmación no estoy defendiendo que la práctica de un socialismo desnortado sea la solución, antes al contrario, estoy diagnosticando, según mi criterio, lo que acontece en esta sociedad de coco y huevo.
Estos aires de crisis debieran llevarnos a otras reflexiones que fueran más allá de la caída de los bancos; porque la crisis, esta crisis imperialista y monetaria, es nada al lado de la que se vive en otros países que cuentan la caída de su bolsa a ritmo de muertes por segundos. Mea culpa, ante todo y con descaro. ¡Qué hipócritas somos! Dejemos de una vez de sorprendernos ante lo evidente: nada nos pertenece, ni el piso que el banco te ha dejado, ni el coche, ni siquiera la ropa que atesta tu armario. La crisis, repito, está en la mollera de los ciudadanos, los que dejamos que la ignorancia supina nos dirija y nos aconseje cómo utilizar nuestras inversiones. ¿Quién se pregunta para qué compra algo, por qué necesito esto? Las preguntas se las hacen los niños y los ancianos. Los unos por inocentes, los otros por veteranos de guerra. La crisis es la falta de pensamiento, la destrucción de la inteligencia, el aplastamiento de los ideales.
La crisis económica nos azotará con cara de dólar y euro. La historia vuelve a ser la de siempre, el dinero público socorre la inversión descerebrada de las privadas. Capitalismo ambidiestro. ¿Quién intervendrá, de una puñetera vez, en la formación de los ciudadanos? Por este motivo cuando hablan de crisis deben matizar bien que se trata de la meramente financiera, ya que la crisis intelectual viene sofocándonos desde antiguo.

sábado, 4 de octubre de 2008

EL POZO, PARA ESTA NOCHE.

Eran las cuatro de la mañana y no tuve más remedio que despertarme. Me acomodé en el salón, con la cabeza sobre uno de los extremos del sofá, con la intención de que mi asfixia cesara cuanto antes. Un agobio nocturno, pensé.
Decidieron los bronquios alargar la escena y retenerme allí durante toda la noche. Para entonces M.C. ya había acudido con urgencia.
En esa negrura quise acordarme de algunas novelas con las que pudiera identificarme. La poesía es siempre un rasguño a la noche, lo di por descontado. Sin embargo, no hacía mucho que andaba detrás de una novela de Onetti titulada El Pozo. En ese título creí ver la luz de esa noche, para esta noche, me dije. En la edición de las Obras Completas (Galaxia/Gutenberg) se añade un prólogo de Dolly Onetti, una introducción de Hortensia Campanella y un exquisito prólogo de Juan Villoro. Espigué por esas páginas, pero rápidamente me adentré en la nouvelle. Eran ya las cinco de la madrugada.
El Pozo (1939), de J.C. Onetti. Una pieza maestra, ese pozo. Llevaba años hacinando en la cabeza el inicio de la obra; muchas veces lo había leído como quien escucha una obertura que anticipa todos los temas. En ese párrafo inicial me parecía encontrar toda la literatura de Onetti, al menos, la que había leído hasta entonces. Toda su literatura, eso me parece el párrafo que principia El Pozo. No es casualidad que lo primero que hace el personaje es imaginarse de pronto que nunca ha visto el mundo, que la casa en la que vive es un lugar desconocido para él. Por eso comienza con una descripción, nombrando los elementos que lo rodea con ánimo de darles vida. Una escueta descripción que crea un mundo narrativo que se completará no en las acciones, ni en la trama, sino en las ensoñaciones del protagonista, es decir, literatura y ensoñación al mismo nivel de la realidad.
Muchos manuales de literatura hispanoamericana sitúan el inicio de la nueva narrativa hispanoamericana en esta obra del uruguayo. Lo cierto es que si comparamos esta opera prima de Onetti con lo que se estaba haciendo en Hispanoamérica e, incluso, en España, la obra adquiere más valor aún. Volvamos a ella sin perífrasis.
Qué inicio. El personaje se encuentra en un cuarto, un espacio en que no ocurre nada aparentemente, un lugar oxidado -como luego será Santa María y el propio astillero- que recobra vida gracias a las tribulaciones mentales del protagonista, del narrador. En medio de esos delirios, se levantan una prosa y una cosmovisión literarias que anuncian lo que vino después, una de las obras narrativas más sugerentes escrita en español.
Terminé de leer la nouvelle de Onetti entre suspiros y mocosidades, entre lamentos y respiraciones forzadas. Como en un pozo, quise aventajar a la noche, para esa noche, con las palabras del uruguayo. No aspiraba a encontrar verdad alguna, solo a leer y a dejar que la oscuridad desapareciese sin más preámbulos: “Se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”.
Todavía, cuando la mañana se ha presentado con la fuerza matutina de la albariza, resuena el comienzo de la obra. Después de un tiempo paseándome por el cuarto, de golpe, se me ocurre que lo veo por primera vez. Una mesa, libros amontonados, cuatro sillas, un catre.

martes, 30 de septiembre de 2008

UN PALIMPSESTO.

Últimamente escribo demasiado en mi cuaderno de notas, en mi moleskine. Todas las mañanas salgo con ella en la maleta para el trabajo y cuando, por alguna razón, se me olvida, siento un inconexo desasosiego y todas las ganas de escribir que hasta entonces no poseía. Por eso viene conmigo siempre, porque la escritura es repentina y caprichosa y porque las ideas surgen cuando menos parece que deben surgir.
Cuando regreso a casa, cambio el formato de la libreta por el de la bitácora que lees ahora; en ella vuelco la resaca literaria que resulta de las lecturas, los subrayados, las frases que han auspiciado algún pensamiento fugitivo y nómada.
Hoy quiero que ambas, la libreta y la bitácora, convivan en una suerte de palimpsesto.
26 de septiembre de 2008
“Como un personaje de novela (cada vez creo más en ello, en que nuestros actos poseen rasgos de la literatura y que es por ello por lo que siempre surgirá al rescoldo de la vida) he dirigido mis pasos a la biblioteca del centro en que trabajo. Está sola, cargada de libros abandonados, jamás leídos. De repente pienso en un cementerio, en la soledad que se agolpa en los lugares en que el hombre no invade con su sonido. El hombre es sonido en esencia. En ese lugar sólo acontece el mundo y eso me despierta un sentimiento de intrusión ante un espectáculo al que no pertenezco. Un espectáculo, el del mundo, que Hölderlin descifró en Tubinga. A eso lo llamaron locura.
Viene conmigo el moleskine y un libro de Vila-Matas. Escribo en él como si con ello desvencijara el orden natural del edificio, como si un conspirador intentara adentrarse en las entrañas del abismo. Entonces comienzo a leer: “Voy caminando por Piere-Lachaise hacia un cementerio laico”. Me sorprende que Vila-Matas comience el 2008 en París a la busca del cementerio de Nerval. En esos momentos entendí la imagen. Buscaba esa extraña forma de vida que consiste en apartarse del todo para descubrir que nuestro sonido es el silencio”.

lunes, 29 de septiembre de 2008

EL RÍO Y EL PASEO.

En una sobremesa, mientras defiendía con vehemencia que la literatura pertenece a unos pocos -escritores y lectores estos- pensaba en silencio en unas palabras que había leído en El ocaso del pensamiento, de E.M. Cioran: “Uno puede decir con toda la tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará”. Quise añadir a las palabras de Cioran que de la misma manera que el universo al completo carece de sentido, el hombre mismo vive sin él. Y fue entonces cuando regresé con nuevo brío para introducir en la conversación algo parecido a lo siguiente: “La literatura es un enigma del universo y por lo tanto carece de sentido que intentemos definirla. La literatura es una porción del infinito en letra impresa. Un infinito cuya materia es el hombre”. Cerré la boca, miré con qué desprecio aceptaron algunos que de repente saltara con esas divagaciones que no eran adecuadas mientras se habla de los libros que se han vendido, los autores más leídos y las próximas novedades. Me levanté de la mesa y fui a encenderme un cigarro; el humo desapareció con la corriente de frío que indicaba que una ventana o una puerta estaban próximas. En busca de esa ventana continué con las palabras de Cioran en la cabeza. "También dijo Cioran que debíamos hablarle al mundo como él nos habla a nosotros, con todos los sinsentidos posibles", pensé.
Al reincorporarme a la mesa, la discusión seguía en vilo. Los gritos y las disputas aumentaban porque alguien había dicho que Walser era, como suele decirse, “un escritor menor”. Pensé que Hölderlin, se pasaba horas y horas contemplando el Neckar sin abrir la boca en busca del universo. Allí en Tubinga, mientras hacía poco por vivir.
Siempre que termino una conversación me quedo meditativo y frustado por todas las barbaridades que termino diciendo. Aquel día decidí imitar a Hölderlin y a Walser; paseé como si fuera un enfermo mental en el sanatorio de San Bonifacio, un enfermo ficticio, como Walser, de arriba a abajo, sin trazar trayectoria alguna. Me quedé en la ventana buscando un río, un río que no existía, pero que aquella noche se hizo presente en cada una de las sílabas que pronuncié. Un río interminable, de corriente poderosa, de cristalina solidez que se llama literatura. Tan clara y, a veces, tan enturbiada por los hombres.
*Tubinga a orillas del Neckar.

sábado, 27 de septiembre de 2008

NOTAS PARA LISBOA.

Lo primero que hice al llegar a Lisboa fue comprarme un cuaderno de notas. Así que lo que vas a leer a continuación son algunas notas de ese cuaderno, unas notas personales. No aspiran a nada, es decir, no persiguen asimilar ninguna belleza literaria, sólo diluirse por la experiencia anotada, esa que envuelve al escritor con la vida.

“Iba buscando un moleskine que contuviera algo relacionado con la capital portuguesa, pero no lo encontré. Sólo pude ver en un escaparate, en el barrio de Chiado, una libreta que, según aparecía en sus lomos, era genuinamente portuguesa. Quise comprarla. La tienda estaba cerrada. Sin embargo, en la librería que está al lado del café A Brasileria pude hacerme con unos separadores dedicados a Pessoa por el 120º aniversario de su nacimiento”.
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“Sentado en el café A Brasileira, café que frecuentaba el ilustre Fernando Pessoa, acabo de abrir el nuevo cuaderno. En portugués leo lo siguiente: `Poeta plural como o universo. Sentia com a imaginaçao´. De esta manera, bajo el ataque amargo de una “bica”, apoyados M.C y yo sobre la mesa, dejamos que la imaginación nos sirva en frío sus tentáculos. Ella suspira, pausadamente, mientras rebusca con la mirada las huellas del poeta”.
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“Sentados en la Plaza de Rossio, en la Pastelaria Suiça, decidimos contemplar la tarde, su derrumbe sobre la piedras. Porque Lisboa me lleva a la piedra. Lisboa es un xilófono deteriorado, pero de inigualable armonía. Es una predicación, Lisboa es una predicación inevitable”.
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“Último día en Lisboa. Escapada a Sintra. Lugar que frecuentaba en verano el mismo Pessoa. Una vez sentado en Sintra, en el faro de Sintra, tuve la certeza de que me observaba alguien. Entonces entendí en sus ojos que allí se acumulaba el universo. Parecía poeta, un poeta plural como el universo”.
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"Lisboa es el mundo. Sus calles empedradas e irregulares son una silueta encaprichada que remeda los pasos de los que deambulan por ellas. Irregularidad. Asimetría. Dos alternancias parejas que sostienen a una ciudad de tez bronceada, de respiración artificial, tan artificial como un heterónimo, tan verdadero como un heterónimo".

jueves, 25 de septiembre de 2008

NOCHE DE GRAN PESIMISMO.

Sonreí al tiempo de terminar lo que Vila-Matas había escrito en su Dietario voluble a finales del 2007. Al levantar la mirada, un compañero de trabajo sostuvo su seriedad más allá de toda impudicia. Yo permanecí esbozando una sonrisa. Por momentos parecía un duelo. Poco importa, después de explorar el abismo, poco importa.

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En RNE han hecho referencias a unas definiciones que en el DRAE están descuidadas. Entre ellas se encuentra ñu: “1. m. Antílope propio del África del Sur, que parece un caballo pequeño con cabeza de toro”. Un caballito pequeño, con cabeza de toro… ¿Qué realidad nombra el diccionario, bajo qué impropiedades?

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Leo en la Tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro (Seix-Barral, 2003) una entrada escrita en francés el 24 de febrero de 1958, perteneciente al Segundo Diario Limeño con interludio ayacuchiano (1958-1960). No sólo me llama la atención que esté escrito en francés, sino la frase que la inicia: “ Je ne conçois ma vie que comme un enchainement de morts succesives…”. Enredado en los anexos finales, aparece en la edición una versión libre que traduce estas misteriosas palabras del autor de La palabra del mudo: “No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilusiones, de todas mis vocaciones perdidas. Un abogado inconcluso, un profesor sin cátedra, un periodista mudo, un bohemio mediocre, un impresor oscuro y, casi, un escritor fracasado. Noche de gran pesimismo".


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A veces el fracaso es una tentación a la que debemos acudir necesariamente para asegurarnos de que es en él donde mejor nos entendemos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

DENEVI A LAS ONCE.


Llegué a la obra de Marco Denevi por varios cauces que siempre terminaban en elogios. El primero de ellos fue la lectura de Alberto Manguel, Diario de lecturas (Alianza). En una de sus entradas hace una defensa de la magnífica novela policial Rosaura a las diez. Efectivamente, tiempo después pude comprarla a través de Internet y leerla con todo el placer que se vislumbraba en la referencia del autor de Una historia de la lectura.
En otra ocasión, al leer unas referencias del crítico José Miguel Oviedo, tuve la oportunidad de leer que Denevi dosificó en Rosaura a las diez las voces de la narración con tal maestría que supuso un anticipo de lo que poco después hizo su compatriota argentino, Manuel Puig, en El beso de la mujer araña, por ejemplo. Las voces de los personajes van construyendo la trama íntegramente sin la necesidad de un narrador, interno o externo, que lo realice.
Al tiempo, compré dos libros de Denevi en una librería de viejo de Sevilla. El primero de ellos es una edición agotada en Alianza, Ceremonias secretas; el otro se titula Falsificaciones y otros relatos, publicado por la colección gaditana Calembé.
Como si de una trama detectivesca se tratara, la edición de Ceremonias Secretas está realizada y prologada por Alberto Manguel. Es una recopilación de cuentos, de exquisitos cuentos. Tomo como ejemplos más destacados “Ceremonia secreta”, “Redención de la mujer caníbal”, "Hierba del cielo” o Un perro en el grabado de Durero…”. Sin embargo, prefiero el libro Falsificaciones y otros relatos, en él se concentran los mayores logros de Denevi, esto es, la dosificación no de una trama policial, sino de las lecturas que luego han sufrido una transformación literaria con su creación. Todo el libro está repleto de microrrelatos que distorsionan y remueven acontecimientos de la cultura europea, de personajes significativos en la historia y en la literatura universales. Muestra de ello son los relatos “Versión bárbara de Tristán e Isolda”, “El trabjo nº 13 de Hércules”, “Biografía secreta de Nerón”, "Romeo frente al cadáver de Julieta”, “El honor de Lucrecia” o el microrrelato que transcribo íntegro como demostración del deleite que sostiene la lectura de este autor argentino, nacido en 1922, ganador del Premio Kraft en 1955, el Life en castellano, en 1960 y el Premio Argentares en 1962.

LA CONTEMPORANEIDAD Y LA POSTERIDAD
En un hotel de mala muerte, calle Campagne Prèmiere, año de 1872, un académico espía por el ojo de la cerradura el cuarto contiguo al suyo. Ve, escandalizado, que un hombre y un jovencito están haciendo
el amor. Llama a la policía y los gendarmes se llevan presos a los dos viciosos. Entonces el académico vuelve a su habitación y, más tranquilo, prosigue escribiendo una tesis académica, erudita y laudatoria, sobre la poesía de Paul Verlaine y Arthur Rimbaud. Mientras tanto, en la comisaría, los dos viciosos, interrogados, dicen llamarse Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, respectivamente, y ser de profesión poetas. En el bolsillo del hombre es encontrado un poema que se titula Vers pour être calomnié.
Inmediatamente, movido por un afán deconstruccionista, localicé el precioso poema de Verlaine. Lo dejo aquí, al viento, como una calumnia concebida bajo el palio de la inocencia humana.
Ce soir je m'étais penché sur ton sommeil.
Tout ton corps dormait chaste sur l'humble lit,
Et j'ai vu, comme un qui s'applique et qui lit,
Ah ! j'ai vu que tout est vain sous le soleil !
Qu'on vive, ô quelle délicate merveille,
Tant notre appareil est une fleur qui plie !
O pensée aboutissant à la folie !
Va, pauvre, dors ! moi, l'effroi pour toi m'éveille.
Ah ! misère de t'aimer, mon frêle amour
Qui vas respirant comme on respire un jour !
O regard fermé que la mort fera tel !
O bouche qui ris en songe sur ma bouche,
En attendant l'autre rire plus farouche !
Vite, éveille-toi. Dis, l'âme est immortelle ?
( Esta noche yo había analizado su sueño. /Si bien su cuerpo dormido castamente sobre la humilde cama,/ Y vi, como una que se aplica y que dice así: /Vi que todo es inútil bajo el sol! /Vivimos, oh maravillas de lo delicado /Tanto nuestro dispositivo es una flor que se dobla! /Oh, el pensamiento conduce a la locura!/ Me temo que para usted se despierta./ Ah ! la miseria, te amo, mi amor frágil / ¿Quién tendrá la respiración como usted respira un día! / O los ojos cerrados al igual que la muerte! /O que la boca de RIS sueño en mi boca/!Mientras tanto, los demás se ríen más fuerte!/Rápido, despierta. ¿Decir, el alma es inmortal? ).
"Para ser calumniado". (2006, juin 25). Wikisource, . (2006, 25 de junio). Wikisource. Retrieved 14:20, septembre 24, 2008 from http://fr.wikisource.org/w/index.php?title=Vers_pour_%C3%AAtre_calomni%C3%A9&oldid=103162 .

martes, 23 de septiembre de 2008

LA NOVELA PERDIDA DE BORGES.

Hoy he releído los cuentos de Borges como si todos ellos fueran capítulos sueltos de una novela. Así lo creo. Borges tenía escrita una novela, una obra de enormes dimensiones en la que cada capítulo era un ajuste de cuentas con la tradición argentina y con la tradición europea que él había leído y que tan bien asimiló. No tengo la menor duda de que Borges empeñó varios años -algo así como los años perdidos de Jesús- en la redacción de esa magna eyaculación literaria que era su vida. Noveló su vida, que en definitiva eran los libros, pero al término de la escritura se dio cuenta de que todo cabía en un resumen, que la síntesis era la perfecta semblanza de todos sus renglones. De esta manera comenzó a reducir cada capítulo en una especie de macroestructura que los sostiene, un laberinto que no deja vislumbrar las dimensiones reales del trabajo: el tiempo circular, la novela policíaca, la literatura gauchesca, la filosofía de Shopenhauer, el sujeto moderno, los libros, las sagas, acaso la eternidad. “Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil”, escribe al inicio de "El muerto", en El Aleph. Por más que lo interpretemos como un recurso narrativo, considero que este cuento pertenece a una larga narración, una narración de la que no tenemos conocimiento; sólo podemos reconstruirla gracias a la imaginación y a la sospecha. Por eso Borges nos desdibuja el resto, nos lo anula como lectores. Sólo aspiramos a ser un personaje de sus narraciones, un muerto, como Otálora, que adivina al final de sus días que Bandeira es “una tosca divinidad”.
Creo que Borges quiso narrar la eternidad. Prefirió aglutinarla con la descripción del aleph y secuenció los porcentajes de finitud que nos resume en cada uno de sus cuentos. Por supuesto, cuando lo leemos, la tosca divinidad que traza nuestros pasos, es el propio Borges.

domingo, 21 de septiembre de 2008

UN AGRADECIMIENTO

No busca uno con la escritura nada más que la excitación sostenida y en silencio, la circulación de pensamientos e ideas que abriguen, de la mejor forma posible, ciertas aspiraciones literarias que se fraguan en el silencio caramelizado de las grafías. Pero también, mediante la amistad y el aprecio, se siente uno bajo el hechizo de una euforia momentánea, sobre todo cuando un amigo reconoce a la luz pública los logros que jamás vislumbré. Hoy publica ABC de Sevilla un artículo (pincha aquí) de Fernando Iwasaki en que se nombra esta bitácora. Quede aquí mi agradecimiento, mi emocionada gratitud.

sábado, 20 de septiembre de 2008

TEORÍAS PARA UNA PLAZA PÚBLICA.

Cuando uno se sienta en una plaza con la intención de arrimarse a una copa de manzanilla y a unas buenas tapas, no es consciente de que en ese instante queda engullido por la mecánica expresión de los hombres, esa que lleva a la repetición eterna de los mimbres más arcaicos y al desafuero de los instintos primitivos. A no ser que la plaza esté vacía, entonces el proceso ocurre a la inversa: no deja de pensar uno en uno mismo, en sus preocupaciones, en sus ambiciones literarias, en los problemas que acechan de cerca. Quiero explicar bien este teorema de la excentricidad y de la introspección de uno mismo. Para ello considero oportuno dejar un par de ejemplos de los que puedo dar testimonio y con los que, al menos, puedo argumentar estas líneas que surgen tras un verano un tanto movido y desaforado.
En el pueblo, un pueblo costero, el mismo espacio puede convertirse en un recinto de vanidades melifluas y en una vacante para el pleno descanso. En verano, Sanlúcar transforma su plaza del Cabildo en un recinto de vanidades en que corren las tortillas de camarones de un lado a otro y en que las familias reservan los asientos con tres horas de antelación. La misión es comer donde come todo el mundo, comer lo que come todo el mundo y decir que “yo estuve allí, claro, en X”. Sentado yo en una mesa junto a M. disfrutábamos de la aparición de un poniente liviano, pero justo para refrescarnos la calorina que traíamos después de un paseo, un paseo a lo Robert Walser. A esa hora era muy poca la gente sentada en las mesas. De pronto se sentaron cuatro alemanes justo detrás de nosotros. Miraron la carta de arriba abajo. Creo que no entendían nada, además las cartas sólo están escritas en español. Con ánimo de ayudar a los alemanes, me levanté y pedí algo en la barra: unas patatas aliñadas, mero a la salsa tártara, ensalada de marisco… Quise que los alemanes lo viesen bien para que tuvieran una idea de lo que se puede comer y me di unos paseítos disimulados alrededor de su mesa. Pidieron exactamente lo mismo. Sus caras delataban la felicidad del alivio de haber elegido bien.
A partir de entonces llegó la avalancha de playeros quemados por el sol, repeinados tras la ducha y con los colmillos salientes y afilados, embadurnados en la saliva de la gula. Ahí nos fuimos. Comenzaba la función de la feria de las vanidades.
Cuando llegue el invierno y nos sentemos en la plaza tranquilos, sin ánimo de guardar una silla, entonces les contaré en qué consiste la introspección. Eso será cuando acabe el verano, es decir, la semana que viene.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

UNA CORRECCIÓN A LOS DÍAS

La única manera de proferir una corrección a los días es a través de la memoria. Todo intento que no se acople al recuerdo es en vano. Por eso no voy a pedir disculpas ni benevolencias al tiempo por no haber escrito durante casi un mes como venía haciéndolo diariamente. Mal que bien, la escritura es la única forma, para los que sentimos esa necesidad, de perpetuarnos en el tiempo, irresolutamente. Así lo creyó Shopenhauer en el prólogo a la segunda edición de su magna obra, El mundo como voluntad y representación: “ No a los contemporáneos ni a los compatriotas, sino a la humanidad entrego mi obra”.

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Después de una mudanza, la biblioteca termina por convertirse en la segunda piel que nos cubre, en el primer sucedáneo de la vida. Este verano he comprobado hasta qué punto los libros poseen un espacio (enorme, desmesurado) en este paso interino hacia la nada que es la vida. Porque nada nos pertenece, ni siquiera la escritura de un diario voluble o de unas lecciones cargadas de ilusión. Menos aún, ahí somos ilusos, los libros que amontonamos. Ni una sola página quedará entre nuestras manos, menos aún en la memoria de un muerto.

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Ordenando la biblioteca, ya Borges dijo que ordenar una biblioteca es ejercer de crítico literario, me he dado cuenta de la disparidad del universo. Juan Rulfo frente a Octavio Paz; Cervantes a la par que Proust; Juan Ramón Jiménez al unísono con Pérez Galdós y así hasta el infinito. Un puñado de páginas frente a un montículo de páginas, la síntesis frente al desarrollo inacabable; un aleph que dura cien años de soledad. Las grandes obras de la literatura pueden tener, como señalaba Aristóteles en cuanto a la verdad, todas las formas posibles.


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No he dejado de leer, aunque sí bajé el ritmo de lecturas. No en vano terminé con Jordi Gracia, con Renard, con Pessoa. También leí a Hölderlin y a Rilke. Nada más después de Rilke; cosa imposible.

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Haré una concesión a la nueva industria editorial (si cabe hablar de industria en estos tiempos de desboque económico), a sus aciertos. Compré una novela que ha resultado ser maravillosa, de las mejores que he leído en mucho tiempo; su propuesta narrativa, la estructura impresionante de la misma, la calidad en el uso del lenguaje (a pesar de alguna impropiedad semántica) y la fascinante propuesta temática. Lorenzo Bellini se va al sanatorio mental de St. Bonifaz, en el valle de Kremszell, en Baviera. Las setecientas páginas son una introspección virtuosa de la relación que existe entre el arte y la locura. Pablo d´ Ors orquesta cinco lecciones alrededor de un personaje, Bellini, que descubre las leyes silenciosas de la creación artística en un sanatorio en que cada enfermo representa a una mentalidad europea. Un acierto del editor, lo reconozco, aunque también he de reconocer que las setecientas páginas escogen a un perfil de lector, un lector que en todo caso quedará sustraído, bien alimentado por las referencias a Musil, Walser, Hölderlin o Beckett.


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De ninguna manera podía dejar sin leer a mi admirado Vila-Matas, Dietario voluble. Mientras, y ahora que ya tengo acceso a Internet, corrijo algunas entradas de esta bitácora. Las he leído como si no las hubiera escrito. Realmente, había mucho que corregir, no sólo aspectos gramaticales y de estilo, sino de concepción literaria. Y es que ningún escritor es bueno hasta que aprende a corregir. Pero atención, escribe Vila-Matas: “Tampoco corregir es tan fácil como a primera vista pueda pensarse. Recuerdo que el pintor Delacroix solía decir que hay dos cosas que la experiencia debe aprender: la primera es que hay que corregir mucho; la segunda es que no hay que corregir demasiado”. Para los entusiastas de las obras de Vila-Matas, entre los que me quiero colar, este Dietario supone una continuación en ese abismo inexplorable de la literatura.
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Con el verano llegó la película dedicada a Ernesto Guevara, Che, el argentino. La protagoniza Benicio del Toro. Su actuación me parece sobresaliente, no así algunas escenas rodadas con cierta parsimonia innecesaria. A pesar de todo, la película despertó en mí cierta brasa revolucionaria que sosegué con la lectura de un libro que me regalaron hace muchos años y que me sirve de manual de la revolución cubana, Los guerilleros en el poder, de K.S. Karol. Después de todo, de las repentinas vicisitudes que surgieron hasta que nos hemos instalado en Jerez de la Frontera (Cádiz), he de decir que es cuando escribo el momento en que comienzo a ver lo que quiero decir, lo que me persigue y aturde. En palabras de Vila-Matas: “ Uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”

jueves, 28 de agosto de 2008

LA RESISTENCIA SILENCIOSA

Estaba en la playa leyendo un ensayo escrito por Jordi Gracia sobre fascismo y cultura en España que se titula La resistencia silenciosa cuando, a un metro de nuestra silla, un niño le dijo al padre que se estaba haciendo caca. El padre, que se había tomado varias cervezas, le dijo en tono mayor: “Dale ahí fuerte y suelta el piñonate”. Efectivamente, el zagal soltó un piñonate más rotundo que una sombrilla. Rezagado detrás de la madre, se llevó un buen rato apretando. Tanto apretó que se le salieron los mocos varias veces. Para entonces, y así fue, dejé de leer y me limité a observar la maravillosa escena veraniega que tenía ante mis ojos. Aunque para decir toda la verdad, por varios minutos, buena parte de los que rodeaban al niño cagón mantuvieron un silencio verde, como el Coto. Una verdadera resistencia silenciosa la que se produjo mientras el niño expulsaba el mojón y lo enterraba en la arena.
Acto seguido, la madre cogió un pañuelo y lo envolvió como si fuese una delicadeza de gourmet. Lo metió en una bolsa de plástico y lo tiró al cubo de la basura. Antes lo paseó por todos los ojos de los que observamos el delito menor de jiñar en la playa. El tufo que expelía la pieza era considerable, así que el aroma se mantuvo constante varios minutos hasta que los olores marinos engulleron el hedor vespertino.
Una vez que la escena parecía llegar a su fin, intenté reanudar la lectura. Las páginas que leía estaban centradas en la figura de Juan Ramón Jiménez. Después de interpretaciones muy lúcidas sobre su obra y sobre su postura en la guerra civil y la posguerra, Jordi Gracia dejó caer una anécdota que me hizo de nuevo levantar la cabeza del libro. Hablaba de unas afirmaciones sobre “la influencia letal del mito moscovita” sobre la República y sobre el miedo que atesoraba el poeta simplemente al pasear por la calle. Sin ir más lejos, un día que paseaba por el centro de Madrid, un grupo de milicianos obligó a Juan Ramón Jiménez a sonreír porque estaban buscando a uno que tenía un diente de oro. El hiperestésico y sensible poeta quedó aterrorizado hasta el resto de su vida. Me imagino a J.R.J sonriendo en medio de la calle, quién sabe si a punta de pistola, para enseñar su dentadura. Una escena surreal. Ni los milicianos sabían quién era J.R.J, ni tenían reparo en parar a cualquiera por la calle para requerirles cualquier cosa, como por ejemplo que les enseñase la dentadura. Si por casualidad el creador de “Espacio” hubiera tenido un diente de oro, no sé qué desgracia hubiera ocurrido.
Al término de esas páginas esbocé una sonrisa. Me levanté, recogí y dejé al niño corriendo por la playa. Otro día les contaré qué me ocurrió.

sábado, 16 de agosto de 2008

MUDANZAS

Me encuentro con una postal que me envió un amigo desde Bruselas. La foto recoge el magnífico aspecto de la Grand Place con una alfombra de flores. Era el año de 2005. La he encontrado resguardada entre unos papeles y he comenzado a leerla con la emoción que me invadió hace tres años: “Queridos, aquí seguimos…”. Ese “aquí” me ha recordado un poema de Ángel González: “Aquí, Madrid, mil novecientos/cincuenta y cuatro: un hombre solo”. Las diferencias son notorias, la posguerra por un lado, la experiencia próxima, por otro. Sin embargo, me interesa rescatar ese adverbio ya que escribe siempre uno intentando dejar bien atado el aquí y el ahora, el espacio y el tiempo concretos, a sabiendas de que la mudanza de lo cotidiano llegará a trastocarlo. Ahora me doy cuenta de que he escrito una estulticia, el aquí y el ahora nunca pueden ser concretados más que en la memoria, es decir, cuando supuestamente han pasado. Por eso mudo mi discurso y lo enredo con lo que venía diciendo.
Las mudanzas dan náuseas porque son abismales. Es una recolecta de papeles, libros o artilugios con los que uno ha vivido de un tiempo a esta parte. Ahora que me enfrento con una, después de tres años, he comprobado que siempre está uno acompañado casi de los mismos elementos. Las mismas compras, idénticas manías, procedimientos mensuales íntegramente repetidos. Una espiral, esta vida, que nos envuelve en la arácnida tesela de lo ingrávido.
Esta semana, un hombre negro, africano, de los que se colocan en Sevilla a más de cuarenta grados en los semáforos para vender pañuelos, se ha encontrado con una cartera cargada de dinero. Dos mil setecientos euros y un cheque de ochocientos cuarenta euros. Lo he imaginado emocionado al soñar cuántas situaciones nuevas surgieron con los billetes en la mano: comidas, ropas, familia. Lo vi sentado en un banco, emocionado por el hallazgo mientras sostenía con el puño cerrado su rostro tizón y ébano. Comenzó a surgir, forzosamente, alguna lágrima. Con ese dinero pudo haber vivido durante meses alejado del exultante calor y de la mediocre situación de pedir dinero a conductores que cierran la ventanilla porque piensan con el maniqueísmo católico de los occidentales. En esos momentos apareció un coche oficial de la policía y este señor le entregó la cartera con todo lo que esta soportaba en su billetera.
Llegó la mudanza con su guante transparente. Lo devolvió a su lugar de trabajo, junto a un semáforo que se enciende una y otra vez en rojo, ámbar y verde. Una plaza en Bruselas, una postal, el sueño de una vida. Mudanza constante, perpetua distancia a la nada. Rojo, ámbar, verde.

martes, 12 de agosto de 2008

SASTRERÍAS

No voy a sobrepasar las cinco líneas para escribir algo que pretenda situar en la órbita de la verdad. Si tú, lector, ves que sobrepaso la quinta línea y que sigo sin remiendos, sin ninguna señal de vuelta atrás, debes pensar en ese momento si merece la pena seguir leyendo y mantenerte envuelto en un traje que se cosió y zurció con las medidas mal tomadas. Renard: “En cuanto una verdad pasa de las cinco líneas es novela”. De la misma forma que no nos colocamos un traje que no esté cosido a nuestra hechura, ¿por qué no debemos darle al pensamiento su traje a medida, rigurosamente a medida?

domingo, 10 de agosto de 2008

HAY SITIOS Y HORAS

Un joven contempla la tarde y el mar. Está solo, aparentemente solo, y medita sobre los granos del tiempo. Coge un puñado en la mano y lo desplaza suavemente, con la melancólica cadencia de los vientos marinos. Entonces comienzan a trenzarse en su cabeza los recuerdos y las fantasías. Imagina el paisaje repleto de escenas que desafían los límites de su imaginación. Para ese momento ha encendido otro cigarro.
Una de las escenas que se solapan a su imaginación viene motivada por unas palabras que había leído hace poco en un diario, el diario del francés Jules Renard: “Hay sitios y horas en que uno está tan solo que ve el mundo entero”. El mundo entero ante él: todas las palabras, todos los gestos, los números, acaso una suerte de museo del hombre de la eterna. Cuando apagó el cigarro llegó la noche. El joven siguió en la arena, sonriente: había encontrado la soledad rodeado del mundo entero.
Los que lo encontraron muerto, tendido y mojado sobre la arena, lo describieron como un antiguo marino venido de tierras remotas, con la piel labrada por la continuidad de la luz. Llevaba un papel en el bolsillo. Había escrito la cita de Renard seguida de unas palabras: “…entonces el mundo no merece la pena”.

sábado, 9 de agosto de 2008

CAMBALACHE

Cuentan que la señora que cayó en el lodazal salió cantando un tango de Gardel, “Cambalache”: “Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”. Dijeron que su compás era único y que no dejó de cantar el tango completo hasta que no abandonó la playa. Ah, ¿no sabes que una señora se hundió hasta la cintura en un lodazal y que tuvo que ir la policía y los bomberos a rescatarla? También recuerdan que la afinación era un prodigio y que a pesar de estar llena toda de lodo y otros compuestos,
incluso quiso arrancar un baile que quedó en un amago, como las pequeñas olas que arrecian contra la orilla de nuestro río. Después de ser casi engullida por los lodos, nadie se explica todavía cómo pudo suceder, ya que todos los habitantes de esta ciudad están al día de lo que ocurre en estas aguas que, a pesar de su turbidez esporádica y de sus zonas de hundimiento, han sido siempre ejemplo de claridad y de limpieza.
Recordé a Julio Sosa, el uruguayo, el Varón del Tango, acodado en la barra de un bar ficticio a la vez que iniciaba una comparsa con un camarero postizo. Todo eran quejas, reproches que se lanzaban al mundo; el camarero asentía dulcemente al tiempo que le ofrecía un trago, un cóctel bien seco que se titulaba Cambalache. Era el momento en que arrancaba la orquesta; el fornido cantante se adelantaba para deleitar al público con su apuesto traje y su rotunda voz. La interpretación era cosa de ángeles, viste. Todo un coloso entregando su voz para denunciar las miserias que ocupan este mundo. Por eso el caso de esta señora es una buena metáfora de lo que nos ocurre: estamos en el lodo sin saberlo. Sólo cuando nos veamos con el lodo a la altura del pecho comenzaremos a pensar que deberíamos haber hecho algo. Ya es tarde. Nos movemos cuando nos toca de cerca. No sé que más puede ocurrir en una playa para que los ciudadanos no salgan, al menos, a exigir unas condiciones mínimas. No hay policía, en muchas ocasiones no hay vigilantes, hay perros paseándose libremente y defecando por doquier, hay sustancias en el río que no conocemos, las papeleras escasean, etc.
“El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el quinientos seis
y en el dos mil también”, con estas palabras comienza el reseñado tango de Gardel. Este trueque con jactancia que les hacemos a los políticos, la del voto por los compromisos, viene cargado de defectos. Uno de ellos es el enigma del poder, la estancia en el olvido. Porque pienso que el político es un ciudadano respetable como cualquier otro, pero un ente desustanciado, que ha perdido, como tal, su estatus y que no le queda más remedio que dar explicaciones. Si no las da, tenemos que pedírselas.

viernes, 8 de agosto de 2008

CARÁCTER Y DESTINO

Al contemplar la pequeña biblioteca me pregunto si los libros no son las formas complejas de las vidas humanas. Me pregunto, igualmente, si cada uno de ellos no representa una modulación del tiempo, un temple, un auspicio, un conglomerado de almas que han buscado la manera de salirse de la circular manía de estar aquí. Porque estamos en un círculo que es recto. Un avance en retroceso.
Cuando termino de pensar en ello –cuya conclusión ni me satisface ni me congratula- lo hago a la inversa. La forma de perpetuarse en la finita recta es otorgándole la voz a la sensibilidad. Dejarla anclada en el frontispicio que perdura más allá del porcentaje celular de mi cuerpo. Abandonarnos completamente y entregar –sin liturgias, sin conmemoraciones- nuestra vida a la literatura es una conspiración contra los límites que nos sustentan. Siempre me agradó conspirar contra el tiempo, aunque si somos el tiempo, estoy conspirando contra mí.

*
A lo mejor ahora comprendo la cita de Pessoa que acabo de leer: “Mi arte soy yo”. En cualquier caso también existe la aspiración de querer que nuestro arte sea un yo que no controlamos, el que vamos configurando –como Prometeo, Frankestein, Adán- y que a la larga no llegamos a dirigir. Hasta ahora nadie nos ha asegurado que hemos nacido para vivir; tampoco para otra cosa. Vivir, digo vivir, vivir a pulso.
Renard: “El hombre nace con sus vicios; las virtudes las adquiere”. El hombre es un compuesto de vicios que se liman con las virtudes que se van adquiriendo a fuerza de reproches y manías. En la manía hay virtud a borbotones, pero todo el vicio del mundo. Así que no creo que la virtud y el vicio vayan por separado, querido Jules, antes al contrario, pienso más bien que la virtud es la noble forma del vicio. La vida es un vicio que puede terminar rebotando en la nada o convertida en virtud. Esta última manera la llaman los hombres arte.

*
Así lo advierte Montaigne: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano”. Así lector, he convertido mi vida en virtud, pero una virtud que nadie merece leer, por viciosa. Cuestión de pareceres, diferencias de los hombres. A este respecto me voy al capítulo XLII de sus Ensayos, “De la desigualdad que existe entre nosotros”. Montaigne abre la entrada con unas palabras que roba a Plutarco y que vienen a decirnos que no hay distancia tan grande de animal a animal como la que existe de hombre a hombre. Al final de la misma, recupero la sentencia latina que usaba el filósofo para coronar sus ensayos: “Mores cuique sui fingunt fortunam” (“Cada uno según su carácter se hace su destino”. Cornelio Nepote, Vida de Ático, II). Cernuda recogió la enseñanza en Historial de un libro y lo hizo sentencia: “Carácter es destino”. El destino, por lo tanto, es una disposición del carácter, a él se sujeta, por él se determina.
*Ilustración, Michel de Montaigne.

jueves, 7 de agosto de 2008

ESTO Y LO OTRO.

La lección de la filosofía es la siguiente: no debes decir nada que no contenga algo. Que eso se consiga es harina de otro costal. Sin embargo, la literatura debe decir algo y decirlo bien. Añado ahora que debe decir algo, decirlo bien (en el sentido lato del término) y con sustancia: un pensamiento, una cosmovisión, una reflexión sobre los días.... En palabras de Renard: “La forma no puede ir por un lado y el fondo por otro. Un mal estilo es un pensamiento imperfecto.”
Un pensamiento imperfecto está larvado por la consecución de un mal estilo; la literatura imperfecta es aquella que aúna un mal estilo con un pensamiento romo. Haz y envés de un mismo soliloquio vacuo.

*
Puede haber elementos literarios en textos que no sean literarios, pero esa presencia no justifica que nos encontremos ante la literatura. Esos retales aspiran a ser unos compases de una sinfonía. Por eso en esta búsqueda de la literatura debemos nutrirnos de las formas literarias y de los pensamientos humanos.

*
La literatura se consigue cuando se termina de escribir la última corchea de un pensamiento que no acaba cuando lo hace ella, pero que existe gracias a ella. La literatura es un estar en ella, jamás la poseemos hasta siempre. Quizás esta circunstancia, ese desvelamiento se asimile a lo que llamamos iluminación, inspiración. No existe, sólo parece que se percibe.

ACRÓBATA DE MÍ MISMO.

En un antiguo cafetín veo de lejos a un señor que abre un cuaderno. Acto seguido, saca de su chaqueta una estilográfica que presenta la vetusta actividad de los años. Se nota que no es la primera vez que este señor realiza este acto. De cualquier forma, sus movimientos son lentos, cadenciosamente lentos. Anota en su cuaderno negro una oración. Yo ya estoy sentado a su lado, justamente en la mesa de enfrente. Anoto en mi cuaderno, con disimulo, todo lo que estoy atestiguando. Llaman al señor desde la barra del bar; parece que es conocido en el lugar y que mantiene buena relación con los camareros. “Monsieur Renard, s´il vous plait”. Entonces el hombre se levanta decidido y acude a la llamada entre sonrisas y aspavientos.
Desde este lugar se ve la terraza de otra manera, ahora que ocupo el mismo asiento que ocupaba el señor Renard –lo he hecho cuando estaba de espaldas. La mesa está llena de inscripciones, una de ellas reza: “Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo”. Cuando me doy cuenta, a lo lejos, desde la esquina en la que observé al señor, allí mismo, está Renard mirándome fijamente con sus ojos de acróbata. Lleva en la mano la misma libreta. Comenzó a escribir en ella. Es 1898. Aún no he nacido.

miércoles, 6 de agosto de 2008

LA CONTINUIDAD, LOS PARQUES.

Se ha hablado mucho de las virtudes del magnífico cuento de Cortázar titulado “Continuidad de los parques” (Final del juego, 1956). Hoy quiero ver de solapa, en un poema de Borges, las exultantes virtudes de este cuento: el lector que lee su vida, lo que le ocurre. Escribe Borges “Elegía a un parque” para decirnos que nosotros, al terminar de leer el poema, somos parte de esa ruina, de ese olvido, de la misma conmemoración de esos versos:
Se perdió el laberinto. Se perdieron
todos los eucaliptos ordenados,
los toldos del verano y la vigilia
del incesante espejo, repitiendo
cada expresión de cada rostro humano,
cada fugacidad. El detenido
reloj, la entretejida madreselva,
la glorieta, las frívolas estatuas,
el otro lado de la tarde, el trino,
el mirador y el ocio de la fuente
son cosas del pasado. ¿Del pasado?
Si no hubo un principio ni habrá un término,
si nos aguarda una infinita suma
de blancos días y de negras noches,
ya somos el pasado que seremos.
Somos el tiempo, el río indivisible,
somos Uxmal, Cartago y la borrada
muralla del romano y el perdido
parque que conmemoran estos versos.
Al igual que la tarde, el trino, el mirador, el ocio de la fuente, en fin, en esa enumeración de elementos que configuraban el parque y que se han perdido estaba la mirada que los reconstruía, acaso la mirada del lector que ahora lo sueña y reconstruye con los artificios de la literatura.

*
En un intento de leer las poesías de Unamuno, cuya edición de sus poesías completas es de difícil catadura por inencontrables, he ido a parar a un libro desconocido para mí hasta entonces, Diario íntimo. Este diario unamuniano está compuesto por cinco “cuadernillos” anotados a mano. El primero, según nos hace saber el editor, consta de 100 páginas, el segundo de 96 y el resto de cuatro páginas cada uno. Ya he concluido la lectura del primer cuaderno y la sorpresa ha sido enorme y grata. La escritura de este Diario coincide con la crisis acuciante que abordó a Unamuno a finales del siglo XIX; así que las dudas, las esperanzas maltrechas y las cavilaciones religiosas acaparan buena parte de estas notas breves y concisas. El primer cuadernillo es una buena muestra de las veces que tuvo Unamuno que discernir, según su criterio, entre lo que ofrece la fe y la razón. Las anotaciones son continuas: “Padezco una descomposición espiritual, una verdadera pulverización bajo la cual palpita la voluntad de mi mente, su fuerte deseo de creer, de creer en sí, en que no se aniquila”. Aunque de vez en cuando el viejo profesor se ve sometido a las tornas del existencialismo: “Yo quiero ser nada, ni que nadie se acuerde de mí. Trabajar, ¿para qué? Me encierro aquí, entre cuatro viejos y a vivir. Mis aspiraciones están ya satisfechas. Un nihilista.” Si uno lee estas afirmaciones, ¿llega a convertirse en nihilista por momentos; si leemos la nada la alcanzamos, si leemos la eternidad llegamos a poseerla?

*
Así vista, la vida se cierne sobre los vacuos resortes de la tarde. Veo a un anciano rodeado de viejos sentado en parque que poco a poco va desapareciendo, desfigurándose en el horizonte. Entonces escribo un verso, comienzo un poema: “Se perdió el laberinto”. Trato, a escondidas, de otorgarle la continuidad al parque, de atender a las aspiraciones de un señor para quien la vida, vivir, fue una batalla, la de saberse finito hasta entonces. Después de eso, nada.
*
En 1897 se suicida el padre de mi admirado Jules Renard. Las entradas acerca del padre son muy abundantes en este tramo del Diario. A pesar de ello, jamás pierde la ironía el escritor francés: "Estoy hecho como todo el mundo, y si consig verme en mi espejo sólidamente colgado , veré a la humanidad casi entera". Al asomarme al espejo, no he visto mi rostro; por unos momentos me he sentido alejado de la humanidad, tal vez sin ella. ¿Era otro el que asomaba perplejo?
Me preguntan mis amigos qué me parece tal o cual escritor, escritores todos que publican casi anualmente. Renard: "Uno siempre se equivoca sobre sus contemporáneos. Así que no los leamos". Dejar de leer a algunos escritores es dejar de leer buena literatura y me parece excesivo. A pesar de todo, no sé qué contestar. Callo. A lo mejor en ese silencio alguno interpretan que no merece leerlos, o que estoy totalmente equivocado. Los mecanismos del silencio poseen sus estaciones. Una de ellas es someterlo a juicio público.

lunes, 4 de agosto de 2008

SOPLOS Y SUEÑOS

Cuando los días se acoplan a una rutina parece que no los vivimos. Sin embargo, quiero resistirme a esa sensación opaca de vivir sin que resulte nada de ello. Vivir lleva atribuidas unas pocas de acciones que pertenecen a la mente de cada individuo. Por eso al escribir “vivir” deberíamos sobrentender las atribuciones que acompañan a esa faceta capital. Incluso si pretendemos argumentar que vivir es la nada, un soplo del atardecer. Unamuno desperdiga por todas sus obras esa sentencia: “vivir, vivir…”, y deberíamos interpretarla como toda una novela. La vida es literatura si uno lee, escribe y piensa de forma literaria; ella ocupa la vida, la vida se predica a través de ella. Renard: “Si has perdido el día, piénsalo, y no lo habrás perdido”. Ahora digo: “vivir”, y tengo en la conciencia que digo más, mucho más, que una ilusión finita.

*
Desde el centro de un sueño quiero contemplar la vida para llevarla a la diversión. Debo salirme de mi vida para vivirla, para imbricarme en todas sus aristas. Entonces me conmuevo por lo que nunca aprecié, lloro con la caída del sol, escribo cuando no tengo nada que decir, cuento historias delante de los amigos que jamás me importaron. Me di cuenta de que lo que pensaba lejano y extraño para mis días, no son más que los márgenes oblicuos de una diversión, la de sentirme evasivo de mí mismo. Renard escribió el 27 de noviembre de 1896: “No vivo, pero aún vivo demasiado. Habría que contemplar siempre la propia vida como desde el centro de un sueño. Todo sería divertido”. Nada más literario, entonces, que escribir los sueños de otros, tal y como lo hizo Tabucchi en Sueños de sueños.

*
“Si pudiera dedicarme a cualquier cosa – un ideal, un canario, un perro, una investigación histórica, la imposible solución de un inútil problema gramatical…- entonces, sí, tal vez, sería feliz. Pero nada es una cosa para mí excepto las ficciones de mis sueños, y esas son cosas por derecho propio. Incluso cuando tengo el placer de soñarlos, siento la amargura de saber que los estoy soñando”. Si el sueño es una amargura, la vida es la tremenda sensación amarga de degustar los sueños. Fíjate, nada es algo para Pessoa excepto las ficciones de sus sueños, nada es la vida. Vivía desde el centro de un sueño, el de saberse soñando sus ficciones. El resto pertenecía a esa oscura vaguedad de los días que se encostra y nos carcome de continuo. Contra eso levanto mi voz, levanto la palabra, para desvencijar las inercias a las que nos conduce la vida.

*Ilustración, R. Magritte, La interpretación de los sueños, Óleo, 1930.

domingo, 3 de agosto de 2008

MIEDOS Y OTROS FERVORES

En este tiempo de calor y sofocos, de alegrías y desencuentros, mis lecturas se dispersan en una convención que no me agrada. No soy capaz de controlar ese efecto, ese movimiento de péndulo que me lleva de un libro a otro y que no me deja estar en ninguna lectura. Después de pensarlo, a lo mejor no es tan grave como parece, a pesar de que el agobio y la incertidumbre arrecian con descaro. Leer a tramos. ¿Qué es la vida si no un tramo discontinuo que nos lleva de una cosa a otra, de un estado a otro casi sin percibirlos?
A todo esto abro el Diario de Pessoa y leo: “Me arrebatan ansias que rechazo. Me siento múltiple. Soy como un cuarto con innúmeros espejos fantásticos que deforma, convirtiendo e reflexiones falsas, una realidad que no está en nadie y está en todos. Siento que vivo vidas ajenas, en mí, incompletamente, como si mi ser participase de todos los hombres, incompletamente, individualizado en una suma de no-yoes que se sintetizan en un yo simulado”. Incompletamente participo de esas inconstancias del espíritu y me siento todos los lectores, me creo todos los lectores cuando quiero leerlo todo y entonces opera la dispersión. Me siento tan a gusto siendo el lector de Pessoa como de Renard, de Borges como de Cervantes. ¿Existe el lector, el lector arquetípico que los aglutina a todos, como existen la noche y sus ornamentos?

*
La rosa profunda es un poemario que Borges escribió en 1975 y que posee un prólogo cuya lectura es muy recomendable, como todos los prólogos de Borges. El libro comienza con un poema titulado "Yo". Es un magnífico poema, pero los dos últimos versos son mágicos: “Más raro es ser el hombre que entrelaza/ palabras en un cuarto de una casa”. Aquí, en el cuarto de una casa, pretendo entrelazar palabras y palabras que, en una suerte de colofón, no me llevarán más que a ser un hombre raro. En la cadencia del poema de Borges he atisbado al otro que me posee y que escribe y termina estas letras. Acaso el que es yo.

*
Sigo la aventura diaria de Renard, quien habita en estos ejercicios con pertinaz presencia, debo decir que el año de 1895 es un año de una cosecha literaria insoslayable. En realidad, el que escribe consigue alcanzar una situación en la que nadie es capaz de interrumpirlo. Sólo se interrumpe el mismo escritor, cuando cree que lo escrito no merece la pena ser escrito de esa forma o no alcanza la altura deseada o no ha logrado las pretensiones que en un principio se proyectaron. La idea entonces vuelve a ser restituida bajo otras palabras. Renard: “Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan”. Aunque esa prudencia que se lleva al límite no es más que la consecuencia de alguna duda interior que lo oprime. Renard: “La prudencia no es más que un eufemismo del miedo”. El miedo es malo para la literatura, un compuesto que perjudica más que beneficia. Hay que dejar el miedo para escribir, el miedo profundo, como se deja un abrigo en verano. Ya llegará la necesidad de volver a cogerlo con fuerza; su presencia es necesaria sólo cuando se requiera. Mientras tanto y ante todo, aparta el miedo y escribe.
Un ser raro escribe unas palabras sin miedo en un cuarto, sólo rodeado de otros que pretenden ser el mismo que escribe.

viernes, 1 de agosto de 2008

MALA GENTE QUE CAMINA

No tengo más remedio que servirme del estilo que tanto huyo, el periodístico, para decirles que el pasado martes, día 29 de julio, asistí a un encuentro con un escritor que se llama Benjamín Prado a la luz de las páginas de una novela que publicó hace unos años y que se titula Mala gente que camina. Nos congregó en las Bodegas Pedro Romero el Club de Lectura Cabo Noval. El acto comenzó pasadas las nueve de la noche.
Cuando hubo terminado el encuentro, que se dilató más de los esperado, salí de la bodega atónito, no por los buches de manzanilla que paladeamos al concluirlo, sino por la confusión enorme a la que me sometieron; no sabía si había salido de la presentación de un libro o de un mitin político. Les intentaré explicar por qué.
El autor, Benjamín Prado, no gastó ni una sola palabra para hablar de la novela como elemento literario, como ente ficcional, como artefacto estético; se limitó a hacer un juego de palabras, entre otras cosas que iré enumerando, para decirnos que ciertos personajes de la historia de este país debían haber advertido a las claras el paso del “cinismo” al “civismo”. En resumidas cuentas, el novelista utilizó todo el tiempo del que dispuso para proponer un modelo ético, cuando por mi parte esperaba un modelo estético, en el sentido amplio del término, en que se ofreciera, por qué no, conductas éticas. El resto del discurso fue una enumeración de las megalomanías sabidas de Franco, de las muertes en manos de Falange, de las chaladuras que Vallejo-Nágera propuso a Franco y que se desarrollaron, tales como la reeducación de prisioneros, etc. Se centró en un tema que se ha tratado desde el punto de vista histórico, la pérdida y el robo de los hijos de los republicanos por parte de los nacionalistas. Una cuestión espinosa y ciertamente interesante a la que no reprocho nada en absoluto.
Después de casi dos horas escuchando argumentos a favor de la República (llegó a decir el autor que la Generación del 27 fue posible sólo gracias a la política de entonces, una exageración a todas luces) uno esperaba que al menos se dijese algo de la literatura sin etiquetas, de la literatura que se aleja del panfleto político y de las soflamas ateas o religiosas. No fue así en ningún momento, es más, en algunos tramos me sentí incomodado por el efervescente alegato que realizó Benjamín contra todo aquello que no fuera de su ideología. Llegó a realizar algunas generalizaciones que bien merecen una replica. Pongo por caso a la figura de Dioniso Ridruejo. Implicarlo en los miles de asesinatos de Falange es como decir que los miles de asesinatos de los comunistas pertenecen a Alberti.

jueves, 31 de julio de 2008

ESCRIBIR LA LECTURA

El calor aprieta al mediodía y las lecturas se hacen soporíferas. Una botella de agua y un lápiz sobre la mesa detallan la primitiva manía de leer que subyuga en estos días en que la tarde se extiende como la piel de una serpiente. La rutina diaria consiste en leer un año completo de Diario, de Jules Renard, e intentar escribir la lectura. Exactamente eso, escribir la lectura. Consiste en responder escribiendo a las frases que considere más afiladas. Así leo en el año de 1894: “Sólo hago vida social cuando tengo ganas de aburrirme”. Así escribo en 2008: “Efectivamente, el aburrimiento no puede ser mayor; si la distracción social consiste en buscar el socorro de la calle y de las mesas de las cafeterías para dejar que hable el viento, me quedo abriendo páginas de libros como un loco. Al menos la locura es un mal identificable y clásico”.
Hay muchas más anotaciones que merecen el subrayado, de hecho, así los dejo en el libro, pero no las escribiré aquí. La cosecha de este año se concentra entre febrero y mayo. Sin embargo, no puedo resistirme a transcribir lo que leo el día 22 de febrero: “Te amo como a esa frase que he dicho en sueños y que ya no puedo recordar”. Y escribo: “Si te amara como en sueños jamás podría decírtelo; por lo menudo, todo intento de decir el olvido queda en aspiración errante”.

*
“Yo sé quién soy”-respondió don Quijote- y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sin todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama…”. Con estas palabras le contesta Don Quijote a su vecino Pedro Alonso cuando éste lo lleva de vuelta a la aldea al verlo tirado en el camino y maltrecho. Dejo para otra ocasión la interpretación fisolsófica del ser y sus posibilidades.
En 1914, Pessoa se arma con toda la seriedad de la ironía y proclama en la intimidad de su Diario: “No sé quién soy, qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad, no sé, con sinceridad, de qué hablo. Soy distintamente otro diferente de ese yo que no sé si existe”. No sé si Pessoa había leído el Quijote por esas fechas, en el Diario (Gadir) no se hace referencia alguna, así es que me las tomo, estas dos notas, como una afluencia de unos contrarios que delatan el horizonte incierto del conocimiento de uno mismo. ¡Qué irónica expresión la de ambos! En la ironía reside la existencia de todos y de uno, esto es, del espíritu humano en todas sus posibilidades. Es más, no existiría la ironía sin los contrarios que se necesitan.

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De las lecturas, la poesía es la más necesaria. En ellas, Hölderlin ocupa un lugar de privilegio. El episodio es escalofriante. En 1806 es ingresado en una clínica siquiátrica, en Tübingen, declarado loco. Tenía treinta y seis años. Algo más tarde es acogido en la casa del carpintero Zimmer, donde vivió hasta 1846. Es decir, treinta y siete años en una habitación sobre el Neckar junto a unos papeles en que escribía, un piano y visitas esporádicas que no reconoce. Llegó a olvidar su nombre o a fechar poemas con cien años de antelación. Del libro Poemas de la locura (Hiperión), extraigo un verso del poema 46, titulado "El Espíritu del tiempo":
“En el paso de los años se alcanza la permanencia”.
¿A qué transparencia llegó este poeta de la condición humana, de las constantes espirituales y perpetuas?

lunes, 28 de julio de 2008

HOY LA TARDE

Hoy la tarde es lentitud. Reptando por la superficie del agua, la luz me ha confesado sus secretos, los del hombre. Debilidad, sutileza, dispersión. Poco a poco el Coto de Doñana ha dejado de mostrarse a los ojos de los espectadores que lo contemplaban ensimismados. El acontecer de la naturaleza es el recinto de las leyes del espíritu, porque con ellas se congracian y con ellas se encrespan.

*
Creo que el paisaje está marcado en mis retinas con tanta fuerza que no puedo imaginarme a la mar sin esa silueta al fondo, sin esa presencia. Hoy el mar se hizo en el mar, hoy la tarde me trajo la lentitud de la luz.

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Acaso la felicidad consiste en confiscarle al espíritu, por momentos, sus ilusas manías.

viernes, 25 de julio de 2008

DIARIO, PALABRA Y ADIÓS.

En unas notas personales de 1913, escribe Pessoa: “Mi peor dolor es que no consigo olvidar nunca mi presencia metafísica en la vida. De ahí la timidez trascendental que atemoriza todos mis gestos, que quita a todas mis frases el espíritu de la sencillez, de la emoción directa”. Me ocurre a menudo, suelo quedarme callado en las conversaciones cuando no consigo olvidar mi presencia metafísica y me contemplo sentado en una silla, como un espantapájaros revestido de formas antiguas. Todo me parece arcaico y desvaído, como una estampa en sepia que pertenece a no sé que otro mundo, qué otro estado del ser. De ahí proviene el pudor a escribir, a caer en esa evidencia que te entrega la sencillez de los gestos y la emoción directa.
Entonces dejo el alma en la tesitura de una vihuela rasgando lascas al silencio; en esos retales dispersos e inconexos de la nada me veo reflejado.

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Una palabra no es sencilla por sí misma, lo es en relación al concepto que pretende llegar. Por eso aborrezco a los que presuponen que dicen la cosa exacta y piensan que crean de la nada, que poseen la mejor manera de decir las cosas, sobre todo, a través de la poesía. No saben que ellos no crean nada, en todo caso, se aproximan al ser que intentan nombrar. La verdad puede decirse de muchas maneras, pero ninguna de ellas es superior a otra.

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No hay palabra y después pensamiento, ni pensamiento y luego palabra; hay las dos cosas trotando en el devenir del discurso.


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Ayer, después de decirle a un amigo que no hay literatura sin conocimiento y de conminarle a que buscara un autor que no respondiera a esta especie de entelequia, me quedé meditabundo hasta bien entrada la noche. Al rato, me fui a la cama desesperado ante la evidencia. ¿Qué escribieron Cervantes, Quevedo, San Juan, Goethe,Rilke, Kafka, Proust, Tolstoi, Dovstoievsky o cualesquiera de los grandes, si no una cosmovisión del mundo en forma literaria?

jueves, 24 de julio de 2008

AMOR Y PEDAGOGÍA, UNAMUNO.

Con el triunfo del amor sobre la pedagogía termino de leer esta nivola de Unamuno; con ella, además, corono las cuatro cumbres que determinan el devenir de una nueva generación de escritores en prosa junto a los poetas Machado y J.R.Jiménez a comienzos del siglo pasado, esto es, los noventaychistas.
Amor y pedagogía (1902) comparte materia y estilo con las otras obras reseñadas por esta bitácora, pero se centra en un aspecto concreto que se debate entre la capacidad de la ciencia (pedagogía) y las imposiciones del espíritu (amor). A este respecto responde la construcción de los personajes como arquetipos que representan a una o a otra de las ideas cruciales. La trama es sencilla: don Avito Carrascal quiere tener un matrimonio “deductivo” frente al “inductivo”. Este último parte de la atracción puramente física; el primero de la respuesta que provoca el vacío interior de quien necesita el matrimonio. En principio, piensa en Leoncia (deductivo), pero considera que será mejor casarse con Marina (inductivo) y que a la postre será él quien, una vez que nazca el varón, lo moldeará a su forma. De ahí que continuamente se nomine a Marina, la esposa, como Materia, así, en mayúsculas, y a don Avito como Forma. Una suerte de personajes calderonianos como en El Gran Teatro del Mundo, al fin al cabo. El resultado es que a pesar de todos los esfuerzos del padre, Apolodoro, el hijo, se encontrará con un final trágico, debido a esta lucha de tendencias (ciencia-amor) que no desvelaré por si algún lector extraviado quisiera ir a la obra.
Aparece un personaje crucial, don Fulgencio, que se convierte en el íntimo consejero de don Avito: le propne el nombre del niño o la conducta que debe mantener frente a él. Don Fulgencio Entrambosmares (alter ego del erudito Entrambasaguas) es un filósofo que trabaja en una obra titulada Ars magna combinatoria y en un futuro libro de aforismos intitulado Libro de aforismos o píldoras de sabiduría. Es un chiflado que defiende a rajatabla el método científico puro para el pleno desarrollo del ser humano a través de todas las combinatorias posibles que ofrece la física y detodos los condicionantes que estudia la sociologóa positivista. En su boca se desprenden un buen ramillete de actitudes de la época con las que Unamuno, hábilmente, ironiza y parodia la mentalidad positivista y determinista de un siglo que terminaba.
Se incluye un prólogo en que Unamuno rinde cuenta de no pocos aspectos que atañen a la obra: estilo, lengua literaria, temas, impresiones, personajes e incluso un pequeño recorrido por la evolución de su narrativa hasta el momento. Al prólogo se suma un epílogo en que se mezcla, a la manera cervantina, las anotaciones del propio Unamuno con la novela póstuma de Apolodoro. Por último, podemos leer los supuestos apuntes para un Tratado de cocotología escritos por don Fulgencio. Ninguno de ellos tiene desperdicio.
Los espacios en que se presentan la novela van desde la casa de don Avito, “un microcosmos racional”, pasando por la casa de don Fulgencio, que convive con dos esqueletos disfrazados, “uno de hombre con chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un paraguas en una mano y sobre él esta inscripción, Homo insipiens, otro de un gorila, Simia sapiens". También nos encontramos con otras casas como la de la amada Clarita etc. Todos espacios cerrados, muy delimitados y ajustados a las características psicológicas de los personajes. Como muestra extraigo una pequeña descripción de la casa de don Avito: “Por todas partes barómetros, termómetros, pluviómetros, aerómetros, dinamómetros, mapas, diagramas, telescospio, microscopio, espectroscopio, que a dondequiera que vuelva los ojos se empape de ciencia”.
Este intento de tamizarlo todo a través del cedazo de la ciencia nos lleva a escenas de veras hilarantes y que me han parecido de lo mejor de la nivola. Un ejemplo es cuando en el capítulo V analizan la primera palabra de Apolodoro: “go,go”; otro puede ser los masajes que don Avito ejercía “por encima de la oreja izquierda para excitar así la circulación en la parte correspondiente a la tercera circunvolución frontal izquierda, al centro del lenguaje…”; y, por sobre todo, los encuentros y los diálogos que mantenían el padre de la criatura y don Fulgencio en casa de éste: una parodia al krausismo de la época llevado a sus extremos. El contrapeso lo realiza Menaguti, poeta excelso, defensor de la libertad absoluta de la voluntad y del Arte como el espacio único en que se puede consumar esa voluntad del espíritu. Es el que incita a Apolodoro, el supuesto genio, a escribir y a entregarse a las letras.
Por otra parte, la madre de Apolodoro, Marina, lo llama desde el principio Luis y le enseña cada noche, a escondidas de su marido, la vida de los santos, lo rezos más populares y la volunta de Cristo que viene en los evangelios. Marina se quedará de nuevo embarazada, pero en esta ocasión de una niña, Rosa, que poco interviene en la obra y que muere al final de la misma.
Son muchos los elementos que se pueden escribir acerca de Amor y pedagogía, muchos de ellos de no poca enjundia. Apolodoro en su evolución a genio, termina enamorado de una mujer que lo engaña y que lo deja por otro. Clarita termina en los brazos de Federico; este bofetón de realidad que sufre Apolodoro no posee ningún mecanismo científico que lo razone y lo lleva a la desesperación. En esa mixtura de racionalidad frente a involución de la racionalidad al espíritu se mueve el hijo de don Avito, que termina siendo escritor con una novela fracasada entre las manos y que forma parte del epílogo de la obra de su mentor salmantino. Bien vale Apolodoro como semilla del futuro Augusto de Niebla (1914).
Esta reducción al absurdo de la sociología positivista que se desgrana entre elementos trágicos y cómicos, predica y transparenta la lucha que el propio Unamuno sintió en sus carnes. Es por ello que cuando leo las tribulaciones de Apolodoro, don Avito o don Fulgencio no puedo dejar de pensar en la agonía que sufrió el vetusto profesor salmantino en aquellos años finales de la década de los treinta ante semejantes bobalicones de la guerra armada.
Me gustaría terminar estas líneas recogiendo dos ideas que germinan en la obra y que las considero capitales para comprenderla mejor si cabe. La primera que rescato es una oración maravillosa: “Pensar la vida es vivir el pensamiento”; la segunda, “-¿Y el fin de la ciencia? – ¡Catalogar el Universo! - ¿Para qué?- Para devolvérselo a Dios en orden, con un inventario razonado de lo existente…”.

miércoles, 23 de julio de 2008

CONCIERTO BARROCO, A. CARPENTIER.

Alguien nombró, mientras miraba en las baldas de la librería, las virtudes de Concierto Barroco (1974, Méjico), de Alejo Carpentier. En una suerte de anacrusa, se me cruzaron en la cabeza dos imágenes que pertenecían a tiempos distintos. La primera consiste en la edición príncipe del libro que tuve en mis manos en La Habana y que por una estulticia de esas que aparecen cuando menos la necesitamos me quedé sin ella. Un compañero, Manolo, compró dos ediciones del mismo libro, mientras yo me quedaba receloso y amainado como un animal sin ubres. Todavía espero que el compañero de viaje me lo ofrezca como quien ofrece del pasado los días hábiles que jamás constarán en el distrito de nuestra memoria. Alguien nombró, repito, el título de la obra de mi admirado Alejo Carpentier para que el segundo de los recuerdos apareciera de inmediato. Consiste en la lectura de Los pasos perdidos; me recuerdo caminando en medio de la selva al trote de los pasos sintácticos del cubano, cobijado en la perfección lingüística de sus páginas y sostenido por la implacable concepción musical que la obra contiene muy cercana a Beethoven.
Concierto Barroco es una obra que resume a la perfección el mundo carpentieriano: literatura, música, indigenismo, europeísmo, ilustración, barbarie, realismo mágico o lo real maravilloso, juegos con el tiempo de la narración, estética barroquizante. La obra es un concierto en que se diluyen timbres, variaciones, trémulos, repeticiones, codas finales, solos de instrumentos, dúos, a la manera literaria. En palabras del propio Carpentier: “una especie de Summa Theologica de mi arte por contener todos los mecanismos del barroquismo simultáneamente”.
Esta nouvelle cuenta la historia de un supuesto encuentro en 1709, en Venecia, entre Antonio Vivaldi, Scarlatti y Haendel y un supuesto navegador -anónimo en la obra- que le inspira su ópera Montezuma. El encuentro entre culturas distintas puede interpretrarse en códigos de civilizaciones encontradas, la hispanoamericana y la europea, el navegador y sus criados negros, por una parte, y los tres compositores por otra. Sin embargo, consigue Carpentier, a pesar de la dificultad de la trama, relacionar de forma brillante este encuentro de cosmovisiones; por el final, y ante los disparates que contiene la obra de Vivaldi, Filomeno sentencia lo siguiente:“En América, todo es fábula: cuentos del Eldorados y Potosíes, ciudades fantasmas, esponjas que hablan, carneros de vellocino de oro, Amazonas con una teta de menos y Orejones que se nutren de jesuitas…Si tanto le gustan las fábulas, ponga música al Orlando Furioso que, en cueros, en pelota, cruza toda Francia y España, con los cojones al aire, antes de pasar a nado el Mar Mediterráneo e irse a la Luna como quien no hace nada…” . El criado negro, Filomeno, aconseja a Vivaldi cómo debe crear los ambientes de la nueva ópera. Uno de los capítulos centrales es el quinto,-recordemos que se desarrolla a través de ocho-, justo cuando se encuentran los compositores y los allegados a Venecia.
La obra se divide en dos mitades, ambas introducidas por citas bíblicas de Corintios, I, 52 y de Salmos. El primer capítulo es una demostración del prodigio lingüístico que derrochaba la pluma del cubano: “De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros,…”. Ya en el quinto capítulo asistimos a la descripción del mundo de puteríos y locales nocturnos a los que asiduamente iba Vivaldi y otros artistas del momento. Precisamente, en unos de esos bares es donde presuntamente se fragua la nueva ópera de Vivaldi. El elemento mágico llega cuando en un ensayo, Filomeno saca una trompeta y unos instrumentos de percusión y comienza a mezclar los acordes barrocos con ritmos afrocubanos.
Por momentos la obra es brillante y muy divertida, como cuando Vivaldi y Scarlatti comienzan a hablar de un tal Stravinsky: “Es que esos maestros que llaman avanzados se preocupan tremendamente por saber qué hicieron los músicos del pasado. En eso nosotros somos más modernos. Yo hago lo mío, según mi real saber y entender.” También aparecen referencias a Shakespeare, El Bosco, Lucrecio y Cervantes que se deslizan como ecos que ayudan a la obra.
Las páginas finales son fabulosas por dos motivos. El primero se debe a la calidad literaria del autor y su escritura; la segunda, a la aparición en la época barroca, a través de los sueños de Filomeno, de Louis Armstrong interpretando Go dowmn Moses y Jonah and the Wale. Todo un trastoque al tiempo, a la guerra del tiempo que mantiene la música como encuentro de lo sucesivo: “Llaman fabuloso cuanto es remoto, iracional, situado en el ayer. No entienden que lo fabuloso está en el futuro. Todo futuro es fabuloso.”
*Ilustración, primera edición de Concierto Barroco, Siglo XXI, Méjico, 1974.

martes, 22 de julio de 2008

DIARIO 1887-1910, JULES RENARD.

Llevo leídas un puñado de páginas de Diario 1887-1910, de Jules Renard que acaba de publicarse en DeBolsillo en una magnífica edición -hasta el momento- y mejor traducción de Joseph Massot e Ignacio Vidal-Folch.
El libro es sorprendente por el ingenio que le imprime el autor francés a cada entrada de su Diario. Eso me ha llevado a reflexionar sobre las entradas que uno escribe en esta bitácora y sobre la falta de ingenio y de literatura que hay en ellas. Evidentemente, utilizo libros, citas, autores y diverso material literario para escribir, pero dudo de que buena parte de las entradas escritas hasta el momento sea literatura. Esa es mi aspiración primera; dado lo cual, debería comenzar de nuevo la bitácora, borrar todas las entradas y seleccionar con un filtro más preciso aquellas que merezcan publicarse. En ese caso, pienso ahora, a lo mejor no llego a publicar ninguna.

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Porque la tentativa de escribir es como un suicidio en falso, como aquellos que en lugar de echarse la soga al cuello rompen sus fotografías, “¡Cuántos han querido suicidarse y se han conformado con romper sus fotografías!”, dice Renard el 29 de diciembre de 1888. Aunque en realidad me siento como un enano rodeado de gigantes, de gigantes poderosos que jamás igualaré de ninguna de las maneras. Eso debo controlarlo, someterlo a las aguas templadas de la asimilación. Al fin y al cabo no seré nada, y nada seré al fin y al cabo. “No serás nada. Por más que hagas: no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes”, escribe Jules el 23 de noviembre del mismo año”. Y hoy, más que nunca, siento que estas palabras son inútiles y que no deberían aspirar a nada, porque pertenecen a la nada y de ella no podrán escaparse. Ni siquiera sé por qué las dejo en este espejo público sin pudor alguno, sin la vergüenza que ahora me abriga al releerlas.
Siento la necesidad de convertirlo todo en un capítulo irónico, que desmigaje las palabras que quiero como salen los astros, por la fuerza de la naturaleza y sin concebir qué hombre se alumbrará, qué hombre se inmutará, qué hombre querrá saber de todo esto.
*Ilustración, Compañía General Fabril Editora - Los Libros del Mirasol - Impreso en Argentina, 1962 - Traducción de Emma P. Zappettini - Selección de Juan Paredes.