lunes, 27 de abril de 2009
Trémulo verbaje.
domingo, 26 de abril de 2009
Continuadores y secuaces.
Como una ducha purificadora lee Márai libros de poesía durante media hora por las noches. Todos los poetas que nombra me son desconocidos: Czuczor, Bajza, Batsányi… Y me invade una sensación de ignorancia supina que me lleva a dejar de escribir.
5 de febrero. Describe el escritor su obsesión con el manuscrito de una novela policíaca que tiene aparcada en un cajón. Eso le lleva a reflexionar sobre la utilidad de la literatura. Y es ahí cuando comienza una ristra de metáforas y comparaciones que culminan equiparando al escritor con un médico que ausculta la barriga de una mujer embarazada. Los latidos del feto son los de la
Después de esto, me imagino que tengo escrita una novela que descansa en un cajón la imagino pulcra, casi corregida, con toda el talento volcada en ella, ¿y qué?, termino por preguntarme, ¿qué canto a la posteridad estoy precipitando a costa de este presente que huye? ¿Y qué si no se publica, no habré dado respuesta a mi presnecia en el mundo con sólo haberla escrito?***
Rosa Navarro Durán, filóloga de fuste y largo recorrido, autora de un libro singular y atrevido, Alfonso de Valdés, autor del lazarillo (Gredos), acaba de editar una de las continuaciones de La Celestina. Se trata ni más ni menos que de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1542), de Sancho de Muñón. El autor quiso continuar la historia de Celestina pero en boca de su sobrina, Elicia, que demuestra haber aprendido las artes y truhanerías de la vieja puta. Una obra que se suma a la lucha entre los continuadores de la magna obra de Rojas y que merece, por tanto, nuestra atención.
sábado, 25 de abril de 2009
Condiciones patrióticas.
Al final de estos senderos existe una posibilidad remota e indefinible. La poesía puede desvirtuar la concepción de la patria. Un verso puede ser una patria como un islote desprendido de una península. Su terreno es la espiritualidad proyectada desde la existencia concreta. Un decir universal desde la posición finita de los hombres. En esa patria sobran las banderas, los himnos; su alimento es la condición humana. La condició humana se concreta en cada hombre, no exitiría sin ellos, pero lo que nos mantiene como humanidad es un colectivo, no importa que mueran muchos, sigue subsistiendo. Por eso un poeta es Prometeo, es un rebelde, es Orfeo enlos infiernos, con Baudelaire, un ángel caído que reprende a los hombres aun siéndolo.
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viernes, 24 de abril de 2009
El diario con Sándor Márai.

Sólo dos días y Márai saca a relucir el atosigado desgarro de la masacre nazi y comunista. ¿Los está igualando? Un archipiélago. Abandono el libro y comienzo a leer Archipiélago Gulag.
jueves, 23 de abril de 2009
Libertad bajo palabra.
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Ya hablé aquí de la grandeza de La voluntad, de Azorín. En ella tengo subrayado el siguiente párrafo: “El periodismo ha sido el causante de esta contaminación de la literatura. Ya casi no hay literatura. […]. Es el tipo que detestaba Nietzsche: el tipo que no es nada, pero que lo representa todo. […]. Dentro de treinta años todos seremos periodistas, es decir, nadie sabrá nada de nada. Nos limitaremos a sospechar las cosas”. Todas estas reflexiones, puestas en el pensamiento de Antonio Azorín, me dejan perplejo. Treinta años no, más de un siglo, y seguimos invadidos por el afán peridístico del conocimiento sin causa, para salir del paso, de la escritura repentina y deslavazada, colmada por una sensación de ingravidez que se aparta del escritor. El escritor turba y se perturba.
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miércoles, 22 de abril de 2009
Melodía en el pentagrama.
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En Materia y Forma en poesía, de Amado Alonso, aparece un erudito pero emotivo ensayo sobre clásicos, románticos y superrealistas, titulado tal cual: "Forma clásica es, pues, un equilibrio estable de perfecciones". Sin menoscabo de los logros modernos, entiendo clásico como aquella obra que participa de lo clásico, sea cual sea su temporalidad. Porque clásico indica atemporalidad. Con ello, cualquier obra, escrita en cualquier periodo participa, entona, armoniza rasgos de la clasicidad. ¿Cómo reconocerlo? ¿Es posible reconocer un organismo que vive de continuo y que nos sobrepasará? Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, apostilló Italo Calvino. Y, por lo tanto, nunca se convierte en la pieza que puede entenderse como un enigma irresoluble. ¿Qué es la literatura? Nunca. Una disposición de las formas, en un momento cronológico que amortigua la cronología, la sobrepasa, un equilibrio de las perfecciones que nunca deja de decir en ningún tiempo ni espacio. ¿La vanguardia, arte? Sí, por supuesto, además de melodrama con el espacio y la perspectiva.
martes, 21 de abril de 2009
Ciclos y escrituras.

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Nos basta saber que gozamos de la existencia en nuestro cuerpo. De no ser así, la existencia es una falacia que nos conduce al nihilismo. El último tramo es la misantropía. Y tras ella, la muerte a solas. Como otra cualquiera.
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Lo que sí puedo ir juzgando es la excelencia en la obra de Caballero Bonald. Su último libro de poemas, La noche no tiene paredes, (Barcelona, Seix Barral, 2009), mantiene la altura de sus anteriores libros. La cuestión es que el octogenario jerezano ha cultivado la prosa y la poesía con igual suerte. Sus novelas de la memoria, Tiempos de guerras perdidas y La costumbre de vivir son sublimes. esta trayectiria más su prosa dispersa y junto a su poesía configuran un corpus digno de un escritor ejemplar. Su manejo del idioma es difícil de encontrar en otros escritores. Y eso es un reseña escrita sola.
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lunes, 20 de abril de 2009
Silencios, plenitudes y otros anacolutos del alma.
Sin embargo, la lección es magistral. El profesor de música ha dejado en los oídos de los estudiantes la armonía beethoveniana. Son ellos los que deben inventar el tercer movimiento, pero sólo para ser escuchado en sus adentros.
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La música estremada, el origen primero y esclarecido, la luz no usada.
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En nuestras letras, Bécquer dijo que era el invisible anillo que une el mundo de la forma al mundo de la idea, tal que una nota en el laúd. Juan Ramón Jiménez, en Estética y ética estética, escribe: “El silencio es la unidad”. Un anillo insonoro, un círculo de música, un ángulo en silencio y retraído, el tiento a la medida y el espanto de saberse resumido en una nota, una llama, un apolíneo sacro coro.
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domingo, 19 de abril de 2009
Una tirada de dados.
viernes, 17 de abril de 2009
BREVERÍAS
Un sueño es un bostezo de la imaginación: se abre, lentamente, y se cierra hasta nunca.
Hay algo de necrológico en la escritura, será tu identidad para siempre.
El crítico disecciona; el lingüista establece sus características como ser; el escritor conmueve.
Decir al límite sin que exista el límite.
jueves, 16 de abril de 2009
Morder la raíz.
Para esta tarde guardo una condena que suscita, por fin, algún prodigio; una sentencia triste y mayestática, quizás, un tiento innecesario, torpe, procaz manera del deseo.
Una raíz, el pájaro trae una raíz entre sus alas, sus alas se debilitan con el tiento de los aires que lo impulsan y entonces cae, cae y pierde su vuelo su raíz su firmamento. Un pájaro sin firmamento es la defunción de un sueño cruzado por el infinito. Su vuelo jalona entre la siembra el estupor de un cuerpo desnudamente entintado.
Prematuro acontecer de la memoria es la caída, la caída a mis pies de este milano, este milano, este milano. Ya soy raíz, ya siento la proteica mecida de los minerales, ya soy raíz y me precipito hasta la siembra que venga a restaurarme y a escribirme. Y entonces la escritura es un decir con los pájaros, con la tierra, con el viento, quizás, viento, tierra o pájaro.
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Desde que comencé a leer algunos libros de Andrés Trapiello, siempre lo alzo como uno de los mejores prosistas de la actualidad. Algunos me señalan sus preferencias políticas por encima de sus notables (y sobresalientes en demasía) maneras de escribir sin bajar un punto la calidad literaria. Es tarea difícil, pero hacerlo durante ochocientas páginas, como en los tomos de Salón de pasos perdidos, es un prodigio en estos tiempos de labilidad prosística. A todo esto debemos añadir las magníficas ediciones a que nos tiene acostumbrado Trapiello y este libro es, en cualquier caso, de una ejecución y maneras impecables. Las ilustraciones las elaboró Javier Pagola y, en su conjunto, el libro es merecedor del sustantivo que lo titula.
El último libro por el que libo de un sitio a otro es El arca de las palabras, Fundación José Manuel Lara, 2006. Este libro está compuesto por los ejercicios que se propuso hacer el autor desde el 2001. El compromiso fue el de leer cinco páginas diarias de su diccionario personal, en este caso, una edición de Calleja de principios de siglo. En esas cinco páginas, marcó las palabras que más le llamaban la atención: las anotaba, las glosaba, las usaba con su pluma. con ello se convirtió, a la postre, en un compilador de palabras revisadas: “a partir de ahora voy a ser un palabrista de viejo, como los buhoneros y los aljabibes, como los zarracatines que comercian con ropas viejas.”
Abro al azar este arca, sin más pretensiones que descubrir un reflejo, una especulación, porque las palabras ya son de segunda mano, de lance. “La voz de una viola es la de un violín recién levantado de la cama”.
Raíces y palabras, conjunción del abismo. Arcano símbolo solitario.
miércoles, 15 de abril de 2009
Descenso al ascenso.
Como un eco de aquellos versos de José Hierro (…el todo…la nada…), la escritura comienza a pendular sin discreción y a urdir una trama que no tiene previsto nada más que el ritmo cadencioso de las palabras. Un arca de palabras que devienen del más remoto de los instintos, como un lenguaje primitivo que descifra la existencia de espacios inenarrables. Y este comienzo de la historia, este arrancarse de la prosa en medio de las sílabas y de las palabras, este ritmo que entronca con la eufonía emotiva de lo posible, hace que escribir se convierta en un pasaje a no sabemos qué laguna, qué desierto o qué volcán, sólo conocemos del lenguaje de los hombres esta ínfima manera de escribir y este puñado de grafías y letras y sílabas y palabras que se unen y desunen al antojo de un demiurgo que nos convoca. Entonces pienso en la imagen de Aquiles, en el Gineceo, situado en la encrucijada de la mortalidad y de la inmortalidad. Y todo acaba, con una coda repentina, en el filo de esa espada escondida, esa espada que jamás mataría a un hombre, sólo su destino.
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exaltan y traicionan al silencio. La callada lentitud, el sueño de los sauces, un oculto rumor que precipita las sílabas de un canto agasajado entre la suave noche de los pájaros. Entre el confín silente de lo eterno, de la imagen que deletrea tu memoria. Un tiempo de otro tiempo me sucede. La vida de otra vida me convoca.
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A lo mejor hay que buscar la aparición de la literatura en la ficción y ése es su rasgo más distintivo. Ayer, dijo José María Merino que su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua iba a titularse La ficción de verdad, ya que él tiene la seguridad de que antes de que se inventase la escritura, la ficción era la encargada de estar presente en la comunicación.
3. Paradoja fundacional.
No fue el ser humano quien inventó la ficción, fue la ficción quien inventó al ser humano, pensó el profesor Souto, y se sintió más cuerdo que nunca.
(La glorieta de los fugitivos, Madrid, Páginas de Espuma, 2007, p. 197 )
martes, 14 de abril de 2009
En Sevilla, La sima, de José María Merino.

lunes, 13 de abril de 2009
Escribir una palabra, negar la realidad.
Recuerdo que la leí casi paralelamente a las aventuras de Maqroll el Gaviero en La nieve del Almirante, del colombiano Álvaro Mutis. Por aquel entonces me pirraba hacerme con cualquier volumen desconocido, ignoto para mi acervo lecturario. A pesar de todo, mantengo esa necesidad como un marinero que jamás deja de surcar los mares y que jamás olvida que los libros -las olas- son muchos y que ante todo, debemos ser conscientes de nuestra mortalidad, de que la oscuridad en el mar es como un corazón de tinieblas.
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Pero, ¿no es la Biblioteca la proyección y el delito de nuestra mortalidad?
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En la estación de trenes observo que alguien comienza a escribir un poema. Lo veo mirando al cielo. Sé que es un poema por la disposición en el papel, porque va cargado de libros -uno de ellos es El cancionero, de Petrarca- y porque he descifrado en su mirada el enigma del lenguaje. Y digo lenguaje. Porque el poeta mira el lenguaje, a lo lejos, hasta asirlo en la distancia corta del papel; lo proyecta hasta perfilarlo en la caligrafía, lo atrae con la disposición humana de la razón gramatical y así intenta explicar el mundo. ¿No será entonces que Lenguaje y Pensamiento vienen de la mano, unidos, del mismo magma indescifrable que los une?
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Una imposibilidad que apresa su existencia gracias a las palabras del argentino. Esa es la condición que más lúcidamente nos legó la literatura de Borges: hacer de la imposibilidad una existencia tácita. Y por eso algunos lo tildan de erudito o “demasiado literario”. Juega Borges a decirnos una verdad que en el fondo es imposible. Pero sabía Borges que con el mero hecho de escribir esa verdad su posibilidad, la potencialidad de su existencia se disparaba. Por este motivo, Michel Foucault escribió Las palabras y las cosas: “Este libro nació de un texto de Borges”.
domingo, 12 de abril de 2009
Cuyas sombras revuelan.

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Sólo una música somos -escribo- y con el verbo plural no sé que quiero recoger. ¿Somos pluralidad, pertenecemos al todo? ¿El todo es uno?
De cualquier forma, mis pensamientos son marros que balbucean, acaso, la certeza de que para ser hombre hay que aprender a ser mortal. Y creo que la literatura grecolatina (sobre todas) y, en buena medida, -de otros tiempos en Europa: Shakespeare, Cervantes...-, entendieron bien el ejercicio literario: un método de encuentro con la vigilia del mortal.
sábado, 11 de abril de 2009
Con Garcilaso, de las Anotaciones a Autoridades.
En esas andaba cuando me tropecé con unos versos, casi al final de la Epístola, que avivan el poema con otros ritmos y otra musicalidad que lo desvía a un contexto muy alejado del locus amoenus de sus Églogas:
“vinos azedos, camareras feas,/ varletes codiciosos, malas postas,/ gran paga, poco argén, largo camino.[…]”.
"Argén", "feas", "vinos",… Me encontré con un Garcilaso despreocupado y ciertamente ligero en el cuidado del léxico y de otras cuestiones que lo caracterizan. Esa circunstancia me agradaba y quise saber cuanto antes qué pensaba Herrera y que anotó; y ahí me encontré con la primera sorpresa: “argén.[v.76] Lícito es a los escritores de una lengua valerse de las vozes de otra; concédeseles usar las forasteras i admitir las que no se an escrito antes, i las nuevas, i las nuevamente fingidas, i las figuras del decir, passándolas de una lengua en otra. I quiere Aristóteles que se admitan en la poesía vozes estrangeras, i que se mescle de lenguas para dar gracia a lo compuesto i hazello más agradable i más apartado del hablar común”.
Una vez que Herrera anota con esta perspectiva tan moderna y con, por supuesto, el argumento de autoridad pertinente, termina poniendo ejemplos de Virgilio (quien usó términos de origen púnico y persa). Dejé reposar el entusiasmo de esta rareza que me produjo la Epístola. Para entonces ya tenía el libro de Claudio Guillén entre las manos.
En El primer siglo de oro, de Claudio Guillén (Barcelona, Crítica, 1988), aparece un artículo titulado “Sátira y poética en Garcilaso” que se introduce así: “No sé si el asunto de estas páginas sorprenderá a algún lector”.
¡Y tanto!, pensé de inmediato. La lectura me fue muy agradable, era como descifrar un enigma, obtener la solución de una intrincada aventura filológica.
viernes, 10 de abril de 2009
Javier Marías y la escritura como cuestión moral.
Javier Marías recomienda la traducción como el único ejercicio capaz de enseñar algo a un escritor en ciernes. Su tesis se centra en que, con tamaño ejercicio, el escritor piensa y reflexiona sobre la lengua: su mecanismo, su funcionamiento, sus límites sintácticos, su acervo lingüístico, el manejo de la puntuación, etc. No cree en los talleres literarios ni en ninguna de esas escuelas o reuniones en que alguien enseña a escribir aun sin ser escritor de fuste.Comparto la mayor con Marías, un escritor debe dedicarse a escribir; un escritor debe conocer la lengua en la que escribe. Obviamente, los matices a que se presta esta creencia son múltiples, pero sólo voy a referirme a uno de ellos.
Creo que Javier Marías ha querido cifrar –al menos, así lo leo, con estas cuitas- un análisis profundo de la literatura actual española sin dar nombres ni títulos, pero ahondando en un mal endémico, a saber: los escritores nuevos, los que comienzan a escribir, presentan, sobre todo, una gran falta de reflexión sobre la lengua que utilizan y, por tanto, de conocimiento. Utilizando esta perspectiva, comienza uno a plantearse y a recapitular lecturas. No hay novela en la que uno no pueda subrayar, anotar o señalar alguna caída en el estilo, alguna incorrección estilística, alguna impropiedad léxica, alguna memez sin sentido o alguna página (cientos en ocasiones) que sobre en el libro. No dejo fuera ni el ensayo ni la poesía, pero es cierto que leo obras ensayísticas con más solidez lingüística y mejor uso del idioma que novelas. ¿Es el uso del idioma el único criterio en que se basa la literatura? No, eso sería reivindicar un neoformalismo insulso e innecesario. Me estoy refiriendo no a una crítica literaria desprendida desde esta óptica formalista, sino de un análisis del proceso de la creación en el que se sitúa un escritor nuevo y, en todo caso, al vacuo panorama de tramas, historias y otros temas que cruzan la narrativa actual.
Ir más allá de las palabras usadas, estirar los sentidos, usurparle teorías al pensamiento, establecer un vínculo entre el estilo literario y la carga moral o ética o reflexiva, son terrenos poco y mal explorados por los nonatos novelistas. Dice Cabrera Infante al comienzo de La ninfa inconstante: “No me interesa la impostura literaria sino la verdad que se dice con palabras que necesariamente van una detrás de la otra aunque expresen ideas simultáneas. Sé que una frase es siempre una cuestión moral”.
Nadie mejor que Cabrera para definir todo esto que trato de levantar, la escritura es una cuestión moral y no una cuestión mercantil que se arrodilla a los vientos editoriales.
Por último, no puedo dejar de mencionar a dos autores que han trabajado con esmero e inteligencia la reflexión moral en la escritura ahondando en la palabra. El primero es Juan Goytisolo. En un artículo publicado en Contracorrientes (1985) y que leo en sus Los Ensayos, Península, 2005, titulado “El novelista: ¿Crítico practicante o teorizador de fortuna?”, afirma Juan Goytisolo: “Una de las paradojas más notables del mundo de hoy es el escasísimo interés que suele evocar entre los escritores -por no hablar de los plumíferos stajanovistas de la literatura- el estudio de aquellas disciplinas que, como la poética y la lingüística, se consagran al análisis de los materiales objeto de su trabajo creador”. Es cierto que Goytisolo extiende la pandemia a otros países y menciona explícitamente Francia, Alemania, Estad
os Unidos e Inglaterra, pero no es el caso que nos ocupa.El segundo autor que quiero traer a colación es Octavio Paz. Cualquiera que haya leído o lo esté haciendo (como yo) El arco y la lira o cualquiera de sus estudios poéticos, conoce la profundidad con la que se manejaba el polígrafo mejicano en la Historia, en la Filosofía, en las artes plásticas o en la Lingüística, entre otras disciplinas: “En suma, el artista no se sirve de sus instrumentos –piedras, sonido, color o palabra- como el artesano, sino que los sirve para que recobren su naturaleza original. Servidos del lenguaje, cualquiera que éste sea, lo trasciende”.
Esa trascendencia es quizás el omnímodo fenómeno de la literatura, el ser que expele la obra de arte y que el lector avisado recibe y sensibiliza. Descender con el escritor hasta las aguas órficas del lenguaje, sentirse imantado hacia la profundidad de otro decir, significa leer una obra literaria. Todo lo demás es un pan ácimo que no quiero y que vomito.
miércoles, 8 de abril de 2009
Cuando te quedas solo.

Es el río Guadalquivir, adquirido por su obturador como un cieno fantasmagórico, solitario, prendido por el sol moribundo de la tarde como un amor nostálgico y desvirtuado. Las puestas de sol en Sanlúcar no dejan espacio a las especulaciones: son únicas, verdaderas, inigualables, como debieran ser la poesía y la música. Dijo Juan Ramón Jiménez, Sevilla (1912-1918): “Guadalquivir…La G está escrita en la sierra, entre adelfares, y la R se abre y se cierra en Sanlúcar y se prende en la M del mar Atlántico”.
En la quietud de esas olas que desaparecen para nosotros, en esa prestidigitación oceánica que nos muestra el autor, el verbo contemplar se hace nada, porque ya se ha disuelto en el neptúnico silencio del agua. Rumor de agua, oculta limpidez de la nada, laguna estigia de los sentidos.
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Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como una luz en tus venas;
una viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.
Ángel Crespo, (Donde no corre el aire, 1974-1979)
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>, pez de teclado.
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%, estrabismo informático.
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º, mirador oceánico.
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¿, un gancho de la sílabas, de ella cuelgan.
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=, estación del imaginario.
martes, 7 de abril de 2009
I. A vueltas con la Literatura. II. Una breve historia de la cultura en España.
Es cierto que la definición de literatura está sujeta a la naturaleza de la literatura y si algo caracteriza a la literatura es su transformabilidad y su desfigurabilidad. Estos polisílabos, que tan bien definen ese estado continuo y pendular de la palabra, son los que utiliza Manuel Asensi en Literatura y Filosofía (Síntesis) para diseñar una definición de Literatura que se separe y delimite a la de Filosofía. El autor, de principio, es consciente de la dificultad y, por este motivo, llega a tal conclusión. ¿No hay acaso filosofía en una obra literaria o pictórica o musical?
El segundo punto, que se suma a la tesis anterior, es la reflexión sobre qué entendieron los autores, de distintas épocas, por literatura. ¿Sófocles, Manrique, Cervantes, Joyce, Borges… cuando hablaban de literatura, entendían lo mismo?
La definición de literatura lleva implícita una enumeración, una yuxtaposición de propiedades en que ninguna sobrepasa a otra en valor e importancia. Sólo se me ocurre escribr que definir la literatura es lo que está por definir.
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capitales, con los versos de los poetas que adularon el rincón peninsular. En ocasiones, como es el caso de Salamanca o de Toledo, de Santiago o Ávila, el autor persigue el aliento lírico y es entonces cuando el libro se vuelve más inolvidable y menos erudito, pero con ello transmite con más fuerza y ahínco la idea que persigue, la variedad de culturas que han atravesado la tierra y que han dejado su huella en ella: “Salamanca es una multiforme yuxtaposición de pupilas”. Como decía Juan Benet, la memoria también es la venganza de lo que no fue. Y por esos caminos parece transitar el autor: propone interpretaciones, las analiza con brevedad, otras veces se esconde de capítulos revisados, en otras se deja llevar por la tradición. Incluso se atreve con la autoría del Lazarillo valiéndose de las tesis de Rosa Navarro Durán: “Porque hoy sabemos que Valdés escribió la novela precursora del género picaresco, que fue él quien narró en primer apersona las andanzas del pregonero de Toledo […] (pág.141)”. Ninguna osadía, por otra parte.
En definitiva, un ramillete de episodios que se articulan en torno a ciudades y autores, un repaso ameno –en el sentido primitivo del término- por nuestra historia, nestra cultura y una lectura que, a pesar de ser una breve historia, valdría por muchos años de estudio.
lunes, 6 de abril de 2009
Examen de ingenio en la escuela.
domingo, 5 de abril de 2009
¿Leer es un problema?
La respuesta no la sé, pero la falta de respuesta me está llevando a plantear unas hipótesis que arrancan de la propia negación. A lo mejor no es necesario tanta relfexión y habría que dejar el tema como un lastre que nos sobra, que no merece nuestra más minima preocupación. A pesar de todo, si hubiera que entrar en faena, creo que habría que aclarar varios conceptos para hacer frente a la disyuntiva, a saber:
¿Qué es leer?
¿Qué implica leer?
¿Qué es el tiempo?
¿Qué implica el tiempo?
Con estas -y otras tantas- preguntas podemos acercarnos al problema. ¿Leer un libro es pasar por todas sus páginas? ¿El tiempo para leerlos es el tiempo de los mortales? ¿Basta leer un libro para leerlos todos? ¿En ese tiempo de la lectura, qué hay de nuestra vida? ¿Es tiempo inmortal porque escapa de la cronología?
Casi sin darme cuenta, estoy imbricando el problema del tiempo para leer en una cuestión ontológica y eso, en definitiva, nos lleva al ser. Por tanto, leer es ser, leer implica tiempo.
Con estas aporías he desvirtuado quizás el problema, pero al menos intento luchar contra el sofoco que me invade, a veces, no siempre, el estar delante de tantos libros, inalcanzables aquí, ahora, ¿son, quizás, para otra vida?
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La mañana se va entregando con su bajamar y con una panoplia de desconciertos. No termino de configurar mi respuesta a la lectura cuando otras palabras me distraen y extravían. No es para menos.
“El arte tiene más valor que la verdad”, sentencia Nietzsche en Voluntad de poder.
“La obra de arte es un modo de acontecer de la verdad”, dice Heidegger en Arte y Poesía.
Uno, Nietzsche, sobrepone el arte a la verdad en términos de valor, aunque en definitiva establece cierta filiación entre ambas, porque para superarla debe pertenecer a ella, se origina con y en ella.
Heidegger, por su parte, admite que hay más formas de revelación de la verdad aun sin nombrarlas. Está proponiendo la aletheía griega, el acontecer como manera de encontrar la verdad, a través del arte.
Ambos admiten el principio de verdad y ambos consideran el arte como una disciplina capaz de revelarla e incluso de superarla.
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sábado, 4 de abril de 2009
Corruptelas y desengaños.
Y pienso ahora, sereno, que los ciudadanos estamos tomando esa manía catastrófica como un don habitual, es decir, pensamos, a estas alturas, que ser político es ser un mafioso de la cosa pública que accede al poder gracias a las prebendas de otros mandatarios, que su único fin es el lucro personal y que los ciudadanos le importan muy poco.
Hace unas semanas, paseaba por la ciudad con la impresión de estar deambulando por una ciudad en manos del descuido absoluto. Me asomé al paseo marítimo para contemplar cómo cae el sol a media tarde en ese espectáculo natural que sucede a diario. Cuando me di cuenta, un hedor, una pestilencia insoportable, me agarró de la camisa y me tumbó. Era el olor que provenía de un caño de mierda que se vuelca al río justo al final de la Calzada de la Infanta, donde la concentración de turistas y sanluqueños es mayor. Ese vertedero -denunciado ya muchas veces por los ecologistas y otros grupos- sigue siendo el símbolo de la política en Sanlúcar. ¿Cómo se puede mantener tamaña cantidad de mierda al público?
El paseo continuó por las callejuelas del centro. Todo ello acompañado por la ruidosa sensación de libertinaje que poseen las motocicletas en esta ciudad: escapes libres, adelantamientos peligrosos para el viandante, etc.
La casa del Marqués de Arizón está a punto de consagrar, con sus ruinas en el suelo, el deficiente intelectual de los dirigentes políticos. Hace un tiempo pensaba que era difícil realizar ese tipo de proyectos; hoy pienso que la ignorancia no les deja ver la evidencia.
El enfoscado Castillo de Santiago alberga una gran atracción histórica y cultural: un restaurante. La vergüenza es mayúscula cuando, ciudades como Carmona, cuentan con un parador a la altura de las mejores instalaciones. En fin, la lista es interminable. La plaza de abastos será la piedra de toque de toda esta trama patrimonial: o demuestra la coherencia y la sensibilidad o la ignorancia supina elevada al rango de político.
viernes, 3 de abril de 2009
Ritos, liturgias y ceremonias. Pasarán unos años y olvidaremos todo.
En las baldas en que descansan los libros de antropología, llevan un tiempo dialogando dos cuya vecindad no había tenido en cuenta hasta ahora que escribo. Las lecturas de Joseph Campbell, Mircea Eliade, Julio Caro Baroja, Durkheim fueron decisivas para asimilar las formas complejas del hecho religioso desde el comparatismo. Realmente, El héroe de las mil caras, de Campbell, o La rama dorada, de J.G. Frazer, las recuerdo como lecturas tan altas y provechosas como cualquier novela o poema u obra de teatro capital para la literatura. Es decir, de un tiempo a esta parte, leo libros, en ese sentido ancho y ajeno que pretendo darle a la letra impresa; no quisiera, debido a los estudios, delimitar las lecturas a los acontecimientos estrictamente literarios. Puedo asegurar que, desde el punto de vista literario, Herreros y alquimistas, de Eliade, es un novelón inigualable.Los libros a los que me refiero son Los ritos de paso, de Arnold van Gennep y Ritos y rituales contemporáneos, de Martine Segalen. El primero de ellos se escribió en pleno fervor comparatista, en 1909, y fue una verdadera revolución para la concepción social del comportamiento humano. El autor establece varios conceptos que luego han quedado establecidos como norma propia de la antropología. Liminaridad es una de esas palabras que van Gennep inventó para las ciencias humanas. Alianza lo reeditó en 2008 y añadió una adenda que recoge las anotaciones del propio autor en su volumen. Sin embargo, quiero referirme al libro de Segalen.
Este libro lo publicó igualmente Alianza en 2005. Segalen se aprovecha de los trabajos anteriores como el de Gennep para aplicar el método a la sociedad contemporánea. Después de elaborar una revisión de estas versiones de principio de siglo e incluyendo los trabajos de Victor Turner, establece algunas clasificaciones de los ritos como la caza, la religión, las fiestas populares, el fútbol, la política y culmina con un espisodio que no tiene desperdicio, el matrimonio en el año 2000. Para ello hace una comparativa de la evolución de los rituales y celebraciones que han venido acompañando al acontecimiento.
Una delicia, una manera de ausentarse uno de sus propias costumbres y de desautomatizarse, como si sufriera, en las propias carnes, un vínclo con la aspiración formalista del lenguaje. Un verse envuelto en el engranaje masivo de la sociedad. Una manera, objetiva y pulcra, de observación de uno mismo. Todo eso transmiten estos libros de ciencias humanas, de humanas letras. Y ellas justifican la lectura: no son novelas, pero me hacen sentirme un personaje literario.
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en su casa madrileña. Un sueño ha inundado siempre el título de ese relato de Zúñiga que se ha ido acercando a mi biblioteca misteriosamente. ¿Fue quizás Trapiello o José-Carlos Mainer? ¿Ninguno de los mencionados?Tal es así, que en la reciente publicación de Martínez de Pisón, esa novela coral sobre la guerra civil, Partes de guerra (2009), está incluido el cuento. Pero también se publicó en Cátedra, en 2007, una edición que incluía Largo noviembre de Madrid, La tierra será un paraíso y Capital de gloria. La edición corre a cargo de Israel Prados. El editor comenta con acierto la trilogía que conforman estos cuentos y los pone en relación con la obra de Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego y con la Arturo Barea, Valor y miedo. La obra de Chaves Nogales la conozco y la he leído, también en una edición recuperada en Espasa. La obra mencionada de Barea no la he leído, así que no puedo establecer relación ninguna.
Largo novimbre de Madrid es un ejemplo de literatura sin ambages, sin añadidos morales o políticos. Un acercamiento sutil a un episodio poliédrico y complejo, de formas alargadas y difíciles de consolidar. la escritura es sólida, de una consistencia lingüística admirable y extraña en su coposición, porque aborda el tema desdelas víscera, pero con la templanza del paso del tiempo.
jueves, 2 de abril de 2009
Hacia el pasado volveré los ojos.
Al terminar de leerlo, un miedo -hasta ahora insospechado y extraño a mi tarea de escribir- apareció perpetuo. Era el miedo a dejar de escribir, comprendí. Y desde esos momentos no puedo soportar la idea de dejar la escritura, desasirme de la letra que me invoca cada día. También entendí, de facto, que dejar de vivir era dejar de escribir ¿o es a la inversa? Se puede vivir sin escribir, pero no escribir sin vivir. Escritor, triste vejez.Julio Ramón Ribeyro conoció bien los entresijos de la soledad que describió aquel 19 de julio de 1961 y por ese motivo escribe en su Diario el párrafo que tanto me ha desvinculado de la progresiva armonía de mi canto. La tentación del fracaso (Seix barral, 2003), la tentativa de ciega admiración demasiado solipsista, demasiado humana y vertical para los que el fracaso se mide en la venta de libros y no en la vertiente oceánica de su vida escrita.
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a Martín dedicado a Venecia, Arco del paraíso (Pre-textos, 2006). Recuerdo que las páginas de Wiesenthal dedicadas a Venecia fueron de las más alentadoras y turbadoras; así como el libro de García Martín, escrito con menos efusividad, pero con la reconcentrada cosecha de quien ama la serenísima configuración de Venecia. ***
Por la vida, la escritura en el latido. Me hace todavía un canto.
miércoles, 1 de abril de 2009
Revistas.

martes, 31 de marzo de 2009
Una visita al médico.
A don Agapito lo visito cada año, como alergólogo, cuando llega la primavera. Es una cita inexcusable, como el estallido de las estaciones o la llegada de la vejez. En su consulta me han ocurrido cosas muy curiosas. Todavía recuerdo aquella vez en que en el servicio me encontré a un hombre mayor desesperado, con las lágrimas recorriendo la anuezada tez de su rostro, “me ha dicho el médico que no puedo comer fresas,ay,…”. Tanto lloró aquel hombre que no pude más que abrazarlo y asistirlo en sus penas. En ese momento, entró la esposa con toda la sorpresa recogida en su grito: “¡Manolo!”.
Tampoco olvido lo que sucedió en la sala de espera toda vez que la consulta parecía terminada para el doctor. Se olvidaron de mí –al menos eso creí al principio- y cerraron la puerta del salón de aquella casa palacio. Pegué un grito motivado por el miedo y la asfixia repentina. El médico entró poco después, sonriendo a boca llena, “no se preocupe, sólo es un experimento de la liberación de histamina ante situaciones adversas como la claustrofobia, ja, ja , ja…”
Pero este miércoles debía ser distinto, yo quería delimitar mi divertimento y por eso me llevé el libro de Pessoa.
Los dos nos mantuvimos en silencio un rato hasta que el doctor Agapito pareció tomar conciencia verdadera de la sentencia que inciaba la entrada 203. “Escoja usted otro pasaje y léamelo, pero mientras, entre en el cuarto y desabróchese la camisa, debo auscultarlo...”, me imprecó el doctor que ya batallaba en su mollera con la frase de marras. “¿No cree usted que ya está bien de atender a tantos enfermos?, ¿ha sido usted enfermo alguna vez, lo han auscultado, lo ha auscultado un paciente?”, dije sin remiendos. Don Agapito me miró tremebundo, como un abismo del que manan los sueños.
Cuando sonaron los golpes en la puerta, ya estábamos sentados los dos en la camilla, comentando varios pasajes de Pessoa. El doctor reía, glosaba, intercalaba metáforas con léxico científico; se le escuchaba desde la sala de espera, por eso la esposa entró de repente con actitud bravucona, “¿Agapito?”, le preguntó en la inmensidad de su bisoñez. “Déjame, por un momento, que me habiten los otros”, contestó.
lunes, 30 de marzo de 2009
Canto y delirio.
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v, gaviota hierática.
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w, el bigote de Nietzsche.
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d, caracol vertical.
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D, arpa con cuerdas transparentes
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Yo no soy yo, pero no preveo quién dejo de ser. En el otro me fundo, y me precipito en la escritura, y pienso: la escritura es el rescate de un yo que se muere en nuestros dedos. Acaso su rostro.
domingo, 29 de marzo de 2009
Libro de réquiems, Mauricio Wiesenthal.
La publicación de una obra literaria es, en estos tiempos, fruto de varias posibilidades entre las que la calidad de la escritura y la altura literaria están al final de la lista (si es que figuran). Por este motivo, cuando hablo con un amigo u otro sobre publicar la obra que uno que va escribiendo artesanalmente y sin más ánimos que la necesidad imperiosa de escribirla, siempre contesto que hay dos posibilidades. La primera es que si quieres ganar un premio, alguien debe querer darte ese premio. La segunda, que un editor se encapriche de lo que escribes aunque sea detestable y degradante. A pesar de todo, Edhasa logró publicar este y otros libros del autor que han sido acogidos con notables elogios por críticos y, sobre todo, por lectores que se han atrevido a pasear por las numerosas páginas de sus volúmenes. A pesar de esta circunstancia, los suplementos culturales han desatendido, en gran medida, la aparición de esta obra; recuerdo sólo a Alfredo Valenzuela largo en elogios. Y a Anna Caballé entusiasmada.
Libro de réquiems (casi setecientas) es la reunión de un salmo de alabanzas a las figuras europeas que ayudaron a construir y a consolidar un espíritu que atraviesa la creación en sus múltiples disciplinas. Para esa empresa, Wiesenthal organiza ese recorrido a través de las ciudades en las que esos genios (término que dejo al alcance filosófico más alejado del Romanticismo) desarrollaron su creación y en las que el propio autor ha vivido posteriormente: París, Roma, Venecia, San Petersburgo, Madrid, Sevilla, Viena, Londres, Napoles, Berlín, etc.
La escritura es prodigiosa por momentos, con un ritmo que alterna la parrafada biográfica y excesiva con la reflexión sutil y delicada. Los términos son precisos, justos, sin obsoletas manías sintácticas ni préstamos innecesarios que afeen la virtud y el estilo de un escritor. Escribe como viaja, al ritmo de las intuiciones, pero siempre con el tino de quien tañe un instrumento bajo el aforo de la nada.
El libro se convierte en un alegato de los valores y las tradiciones que han sustentado a Europa como tal y que han caído, rendida por la ignorancia, en el olvido:
“No hagamos preguntas. Pero escribí estas páginas para quitarme el sombrero
delante de los condenados y para dejar coronas de flores a los pies de los
muertos. Ellos no me necesitan, pero yo a ellos sí”.