domingo, 25 de marzo de 2018

19 escritos en la noche que no fueron lírica ni suceso. Escribir como vivir.

ESCRIBO a diario desde hace muchos años. El ejercicio es irrenunciable y forma parte del quehacer cotidiano como ejercicio y fundamento de la reflexión del vivir. Suelo leer antes de escribir aunque, últimamente, prefiero acoger el fulgor de la lectura en el interior y la memoria para, con el tiempo, volver al pasaje. Tal que Bécquer, trato de sosegar el estupor como vaso o recipiente de ecos ajenos.
Y el silencio se impone; con el tiempo, el silencio va cayendo como un gong enorme y templado que se expande hasta transformarlo todo en una suerte de imagen última o de reflejo perpetuo.
Creo, con Borges, que la memoria es la sucesión de las imágenes últimas que tenemos de la realidad y que, en ese carrusel, es el ingenio, la inteligencias la que actúa para reconvertirlo en discurso.
Sucede con la literatura, con la lectura misma. Creemos en la memoria de la última lectura que hemos realizado, en la proyección mental de los elementos lingüísticos del poema o de la novela que acabamos de leer. Lo hacemos sin caer en la cuenta de que todo ello no es más que un suceder personal, una forma especular que un lector construye para el texto. Pero no es el texto definitivo como tampoco es la la vida la realidad definitiva que cada cual piensa o cree construir o entender.

Por este motivo, observo, contemplo, analizo, pienso el discurso que, en cuanto verbalizamos, comienza a establecer una realidad en el otro, una interpretación, una ideas de lo que pretendemos decir o escribir. Y en ese punto el silencio va con la plenitud de la poesía, del discurso literario en definitiva.

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Deseo que no suceda en educación con los profesores lo que pasa en los premios, saraos y aledaños de la literatura, que solo cuentan lo que son de la "familia" o de la misma capilla o cenáculo. «Vanitat vanitatis».

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Con más ahínco creo, cada vez más, que el ser humano es una encrucijada de frustraciones. La primera la finitud que es frente a la infinitud que desea; pero luego está la alcoba, el diario, lo incidental. En este punto se demuestra el grado armónico interno que cada cual posee.

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Una persona que no lee o que lee banalidades tendrá un discurso vacuo y una forma banal de decirlo o escribirlo. En un profesor la falta de lectura es una carencia crucial para que su discurso y juicio, su escritura y lengua accionen en el alumno los mecanismos del conocimiento.

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En tu palabra va tu idea y a la inversa; si no cuidas tu discurso poco valor tendrá para el resto, porque la forma del discurso es la forma de tu persona. Eres tus pensamientos y tus palabras.

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Qué moderno y de este tiempo T.S.Eliot y qué avejentados los poetas del día. Ser poeta es ser unidad en la fidelidad a poesía ; percibir la indolencia y alejarse de lo siniestro. Unidad en ella de palabra y acción.

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Entre un ser limpio y un estar fingido prefiero la levedad del silencio.

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Cuando Platón hablaba de "poesía" trataba de utilizar el sentido etimológico de "creación", esto es, de palabra dadora de realidad, de realidad misma en la palabra. Y de ahí que los géneros literarios no tengan intervenciñón alguna en la verdad literaria que transmite el texto.

Sin embargo, podría decirse que los géneros literarios han encauzado la expresión humana en instituciones formales que acogen las constantes como humanos. Itinerarios de la condición.

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El sucedáneo del tiempo es la geografía de la memoria.

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Lector y escritor desconocen su origen, su unidad; por esto cuando un lector desvela el sentido de la palabra verdadera, inaugura, con el escritor, en diferido, el oscuro pasaje de su condición e identidad.

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La naturalidad en el arte es tan difícil alcanzarla que algunos la niegan. Naturalidad no es sencillez, es verdad y armonía, razón poética.

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Vienes de un sueño oculto y sinuoso, de púrpura y de nieve, al encuentro de tus días. Solo la consciencia limpia advierte la grandeza de estar vivos.

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En la más pura insignificancia anida el fulgor de lo que somos.

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Si la lectura de un libro no conduce a la transformación de la realidad a los ojos evidencia su falta de verdad y belleza.

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Todo es en el fondo, incluida la nada, una desaparición de la voluntad y el deseo.

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Vivir en la falsa apariencia es una moda de antiguo de estar sin ser.

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Es el estilo literario lo que establece es el tipo de lector que uno es cuando escribe.

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A veces, el silencio es el mejor tributo a la poesía.

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Renunciar a la ética es el fin de la belleza a la ojos.



miércoles, 28 de febrero de 2018

La sustancia de lo vivido y de todo lo por vivir. Café con Aristóteles, Borges, Flaubert, Cervantes, Unamuno y J.R.J.

NINGUNA disciplina, ningún artefacto, ningún otro invento realizado por el hombre con artificio ha establecido una historia de los mortales, de los individuos como la Literatura. Porque no deja de ser la Literatura una forma narrativa y de asunción de querer entender lo que somos. 
Podríamos decir que la Literatura es una suerte de cosmogonía que cuenta con la virtud y, a veces, la rémora, de utilizar las palabras, las lenguas mismas con que nos comunicamos para lo menos trascedente del día. 
Con las lenguas convivimos y establecemos pautas de actuación que nos ordenan, nos alzan cívicos y nos hacinan como si todos fuéramos iguales ante todo. La Literatura participa de esa misma lengua e identidad pero introduce lo que ya había atisbado Aristóteles y los propios filósofos antiguos, todo lo que ha sucedido en la memoria de un individuo, sea esa acción tal o fingida, engaño o verdad, realidad o deseo termina por entenderse tal y como una realidad completa. El paso de la vida iguala todo en la memoria. Y ya Borges nos advirtió de que el recuerdo es siempre la última imagen del recuerdo no el recuerdo mismo. 

En ese salvoconducto la literatura provoca la indistinción entre lo vivido y lo narrado, entre lo leído y lo aparentemente vivido. De tal manera que la realidad y lo que llamamos ficción terminan por convertirse en un haz y envés de una vida. No se ensancha más la vida de un lector ni se hace más grande ni ajena, ni tampoco se viven más vidas si se lee más; la literatura detona, cuando se hace a la forma de Flaubert, una parálisis en el entendimiento que nos lleva a no saber dirimir en el suceso de la realidad. Cervantes, en esta encrucijada, escribió la obra definitiva. Unamuno quiso verlo en la niebla de su literatura. 

La literatura introduce todas las posibilidades narrativas de un mismo hecho, por no hablar de la poesía como el sublime acto de desvencijar lo aparentemente real. Decía que en ese forcejeo del intelecto con la realidad a los ojos y la realidad a la consciencia opera la Literatura con sus fauces de subversión. El poeta supo contenerlo en su palabra, en Espacio de  J.R.J. leemos lo siguiente: 


"Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo por vivir. No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo a un lado y otro, en esta fuga, rosas, restos de alas, sombra y luz, es sólo mío, recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido".[...]   

En efecto, ...la sustancia de lo vivido y de todo lo por vivir y la consciencia plena de que no somos solo presentes sucesivos sino que contenemos el mundo porque el mundo para cada individuo ha sido precisamente esa suma de recuerdos, de alas giratorias del pasado y de desiderios del futuro. Todo en la vida se trastoca con la literatura en presentimiento, posibilidad, condición, estrato subjuntivo y posible que se desarrolla junto con lo más físico, presente, banal, materia del olvido. En esa conciliación la Literatura vértebra una estación ética y estética de la que no debemos apartarnos nunca porque ya pertenecemos al rudimento de lo literario tal que un personaje, un capítulo, una acción. 

martes, 27 de febrero de 2018

El dragón rojo y la vértebra del tiempo en la sien.

No existirá nada de cada individuo como no ha existido mientras vive a no ser que ejecute arte y obre en esencia. El amor es acto de permanencia en la memoria de los individuos cercanos tanto como el arte, pero la palabra literaria encierra además el desiderio del corazón.

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El uso estilístico del elemento copulativo como estilema del autor: «Cuanto se nos dice puede ser y no ser», Berta Isla de J.Marías. También Vicente Aleixandre participa de lo mismo, entre otros.

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Creo que la mente posee mecanismos que determinan el alma. Y que esa condición es traslúcida y abierta cuando es límpida y verdadera.

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El anclaje, el centro, el dragón rojo: respiración y concordia, evanescencia de la tierra toda en el cuerpo. Levedad y consciencia. El eje vuelve a situarte en el espacio sin tiempo del que no debes distanciarte por el devenir de lo inmediato.

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En tus palabras como en tus acciones porque la palabra es acción del espíritu.

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Un profesor que no lee es un corazón que no siente.

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Con el libro de J.Marías sobre la mesa me asomo para observar la lluvia tras los cristales. Para ello he agarrado «Enrique V» de Shakespeare. Antes de caer en el sueño sin fin de la noche leeré de nuevo a T.S.Eliot. También la levedad del ser posee subjuntivos y trazos de luz.

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En la bifurcación de los jardines, cuando todo se somete al juicio del tiempo, prefiero siempre el silencio solemne de los himnos de la humildad a la sordina imposible de los rumores de lo siniestro. El uno plural al yo de ceniza y miseria. Ética estética.

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La lectura, como forja para el individuo, otorga lecciones de claridad y benevolencia: el tránsito de la memoria en las palabras y su narración.

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En Literatura existe una cosa más perversa que no leer: la envidia y el afán de publicación. La venta del recoleto jardín de la belleza al siniestro existir.


miércoles, 14 de febrero de 2018

Nombrar es un ejercicio de permanencia

LA MESA presenta una pila de libros adocenados como torre o sarmiento de campo. Poesía, ensayo, narrativa. Cada vez más libros que no pertenecen a un género literario determinado, antes al contrario, me apasionan los volúmenes escritos sin brújula ni prejuicios. De Boswell admira uno esa matriz de alcoba en su mirada para traernos al doctor Samuel Jhonson en carne viva. Ante esa vitalidad intelectual paso a Marco Aurelio recluido en Vindobona ante el crujir del paso de sus hombres y la claridad estoica de su palabra hecha individuo. 
Escribo, tomo notas, cada vez más breves y personales. Subrayo un recurso de estilo que hace que el texto se transforme en lucidez y anoto, para copiar e imitar, los rasgos de escritura de los autores que admiro. 

Del ejercicio de escribir puede que la primera lección resulte de la brevedad y la concisión. La madurez y el tiempo conducen al sosiego y la selección. Al tener la consciencia de la finitud más iluminada la palabra se empequeñece y humilla hasta casi desaparecer. Nombrar es ya un ejercicio de permanencia en el tiempo y esa situación es la vida misma despojada de todo, siendo todo.  

martes, 13 de febrero de 2018

Un silbo misterioso que nos iguala en el origen.

OBSERVO el oleaje, el pausado y rítmico suceder del agua ante los ojos. La marea va creciendo y eso provoca que la mar presente un nerviosismo de colibrí. Asoma su cabeza cada vez con más ímpetu. Ya roza los pies y dentro de poco tomará la holgura de los tobillos. Entonces, mis pies se clavarán en la tierra como cuando era un niño atrevido y vívido. 
Como un árbol, quieto y envirotado, aguantaba hasta el desequilibrio el empuje de las olas en mis piernas. Ahora sostengo a mi hijo en brazos. Y mi hija me da la mano. Estamos los tres en una misma estación, en la misma tierra mojada de aquella infancia que solo restalla en mi memoria. 
Los agarro con fuerza y trato de hacerme invisible para que solo sientan el perfil del aire en sus cuerpos menudos, para que asistan a la meditación del mar, a la música del sur. 
F. se asusta a cada oleaje, pero E. ya sabe qué estamos haciendo porque lo hemos repetido en muchas ocasiones. Nuestros cuerpos están recogidos por un sol dulce y penetrante que calienta y reconforta. 
Dura poco la acción, acaso unos minutos, sin embargo, siento que acabamos de recorrer, juntamente, un silbo misterioso que nos ha igualado en el origen.     

lunes, 5 de febrero de 2018

Ocho de invierno y de agua.


Cuando uno advierte la disarmonía no puede más que callar y huir. La valía de un individuo está en su natural transparencia.

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El verdadero murmullo recorre las galerías internas del individuo. En ellas se entona un himno natural, un silbo armónico que puede pasar sin más o alzarse en el itinerario de vida. Cuando eso ocurre todo es uno y nadie puede alejarse de ello. Exacta música del ser finito.

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Si, al menos, hubiera trino y flor en la poesía de ahora o música de vals en los jardines  o siquiera un canto veraz y lúgubre al oído atento; pero la ausencia de ti, poesía, en los que convocan tu nombre, es signo y defunción de la relación del poeta con la lengua y el cosmos.

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Un hombre solo, un mortal cualquiera puede figurar la inmensidad de su condición y no transmitirlo nunca. El arte desvela la consciencia de la especie en el individuo.

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Toda levedad se revuelve contra su propia naturaleza.

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La ausencia de la búsqueda interior provoca la disarmonía y la ingratitud desatadas, acaso los instintos  más banales. La búsqueda del ser, el deseo de armonizarse con el entorno todo, el yacimiento en el espíritu de la belleza, del bien, de la verdad nos hace humanos.

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Con García Baena muere también la carne viva de la poesía de raigambre pura y bella en lo contemporáneo, pero sus poemas son ya himnos ya diatribas de la música del ser en el jardín del verbo. Voz del Mediterráneo y surco alado en la tradición poética más necesaria y veraz.

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Hubo un tiempo en que literatura tenía en el periodismo su lugar de apariciones. En la actualidad no existe ni libro de estilo ni criterio de selección. También los premios literarios ejercieron función social del arte; ahora, uno y otro, cuartel de invierno de la mercadotecnia.

miércoles, 10 de enero de 2018

Bécquer y Quevedo, calas en la noche.

HACÍA tiempo ya que no leía a Bécquer. Para decir la verdad y ser franco, hace unos meses estuve leyendo algunos pasajes de sus relatos. pero su poesía la había dejado desde hace demasiado tiempo. 
He cogido el volumen que compré en Sevilla, en el año 99, y en el que tengo subrayado y glosados casi todos los versos de mis rimas predilectas. De todas, esta: 

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Con los ecos del mundo clásico, con la intersexualidad semántica de la dimensión cósmica, con la tierra, el mármol y el gusano, leo a Quevedo:

[...]
Tierra te cubre en mí, de tierra hecho;
la conciencia me presta su gusano;
mármol para cubrirte dé mi pecho"
[...]


domingo, 7 de enero de 2018

4:50 horas, la lluvia ufana de sí.

4:50h. Llueve. Hay un zumbido en el silencio que acompaña el tintineo de la lluvia en la calle. El viento azota el cuerpo entregado de la noche. Leo con sigilo y escribo algo en las guardas con lápiz. Arriba, duermen, los tres. Me dirijo a la puerta. Cuánta levedad ya en mi piel.

"Los conocimientos intelectuales son papel", afirma Hesse en "Lecturas para minutos" y continúa con las siguiente sentencia: "Hay pensamientos y sermones colectivos, pero no hay una poesía colectiva".Y culmina la secuencia la siguiente afirmación: "No es arte original a costa de la comprensibilidad y de la forma clara e inequívoca".
Por ende, "el arte vale lo atemporal, no la moda".


martes, 2 de enero de 2018

De púrpura y nieve 2018

ASÍ, con la  bimembración de este enunciado, con el sonrojo de no cejar en el empeño de escribir, comenzamos este 2018, once años de escritura personal, absolutamente libre, como una figura sin sombra, como una entonación de que he venido siendo. 

Un verso de fray Luis vuelve a darle unidad a todo un año de escritura y vida, Oda XIII, "De la vida del cielo".

Toda escritura es la construcción de la conciencia humana. Como en el Cratilo de Platón, dar nombre es despertar al espíritu hacia las músicas de los sueños y las fábulas. Por eso mismo, la poesía, el nombre dador y transformado, debe estar escrito desde esa consciencia. La historia de las lenguas consienten la historia de sus espíritus. Es más, todas conforman la historia del espíritu de la humanidad.  Con Hegel, el lenguaje es “la visible invisibilidad del espíritu”.  
Sin embargo, en el mismo ejercicio del lenguaje, en la edificación racional de la palabra existe un oscurecimiento y una dispersión de lo natural. Entre una y otra, entre conocer y reconocer, el círculo sonoro de la palabra poética. En términos de Hegel, "oímos nuestro ser". 


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Novela y poesía I

QUIZÁS comenzar a escribir una novela es la manifestación más diáfana de la voluntad de un individuo pues a diferencia de un poema o de cualquier otra manifestación literaria, la novela consiente el esfuerzo, el repaso, la variación, la usurpación a lo vivido y lo soñado e inventado en una misma cosa o quizás no, y puede que en el comienzo el ímpetu prístino de una narración anide en una afán de pervivencia en la ficción, es decir, en lo que no ocurrió nunca o pudo haber sido, en lo que convive con lo que es verdadero o lo parece. Puede que narrar, contar sucesos inventados, o no inventados del todo, demediados entre lo real y verosímil, confiera al lector la naturaleza más verdadera de su vida, la condición de ser en un estado que nunca antes había sido posible hasta el encuentro con el relato; de ser la otredad, la vida imaginada del autor, la ficción misma de lo leído y proceder como un ser sin tiempo finito o inmaculado de toda finitud.
Así, sucesivamente, vas leyendo estas mismas palabras y te vas encontrando significados y sentidos ocultos hasta ahora en tus recuerdos; lees una y otra, tu vida prosigue y evoluciona en ese tiempo, al ritmo y la relación del tiempo de la lectura. El tiempo de la vida del lector, si es que posee consciencia de qué es aquello, se diluye en el tiempo de la ficción hasta perderse, hasta perderte, como en este instante en que ya no vives tu tiempo sino que has usurpado el tiempo de estas palabras hasta difuminar su rastro y su azote, su represión y su sentencia. Es, en ese mismo instante, cuando se produce quizás uno de los más maravillosos actos de un hombre en la tierra gracias a la palabra: deja de ser él para poder ser.   

Detrás de un hombre o hay acciones o hay palabras; y puede que la literatura sea la acción de la palabra que involucra al lector y al creador en una misma unidad: la esencia de la palabra. Sin saber cómo, con qué procedimientos del azar o lo fortuito, lo irrevocable o el destino de cada cual, el texto se va edificando hasta alcanzar una unidad, -si es que la alcanza y habita- aunque sea en destellos y fragmentos.  Una unidad que lo envuelve todo e hilvana e incluso lo presenta como una sucesión continua de hechos y acciones, causas y consecuencias. No es así, sin embargo, como sucede todo y, más todavía, cómo se resguarda en la memoria. Por eso mismo escribir esta historia es una forma de escribirla y hacerlo como si yo hubiera sido el protagonista de la misma no es más que un método para contarla, una perspectiva de la palabra pero no la única; puedes tomarla como el suceso de cualquier hombre, cualquier individuo, pues somos lo mismo al fin y al cabo. El yo que narra no es el yo que recuerda, ni siquiera el mismo yo que trata de trenzar oraciones. Como decía Pessoa, existe una confederación de yoes en la que, eventualmente, hay uno que se sobrepone en torno a los demás y gobierna con tiranía o con deseo y afán de prevalencia.   

I
ME encontraba en el boulevar Jourdan,  en la habitación del Colegio de España en que residía desde hacía unos meses y en la que no en pocas ocasiones había tratado de dar orden a estos pensamientos, de establecer una relación de todas las ideas que me azuzaban. Porque un hombre es invadido por las ideas desde que su palabra posee consciencia y debe convivir con ellas y tratar de entenderlas y relacionarlas ya que, escondido, sucinto, sugerido puede que el sentido de la existencia se reguarde ahí, en esa secreta estación que todos llevamos como un acuífero subterráneo y secreto y que puede no aparecer nunca en nuestra consciencia y que puede morir con nosotros con la melancolía de un parque solitario, de un jardín marchito todo él. 


sábado, 16 de diciembre de 2017

Rue de Rivoli. Rilke, Valéry, Paul Celan y el café con Coleridge.

AQUÍ, sentado en esta calle bulliciosa y de perfiles diversos, comienzo a tomar un café mientras termino de leer algunos poemas de Paul Celan, un fragmento de Hannah Arendt, una selección del Cuaderno de P. Valéry, de releer la Carta VI de Rilke a un joven poeta, -puede que él mismo-, y la enjundiosa Biographia literaria de Coleridge. A todo esto, corona la pila de libros una libreta nueva, que compré en el Louvre, y que le he dado el nombre de "Cuaderno de París": gris, con un detalle del retrato en que Rafael nos trae un retrato de Castiglione, y con algunas impresiones ya escritas en las páginas interiores del Colegio de España y de Sainte-Chapelle. 

Me quedo con la cabeza envirotada, observando el devenir de un grupo de niños, mientras pienso en lo que acabo de leer en la Carta VI de Rilke. En su redacción final, afirma lo siguiente:

"piense que lo menos que podemos haberes no dificultarle más su devenir, como no se dificulta la tierra a la primavera cuando quiere llegar". 

Claro está que Rilke se refiere a la poesía, pero lo hace con una naturalidad clarividente, con un razonamiento preclaro y diáfano sobre la acción de poesía en el mundo con la intervención del poeta. Advierte Rilke de la desazón que debiera arder en el poeta de verdad cuando este o bien fuerza la presencia de poesía o bien deja de invocar a su consciencia y condición para encontrarla. 

En este punto, me dirijo a las páginas de Valéry: "La poesía es el lugar de los puntos equidistantes entre lo que puro sensible y lo puro inteligible en el ámbito del lenguaje". 

Mi inquietud se dirige ahora hacia el suicido de Paul Celan: un cuerpo, un río, una idea, quizás la consciencia intuitiva de la desobediencia o la soberbia de la condición humana achicando el cuerpo de un hombre solo de un solo hombre. 

Paul Celan, escribió un hermoso poema que pertenece al libro De umbral en umbral. A la muerte de su hijo, François, al poco de nacer, surgieron estos versos: 

Las dos puertas del mundo
están abiertas:
abiertas por ti
en la doble noche.
Las oímos golpear y golpear
y llevamos lo incierto,
llevamos el verdor a tu siempre.

Y, mientras se apaga la luz de París en la recoleta calle parisina, la luz del día en un hombre solo,  mientras voy acabando el café ya destemplado, mientras que todo sucede al margen de uno (las voces, los diálogos, las declaraciones de amor, las enemistades, la reconciliación, los sueños en los transeúntes, las ideas y venidas de los cuerpos flotantes) entiendo que entregarse a la poesía es una actitud plenamente ética, más ética que cualquier otra cuestión incluida la estética. 
Porque la poesía, el Arte, es una transición del espíritu del paso de esta tierra leve a otra tierra leve y en esa transición, en ese encuentro aritmético, el espíritu halla un fulgor equidistante y puro, sensible e ininteligible que llamamos poesía. 


viernes, 8 de diciembre de 2017

Madrugada y fulgor con Marco Aurelio y la prosa de Javier Marías.

DE UN TIEMPO a esta parte, comenzar el día leyendo, -agarrando un libro y entregándose al texto que le da sustancia-, es un acto ya de total rebeldía en este mundo. Ese rito, esa acción insonora e individual, alejada de toda trivialidad y desazón, cuenta en la vida de un individuo como un ejercicio de consciencia y plenitud. Como dice Marco Aurelio en Meditaciones,  Libro VI: "Las mejor manera de defenderte es no asimilarte a ellos". 

Suena Scott Hamilton y sigo con Berta Isla de J. Marías, es decir, con la narrativa y la prosa condicional y subjuntiva de un autor excepcional. Todo relato interno, toda historia que lamina el libro me resulta insignificante en comparación con la factura singular de su prosa; porque en Marías, y así se hace llamar en el lomo de la novela, Marías, a secas, como el joven Marías que fue, sin el nombre, construye un discurso narrativo en que la evolución semántica del relato se entrelaza con el  discurrir sintáctico de una manera tan enjundiosa y particular que trastoca la forma misma de entender la vida cuando uno sale del texto. O puede que, como sucede con Bernhard o con Kafka o con Cervantes el texto seda más vida que libro para el lector. 

Y la lectura congracia al ser individual con la armonía de la especie que lo acoge. El natural discurrir de nuestro paso por estos días fugitivos adquieren la semblanza natural cuando actuamos según los instintos y los pálpitos que nos guían desde el interior. Con Marco Aurelio en Libro VI 11., ahora que empieza a despuntar el sol, añadimos a la lectura de Marías, la siguiente reflexión de M.Aurelio: 

"Siempre que te veas obligado por las circunstancias como a sentirte confuso, retorna a ti mismo rápidamente y no te desvíes fuera de tu ritmo más de lo necesario. Pues serás bastante más dueño de la armonía gracias a tu continuo retornar a la misma". 








   

jueves, 7 de diciembre de 2017

Lleno de mí, jardín junto al mar.

LA NOCHE sin fin, nocturnalia, como el poema del mejicano Gorostiza: 

"Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga"

[...]



Puede que esta escritura de diario, esta desaforada manía de escribir pertenezca a la epifanía del lenguaje, nada más. En este sentido, leo el recordatorio de Manguel sobre escritores que se manifestaron lectores de diccionarios: desde Thomas Cooper hasta Nabokov pasando por Flaubert, García Márquez, Groussac, Jean Cocteau y, añado yo, Borges. Todos lectores y amantes de las palabras, porque, como afirmaba el propio Cocteau, todo obra literaria no es más que un diccionario ordenado o a la inversa. 

Pienso que las palabras están y quedan para invocarlas desde la creación estética. 
Se cumple una década desde que comencé a edificar este diario. Diez años de escritura casi ininterrumpida, que me ha servido para establecer un jardín junto al mar, esto es, un laberinto cuyo hilo de Ariadna conduce a la presencia de un individuo que ya no soy. Una figuración, un rostro fugitivo, un ser que ha ido transformándose gracias a los golpes esclarecidos del centro indudable. 
La soledad, el silencio y el ser en una tríada de figuraciones y dictados. Palabras, de un diccionario personal e ilegible que han sucumbido al ruido constante de lo cotidiano. 
No es momento de codas finales ni de inviernos prematuros para este Trópico, antes al contrario, conmovidos por la fuerza cenital de Literatura prosigo en la tarea que nadie me puso, en el ejercicio que nadie me enseñó, en la necesidad de vivir leyendo de leer viviendo, de ser rito de silencio, algo en nada, cuestión de desnudez, contemplación, huerto, umbral, canto de semilla, sueño de indolencia,  paso del tiempo, acaso fin y principio. 


Dice Bachelard en La poética del espacio que "de todas las estaciones, el invierno es la más vieja. Pone edad en los recuerdos". En ese contexto, la casa se impone como un ser; la morada, el lugar de actividad del ser humano se transpone en metáfora viva.  Somos en un lugar cuando decidimos tomar el pulso de la escritura. La casa es un paisaje interior, una prolongación de nosotros mismos; en ella habita nuestra vida proyectada, somos en la casa una suerte de constelación diáfana y recoleta. 


Hace un tiempo que advierto que los individuos más peligrosos son los serafines y los sombríos. La suerte de lo siniestro está en querer parecer lo que no es. Y en ese estado especular evidencian, sobre todo, las carencias que poseen. 








miércoles, 6 de diciembre de 2017

Manguel embala su biblioteca mientras leemos juntos a Marco Aurelio, Cicerón y Montaigne. .

Pisas la tierra justa para llevar tu vida
al confín y la nada herido por el tiempo. 
Levantas tu reflejo hacia la luz que acoge
tu origen y destino.

[...]


Marco Aurelio, en el Libro V de Meditaciones comienza a adentrarse ya en el territorio limítrofe de la divinidad y el hombre. Considera que la fortuna consiste en poseer un conjunto de tendencias del alma hacia los buenos impulsos, hacia las buenas acciones. Y añade que eso se consigue orientando el alma hacia la reflexión de la totalidad de la sustancia, de la totalidad del tiempo y del confín del destino. "¿Qué parte ocupas?", se pregunta el filósofo y nos hace preguntarnos a nosotros. 

En esta sucesión de pensamiento hacia la dimensión de nuestro paso en la tierra surge el concepto, que amo y adoro, de amistad. Considero que la amistad es Amor y que el amor es la fraternidad que sustancia nuestro paso por la tierra. Sus variantes son múltiples, pero todas importantes para el desarrollo benevolente de nuestro espíritu. Recuperaba el pasaje que Montaigne dedica precisamente a este asunto, pero hoy quisiera traer al diario lo que mi admirado Manguel utiliza para abrir su libro Mientras embalo mi biblioteca. Estamos ante un texto de Cicerón, autor que, sin duda, está en el sustrato de las reflexiones de Montaigne. Dice Cicerón en De la amistad
"Si alguien subiera a los cielos y contemplara la naturaleza del mundo y la belleza de las estrellas, la admiración que sentiría le parecería desagradable, pero sería en cambio la más placentera si tuviera a alguien con quien compartirla". 

Quevedo escribió que "los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan"; pudiéramos decir que el lenguaje del corazón, de las almas que poseen afinidades, desarrollan y extienden nuestra existencia hacia un territorio que ensancha nuestra propia vida.