sábado, 12 de junio de 2010

Llego a Roma y recuerdo las palabras de Juan Ramón Jiménez: “está el cielo tan bello que parece la tierra”. Traigo estas palabras delante de una plaza que nos ofrece el acomodo del viajero en la monumentalidad. Roma es la vastedad de la tierra ensimismada y nada más llegar, con tal sólo deambular y levantar la mirada, advierte uno una historia subyacente que lo atrapa y derrite. Es la eternidad de la palabra edificada frente a la lábil y momentánea presencia del bárbaro de marras.
Porque uno se siente bárbaro en Roma y en Florencia y en Venecia, como adentrado en un paisaje que acumula el sueño de la humanidad. Estas ciudades ofrecen, como las grandes obras literarias y filosóficas y pictóricas y musicales, la presencia de la humanidad, -toda, profunda, desconocida, proteica, indescifrable, desmesurada, ilógica-, en el espacio de un solo hombre. Cuando eso ocurre, la obra artística ha traspasado la condición del tiempo y el espacio.
Comienza en ella, sin embargo, un abismo que sólo se encaja en la horizontalidad. Una disposición horizontal que jamás un solo hombre, demasiado preocupado en sus verticales ejercicios egocéntricos, podrá discernir entre sus huellas en la sombra.


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En ocasiones, los fines de semana, agarras un libro de poemas y te vas al parque, a leer socorrido por el silencio de la tierra y el trino de los árboles. Vas al parque que está cerca de tu casa. Pasado unos minutos, leídos unos poemas, vuelves a caminar sobre tus pasos perdidos. Lo haces recordando algún verso, convertido, revisitado, llevando a la boca la sonoridad de las palabras que han hecho que te levantes temprano, que vayas al parque y que leas poseía.
Cuando la mañana ha penetrado el día, compras algunos periódicos sobre todo para leer los suplementos culturales. Sobre todo para leer las críticas literarias y para confirmar cómo la literatura ha terminado abigarrada a la mercadería y al palabrerío desmedido. Los lees, sin embargo, a pesar de conocer su sustancia, con la motivación de una ola sobre un acantilado. Tomas café para acompañar la lectura.
Te gusta comerte alguna fruta a media mañana y escuchar algunas lecciones de italiano o de inglés al tiempo que sacas, de las baldas vencidas, un libro de Perec, de Mann o de Herrera. Ya suena Corelli, el último cedé que adquiriste ayer por la tarde. Los dejas sin cobijo en la mesa, abandonados, mientras recuerdas, de nuevo, los versos de la mañana. El cielo comienza a adquirir el tono grisáceo de los infortunios. De la misma forma, recuerdas las palabras de un señor que dice que sabe mucho de literatura que elogian las páginas de un diarista y te quedas perplejo cuando te detienes a analizar los argumentos que ofrece para ello.
En ese instante, para huir de esa desvergüenza, recuerdas a Cervantes y a Homero y recurres a El Quijote y a La Odisea. Y por la gracia de los astros vuelves a entender, a intuir, qué es la literatura y qué es la vida.

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Sé que viví un tiempo de prestado. ¿Cuánto? Quizás todo. ¿Dónde? En el color de los olivos. ¿Con quién? Con el deseo consumado. ¿Para qué? Ando escribiendo la respuesta que jamás finalizaré como jamás un espejo conocerá el reflejo del rostro que ofrece con su presencia, como jamás un océano comprenderá el rumor que lo atraviesa.

jueves, 10 de junio de 2010

¿Si un mono agarra dos huesos y comienza a golpearlos contra un tronco, tiene la conciencia de estar creando música? ¿Por qué algunos se empecinan en escribir varias líneas en horizontal y en decir que hacen poesía?


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Hay un trovador llamado Guilhem de Peitieu (1071-1126) que me resulta un poeta excepcional. Todos los poemas de este conde de Poitiers encierran un tono burlesco que se emparenta con su propia vida, ya que era un burlador de damas y un fabulador de hazañas amorosas. He releído el poema titulado “Haré una poesía sobre absolutamente nada” y he imaginado que no era de este trovador de hace siglos sino de, por ejemplo, Pessoa. Escribe, por ejemplo, que al amor le ocurre como a la rama del espino blanco, que tiembla en el árbol por la noche, con la lluvia y el hielo hasta que amanece. Y amanece justamente sobre la rama del espino que cada tarde observo, porque con estos versos he descubierto el amor latente en la verdura de la naturaleza.


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Otro trovador enigmático es Jaufré Rudel de Blaya (…1125-1148…) que comenzó a escribir versos a una amada que jamás vio, pero de la que hablaban de ella los peregrinos de Antioquía. Tal era su deseo de ver a la amada, que se hizo cruzado y embarcó muy enfermo. Fue llevado a Trípoli y una vez allí, le hicieron saber a la condesa que Jaufré estaba por esos fueros. Ella, la amada jamás contemplada, fue al lecho y lo tomó en sus brazos. Cuando Jaufré tomó conciencia de que era ella, su amada, la que lo asistía en el lecho de muerte, se dice que recobró el oído y la respiración y comenzó a espetar súplicas a Dios. Cuando murió Rudel, la condesa se hizo monja por el dolor de esta muerte. Uno de los poemas que vuelvo a leer de Jaufré Rudel se titula “Cuando el río de la fuente”.
Esta historia bizantina, leída en estos tiempos de desvelo emocional, resultan fascinantes y literarias, cargadas de la fabulación de los tiempos antiguos.

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Recurre a menudo Casanova en su Historia de mi vida a la cita de los estoicos que escribió Virgilio en la Eneida, III: Fata viam inveniunt. La recuerda una mañana en que el tribunal lo encuentra en su casa en Venecia y le requisa los papeles que estaba escribiendo. Todo lo esto lo hace cuando recuerda su visita al señor de Bragadin, al anciano que le había recordado las palabras de Virgilio: “El destino sabe guiarnos”. Ya sonaba entonces, en la puerta de roble, los golpes del señor Messer grande que lo requisaba para llevarlo al tribunal.

miércoles, 9 de junio de 2010

Lo pernicioso de todo esto que llamamos vida es que nadie es capaz de señalarla.



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Un día sin escribir en una noche sin luz.

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Sobre la arena, las huellas penitentes de las gaviotas en flor.

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Quieto, en el aire, como las gaviotas avejentadas. Sin aspavientos, sin batidas, sólo sostenido por el alma en pie.

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Un verso brota por de dentro. Se inflama, arde. Plenitud inconsciente. Su incandescencia se nutre como un mineral. Silencio. Mundo ensimismado.

martes, 8 de junio de 2010

Me voy enterrando lentamente en la tierra de estas letras. Nada quiero del resto, si no es amor o eternidad. Nada. Ya no soy más que un suceso. Lo fui desde el principio. Y, hoy, que llevo toda la tarde escuchando a Chopin, es preciso que aclare que también pretendí ser nota fugitiva de un acorde inexplorado. La vida estaba agotada en mí.

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Todavía hay quienes se llaman poetas sin haber leído ni un verso y quienes se piensan poetas habiendo leído muchos. Hay quien dice que es el poeta rebelde que aparece con la bandera de España y con un crucifijo y todavía cree que eso es un gesto en contra de la modernidad que no lo comprende. Y, por supuesto, los que sueñan con las revoluciones en las trincheras mientras degustan el gin tonic al fresco de su chalé.

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Hoy vuelvo al poeta turco Êtneciv: “Escucha la voz que te persigue, en ella habita el que desea nombrarte”.

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Comienzo a anotar algunas impresiones que me causa la estancia en Italia en el mes de julio. Volveré a pasear por algunas calles que me resultan familiares y atrayentes, tanto como la caída de la luz desde una plaza en Florencia. Quizás, todo esto no sea más que un sueño atrofiado y nunca estuve en Italia, ni atravesando los puentes milenarios ni recorriendo los ángulos renacentistas de sus entrañas.
El viaje comenzará sin M. y eso, desde luego, será una variante que antes no había formado parte del viaje. Será sin M. pero todo girará hasta el encuentro, como si esa circunstancia fuera una fuerza teleológica o la clave de bóveda de estas palabras.
Al tiempo, iremos a Londres. La lengua, la luz, la piedra cambiarán hasta ocultar todo resquicio del sereno lenguaje italiano. ¿Cómo será ese desquite?
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En verano, mi abuelo Cristóbal solía usar una de esas camisetas interiores de algodón sin mangas, pero repletas de pequeños agujeros. Lo hacía sin disimulo. Le encantaba jugar a las cartas mostrando sus brazos morenos al levante que azotaba en aquellas casetas familiares de los años ochenta que en Sanlúcar ofrecían un paisaje inolvidable. En esas casetas, que contaban con una cocina completa y con todos los artilugios posibles, era mi abuela quien se mostraba más decidida para organizarlo todo. Todo el que la veía, se sorpeendía por la vitalidad de sus gestos.
Hace unos días la he visto. Comencé a hablarle con esa espontaneidad que siempre le ofrezco. Y cuando me miró, a sabiendas de su pérdida de fuerzas y gallardía, rompió a llorar, sin más ni más. Nunca he visto un lloro tan limpio por la ausencia del hombre en el hombre, nunca. Nunca un verso dirá esa conciencia preclara que se anuncia como dos monedas antiguas sobre los ojos. Todavía retengo, cargado de emoción, el brillo de sus lágrimas.
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lunes, 7 de junio de 2010


Quería concebir la realidad de aquel espacio con solo nombrarla. Quería realizar ese experimento cotidiano que consiste en hacer una lista de palabras que forman la realidad. Estaba sentado en una plaza, una plaza que ocupa el centro del pueblo. Me acompañaba un fresco vaso de manzanilla y la libreta de marras. Comencé a anotar sustantivos en una lista que pretendía, al fin, suplantar en la memoria el transcurso de aquella mañana.
Recordé, antes de comenzar a escribir, las palabras de elogios que le dedica Foucault a Borges en el inicio de Las palabras y las cosas. En esas líneas, el filósofo francés elogia la capacidad de Borges por inventar listas de sucesos, plantas, objetos de reinos antiguos y cómo éstas son tomadas por verdad.
De la misma forma, me quedé meditando acerca de la relación entre las palabras y las cosas y dudé demasiado en colocar esa conjunción en estas reflexiones del diario: las palabras cosas o, mejor, palabras-cosas.
Así que, después de sopesar las distintas tendencias, monistas, dualistas e integradoras, que articulan la invención de la realidad asida a la palabra y a la inversa, procedí a hurgar en el segundo grado de adquisición de conocimiento: la memoria.
La memoria vehicula el conocimiento en segundo grado de abstracción, porque, como decía el mismo Borges, el recuerdo de la realidad que mantenemos en la memoria es el último recuerdo del mismo, ni siquiera el primero. De esta forma, teniendo en cuenta este proceso de configuración de la realidad que fecunda la memoria en su última estación, comencé a escribir las palabras-cosas. Y de todo ello, sólo recuerdo ´la conciencia de haber escrito, nis siquera un puñado de palabras-cosas-

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Con la libreta repleta de palabras-cosas, quise ir más allá en el ejercicio. Imaginé que tenía que imaginar aquel espacio como si fuera el primer individuo que lo estuviera contemplando. Y ahí surgió el placer de escribir. Era el primer homínido que nombraba y tenía toda la libertad para decir que silla era mamut o que paloma era cornucopia. Daba lo mismo, era el primer nombrador del mundo, de aquel mundo, el dador de palabras cosas primeras. Sin embargo, había un error de principio, un error terrible para el hombre moderno, la incapacidad de nombrar algo nuevo, ni siquiera en la obra de ficción.

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Cuando hubo terminado el ejercicio, arreciado por los tragos de manzanilla que había completado, recordé la literatura, porque hasta ese momento me había olvidado de ella. Lo hice tomando conciencia de su naturaleza verbal, de su esencia lingüística, pero , sobre todo, tomando conciencia de la trascendencia que hay en utilizar un término y no otro, un adjetivo y no otro, en un poema. Porque el cielo se pliega a los sones del verso.

domingo, 6 de junio de 2010

El sonido de la piedra.

El gran y olvidado poeta turco Yères R. Êtneciv decía: “La agrafía es la errata humana de un dios”. Si atendemos a los sustantivos, podremos comprobar que “agrafía”, “errata”, “dios” forman una isotopía en la que la divinidad está vinculada con la escritura y con el silencio. Por tanto, la proyección circular del sueño de un dios consiste en el inicio de la palabra que pretende el silencio. Ésa es la agrafía del ser.
Por otro lado, el verbo “es” demuestra la predicación aristotélica de la enunciación por la que la causa está implícita en un segundo grado, mas no es directa causa.
Pero, imaginemos que trocamos la frase de Êtneciv y dijéramos: “Una errata podría ser la agrafía de un dios”.

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A pesar de las inclemencias del tiempo, sigo leyendo, porque en el fondo, y analizando los resultados, soy un lector que escribe. Así prosigo leyendo poesía (Jaime Siles, Rilke, Aldana, Petrarca, Leopardi, Dickinson, M. Hernández, Cancioneros, Garcilaso, Blas de Otero), narrativa (Thomas Mann, Delibes, Poe) y ensayo (Trapiello, Capra, Dámaso Alonso, Alex Ross, Heidegger). Realmente, la imagen es la del pulpo que no tiene conciencia de que sus tentáculos están actuando para poder seguir viviendo. Así observo esta desmesura, como un ejercicio de confusión que, si no existiera, me conduciría a la ausencia de vida.

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En un libro de texto dice que la rebeldía de Cernuda, su introvertido y personal carácter, su rebeldía surgen como consecuencia de su homosexualidad. Cuando, al leer en voz alta un alumno, escucho esa aseveración, no tengo más remedio que acordarme de aquella secuencia en la que el profesor de la película El club de los poetas muertos les dice a sus alumnos que arranquen la página. Ante el mandato, los alumnos proceden a realizar la orden. Y a todos se nos queda la cara de satisfacción de haber hecho lo justo.

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Quedará uno como un reflejo en la piedra que lo atrape sobre la tierra, en ese reflejo imaginado, que sólo pertenece a la memoria de los visitantes. Quedará uno en la dimensión de esa loza que solape las juntas de la tierra, como lo son las palabras y los gestos de la noche; quedará uno, quién sabe, sometido a las palabras que mencionó sobre un papel y que fueron recogiendo la bagatela de una vida impostada. Quedará uno y sus palabras y su piedra en las raíces profundas de la vacuidad.

jueves, 3 de junio de 2010

La cadencia de la sangre.

Cuando alguien decide comenzar a escribir su vida o sus lecturas o las vidas imaginarias que brotan de su imaginación o los episodios históricos como pudieran haber sido o a anotar, con cuidadosa dedicación, tal o cual suceso que sucede a diario en su vida o, simplemente, enfrentarse a la edificación de un discurso que otorgue satisfacción y profundidad, no tiene conciencia del alcance que posee dicha decisión.
Escribir es un ejercicio que comienza en la epidermis y que termina convirtiéndose en la sístole y diástole de las tardes en que uno se conjura a favor de las letras. Y ellas lo recogen todo, hasta esas palabras desvaídas que nunca aparecen en un diálogo con un compañero. Y nos hace ser más plenos, más extensos y, por tanos, más desconocidos para nosotros mismos.

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Leía, en el diario italiano de un amigo, una confesión que apuntaba al síndrome de la agrafía. Por
unos momentos me quedé perplejo, porque él siempre estaba escandiendo versos y sometiendo al oído a los enjuagues del endecasílabo; y siempre manteníamos, en un autobús que nos devolvía a nuestras casas, encendidas interpretaciones sobre Neruda o Huidobro o la literatura en general. No termino de creer que haya abandonado el ejercicio de la escritura, lo que sí observo, en algunos amigos que escriben es que, en ocasiones, nos ocupa un tiempo de sinrazón y de falta de esperanzas con los que la escritura se vuelve un infinito meditar sin dirección. A pesar de ello, considero que uno debe seguir escribiendo y estableciendo hábitos y terrenos o trópicos en los que deslizar sus letras. Ahora bien, tiene toda la razón en una cosa, uno debe saber reconocerse incapaz antes de tiempo. Por eso existen escritores con la vanidad y la soberbia encrespada en el absurdo.

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Siempre sucede con la calorina. Y vuelven a los estantes más cercanos y a la mesa en la que deposito las lecturas del momento. Con la calorina. Aún no he encontrado ninguna clave para entender por qué releo Ilíada y Odisea en verano. No tendré más remedio que enredarme entre escudos y enumeraciones que me devuelvan, primero la cadencia de la sangre sometida a la voluntad de los dioses; luego, el viaje sollozando, porque la Odisea es el espejo que habitaba en Borges y en que el trato de encontrarme y donde resuenan los versos de Virgilio.

lunes, 31 de mayo de 2010

Algunos versos de Virgilio y un vasto jardín que anuncia la aurora. Un cuerpo tendido, que reclama las horas del insomnio, y una palabra a la espera de ser concebida como una luz. Cuando ella brote, el mundo surgirá y el hacedor de versos tendrá la conciencia de que acaba de otorgar los dones del olvido al mundo. Pero nunca tendrá en la memoria cómo fue capaz de nombrar. Toda poética es improbable. No puede retomarse ni caber en una explicación verbal el elemento mágico de la poesía. Está más allá donde se copian fugitivos los deseos.

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La noche es fruto incierto donde perece yerma la biblioteca en la que habito. Seré en los libros ajenos, jamás escritos. Porque el hombre es uno y ha sido todos, ha dejado la daga de los visires en la carne de los espartanos y ha soñado desde la flor encendida de la Alhambra como tú ahora lo haces. Hubo un hombre con tu rictus que soñó los océanos ensartados por el sol del poniente y eras tú como fui yo. En él quedaron aquilatados nuestra palabra y nuestros deseos. Estas palabras también le pertenecen.

domingo, 30 de mayo de 2010

El propio Borges definió la música como una misteriosa forma del tiempo. Asoció música a tiempo; sublevó la música al definirla como reflejo del tiempo.
Creo, sin embargo, en otra concepción que, desde los versos de Borges, me conduce a otra esfera. Quiero decir que la música no es misterio ni tiempo ni forma ni reflejo. Es como el río de Heráclito que tanto adulaba al poeta argentino, es diversa y permanente, quieta pero fluctuante, transparente pero divinamente turbadora. Ser en plenitud. Es quizás la estancia en la que habitan los dioses; mirador privilegiado de la humanidad.


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Pienso que, de algún modo, ya estamos muertos. Muertos de la noche, de los versos, de la memoria, del amor redimido con el que transigimos esta marcha a la nulidad. Muertos, acaso, porque la vida desasida jamás volveremos a retomarla y porque deja de pertenecernos cuando se la entregamos al otro que nos habita y nos perdura.
Esos días que permanecen en la memoria, intocables, como un libro que jamás leeremos al completo, pero que ocupa un lugar en los anaqueles. Los días de las noches, las noches en que la luna es un magma, un acorde del universo luminoso y locuaz, porque siempre hablaron los astros.

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En esa estancia de la muerte que poseemos, he querido dejar algunas palabras desbocadas de todo entendimiento. Como una pintura expresionista, desvaída de trazos concretos y de objetos que devengan de otro, he querido dejar, en el resguardo de un cajón, un puñado de versos, algunas consideraciones metafísicas y un diario. Todo ello sin olvidar el verso de Borges, “Piensa que de algún modo ya estás muerto”.

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Este diario se está inclinando, cada vez más, a la desnudez. No a la desnudez del verbo con que se escribe, sino del alma. Va tomando su propio cuerpo y el barro en él es ya letanía y deseo. He querido desgajarlo de elementos externos que lo escondan, a pesar de que también lo alimenten. Pero, como toda vida misteriosa y solitaria, quiero que lata su corazón en el silencio para poder escucharse a sí mismo y para poder escucharme a mí mismo.

sábado, 29 de mayo de 2010

En resumen, todo resulta siempre una aspiración, un fragmento, un retal, una esquiva circunferencia que se incluye en otra y en otra. Una nota sin pentagrama.
Sucede que si uno cae en la cuenta de que su círculo no es más que el vientre de otra figura, ahí comienza la tragedia y sus efectos. Caeremos en la conciencia de nuestro ser, de nuestra pasaje y seremos entonces culminación de nuestra ígnea, pero frágil inteligencia. Y pediremos nombres, pero sólo tendremos balbuceos. Y ansiaremos verdades, pero obtendremos confusas hipótesis que jamás serán resueltas.
Sólo el poeta conquistará esa tierra deseada en la que pocos penetran con certezas. Sólo el poeta encuentra la antorcha, el verbo, adecuado para vislumbrar entre la poliédrica realidad a la que se enfrenta. Aun así, todo es sueño y melodía.

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El proceso es anterior a esa incursión con la llama de la palabra, la llama doble. Hay un ejercicio fundamental que lo antecede todo y todo él se nutre de las lecturas y de la inteligencia. El pensamiento filosófico es un sucedáneo de la materia poética; comparte con ella algunas sustancias, pero siempre negará a la palabra como el conducto fiable y preciso por el que se accede a la verdad.
Sin embargo, el poeta no sólo cree que la palabra es el conducto fiable y necesario, sino que lo emparenta con la música, a través del ritmo. Y la música sí es conocimiento en sí, expresión máxima de la inteligencia del hombre.

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Por ese motivo, un poema debe contener elementos del pensamiento pasados por el cedazo de la música poética. Pero no una música desgajada de su concepto, antes al contrario, una música que toda ella recoja y sea parte del concepto. Cuando eso se consigue, cuando el ritmo es inherente a la sustancia que recorre un puñado de versos, se produce el prodigio de estar leyendo un poema puro. Sea cual sea su temática, su incvlinación, su estética. Y de saber que existen poetas en el mundo.

jueves, 27 de mayo de 2010

En estas semanas recuerdo al personaje de Thomas Mann, Adrian Leverkühn. La literatura de Thomas Mann encuentra, en este personaje y en este volumen, una culminación que sólo se atisbaba en otros relatos, como Tonio Kröger.
Mann consiguió fundir en un libro las dos vertientes que zumbaban a su alrededor: el artista, la música, la autonomía del arte. Y esa combinación, que tan atractiva resulta para mí, es una aspiración y anhelo cada vez que escribo en este diario.
Escribir sobre la música es una de las tareas más complicada e inabordable. Escribir de o sobre la música es un sintagma equívoco, una predicación que resulta ininteligible. En todo caso, escribir la música es un sintagma que quizás recoja de forma más certera el concepto que se recoge.
Es cierto que sólo en la poesía he comprobado el lenguaje de la música, porque la poesía habita cercana al silencio, colindando con el hábitat del sonido y del ritmo. Pero esta tarde, al respirar junto a los pájaros, rodeado del verde de una encina, con la tranquilidad del ocaso con los miembros tristes, he respirado la música. Y en ese hallazgo he entregado todas mis palabras.

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J.R.J es el poeta de la poesía española del siglo XX que más grande se va haciendo y que más enorme comenzó uno a leerlo.

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No sé si mañana debería dejarlo todo, sí. No escribir más, ni poesía ni el diario, todo. Dejar de ser, dejar al ser desasido y desvinculado de la presencia primitiva que me recorre. Levantarme sin aspiraciones que vayan más allá de esto o aquello y dejar la casa vacía de libros, lápices, cuadernos. Mirar la luz sin más ni más. Dejar desnudo al mundo y, en sus pieles, acariciarlo, lentamente, hasta que surja del roce la música de las estatuas en verano.

miércoles, 26 de mayo de 2010


Parece que la vida lo va conformando a uno como un lobo estepario. El hombre de este tiempo es un mezquino reflejo del mundo en que vivimos, un mundo apartado de la esencia y de la profundidad del individuo. No son estas palabras quejas ni reclamos, mas no puedo dejar de anotar en este cuaderno, cómo lo mediocre lo inunda todo, poco a poco, y cómo, la literatura, el amor y la música, lo van soliviantando todo y siempre.
Estos temas se han ido convirtiendo en territorios vitales, en los que me renuevo y recupero. Porque si esta soporífera comedia humana fuera la constante de la que me nutriese, estaría arrumbado en el vacuo sonido de la intrascendencia.

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X. me dice que escribo, en muchas ocasiones, como si fuera un posromántico y que utilizo palabras que están alejadas de los usos modernos, palabras como trascendencia, eterno, olvido o Corelli. Ante eso, me quedo un rato observando la pintura de Hans Leu (1490-1531) titulada “Orfeo tocando la lira entre los animales” y sonrío abiertamente a pesar del rostro del dios tocando en medio del bosque.
En estos días, en que releo a Rilke, pienso de nuevo en eso que X me había recriminado y llego a la conclusión de que Rilke los mismos lectores que tuvo en su tiempo y ahora serán los del futuro, porque la materia del espíritu, la mención poética en su plenitud, es un ejercicio del intelecto. Un ejercicio parecido a ese órfico ejercicio en medio de la oscuridad del bosque que nunca tuvo otra utilidad que la de trascender en la permanencia.

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Todo lo que importa está en calma, crece en el equilibrio y se alimenta del silencio. Un árbol, el deseo, un libro, las sombras. Lo apremiante es una estación pasajera. Siempre hay que estár más allá, lindando en el límite de la cosa en sí. En esa lugar en que uno se deshace de sí mismo es donde comienza la plenitud.

martes, 25 de mayo de 2010

Hoy hablaba con R. sobre el proceso de la corrección en la poesía y en el arte en general. Nos dejamos llevar por las experiencias personales. Una, la suya, dilatada. Otra, la mía, apenas comenzando. Defendía yo con vehemencia la corrección como un proceso insoslayable de la creación misma. Y ponía R. algunos reparos, siempre con tino, a la frescura y la sabiduría que se escapa en esos retoques, en esos nuevos perfiles.
Insistía en la selección minuciosa de un adjetivo o de un adverbio. Y r., sonreía, con la paz del trasiego labrado, y en su mirada parecía encontrarse su certeza ante mi impulsiva defensa.
Al cabo de un rato, cuando me he puesto a escribir, en esta tarde muerta y de miembros tristes, he vuelto a releer algunos poemas que voy escribiendo en estos meses. Impasible, como un padre sin hijos, como una rama desnuda, azotada por el viento únicamente, he leído los versos. Y lo he hecho como si nunca más los fuera a retocar, para que así queden en la memoria, con sus inapropiadas palabras, como es la vida, al fin y al cabo.

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Como esas marcas en el agua, que surgen arrancadas de una espuma secreta; como esas tierras que soportan a la intemperie el calor golpeando sus sienes; como esos labios solitarios que buscan el prodigio carnal de la huida, he tendido mi silencio en el olimpo de la tarde. Estas palabras volverán sobre mí y vendrá en mi busca. Para entonces seré otro, pero seguirá en mi el peso de la oscuridad en la habité como humano. Ellas solo serán cenizas en la luz.


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En el poema de Baudelaire, "El albatros", hay un verso que resume la dimensión en la que sitúa el autor francés al poeta. Lo hace, indicando el vilipendio al que es sometido por la sociedad, por los insoportables humanos que azuzan los días en claro. Esos señores, que actúan bajo la hipnosis de la especie y los instintos, no pueden mermar en absoluto la idea rotunda que habita en el poeta. Por este motivo, "Sus alas de gigante le impiden caminar", el verso en cuestión, vislumbra la postura del poeta en el mundo. He vuelto a los versos, alicaído, como si las alas estuvieran mojadas por la falta de conciencia de hoy.

lunes, 24 de mayo de 2010

Ayer, frente al mar en lucha, el cielo mostraba sus propiedades cerúleas. Era intenso, casi rayano en la limpidez de la transparencia. Las dos estampas eran complementarias, el mar embravecido; el cielo intonso e inmaculado. De repente, un ave cruzó el horizonte. Era una de esas aves migratorias que se instalan en Doñana por un tiempo. Parecía agotada después de cientos de kilómetros contra el viento. Y la imagen fue tan poderosa, tan cristalina y natural.
El día en que consiga escribir algo parecido a ese paisaje, estas letras podrán darse por rectas palabras del origen. Porque ayer todo era la realidad traspasada, era una realidad que invitaba a formar parte de ella.
El poeta, entonces, es ese animal migratorio que, de vez en cuando, atraviesa un horizonte con un puñado de palabras en el pico. Palabras sin ser notadas, surgidas del viento y salvadas de la tierra, pero indispensables.

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La figura del poeta actual es colectiva. Forma parte de saraos, grupúsculo y otras raleas. Se deja llevar por los actos en bares, recintos y otras ferias. Se identifica con un colectivo en que hay poetas impostados, pero nada importa siempre y cuando el nombre quede en el grupo.
Los integrantes de esos grupos se leen entre ellos (algunos no leen otra cosa) y no escatiman en elogios ni en benevolencias. Publican a destajo, a pesar del plano verbo que los ampara. Los hay que se inclinan por una vertiente religiosa muy acuciada, otros lo hacen por la posmodernidad modernizada en postmoderna postpoesía. Un ramillete persiste en los maestros que lo hicieron poetas repitiendo sus sagrarios.
Uno, que considera al poeta un individuo con todas sus consecuencias en la plenitud de la soledad, no sabe cómo actuar, ni cuáles son los rifirrafes de turno. Ante algunas circunstancias, que nada tienen que ver con la poesía, responde como lo hace ante un personaje del medio social de medio pelo, sin desprecio, pero con la indiferencia de la nada.

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En la diversidad, encontrarás tu voz. En ella, refulgirá clara y pertinaz las personas del verbo por el que debes declinarte. En su refugio, por que serás invitado a un refugio, hallarás la palabra y el fuego y serán uno. Y te apartarás de todo sin decir nada para volver a convocar el mundo. Cuando te sientas en la casa del ser, cuando tus dones otorguen la presencia real de la realidad, serás consciente luz. Al abandonarte te habrás creado.

domingo, 23 de mayo de 2010

Puede suceder que, en los días preclaros en que nada tenemos que decir, vivamos a merced de las palabras.


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Ser, nada más. Y basta… hay en estos versos una inclinación a la quintaesencia, pero con la patina del ritmo. Por tanto, poesía.

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Parece que en la tarde, las luces se obcecan con los ángulos que han seleccionado. Y que la oscuridad despliega su manto como un campo de zafiros donde pacen estrellas. Pero me detengo en ese ejercicio de selección que se produce en la tarde, cuando las luces se inclinan en penitencia y oscurecen resaltando. Es la hora de la pintura, dice Ramón Gaya, y también verso contenido.

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No sé cómo un poeta puede dejarse embaucar por las mieles de lo moderno. Digo un poeta como si estuviera diciendo un pintor o un músico. En definitiva, quien un día encarga a su voluntad que ejecute eso para lo que ha venido. Porque el hombre está aquí para una sola cosa y quien descubre esa escondida tarea, debe entregarse a ella sin remiendo.

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Escuchando a Corelli uno entiende cómo es el púrpura del cielo.

viernes, 21 de mayo de 2010

En estos días, la mesa en la que escribo y leo está repleta de libros que no he podido ni siquiera abrir. Delibes, Trapiello, Gaya, E. Dickinson, Petrarca. Ante esta imprudencia, someto a juicio crítico la manía de la lectura, más bien, del hecho del iluso proyecto de la lectura cada vez que estamos en una librería y agarramos un volumen. En esas circunstancias, obviamos nuestra condición de mortales y nos alzamos en pequeños héroes macedonios que quieren ingresar en la posteridad por el mero acto de la valentía que hay en hacerse con una biblioteca que jamás será visitada al completo por nuestros ojos.
Pienso que la lectura es una coartada idealista para comprender el mundo y que todos los lectores de raza, son, en el fondo, hojeadores de un universo indescifrable a sus ojos, pero presentes en su fuero interno. Hojeadores de la luz, del alba, de la ciudad, del verde que empapa las hojas de las moreras. Qué importa los libros que uno haya leído o que haya hojeado. En el fondo, solo nos quedamos con un puñado de escritos que, en su momento, leímos con intensidad. Nos quedan libros que fueron significativos, esto es, que dejaron una señal en la que nos revolcamos, de vez en cuando, y volvemos a sentir la misma celebración de antaño. Son esos libros muy pocos y sobre todo de poesía. Y, precisamente, hoy he caído en la desgracia de comprobar que cada vez son menos los que dejaron un significativo cauce de encuentro.

martes, 18 de mayo de 2010

Hay tramos en la vida en los que nada encuentra su asidero. Paisajes escondidos del alma que, por oscuros y tremendos, solo revocan en un vacío. No queda anada y todo importa. Días emboscados en la destrucción del ser. Los días, con sus pieles de levante, con sus lenguas aritméticas de sol y luna en los que la palabra sólo es un ungüento lábil,
En que el amor es el único auspicio posible. Porque el amor es destrucción del ser y plenitud al unísono, curva en la línea, reflejo de la piedra.
Son días que duermen como un fruto incierto, que aguardan la llegada de la luz y el agua y los minerales de la tierra que lo nutra y lo haga vivo.

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Detrás de mí, un paisaje. Unas tierras cargadas de viñedos y albarizas que resuenan al entrar del sol en la mañana. La cruz cruje en el terruño, cuando penetra las fisuras de la tierra. Los pájaros cruzan ese obsequio a los ojos que, despistados en las lomas medianeras, persiguen la aurora moribunda. Dentro de poco, los girasoles lo inundarán todo, con sus erectas varas verdes sosteniendo un corifeo de pipas. Y marchitarán, y se harán decrépitas y antiguas y volverán a la tierra desasidas de todo. Al fondo, a lo lejos, casi en el envés del horizonte, se intuye un casa. Se hace invisible debido a la fina niebla que abraza el día. Es la casa de la presencia. En ellas están todos las palabras recogidas.

lunes, 17 de mayo de 2010


Cuenta Ramón Gaya, en el primer volumen de sus Obras completas, cómo uno de los cuadros que como pintor más lo embelesó y acercó al arte de la pintura, fue Las Cortesanas, de Carpaccio. Uno jamás hubiera tomado esa obra como indicativo de nada, ni siquiera por la singularidad de los rostros o las formas desnaturalizadas de los animales. He ahí la sugerencia del pintor, del escritor Gaya, para que uno vuelva a percibir, a recrear la vista en tal o cual objeto, para que uno disgregue su percepción como una sierpe torpe y montuna que acaba de dar en una cueva luminosa.
No destaca sus cualidades técnicas, ni la capacidad del pintor por realizar la obra. Ni menciona el color, la línea, el trazo o la perspectiva. Se limita, razón sin límite, a la esencia. Gaya ve algo en esa pintura, una presencia sucedánea, pero que le es familiar Una pasión contenida que no resta naturalidad al cuadro, que se encuentra en el resto de las artes y que debe estar presenciando, continuamente, toda creación, lo que él denomina un saber sin ciencia.

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Me he llevado varios días pensando en esas palabras de Ramón Gaya en torno a la presencia del arte como un saber sin ciencia, porque, sin duda, son muchos los cauces por los que podríamos hacer discurrir con estas notas sueltas. Sólo me quedo con su observación, con el aprendizaje mayor de sus palabras.
He querido salir a dar un paseo para intentar extraer de alguna estampa cotidiana esa presencia real en la vida, esa pandémica existencia que hace que todo brote limpio y transparente incluso para el artista; que todo se muestre sin ambages tan sólo manteniendo la armonía de sus partes, como un tratado escrito sin causa, pero que encaja en la medida exacta.
Es singular esta postura de Gaya, pero es una lección de maestro antiguo. Una lección de la contemplación sobre la vida y los días del hombre que cree estar tiranizado por el arte. Más bien, esa tiranía, como dice Gaya, no es más que un medio que nos somete, pero que no es fin en sí mismo. Y en esa disputa del entendimiento, se sitúa el creador que, en ocasiones, intuye que el orden no le pertenece y se le escapa de las manos. Sobre todo, cuando en obras como las de Carpaccio, descubre, de pronto, lleno de emoción, que arte es vida y que vida es arte. En esos momentos en que alguien consigue serla, ser la realidad misma, es cuando comprende la anchurosa costura del silencio.

domingo, 16 de mayo de 2010

Apoético

La poesía europea, desde mediados del siglo XIX ha hecho de la negación de la poesía el más alto estilo de poesía. Rimbaud intentó llevar al extremo este conducto por el que se afirma la existencia de lo poético precisamente destruyendo lo que había de poético. Ante esta dicotomía, los poetas, los grandes poetas de la modernidad, tuvieron dos opciones: callar o levantar los sesos de la poesía hasta el momento. Quizás, en ese trazo de bifurcaciones, las dos opciones eran, en el fondo, lo mismo; y todo quedaba al amparo de la palabra frente al silencio. Entender, sin embargo, estos nuevos bríos de esta forma es equívoco. Porque la palabra no se opone al silencio. El silencio es su seno, de él surge y a él aspira, él es su límite y él es su territorio marginal.
Claro que, en esos años a los que nos referimos, existía otra conciencia histórica que maleaba, con fuerza, la propia concepción del hombre como animal de tiempo, como animal de conciencia que, aun siendo pasajero y momentáneo, sabía de la fuerza proteica de su palabra en el tiempo. Frente a estos temas que surgieron gracias a la potencia filosófica y de pensamiento que se disparó en el XIX, tenemos ahora la gran ausencia de pensadores que marquen, que estimulen, que creen conciencia histórica. Es uno de los síntomas de esta era tecnológica.
En estas circunstancias, de vacios intelectuales y de tendencia a compromisos políticos e históricos sin fundamento, de entrega al lenguaje de la tecnología como si lo poético hubiera sido finiquitado y totalmente explorado, como si lo poético hubiera quedado fuera de lo poético, se crea una poesía que no desvela nada, que no revela nada, que se hace defecto de unas aspiraciones sin matices. De ahí que uno lea continuadamente libros de poemas que no establecen, por sí mismo, ninguna propuesta personal e individual entroncada con lo esencial del hombre. Sólo compruebo que se repiten soniquetes de “poetas mayores”, de poetas vencedores en los terrenos de la mediocridad y la prensa. Porque la propuesta personal más ambiciosa debe comenzar desde dentro, desde los reinos del ser. Justo en el lugar en que las preguntas no encuentran respuestas absolutas y en que el lenguaje necesita ampliarse y reducirse, revelarse y transformarse por la cualidad de lo nombrado.
En realidad, lo que sucedió desde mediados del siglo XIX fue la independencia de la poesía frente a otras y ajenas circunstancias de paso. Supieron los poetas sublevar los anexos de la realidad al fruto verdadero de la palabra. Ahora, sin embargo, Se han cerrado los conductos de comunicación con la vasta y etérea realidad que nos sustancia y que, a pesar del avance de la tecnología, sigue palpitando y latente, como lo hará siempre. Ya no es sólo la ausencia de la divinidad y del estigma que ello posee sino la ausencia de lo otro desde el amparo de la poesía. ¿Podría un poeta que no posee creencias religiosas llegar a escribir un poema que roce las ansias, el anhelo de la divinidad (entendida esta palabra en sentido griego)? En san Juan de la Cruz tenemos el ejemplo a la inversa, pero Rilke, Hölderlin o Baudelaire son poetas de lo divino. Supieron desgajarse de la férrea asimilación católica e iconoclasta para alzarse por encima de sus circunstancias sin renunciar a la aspiración divina.

Pienso, en estos momentos, en esos poetas actuales que escriben poemas diciendo que los liberemos de pecados, que los perdonemos si utilizan , luz, dios, soledad, belleza u otras palabras de raigambre hegeliana o posromántica. La perspectiva se equivoca. Hablar sólo de uno mismo, escribir un poema con lo que uno cree que debe ser un poema, es una limitación y una coartada que revoca al fracaso. Porque la poesía no consiste en sacudir de sus líneas tales o cuales palabras, sino en saber utilizarlas para referirse, aunque sea sólo como intuición, a la materia que nos recorre. La materia de la finitud que posee la conciencia del tiempo histórico y perpetuo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Toda la tarde en Cádiz. Esta ciudad es la única que no es ciudad, es prolongación de la luz y de la claridad del mar en tierra. He recorrido junto a M.C. las mismas plazas y calles por las que solemos deambular cada vez que estamos allí. Es un rito y una plegaria a que la gratitud de la claridad se nos ofrezca como del viento.
Casa carcomidas por la humedad, el mar enrabietado, un viento de leve respuesta. Y libros en el Baluarte.
Una vez entrada la tarde, fui a saludar a J.M. Benítez Ariza para que me dedicase su libro de poemas último, Diario de Benaocaz (Pre-textos, 2010). Después de unas gratas palabras y de que estampase en el nuevo volumen otras de afecto, compré las narraciones breves de Delibes (Menoscuarto) y una pequeña obra de Dickens titulada El viajero sin propósito, (Gadir).
El título de la obra de Dickens se pliega a la perfección a los últimos días de esta semana. Me encuentro cercano al territorio de lo ágrafo y lo poco que leo y escribo es poesía. Más bien leo, porque escribir, en estas circunstancias, se vuelve un ejercicio rancio y un sinsentido. Después de todo, el alcance personal de unas líneas no es más que eso, viaje sin propósito, viaje sin fin, fuga sin motivo que se reconcentra cada ciertos pasos.

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Todavía hay quien opina con absoluta complacencia y con la certeza plena sobre qué es la literatura. Yo me conformo con no renegar de ninguna de las escrituras en las que no encuentro literatura, porque eso sería aceptar que conozco cuáles son las hechuras de lo literario. Es decir, reconozco mi incapacidad para identificar lo literario, no que ello no exista en sí, más allá de mí. En todo caso, renegaría de mí antes de nada.

viernes, 14 de mayo de 2010

Nota desaparecida.

Parece que los cantos de los pájaros me están esperando cada vez que me asomo al balcón. Comienza, de repente, un continuo de melodías que se cruzan en el horizonte y cuyo origen surge de mi perplejidad. La hermosura auspiciada en el verde de la sierra de Cádiz que se intuye, a lo lejos, donde descansan los quejigos sin estómago, pues fueron arrancados por el hombre. Unos minutos intentando localizar algún ritmo secreto que se encierre en esos timbres. Incluso me atrevo a concertar una pauta musical a la naturaleza pura. Pero qué equívoco más iluso. La naturaleza guarda secretos indescifrables, que no forman parte de ninguna razón, de ningún juicio crítico y que sólo están ahí para ser diluidos en nuestro ser, en la plena vigencia del tiempo que somos.
Y por eso me quedo, sin alas y sin cuerpo, sin asideros melancólicos que me turben, a la escucha insólita del canto del pájaro que llevo dentro, del pájaro solitario y de sus virtudes.

jueves, 13 de mayo de 2010

En la creación poética la palabra vuelve a su estado inicial: es desasida de su ser y se envuelve en otro. Poesía es ritmo creador, lugar de encuentros, anulación de la vida y procreadora de purezas. En ella participan el poeta y el lector engarzados por la metamorfosis de la lectura.
Coincide con la filosofía en sus comienzos, ya que toda poesía es una crítica a las palabras. El poeta se encuentra con que debe establecer qué hay en la palabra virtud, en la palabra belleza, en la palabra tiempo para establecer, de nuevo, en limpio, qué es la virtud, qué es la belleza y qué el tiempo. En ese ejercicio de inconsciencia, de indagación, de usura, el poeta sólo puede acceder a la esencia a través del lenguaje. En el lenguaje empieza y acaba la poesía, en el lenguaje transgredido y saqueado.
Esa es la primera estación del poeta, la palabra. De ella surgen las direcciones de la creación. Por un lado, el vínculo entre el nombre y la cosa en sí. Por otro, la indagación del ser. El poeta llega a sí mismo a través de la palabra, pero no sólo se alcanza sino que se traspasa y completa hasta ofrecer la imagen de todos los hombres. En un poema están todos los poemas. En un poema, todo lo que puede ofrecer un poema, está en él. La poesía es una fragmentaria asimilación de la realidad, porque se hace de creaciones independientes, pero siempre motivada hacia la misma fuerza unívoca.
Arrancadas de sus hábitos cotidianos, las palabras retoman su estado prenatal. Y ellas pueden nombrarlo todo y todo en ellas cabe de nuevo. Es el poeta Prometeo con un fuego robado para entregarlo a la belleza y a la verdad del arte.


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A pesar de su insuficiencia, no hay otra forma de explicación que las palabras sucesivas.

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El poema es la revelación de lo que somos.

miércoles, 12 de mayo de 2010

miércoles, 16 de mayo de 2002, 17.40 h. Creo recordar que fue Oscar Wilde quien dijo que lo que no se habla o no se escribe nunca, no existe. Esta mañana me he acordado de esta sentencia durante un largo rato cuando contemplaba el espectáculo de vanidades que ocurría.
He comprobado que existe una nueva categoría de ciudadano: el provinciano. El provinciano no entiende de éticas y filosofías, a pesar de ser universitario y poseer títulos y diplomas y papeluchos e, incluso, haber ofrecido cursos a otros compañeros. A pesar de todo, incluida su pose y su respingo, no hace más que responder a sus instintos primarios. Ansía que los demás observen su trabajo, aunque éste sea de una calidad relativa. Necesita el reconocimiento público de sus actos y termina, al final, dirigiendo el cotarro, como el gallo del corral.
La mediocridad es una de las pandemias que nos azota en estos años. De un tiempo a esta parte, observo cómo en los puestos en los que hay que tomar decisiones no están los más cualificados. Ni siquiera los que pueden propiciar que las decisiones más oportunas prevalezcan sobre sus intenciones. Antes al contrario, encuentro una radicalización de la ignorancia, porque el ignorante, el que no se curte en la diversidad de criterios y los acepta y convive con ellos, es -como diría Ortega- un provinciano. Y en estas circunstancias, lo extraño, lo extraterritorial es el gusto por lo minoritario, la individualidad o los logros conseguidos en silencio. Pero, me pregunto, ¿quién no cae en la cuenta de que su trabajo (sea escribir o dibujar, sea gestionar o comunicar) no es más que una gota en el océano y que, por ese motivo, no cabe otra cosa que el silencio?
Escribo estas líneas después de varios meses atestiguando cómo hay una especie de trabajador que logra trepar hasta el poder como una lagartija sin haber merecido más que la consabida bendición del que está colocado más arriba. Porque siempre hay uno que está más arriba y al que hay que adular. Siempre hay uno a quien rendirle cuentas y alabarles sus perogrulladas y sus infamias y sus demencias seniles o sus intratables razonamientos. No importa, abajo el criterio y el juicio, será quien nos bautice en el poder.
En esas situaciones, siempre respondo de la misma manera: la evasión. No me interesa participar de esa trama oculta que algunos quieren perpetuar a favor de anular la conciencia individual y propia. Porque en la conciencia está encerrada la grandeza de uno mismo, en la claridad con la que se contempla la verdad y la gracia. Y eso es lo único que nos queda que pertenezca a la dignidad.

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miércoles, 16 de mayo de 2002, 18.32 h. ¿Por qué recojo estas reflexiones en el diario? Porque el ejercicio de la antropología debiera ser obligatorio, debiera ser como la respiración. No como arsenal para futuras creaciones literarias, sino para la conducta vital. Estos años distanciados de la cultura y el sentido ético son los más propicios para la aparición de rapiñadores y hay que estar alerta para que no lleguen a salpicarte. Porque lo roen todo, hasta los tuétanos.
Todo esto que escribo, a grandes trazos, sin señas propias, deviene de la insolencia a la que me conduce estas circunstancias. Creo que cuanto más social es el ambiente, más misántropo es uno y que cuanto más distancia intento tomar, más cerca me encuentro de la belleza de los objetos mismos, de la cosa en sí.

martes, 11 de mayo de 2010

La poesía, dije hace poco, deja al escritor ágrafo trágico, porque al volverse la luz en unas pocas palabras, ¿cómo escribir sin mesura? La prosa, a fuerza de disciplina y constancia, puede ir tomando las aspiraciones del verso: reducir el mundo a un solo momento. Cuando eso sucede, cuando un escritor consigue que un lector pueda apreciar por instantes la compleja sucesión de lo real, el prodigio es factible. Por eso Borges insistía en el aleph, en eso que consigue la poesía. Esa aglutinación y síntesis que nutre el espacio poético.

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Luego es evidente que la prosa consigue otras formas de expresión, porque la palabra es ancha y ajena. Y de la misma forma que el novelista debe leer poesía, el poeta debe enfangarse en la prosa, revolcarse en ella y observarla por extenso. Por ejemplo, Thomas Mann. Por ejemplo, Proust. Por ejemplo, Pessoa. El ritmo de la prosa, la realidad nombrada, los temas que se cruzan revocan siempre a otra realidad velada que en el poema se manifiesta con la máxima claridad de la palabra, pero que en la prosa se muestra incluso con sus demasías.

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En esas demasías de la palabra, en ese material sobrante, hay renuncias que deben ser consideradas para saber atestiguar lo que no hace falta, como esas pinceladas sobre el lienzo que terminan difuminadas i sin integrarse. Me refiero a esas páginas lastimeras de algunos prosistas que esconden, más bien, un ego demasiado vistoso. Eso sucede cuando la narración se subleva a la realidad. Toda creación debe ser palabras a borbotones, nacidas de lo hondo...aunque lo hondo pertenezca al reino del silencio.

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En algunas ocasiones me dicen que no leo a los escritores de mi edad. Y ello sucede porque no considero la edad ningún criterio para la lectura. De cualquier forma, cuando voy a la librería, siempre (h)ojeo docenas de libros, sobre todo de poesía. Y sucedió la pasada tarde que, en uno de esos ejercicios de cata, leí unos poemas que me entusiasmaron. Poemas que, a la postre y tras una lectura atenta, han resultado jugosos y complacientes. Puedo decir, menos mal, el nombre de un poeta relativamente joven: José Luis Rey, La luz y la palabra –I- y –II-.

domingo, 9 de mayo de 2010

No suelo mirar la última fecha en la que escribí en este diario. No lo suelo revisar porque esa fecha no indica nada, ya que el ritmo interno de la prosa que se despliega en un diario está alejado del calendario. A pesar de que se sustancie de él, no le pertenecen las coartadas del minutero. En un diario, un año, pongo por caso, puede ser síntoma de alivio vital, porque siempre se vuelve sobre el lugar de la sangre.

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Con Thomas Mann me sucede lo mismo que con Beethoven, cada vez lo voy haciendo más grande.


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"Quién pudiera dibujar un árbol sin convertirse en árbol", dice Nietzsche en uno de sus aforismos. Quién pudiera escribir un diario sin ser el diario.

viernes, 7 de mayo de 2010

Pilar Pardo, José Mateos y un servidor.

Gracias a Ramón Simón por su reportaje fotográfico de la presentación de Temporada de fresas, de Pilar Pardo y El huerto deseado, en Sevilla el viernes pasado.


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Día sin notas que caen revueltos, como catedrales sin nombre, como cuerpos sin figura, como hojas de cobre fundidas con el viento, como sueños trenzados por una vaina muda y quieta y de soles prohibidos.

jueves, 6 de mayo de 2010

Con Thomas.

La poesía incapacita para otras escrituras. Se produce un colapso y todo trabajo siempre es insuficiente. En su proceso, el mundo se achica y restringe hasta el infinito. Y en esa situación sólo cabe callar o destriparse.

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Ayer por la tarde compré los Cuentos completos (Edhasa, 2010) de Thomas Mann. La traducción de María Siguán es excelente. Comencé la lectura por un cuento titulado “Hora difícil”. El cuento es una recreación, mediante un soliloquio, del momento de la creación en la vida de Schiller. Mann narra con un estilo brillante cómo el eterno resfriado que compungía a Schiller le hacía respirar siempre con la boca abierta. Esa imagen la aprovecha para mostrarnos la ansiedad del poeta ante la página en blanco, como si estuviera recitando en silencio, murmurando eternamente unos versos escondidos que no surgían con la claridad deseada. El poeta ante el folio en blanco: Los temas sucediéndose sin espera. Y su pluma incapaz, su pensamiento endeble…
Por otro lado, leo "Tonio Kröger". Tonio Kröger sufre las mofas de los compañeros y maestros en la escuela porque lleva un cuaderno de poesía. En una ocasión, un alumno ve cómo comienza a escribir en un cuaderno unos versos. A partir de ese momento, el personaje comienza sus reflexiones acerca de la individualidad y la sociedad, el ambiente culto frente a la vulgaridad.

He leído esos dos relatos de Mann perplejo. Porque he entendido que Mann, a pesar de las reminiscencias decimonónicas, siempre optó por escribir sobre temas que nunca han tenido una respuesta clara en la literatura, temas sobre los que siempre seguirán escribiendo los hombres, que se mantienen inexpugnables a la razón. Ahí está su grandeza, en la palabra edificante.

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Después de leer los relatos y de tomar un zumo de frutas, he sido Schiller y Tonio, porque lo que fue un hombre lo han sido todos. Se me ocurre que, ante el folio en blanco, mallarmé nos legó la enseñanza más completa: el coup de dés.
El blanco inerte y apasionado, de forma pura y trascendental, mantiene al hombre alejado de la cotidiana manera de la vida. Cuando eso sucede, se abandona la palabra y se procura aspirar al silencio. Se traspasa, de esta manera, el dualismo de la forma y la idea, la oscuridad y la razón y se alcanza, por tanto, el reino del silencio.

martes, 4 de mayo de 2010

lunes, 20 de abril de 2002. No sé si en estas tardes de escritura cuento con un lector subsidiario o si todo no es más que el reflejo de la página en blanco. Tremendo reflejo transparente el de la página limpia y tersa que se nos extiende sin límites.
Porque hacemos de los límites de la escritura los límites de la sintaxis y de los textos y de las páginas en blanco. Con esta propuesta, la poesía es el verdadero derrumbe del entendimiento: en ella se edifica un cosmos, con ritmos de blanco, con trozos de silencio.

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miércoles, 29 de abril de 2002. La trágica constatación del hombre que somete sus días a la literatura es la siguiente: la vida es la linealidad y la cronografía de un vulgar y mezquino individuo. Sin embargo,
el territorio de inicio en la poesía es el mismo que el de llegada ya que ambos son estrictamente utópicos.

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un día de septiembre, en Cádiz. Un poema es un accidente de las palabras. En ocasiones, ese accidente sobrepasa al autor y deja a éste como mero tránsito, como instrumento. Alcanza la obra una dimensión superior y su belleza ya lo le pertenece. Y el poeta, por tanto, deberá dejar de preguntarse qué es la poesía y callar con la mudez de los astros.

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Hoy. Valéry, ay, Valéry, ejercitado escritor, infatigable abeja que liba en la hiel de las palabras y el pensamiento. “La forma hace orgánica la idea”. ¿Qué más nos queda por añadir?

domingo, 2 de mayo de 2010

La trama de un libro de poemas es la huella del hombre que lo ha escrito. Una trama turbulenta y armoniosa, reveladora y confusa al mismo tiempo.
El verso encierra esa topografía, el lugar de encuentro entre el tiempo, la memoria y la palabra. El tiempo es la conciencia plena; la memoria, la usurpación del olvido y la palabra, la meditada razón de la conciencia plena y usurpada.
Así, la sugerencia es la ambición de la palabra poética. Porque ella levanta un mundo nuevo, pero un mundo incognoscible en su totalidad. De ahí la extrañeza. El don de la poesía es la capacidad para señalar la transparencia.

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La pasión de la poesía es la pasión por el silencio, porque el poeta no escoge la palabra adecuada, escoge los silencios necesarios. Igualmente, es la pasión por la contemplación y por los temas que atraviesan al hombre desde antiguo. El poeta sigue portando las virtudes apolíneas y dionisíacas.

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El sentimiento es un inconveniente. Más bien, el verso razona en la sinrazón aplicando los mecanismos de la música, la aritmética más perfecta junto a la sugerencia más profunda.
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La palabra es condición anhelante para el hombre, por eso siempre es deseo todo lo que
nombra la poesía, porque el mundo se hace nuevo.

viernes, 30 de abril de 2010

Esta tarde, tendré que edificar una poética. Será como una torre de arena invadida por el agua y el salitre: momentánea, fugitiva, sólo apuntando a un proyecto.
Como diría un novelista, por ejemplo Galdós, cada vida lleva en sí una novela. Pero, me pregunto esta tarde, ¿cada vida lleva un libro de poemas? La poesía es cuestión de desnudez, rito de silencios, murmullo de la transparencia, aritmética de la palabra ausente.
Esperarán que dicte el nombre de algunos maestros, pero eso sería deshonrarlos. Detesto esas inoportunas apropiaciones de la tradición, esos ramajes que cada cual levanta a su conveniencia.
Luego recitaré torpemente algunos poemas. Después de todo vendrá el silencio y cada cual se marchará cargado de esta o aquella sugerencia, de este o aquel eco, idea, vibración. Y ahí comenzará el huerto a brotar, verdadero, en el deseo ajeno de la literatura.

jueves, 29 de abril de 2010


Esa escena es candente. Reposa la mujer junto a un rufián en uno de los lados de una cafetería. Los tonos del cuadro recogen a la perfección cuáles son los aditamentos de la tarde que divaga entre las mesas de un café.
La mirada de la señora, cuya vestimenta imagino desaliñada y patética, dispara a un ángulo muerto las esperanzas perdidas. Mientras, él fuma aguantando la pipa con la mano izquierda. A los dos individuos les ampara la absenta. La perspectiva oblicua es una metáfora de la sociedad que los cruza y desviste, que los azota y los margina e hiere con la maquinaria de entonces. Y esos zapatos que asoman, desolados, bajo el traje... Los hombros caídos y sin tensión muscular, frente al brazo que mantiene el cuerpo del mendigo algo más erecto. En el fondo, los dos están vislumbrando la misma condición, la de ser sombras proyectadas sobre sombras.


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Schumann, el piano en la tarde con la excelencia del fraseo. Las melodías de sus sonatas surgen como esos colores de Degás: resucitando el vaho de la evidencia. Con la música, el verso de Borges se actualiza y se instala en lo sucesivo: “Ya somos el olvido que seremos”.
Precisamente, la música es un elemento faústico si la consideramos la fórmula más inmediata de dejar de ser y de entregarse a no se sabe qué fuerza. En esa entrega se nos fue, de pronto, lo evanescente.


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Esta mañana dije que lo bello es amado y lo que no es bello no es amado. No es nada nuevo, es una enseñanza de la época griega, una cosmovisión que enlaza el arte y el pensamiento. Dije que lo bello, después de haber leído el libro de Umberto Eco, se había quedado demasiado deslindado de una concepción plena y coherente. Y que a lo mejor, en esa indefinición moderna, están algunas confusiones de los artistas nuevos de capillas. Las miradas de los compañeros me sentenciaron. Y entonces corrí a una esquina, me senté entristecido, con una brazo sobre la mesa mirando al frente a ningún lugar. Por unos momentos, fui el personaje de Degás.

miércoles, 28 de abril de 2010

Hasta bien entrado el siglo XIX, la poesía fue adquiriendo la capacidad de replegarse al individuo o, en mejor decir, el individuo se plegó a la dimensión poética. Sobtre todo, porque volcó en la poesía, no sólo la aspiración estética del momento, sino la virtud ética y del pensamiento.
Toda vez que se situó en el volcánico epicentro del hombre, comenzó a enturbiarse con el magma de la conciencia plena a través del individuo. Esta comunión, que tan buenos resultados ofreció a finales del siglo XIX y principios del XX, ha terminado por convertirse en una festividad de las vanidades.

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¿No será un diario la prostitución del escritor? ¿No será este cuaderno el lupanar en que distraigo las palabras más innecesarias que diré en mivida?

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El pasado en la poesía es edad venidera. Está a la espera, al final de los ciclos. Ella es inicio y estación, revuelta y merodeo.


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Las tardes que se presentan con esta calima despiertan mis recuerdos de verano. El verano, en una ciudad costera, se convierte en un espacio dilatado, en una sucesión perenne de juegos y labranzas. Nunca saldrán la arena y el mar de mi memoria como nunca dejarán de ser mías estas manos y estos ojos.

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Comienza uno a leer un libro a la espera de que le ofrezca algunos párrafos sabrosos, cargados de conocimiento o de estilo literario o de reflexiones agudas para avivar estas ascuas de lo cotidiano. Al cabo del tiempo, comprende que los prejuicios en la lectura, como en la mayoría de las actuaciones, no son convenientes. Parece que la prosa tiene la capacidad de ir venciendo al lector y de llevarlo a una profundidad donde el juicio pierde claridad.
Con la poesía ocurre todo lo contrario. No hay más que leer un poema, que en realidad, puede ocupar tres o cuatro oraciones, cinco o seis versos, para que el lector comience a aposentarse en la lectura o que lance el libro al cajón del chance. Aunque, bien es cierto, que no pocas veces, algunos poetas han ido creciendo a la par que uno crece como lector. Porque las cualidades del lector se van configurando y su olfato y su postura van amoldándose a sus razones que, por cierto, son cambiantes y esenciadas.

martes, 27 de abril de 2010

Almacabra.

La poesía es memoria, es tiempo y es palabra. Lo contiene todo, pero no muestra nada. Hace presente el discurso pasado. Es memoria porque usurpa y extirpa del tiempo lo que quiso ser olvido. Es tiempo porque el tiempo es para la poesía la conciencia plena. Es palabra porque la palabra es razón de la consciencia y de lo pleno y de la usurpación…

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Me llega un paquete de libros que esperaba desde hacía varias semanas. Concretamente, dos libros de José Luis Acquaroni y una primera edición, de 1854, de una comedia titulada Una virgen de Murillo, escrita por Luis de Eguílaz en colaboración con el hijo de Larra, Luis Mariano de Larra.
Las tres ediciones han sido adquiridas por motivos especiales. La obra de Eguílaz, del dramaturgo nacido en Sanlúcar en 1830, por bibliofilia y razones profesionales (y económicas, por supuesto). Las de Acquaroni, porque ni siquiera José Carlos Mainer dedica unas líneas, en su nueva historia, a la obra de este Premio Nacional de Literatura en 1977 con Copa de sombra. El otro título de Acquaroni que he adquirido es El Turbión y es una primera edición, de 1967, en ediciones Prometeo, de Valencia.
En Copa de sombra, Sanlúcar se convierte en un espacio mítico, El Puerto de Santa María de Humero. A pesar de la ficcionalización del lugar, no pocos historiadores locales han localizado las casas que se nombran en la novela. Sin embargo, el punto de partida que toma el autor para el arranque de su obra, está en una lista de los fusilados entre el 18 de julio de 1936 y el 4 de enero de 1937. Esta lista fue tomada de los diarios del historiador Manuel Barbadillo que se publicó en la obra de Eduardo Domínguez Lobato, Cien capítulo de retaguardia (Gregorio del toro, editor, Madrid, 1973). Todos fueron fusilados en unos terrenos aledaños al camposanto de la ciudad, llamado almacabra. Cuántas veces he paseado por esos lugares.

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Los días en que la poesía lo invade todo son los que más desvarío proporcionan. Los que rinden, con su tormenta, más matices al final de la tarde. Porque el día amanece a cada momento con la presencia de la poesía. Y la palabra enmudece, se hace recoleta; las luces se embargan de oscuridad; la lucidez y la inteligencia son insuficientes restos y despojos del hombre. Más vale recogerse a lengüetazos después de la invasión y el trance. Y mantenerse en silencio como una estatua viva. En silencio, como un laberinto inhabitado.

lunes, 26 de abril de 2010

Todo el día trabajando en un poema. En unos versos. En unas palabras. Pensamiento indefenso y paupérrimo. ¿Quién vende prótesis al alma?


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Después de un centenar de páginas del libro de Umberto Eco, sigo halagándolo. Sus enseñanzas, siempre bien articuladas, rasgan en la conciencia. Porque libros como este es un devaneo por la conciencia histórica, por el hombre que fuimos y que sometemos al continuo paso del pensamiento.


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Espigo de las páginas de El ruido eterno, de Alex Ross, (Seix Barral, 2009) algunos datos y los arropo como si fuera un niño que acaba de encontrar un nuevo compañero de juego. Es un libro que versa sobre la música en el siglo XX, aunque, después de haber leído un puñado de páginas, puedo afirmar que es, más bien, un libro sobre la historia del siglo XX y la música. Porque en estas páginas se entrecruzan escritores con músicos, pintores y artistas de todo pelaje. Así como políticos y majaderos que llegaron a convertirse en dictadores.
De todos los pasajes del siglo XX, del histriónico siglo de las guerras y los desquiciados, de las aversiones y la tecnología, la música fue índice y revolución. Jamás se replegó a una ideología, jamás fue poseída, jamás.

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Después de la poesía y la música, ¿qué palabra resta en un diario? En un diario queda la oculta vanidad, la egolatría exasperada, la insuficiencia, tal vez. A lo mejor, el relato verdadero de una vida o la secuencia momentánea de una obra. En cualquier caso, sentimientos que algunos con los que mantenemos cierta amistad, jamás conocerán.
Por ejemplo, ¿supo la mujer de Márai del beato fervor que su marido le profesaba, lo supo? ¿Los compañeros de Kafka, sabían de sus pensamientos en solitario, de sus manías cotidianas, de sus elucubraciones personales? ¿Y de Van Gogh, qué supo el hermano, sólo la vida que se encierran en las cartas? ¿Y de mí, qué estoy dejando en este puñado de folios desfigurados?
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Conjunción de la tarde. Palabra. Memoria. belleza. Y el ruido eterno...

jueves, 22 de abril de 2010


En mi nuevo cuaderno, de piel marrón y aroma soberbio, de páginas amarillentas y lomos enlucidos, los apuntes del día. Las notas sueltas que surgen de repente. Como llamadas de no se sabe qué consciencia, escribo breves oraciones que van trenzando, con lentitud, la lógica de una vida. Obviamente, la vida pervive sin lógicas ni alaracas de la razón, pues el tiempo en que tomamos consciencia de nuestra vida es ínfimo y poco notorio. La llevo conmigo desde que me la regaló M.C. tras su viaje a Roma.
De vez en cuando, motivado por algún comentario o situación, la sacó de la maleta como si estuviera desafiando al orden rutinario de lo que acontece. En este caso, la literatura es subversión, rebeldía, anotación al margen. Nunca antes lo había observado con tanta nitidez y transparencia.
Junto a la libreta, siempre guardo el bolígrafo, marrón oscuro y cuarteado, con tinta negra, que me sirve como el complemento idóneo a esas páginas. A decir verdad, de vez en cuando, utilizo bolígrafos de tintas con diversos colores: verde, azul, violeta. El otor día, por ejemplo, escribí sobre este asunto, cuando utilizaba, por vez primera, el bolígrafo verde. Invadir el cuaderno con un color distinto al negro se asemeja a esos rayos de luz que se cuelan por una ranura y que nos parecen repletos de polvo y sustancias que nunca antes éramos capaces de percibir. Por eso, el negro, a la postre, es la sangre de ese cuaderno, su melancólico candidato.

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Mañana viajaremos a Tánger. Desde las primeras escapadas y gracias a las circunstancias familiares, ese país nos ha deparado siempre una grata experiencia. Más allá de las circunstancias políticas en que está inmerso, el pueblo mantiene una mecánica de la tradición, un olfativo y exuberante primitivismo natural y necesario, que no deja de reclamar una respuesta literaria.

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Umberto Eco tiene una capacidad para pensar y escribir acompasadamente que no existe en las letras españolas. Es cierto que ese vacío debe ser cubierto con el inicio, al menos, de una tradición de libros ensayísticos que vuelquen la inteligencia de las letras hispánicas. No es el caso. De todos los literatos, ¿quién podría escribir un libro de tamaña genialidad? Una novela al uso, de esas escritas sin miramientos estilísticos y sofocada por los inventos narrativos, queda en nada al lado de libros de este calibre.
Hoy, por ejemplo, al llegar a casa, abro el libro por unas páginas dedicadas a la proporción como elemento que articula la belleza de los cuerpos humanos en el Renacimiento. Dice Eco que, si bien en la escultura y la pintura hubo una constante unidad matemática, no es así en la pintura. Y para ello, reproduce unas prodigiosas láminas de Venus, de Botticelli; Ninfa en el paisaje, de Jacopo Palma el Viejo y de Venus y Amor que lleva el panal de miel, de Lucas Cranach.
Me quedo absorto en las proporciones de la pintura de Cranach, en esa figura largirucha, hermafrodita, de ampulosos muslos y pechos enjutos, de carnes prietas y antebrazos forzudos y de cadera prominente y descompensada; que posa con los pies en difícil disposición sin levantarlos del suelo y sin mostrar esfuerzo alguno.
Ese rostro, hembrimacho, que parece esbozar una sonrisa sarcástica. Sin rendir cuentas a Amor que lleva un panal de miel donde revolotean las abejas. Y el tronco…verticalidad del silencio.

martes, 20 de abril de 2010


Las páginas de Historia de la belleza, de Umberto Eco, (Lumen, 2008) parecen surgidas de una cadencia antigua. Poseen las propiedades del conocimiento bien configurado, de la mente humana que sabe aunar la razón y el espíritu. Paso una página y me encuentrotro con el dibujo soberbio de Agnolo Bronzino, concretamente su Alegoría de Venus (1545). Me detengo a observar la mano que agarra un pezón entre sus dedos, esa mano blanquecina y noble, sin caladuras ni estropicios por el trabajo artesanal, esa mano híbrida de humanidad y angélicas presencias. Y en la otra, que sostiene la cabeza reclinada. Es sólo el comienzo. A continuación, lel análisis de la belleza circula de Gauguin al calendario Pirelli. Ahí termina la introducción y el pasmo.
El conocimiento del mundo para los occidentales comienza en Grecia. He ahí la belleza en el ideal de la antigua Grecia. El texto de Eco trenza con solvencia las relaciones entre verdad y belleza y propone, por lo demás, algunos fragmentos señeros al respecto. De esta forma, el libro se nutre de imágenes imprescindibles, textos y referencias en todas las disciplinas que han ido rindiendo cuenta de la belleza como concepto. Al pasar la página, me detengo en la aclaración que aporta el autor en relación al término griego kalón. Hasta que llego a Laocoonte y atestiguo cómo el dolor no es más que una curvatura del alma y una forma del mármol.

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Cada poeta
es un destello intruso
en el lenguaje.

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Canto del pájaro.
Muere el horizonte.
Luz de la tierra.

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Con la belleza,
ni el mundo, el hombre, nada.
Solo el silencio.

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La tarde va declinándose por algunas franjas de la luz que desconocía. He pensado en la conjunción que se produce al escribir un poema: vetas de lo ausente.
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La poesía es revelación y mudez, estrategia de la razón para desasirse de sus artificos. No siempre estuvo el arte en la belleza, ni los hombres buscaron la verdad del día, de los cielos, de la noche en sus sílabas ígneas. Su antigüedad es chamánica, su presencia es la viva imagen del pasado. El hombre, el poeta, un desafío a la arcádica palabra inmutable.

lunes, 19 de abril de 2010


En la excelente traducción de Enrique López Castellón (Akal, 2003), de la Obra poética completa, de Charles Baudelaire, leo en “Epígrafe para un poema condenado”, el verso siguiente: “léeme, para aprender a amarme”. Este verso conduce al lector a un pacto fáustico con el poeta, a la asunción de una individualidad que debe ser reconocida o negada de principio: eros y tánatos, sístole y diástole, haz y envés, lectura u olvido. Propone, por tanto, Baudelaire, una estación intermedia que anuncia el descendimiento a las florituras del mal que habita en el hombre. El mal que nos une, como proclamaba Shopenhauer, la estación de los contrarios.
Hay, por lo tanto, desde el comienzo de Las flores del mal, una declaración ética diluida en la estética. Tú, pacífico y bucólico lector, aprende a amarme con la lectura. Desde el momento en que leí el verso quise apreciar la sonoridad de la lengua francesa: “Lis-moi, pour apprendre à m´aimer”.
Describe su libro como saturnal. Este adjetivo posee, amén de una fuerza poética envidiable, una doble connotación. Este malditismo está cargado de actualidad y es un elemento contemporáneo al que tenemos que enfrentarnos desde el arte, no como una invasión de la decadencia, sino como un síntoma del hundimiento moral al que estamos sometidos. En buena medida, podríamos preguntarnos a qué se debe esta ausencia de ética en la poesía, a esa ausencia de autoconsciencia y de alejamiento individual.
¿No sería necesario una revuelta de la conciencia para alcanzar el estado primitivo y originario?
Recuerdo que Pío Baroja tiene un libro titulado Los Saturnales y que está dedicado al caos que provocó la Guerra Civil española en relación a los ideales, las jerarquías, las relaciones humanas. El libro refleja lo que Curtius establece como tópico de la antigüedad, “el mundo al revés”. Una topografía de la modernidad.

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En “Bendición” el poeta se presenta con la doble condición a la que es sometido por el decreto de los sumos poderes. Hay en este poema una estrofa que puede resumir tajantemente las usurpaciones del poeta a los hombres:

“Yo sé bien que el dolor es la sola nobleza
donde nunca harán mella la tierra y los infiernos,
y que para tejer mi mística corona
se requieren edades y universos enteros”.

La potencia verbal del poeta ante su insuficiencia vital. La condición asoladora de su finitud, pero atravesada por la doble ansia de bendición. Para Baudelaire, Dios otorga el sufrimiento como un remedio de las impurezas que nunca serán alcanzadas ni en los cielos ni en los infiernos, esto es, ni en la gravedad de lo bueno ni de lo malo. Sin embargo, la conciencia del poeta es plena, porque conoce, a pesar de su ambivalente disposición, que hace falta el espacio (universo) y el tiempo (edades), todo, el uno, para alcanzar la luz pura que anunciaba en versos anteriores.

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Ayer, día de poemas. Toda la tarde intentando unir algunos versos que brotaban con demasiado trabajo. Versos fallidos. Trabajo necesario, sin embargo.
La poesía asciende de no sé qué instantaneidad para encumbrarse en lo cotidiano. Entonces hay que agarrarla y someterla al brinco de las palabras. No debemos dejar ningún rastro sobre el tiempo. Ni siquiera la ambición y la vanidad.

domingo, 18 de abril de 2010

Materia de la infancia.

Paseando por la playa de la Jara, con M.C., se me ocurrió preguntarme si estaban todavía allí los niños con los que jugaba, cada sábado, enfrente del Coto de Doñana. Lo hice sonriendo, como se hacen las promesas abiertas y se dan los pasos al mediodía, como las pisadas ocultas de las gaviotas sobre la piel de las sirenas.
Aquella geografía sigue siendo un mapa inexplorado en mi memoria. La arena blanca arraiga en mi piel, el salitre habita en mi lengua. En mis retinas siguen clavados las verdosas posturas del sol sobre el Coto. Éste era un territorio mítico con el que mi padre y mi abuelo solían bromear cuando quedaban las familias conjuntadas en las casetas de playa. Decían que iban a coger sandías y que llegarían nadando en un momento. La piel morena de mi abuelo y sus cicatrices eran las señales de que aquello podía suceder.
Poco a poco, fui rescatando del olvido algunos pasajes de los años en que el verano era el tiempo de las noches blancas. Por ejemplo, cuando los sábados nos dejaban ir a jugar a la playa, cuando llegaba la primavera. Qué frescor de la arena en los pies, que pálpito de tierra y de agua, qué rumor ocupando los oídos inocentes y blandos de los niños. Eran días de plenitud, de la plenitud de la infancia.
Asimismo estudié muy cerca de ese lugar, de la desembocadura. Y formó parte de la educación que mis maestros me ofrecieron. No he llegado a resolver todavía ese rubor de talismanes marinos, esa exaltación del fluir del tiempo, esa conciencia marítima que transforma y cincela en lo inexpugnable. En ella habito todavía, en ella soy, de ella devengo. Paseando por la playa se me ocurrió preguntarme si estábamos allí todavía…y si seguían los pájaros cantando.


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Tengo una teoría de la lectura que consiste en los estados del alma. Hay autores que no deben ser leídos hasta que no tengamos conciencia de que estamos predispuestos a leer sus versos o su prosa. Me sucedió con Proust, con Rilke, con J.R.J y con Cervantes, entre otros. Algo parecido me sucede estos días con Baudelaire.
De las páginas de Baudelaire, destaco las dedicadas a los vínculos que se establecen, desde su convicción literaria, entre el poeta, la poesía y la realidad. Igualmente, me han sorprendido algunas referencias a la modernidad, por las aspiraciones y por la actualidad que pueden adquirir toda vez que sean despojadas de su tiempo: “La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable”. Con estas palabras, Baudelaire se refiere a la doble dimensión de la belleza, es decir, a un tema que me preocupa desde que comencé a escribir.
Desde este punto de vista, exige Baudelaire de la literatura un movimiento circular, que aúne la indagación de lo eterno desde lo fugitivo, la exploración del presente hasta que le arranquemos las esencias que se perpetúan en el ciclo. Un anillo, como Bécquer. Un trazo en círculo que restituya la realidad percibida como materia de lo perpetuo. Entendiendo que la materia es experimentable y que lo perpetuo deviene de esa constancia, ah, quizás eso sea la poesía, materia de lo perpetuo.

sábado, 17 de abril de 2010

La rareza de algunos días me conduce a un cambio de rumbo estético. Podría clasificarlo como un trouble para Baudelaire, como una turbación o desvelo que enrarece y sobre el que no tengo más que manifestarme estéticamente. La quietud entonces es una lastrada añoranza. Impecable incendio de los deseos.


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La realidad se desnuda. Y sus formas se traslucen. Sólo es efecto y proclama. Solo esfinge incomprendida. La levedad y el asombro. El poeta en la belleza.

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Leo asombrado que Vila-Matas dedica hoy un artículo a Huysmans, el autor que leo de un tiempo a esta parte. Será que, al caer del otor lado, hemos coincidió en que las extravagancias del duque de Essientes, entendidas en este desenfrenado siglo XXI, no dejan de ser migajas de dandi.

jueves, 15 de abril de 2010


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Después de dialogar durante un buen rato con el cura, los que merodeaban por el lugar intentando hacerse con la conversación, comenzaron a mirarme de forma esquiva. Con esa forma propia de la intolerancia que tanto repudio, con esa indecencia ante lo que no forma parte de sus supuestos principios éticos. A partir de ese momento, proyecté una reconstrucción de lo que podían pensar esos malévolos auscultadores de lo ajeno:
1. Piensan que soy un creyente camuflado, que no manifiesta su fe en vivo, pero que lo hace a escondidas con el cura.
2. Piensan que soy un hombre cambiante, que dependiendo de la compañía digo una u otra cosa.
3. Piensan que soy una mente débil, maleable, que se deja atraer por la palabrería beata y religiosa.
4. No piensan más que con una pregunta, ¿a qué viene éste individuo a hablar con el cura?

La conversación ha sido de las más fructíferas que he mantenido con un compañero. Incluso llegué a temer que el cura había leído el texto de este diario y que sabía mis ilusas metamorfosis en duques y dandis decadentistas. Porque hablamos del ser, del hombre, de las palabras y la realidad, de Unamuno, de Aristóteles, de mayo del 68, de Albert Camus y de otras tantas ideas necesarias en este mundo de encierro y provincianismo, de asqueo ante lo contrario, al otro y al diferente.



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Cuando Des Esseintes decide reordenar su biblioteca, lo hace utilizando un color para la literatura latina y otro para la literatura en lengua francesa. El detalle del color para las baldas es significativo y esnob, pero lo que más me sugiere esta lectura es una indagación en el aspecto central: sólo posee libros de literatura y francesa.
Cuando termina de ordenar sus libros, cuestión capital junto a la decoración para el duque, ofrece todo un repertorio de los colores vinculados con la sensibilidad: “Prescindiendo de la mayoría de los hombres cuyas vulgares retinas no llegan a percibir ni la cadencia particular de cada color, ni el encanto misterioso de sus gradaciones y de sus matices, me quedo con las personas de pupila refinada, acostumbradas a la belleza de la literatura y el arte”.

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Siempre se hace tarde para los que aman la vida.

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Si esta vida llega a sustituir en el futuro los días y las noches del hombre que la vivió comencemos entonces a vivirla en literatura.

miércoles, 14 de abril de 2010

¿…Y si Dios es la nada? Hoy he estado todo el día pensando en este aserto. Por la mañana, en Lebrija, llegué a una conclusión. Más tarde, después del almuerzo, en Sanlúcar, a otra. Ahora, en la noche, en jerez, no sé dónde comenzó todo. Quizás en la nada.

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Cuando Marcel Duchamp colocó el urinario en medio de un museo, estaba revolucionando el concepto de arte. En ese urinario iba implícita la tremenda pregunta ¿qué es el arte? El urinario, en ese lugar, no servía para conducir los fluidos a las alcantarillas. Entonces, ¿para qué? A expensas de su utilidad cotidiana, ¿qué hace allí, es decir, qué es?
La descontextualización es el primer argumento que los teóricos utilizan para salir adelante en su defensa, pero creo que es insuficiente y que no termina de aportar ninguna conclusión definitiva. Cuando trato de llevar esta problemática del arte moderno a la literatura, se hace difícil encontrar respuestas clarividentes. De momento, la literatura no puede negarse como objeto verbal. Tampoco podemos desentendernos de su dimensión social, cultural y antropológica, así como de la estética.
Si bien es cierto que el arte moderno comenzó en el límite del arte, lo que ha venido después ha sido una extremaunción de los abrazos de los artistas a la incapacidad por transgredir esos límites ya desvirgados. Es decir, una innovación en la espacialidad, en la perspectiva, pongamos por caso, en el Renacimiento y que ahora nos puede parecer nimia, era una verdadera innovación. Ahora la innovación ha cambiado de circunstancia. Habría que buscar incesantemente en lo escrito aquello que se dejó sin decir o que se dijo sin las palabras adecuadas.

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Me he identificado tanto con el personaje de Huysmans que esta mañana quise repetir una acción que se desarrolla en uno de los salones en que discurre lacción. Des esseintes solía esquivar a los contertulios que no tenían nada que aportar con una pregunta demoledora: “Espérese, ¿lo que me va a decir me ayudará a creer en Dios, me valdrá para entender al hombre? Si no es el caso, le rugeo no me dirija la palabra”. Estuve a punto de enunciar estas mismas palabras, con el garbo merecido. ¿Lo hice?
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Si antes de abrir la boca, de pronunciar una palabra, de habiatr el silencio con un cliché pensásemos en la importancia de las palabras, en su fuerza proteica, el mundo avanzaría más lentamente, es cierto, pero avanzaría. No seguiría embarrado en las mismas ideas y circunstancias, como comprubeo cada mañana en el lugar del crimen.