viernes, 24 de septiembre de 2010

Viernes en la ciudad y salida en el tren. Estas semanas –en las que madrugo en exceso y duermo pocas horas- las he comenzado escribiendo y leyendo en el tren.Esta circunstancia me resulta mágica y embelesadora. Podría pasarme sin problemas todo el día en el tren de un lado a otro únicamente leyendo. Si eso fuera así, si las horas de trabajo se concentraran en las que paso en el tren, leyendo, escribiendo, contemplando, la vida, aun encerrada, gozaría de otra consideración. El cuerpo sería un lastre más llevadero y ería difícil entablar una cnversación absurda con nadie.
Todo el día observando cómo unos bajan y otros suben, cómo respiran y cómo duermen; cómo hablan sin cesar sobre esto y aquello; cómo ríen y algunos leen. Sería un ir y venir sin rumbo en el mismo trayecto, una estancia pendular de los días.

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El señor se montó en el mismo vagón que me correspondía. Llevaba una maleta de cuero muy desgastada y un pelo cano, rotundo, abierto, desaforado. En cuanto pudo, sacó el volumen como si portara un artefacto antiguo, fabricado ex professo. Era la magna obra de Proust en francés. El libro estaba muy trotado y el señor no dejó de escribir en sus páginas durante todo el trayecto. Con un panorama de este tipo no podía dejar pasar la ocasión y decidí que me bajaría en algunas estaciones más adelante ya que contaba con tiempo suficiente. Lo acompañé hasta Utrera. Allí guardó el volumen. Se bajó del tren. Jamás volví a verlo. Inception.

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En el habítaculo que nos reservan todo es inhóspito, incluidos los seres, los seres incluidos, todo, inhóspito. No hay nada en ese lugar que pueda magnificarse con estas palabras, nada, porque las palabras necesitan de sustancias previas para poder edificar con ellas. No hay nada en ese lugar que pueda magnificarse, nada, nada puede, ni siquiera un acto, un hecho, un acontecimiento, un ejercicio, un vano amanecer. Nada, ni un solo ángulo hallarás. La alegoría, decía, Kafka que lo más importante es entender que todo, al ser escrito y pensado termina siendo alegoría, subyacente realidad. Incluidos estas disquisiciones aritméticas de un yo, un alguien que se descifra en la arena de un mar que lo corroe y que se llama Tierra.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El mundo alrededor y la vida rezumando bemoles. He paseado la mañana con el rostro compungido porque todo era un entierro de banalidades. Expulsión, como diría, Bernhard, expulsión, extinción de todo lo que rodea y afecta al espíritu, dije. Descreo de los diálogos sin causa, descreo de las palabras que surgen sin perseguir un efecto, descreo de todo, de casi todo lo que me rodea y compunge, definitivamente, como un minotauro acorralado. Descreo del mundo y sus párvulos habitantes, del vómito del hombre en la mañana, de la náusea que me provocan sus actuaciones, dije, afirmo.

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Como dijo Kafka en sus Diarios, todo es alegoría alegórica, es decir, todo puede someterse al principio de la metarealidad a través de las palabras. Esa espiral es interminable, pero existe una constante que participa de todas ellas, que va bombeando la sustancia necesaria y precisa: la conciencia de ser humano.

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Aborrecerlo todo, retirarlo todo de la memoria como un desgaje plural, deshacerse del pelaje de lo cotidiano, atribuirse propiedades olímpicas. Es la única forma de sobrevivir.

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El paso del tiempo me conduce a reducir la existencia cada vez a menos amarres. Para ello, hace falta una disciplina militar, que delimite con exactitud lo que nos advierte que estamos viviendo. Hay que tener fuerza emocional y personal para retirarse de los terrenos en los que el ser se deja ir, en los que la masa nos engulle con sus mecanismos. Es la concentración absoluta en uno mismo, es la concentración absoluta en el ser humano.
Este ejercicio, que me gusta practicar a diario, en el diario, nos puede llevar a una misantropía mal entendida, porque en este mundo la misantropía ha ido adquiriendo valor de humanidad. Cuanto más adentro de nosotros mismos, más cercanos al hombre; cuanto más alejado de la masa, más límpida refulgen las propiedades de lo humano. Nunca el mundo avanzó en la aglomeración de los hombres, nunca, sólo un hombre sólo puede crear en el mundo, hacer el mundo, rehacer el mundo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Junto a mí, en la estación, alguien lee mientras el mundo subyace en los ojos gracias a los astros. Está absorta e imbuida en la lectura. Según marca un indicador, está terminando el libro y pienso que eso prende, aún más, su fervor. Agarra un lápiz de cuerpo anaranjado con el que subraya algunas palabras y marca algunas páginas. Cuando escribe, lo hace con letra menuda y enjuta, casi microscópica, sombreando los márgenes. No he logrado ver el título del libro ni su autor, pero ese enigma prefiero dejarlo sin respuesta, ya que por él saco el moleskine y comienzo a escribir, como un detective que observa un caso. Arriba, justo encima del lugar en que los pasajeros esperan el tren, hay un espejo. Al mirarlo, los reflejos aparecen desfigurados e informes debido a la perspectiva, pero a pesar de todo, puedo destacar mi propio reflejo escribiendo en el cuaderno. Como un niño que juega con algo accesorio, escribo sin mirar la página para poder detectar los movimientos en el espejo. Al cabo de un rato, compruebo que en la pequeña sala solo quedo yo, escribiendo, ya que el tren espera en el anden. Sin embargo, durante unos segundos, una muchedumbre desconocida y plural se agolpa en el espejo. Son todos y no son nadie, es el pluralismo del yo.

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En algún momento, el detective entra en catarsis con el criminal, como, en algún momento, el lector entra en catarsis con el escritor.

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Sigo, durante esta semana, con el libro de Manguel y a cada página me encuentro con pasajes que me hacen detenerme demasiadas veces para escribir: “Estoy supuesto en las obras de Platón, al igual que en cualquier otro libro, incluso en los que no leeré”. A estas líneas cabría suponerles algunos reparos. Por ejemplo, no todos los lectores están supuestos en la obra de Platón ni en la de Cervantes ni en la de Kafka. Aunque, aparentemente, este aserto es prodigioso y me lo llevo a la memoria para avivar aquellos huecos de la razón que necesitan de las palabras ajenas. El concepto es grandioso y borgeano: estar supuesto en un libro a pesar de nosotros mismos.
El lector es el hilván que despierta la celulosa de las estanterías, el activo elemento de la escritura, el que provoca que la lectura sea un acto de presente eterno al que se refería Kant.

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Acudo a algunos pasajes de Fedón, de Platón, para glosarlos y ejercitar con ello la escritura en este diario. A veces, siento que decae el ritmo de la literatura y que las letras van aquilatándose sin demasiada consistencia. Las leo con desmayo, sin avisar en ellas ninguna sugerencia atractiva o sugerente, antes al contrario, este repliegue de la vida a la literatura y de la literatura a la vida, ha terminado por emboscarse en tres o cuatro temas que se repiten en un bucle de idénticas sucesiones. Sin embargo, cada día intento pasar de un lado a otro, del latido al papel, atravesando una cuerda floja, destensada, que atraviesa por completo los días. Cruzar esa cuerda, con el abismo debajo de la misma, provoca que tenga que buscar, leer, fijar en este diario algún pasaje que lo mantenga vivo, que rezume literatura. Una de las mejores soluciones es leer a Platón, siempre.
Decía que, en Fedón, casi al comienzo, se afirma que los filósofos trabajan durante la vida para prepararse para la muerte. En este diálogo asistimos a la muerte de Sócrates. Es sin duda, uno de los pasajes que más me motiva como humano, del que más y mejor ejemplo he sacado en no pocas lecturas. Sin embargo, he pasado las páginas hasta llegar a El banquete.
Este diálogo lo tengo demasiado subrayado en el volumen que compré hace años. Hoy, puedo decir que he leído a Platón con los ojos de Shakespeare y no a la inversa. Silencio es todo lo demás, exactamente lo que contesta Platón a la última pregunta que le hacen en vida: nada.
Y les digo a Shakespeare y a Platón que nada es el territorio de la muerte y de la vida, que nada es el título de la memoria cuando fenecemos y que nada es el total de lo que la inteligenca nos depara.
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Quisiera tener el ánimo envejecido para vislumbrar los templados témpanos de la vida. Quisiera el dominio sobre sí mismo como en un desvelo continuo del espíritu. Trazar en la memoria el valor de la belleza absoluta, de la que no entiende de nombres, de formas concretas y sucede dentro de uno mismo, en silencio y auroral. Quisiera, con Platón, que los ojos del espíritu comiencen a ver con claridad antes de la época en la que el cuerpo se debilite. Quisiera ser música y no palabra, encontrar la belleza y no la forma.

martes, 21 de septiembre de 2010

Qué alejado todo del sosiego y la fascinación, qué tristes miembros tiene el albor de la mañana y qué rotunda indignación me atraviesa cada vez que las horas y los días caen, insalvables, fallecidos, en el fangal de lo absurdo.

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A cada momento va uno enjuiciando lo que le sucede. Se ve con el beneplácito suficiente como para decir qué fue adecuado y qué no, qué nos fue beneficioso y qué hacen los demás que nos parece irrisorio. Cuando leemos, ejecutamos continuamente un acto de enjuiciamiento y cuando amamos lo hacemos hasta el fondo. Nos enfrenamos al mar y tenemos la osadía de discernir entre el plata y el dorado. Cuando hablamos con un amigo pretendemos trasladarle aquellas punzadas que nos corroen y cuando nos concentramos en nosotros mismos sucede la anulación de los sentidos. Con la anulación de los sentidos, se produce el florecimiento del sujeto. Es decir, nacemos dentro de nosotros, revivimos, revocamos a la naturaleza con la conciencia suplantando al otro que nos perfila.
Me acuerdo, en estos casos, de Kant y su meditación tercera de las Meditaciones metafísicas. Al comienzo de esta parte, Kant expresa que dejará de hacer uso completo de los sentidos y de que borrará todas las reminiscencias corporales de su pensamiento y que las tendrá por vanas y falsas. En ese enclaustramiento del individuo, comprueba que toda la galería de ideas, pensamientos o vibraciones externas no son más que productos dentro de él. Algo parecido me ocurre por las tardes, cuando escribo y leo. Intento ser plural como el universo, pero lo más alejado de mí mismo, quiero decir, de los sentidos que me atosigan, del exterior, de la cáscara.
En esa penetración en el espíritu de uno mismo se confirma la ignorancia interna, la carencia interna, el solsticio interno de la inteligencia.

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Al término de Kant vuelco la lectura en Wittegnstein. Al azar, abro el Tractatus por la mitad del volumen, en ese espacio me encuentro: “Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino una intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive el presente”. Y estas meditaciones me conducen a Pessoa, sé plural como el universo. Si consigues ser plural conseguirás la eternidad del presente.

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Con Schubert la tarde se torna rosa Tiepolo, cárdeno Tiziano, espacio Velázquez. Con Schubert, el bálsamo con el que me esculco. La línea perentoria en la blancura. El presente eterno del que hablaba Wittgenstein, la concreción más humana de lo huido.

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La poesía es el atributo de la luz. Ella roza lo insonoro, pero agudiza el silencio.

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El escritor dice la literatura es, escribo para, leo con…cuando debiera escribir la literatura soy. No hay más camino que la primera persona para el escritor en cuanto a lo literario. Como en esta música de Schubert, el músico es música. No puede el escritor aspirar a convertirse en un elemento aledaño a su obra.
Alineación al centro
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Como en estos moentos, que no entiendo cómo no me dediqué a la música por completo. En ella anida lo más sublime y los más bello que pueda urdir un individuo consigo mismo, en sus adentros.

lunes, 20 de septiembre de 2010


Vuelvo al tren para ir al trabajo. En la estación, muy temprano en la mañana, comienzo a releer el libro de A. Manguel sobre la lectura y sus historias. Me pareció, al seleccionar un volumen por la noche, el libro más adecuado y el que mejor resumía el pasaje que me disponía a sortear. Un compendio personal de la lectura y sus secuaces.
Fue, hace unos años, cuando iba diariamente en tren al trabajo, cuando comencé a leer con profundidad a Pessoa. El trayecto parecía estar perfectamente conjurado para que dos o tres textos de Libro del desasosiego desarrollaran todo su potencial. Había, por tanto, una perfecta armonía entre la dimensión espacial y la temporal que, encrucijadas, ofreció días de fervorosa lectura.
Es cierto que leer intensamente antes de comenzar a trabajar termina por perturbarme demasiado, ya que se quedan en la memoria esas frases enigmáticas y que dificultan la concentración requerida para el quehacer cotidiano. A la vuelta, me quedé todo el camino repasando esta turbación de la lectura, esta intrusa postura que ofrece los libros con la vida de los lectores.
La lectura es un ejercicio de desequilibrio, de inestabilidad, de utopías encrespadas, de descatalogados comportamientos que vienen a edificar en la memoria una nueva manera de ser en el lector, dije. Esa edificación de la lectura llega a dislocar al individuo, a poseerlo por un tiempo, dije. El vagón permanecía vacío a pesar de estas voces.

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La historia de la lectura es un encuentro con la memoria, con los subterfugios del olvido. Nada que no dejara su rostro o huella o sonoridad en el recuerdo pertenece a ella. Por este motivo, cuando leo el libro de Manguel, pienso en las lecturas que no se mencionan, pero que ocuparon el tiempo de libros mejores. Por ejemplo, existe en este libro un pasaje fabuloso. Se remite para ello a Petrarca y a San Agustín, al diálogo imaginario que mantienen en Secretum meum. En este libro se escribe la imaginaria conversación que mantienen los dos ilustres personajes en relación a la lectura. Un diálogo que ahonda en la necesidad del lector como un creador, en la participación de lector para convertir la lectura no en mero soporte de conocimiento, no en continuo fluir de palabras, no en mera memorización de frases prodigiosas, sino en tierra fértil en que las anotaciones del lector lo conviertan en escritor, en que las anotaciones del lector transformen el libro y lo rehagan y lo reescriban.

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No sé qué mecanismo cerebral se dio en la mollera cuando recordé una anécdota de la vida de Mahler justo antes de bajarme del tren. Justo antes de pisar el suelo, la imagen de Mahler sobrevino sobre los campos y, confundidas con sus enraizadas melodías al vacío, justo antes de todo, de que el día comenzara a brotar con grisura, El concierto, de Tiziano.

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Una realidad en marcha, pero con declinaciones; una realidad quieta, pero en transformación, eso es lo que cuenta para el poeta.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Quizás escribo con la materia de los sueños, pero con el corazón de un relámpago pétreo.


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Muerte sin fin, muerte sin fin, vaso que contiene la forma de la vida, vaso que muere con la forma de la vida, con la forma que otorgan los sueños a la vida, la materia de los sueños a la vida.

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Leyendo El Quijote siente uno el alma más adentro, cóncavo en lo profundo. Al dejar de leerlo, el mundo es más ajeno a todo. Parece desgajado de sí mismo como un decir sublime que dejó de ser bellopara ser perpetuo.



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Asiento ante las palabras de Pseudo-Longino ante las disquisiciones entre lo bello y lo sublime. Luego, recurro a Kant, para darle forma a lo que intuyo. Tras leer a los dos filósofos, me dispongo a leer un poema para comprobar cómo, todas estas construcciones aledañas, se derrumban ante el acontecer de la lectura en sí misma. Cada vez creo con más convicción que la belleza es la imagen de dios en la palabra.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Definitivamente, aprecio la lectura. Objetivamente, soy un lector por encima de otras circunstancias. Esta mañana, lo primero que hice fue sostener al aire un libro de José Gorostiza, el poeta mejicano de Muerte sin fin. Hacía mucho tiempo que no lo releía, a Gorostiza, al que me dio no pocas claves de una religiosidad con forma de vaso. Con desesperación agarré el libro de las baldas, como un acto vengativo conmigo mismo, manteniendo un enfado rotundo y completamente serio. Comencé a leer al poeta, a releerlo, porque Gorostiza fue de los primeros poetas que hicieron la luz en mi memoria.
No recordaba su rostro y me ayudé de la ilustración que acompaña la edición que siempre he manejado. Un bigote bien medido gobierna su rostro, su rostro enjuto, peinadísimo, con los ojos en la servidumbre al vacío. Dice el poeta juanramonianamnente: “Oh inteligencia, soledad en llamas […] páramo de espejos, helada emanación de rosas pétreas”. A esta fortaleza poética se une una profundidad poco usual en la escritura y una continua meditación que circunda temas como la palabra, Dios o la inteligencia.
Sin embargo, de todos estos versos que voy leyendo, hay uno que siempre ha percutido con insistencia en mi memoria; un verso claro pero rayano en la perplejidad, un verso de poeta, de poeta puro, sin excelencias ni arboladuras, sin excedentes de producción artística.

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Mas la forma en sí misma no se cumple”, este es el verso de Gorostiza que rescataría de su obra. Es la forma soledad en llamas, páramo de espejos, helada emanación de rosas pétreas, es decir, llama, espejo, piedra; esa es la vida, porque la vida es forma.
Puede uno leer el verso sin más miras que el puro deleite que ofrece el endecasílabo, pero este verso es una clave de bóveda, una poesilogía, una reducción magistral del pensamiento poético. Siglos de estudios quedan reservados en él y aun así, el misterio lo enviste.
No se cumple la forma porque la vida y la escritura suceden en un individuo en soledad y la soledad arde por de dentro en enormes llamaradas. No se cumple la forma porque el individuo, que la resguarda, se convierte en un páramo repetido hasta la infinidad, especularmente sucedido. No se produce, al fin, y una vez por todas, porque si surgiera una rosa, que no debe tocarse ya más, sería pétrea, helada, emanación de una algarabía insostenible.

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Julien Gracq no tenía en alta estima la obra de Cervantes, pero tampoco dedicó muchos esfuerzos en querer escribir sobre este asunto. Gorostiza me ha conducido hoy a Gracq, a su libro Leyendo escribiendo. En este volumen hay una frase que dice: “Lo que ordena en un escritor la eficacia en el empleo de las palabras no es la capacidad de precisar más en el sentido. […] Para él, casi todo en la palabra es frontera, y casi nada está contenido”. Evidentemente, la forma en sí misma no se cumple ni siquiera en los escritores que se detienen en la forma y en el significado de las palabras con toda su agudeza y erudición. No encandila un escritor por su exactitud y pulcritud, hay un ritmo sintáctico, un spleen, un inherente e intrínseco sentido que lo abarca todo y que hace inexplicable, por qué una obra como El Quijote sostiene todavía las bases de la prosa de ficción.

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Cuando Pessoa afirmaba que la monotonía de todo es la monotonía de mí cabría pensar en la forma en que está escrito este aserto y en traer a colación las referencias musicales del término. En cualquier caso, Mozart hizo de las notas tenidas una usurpación del raciocinio. Por lo tanto, habría que establecer la polifonía en nuestra yo para apoderarnos de nosotros mismos.
En las palabras lo único que habitan son los abismos, porque las fronteras se derrumban en cuanto ofecemos el ser a la inteligencia y a dios.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Me he levantado más temprano de lo habitual para poder escribir con las constelaciones fulgurantes y con el principio de la luz. Me he asomado a la ventana porque el viento golpeaba en los cristales como un azote farisaico. Y percibo, al fondo, una tormenta que se aproxima. Las luces de los rayos parecen manos cenicientas y, mientras tanto, M. sigue dormida y ensimismada. He bajado al salón y he abierto un diccionario en busca de la palabra que delate mi existencia. Desde hace unos días no puedo dejar de escuchar a Chopin. Después de todo, considero todo esto como un sueño noctámbulo, en que bajo al sótano y me reencuentro con varios hologramas, con poetas de otros tiempos que me hablan sin cesar.
Me encuentro con la palabra testamento y leo las definiciones que ofrece el diccionario. Me quedo pensando cada una de ellas muy sorprendido y atisbando ciertas ínfulas en el término que no me satisfacen. Esa voluntad definitiva del hombre por desear que la última palabra sea la que quede como un rastro, ese deseo del hombre de querer comprenderse cuando está agonizando, no deja de ser ridículo y absurdo. No puede uno entender nada de lo que ha creado o ha escrito o ha teorizado sin haber reflexionado en la plenitud del momento, del ahora quieto. No hay un más allá en la creación más que en la creación misma. No podemos construir un museo aledaño de teorías que aspiran a la certeza, porque no puede extraerse la certeza de la literatura si no es en el tiempo de los lectores. El escritor, al dejar de serlo de inmediato, sólo anhela convertirse él mismo en un lector ajeno de su obra.

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Mantenerse en el lado del mundo en que todo es probable sólo por ser nominado, mantenerse en el lado en que el curso de la humanidad no arrastra con sus sensiblerías y ritos, mantenerse en pie, firme, como un surco en la tierra mojada. Pessoa entendió esta circunstancia como una necesidad: “Pertenezco a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado”. La memoria es la que hace posible que podamos mantenernos alejados e integrados al mismos tiempo, porque es ella la que circunda lo que somos con lo que fuimos. Sería insoportable ser sólo lo que somos. Sin lo que fuimos e inventamos en el pasado, poco más que un primate desarbolado y un triste figurín de asfalto.

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Como escribee Emily Dickinson: “The espectre of solidities/whose substances are sand-“. La última sustancia es la arena, la desintegración granulada y la obra de un escritor, cada línea, queda asediada por la desintegración. La prosa es como un desierto en que se proyecta la fuerza proteica de la memoria. Ella levanta espejismos, es cierto, pero también oasis en el recuerdo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

La lucha por la vida, ya que uno no vive, sino que pretende no hundirse en la vida. En el lodazal que es la vida, repleto de incómodas cercanías cuyas horas han tocado cerca de nosotros. De un tiempo a esta parte, he restringido los intereses a un puñado de elementos. No puede uno dejarse vivir y adormecerse, dejarse arruinar hasta calcificarse como un títere sin brillo. La voluntad debe modificar la desgracia intrínseca que nos trae la vida, esa manía insonora de ir apagándonos y reduciéndonos al circuito cerrado de nuestras venas.
Debe uno mantenerse alerta ante la desidia, porque en este mundo moderno los mediocres arrastran con sus ignorancias a todos. Hay que estar en alerta y para ello lo mejor es alejarse. Hay quienes se deleitan experimentando los auspicios de lo absurdo y quienes se sienten éticamente llenos porque han elaborado una idea que afecta a los otros. Debemos huir de este magma pegajoso, asilarnos, individualizarnos, radicalizar nuestras posturas como sujeto.
Este verano conseguí entender que las razones de un hombre son las razones de la humanidad, porque la brillantez y la profundidad es cuestión de nivel. Ortega y Gasset, al referirse a la filosofía, respondía diciendo que la filosofía es cuestión de nivel. No añadía ningún matiz porque no era necesario.
Creo, por tanto, en una erradicación de la democracia que se ha instalado en todos los sectores. No somos los mismos, no cuenta lo mismo la palabra de un hombre y la de otro; no pretendemos lo mismo, no degustamos lo mismo. Y en esto, como en todo, con la minoría, siempre.


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Recupero la música de Miles Davies, Kind of Blue. En el contrapunto del bajo observo un mirar de marimba. La trompeta irrumpe con su decir de luna menguante. Se dilata el parpadeo del espacio y el tiempo, en una versión sucedánea, desespera por ocupar su trono de mimbre, rey de azul condena.

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En la escena segunda de Hamlet, cuando hablan Osric, Horacio y Hamlet, éste último dice justo antes de morir: “Lo demás es silencio”. Silencio es los demás. Esta fórmula sintáctica para expresar lo que prosigue una vez muertos, una vez desposeídos por la materia, es quizás una de las muestras más exactas que describen cómo debe ser la vida vivida. Shakespeare situó, con esta oración, la vida al filo de lo indecible, porque en ella se condensan la vida y la muerte.
Igualmente, hago uso de ella como acicate literario. Todo libro, toda novela decente, cualquier diario, debería llevar explícitamente un membrete con esta inscripción: silencio es lo demás. La palabra está asediada en sus contornos por el silencio, así como la epifanía del conocimiento. Todo se guarda para ser descubierto en la luz, como predijo Platón, para ser contemplado y acaso vislumbrado. Las verdades, si es que existen y no son solo destellos confusos, aparecerán allí donde el silencio lo indique, donde sucede todo lo demás, lo incomprensible, incognoscible, indescifrable para nuestra condición de demás. El hombre es una yuxtaposición azarosa de lo que hubo, es decir, de lo que menos importa.


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De vez en cuando, recuerdo los versos de Baudelaire: “Et qui`l faut pour tresser ma couronne mystique/ imposer tous les temps et tous les univers”. Todas las edades y todos los universos para trenzar una corona a un muerto que predica el silencio y el ideal.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Abro el diccionario de Pierre Grimal y me encuentro con Poltis, uno de los supuestos hijos de Posidón. Al leer las líneas que le dedica Grimal, aparece una mención a los troyanos en la que se menciona el envío de varios regalos solicitando ayuda. Poltis estaba deseoso de que Paris le entregara Helena, pero le llevaron dos hermosas muchachas en su lugar.
Después de leer la entrada del diccionario, me quedo examinando los distintos diccionarios que tanto me fascina coleccionar. De distinto pelaje, el diccionario es un laberinto inexplorado que cuenta con una condición que otros libros no poseen por sí mismos: pueden ser abandonados y recuperados sin perder con ello ningún compromiso. El trayecto de lectura de un diccionario no incluye una totalidad, es un objeto para ser comprendido en sus partes. Tan similar al ser humano que en un diccionario es donde mejor se comprende.

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M.A.G me envía algunas fotos que prefiero dejar para la imaginación del lector. Son fotos preciosas, tomadas gracias a un aguadero que han mantenido él y C. en la sierra de Cádiz. Todos los días han llevado agua para que un grupo de emplumados seres vuelen a expensas de los humanos. Son fotos como del rayo, tomadas en la espontaneidad y la naturalidad. Cuánto me gustaría que fueran estas letras como esas fotos tomadas al aire, sin aspavientos, sólo mostrando los perfiles más virtuosos. Que los versos poseyeran esa luz fulgurante y alicaída de los pájaros en flor, en rama, en silencio de romero.


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Efectivamente, Huxley es un apasionado de la música clásica y un crítico agudo. Le emociona por encima de todo Brahms, ese músico que alcanza, por momentos, la esférica cnciencia del todo. En sus críticas escribe com un allegado a la disciplina, utilizando algunas anécdotas de los músicos como si fuera esa la primera vez que escuchara una composición. Lo mismo le sucede cn escritores y pintores, visita sus obras cn los ojos del aprendiz embelesado, pero no anulado. Por ejemplo, abarca el probema de la realidad y la ficción de la siguiente manera: " La realidad es más extraña que la ficción. ¿Por qué? Porque la ficción es siempre apropiada." Con estas sintéticas y espontáneas frases voy urdiendo el tejido de esta noche. Textura organica. Morada parasintética.

martes, 14 de septiembre de 2010

Antes de comenzar a escribir, sobre todo por las tardes, cuando el cansancio amenaza con sus llagas, comienzo a repasar algunas páginas del diario con la indiferencia de un curioso impertinente. No hago como Onetti, que afirmaba que no recuperaría ninguna página de las que había escrito, ni como esos que desdeñan de antemano todo lo suyo o como esos que se ofuscan cuando hablan de su obra pasada. Realizo esa tarea como un hortelano que observa sus frutos ya sean estos marros de la conciencia ya sean límpidas vocales. Un hortelano que observa y contempla desde el silencio cómo pudo haberse edificado con mejores formas y con más agudeza aquello que fue apenas en un balbuceo.
Estos acercamientos me llevan igualmente a desgajar de las baldas algunos libros que releo continuamente. Este ejercicio, imprescindible sístole y diástole, debe pertenecer a la mesura. Porque la relectura es la lectura mesurada de la memoria, del desvelo. La relectura es platónicamente plena.


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El aspecto que más me agradó de Inception, la película de Nolan, fue el continuo trasvase que se produce entre la realidad y los sueños. El tema, por antiguo, ha sido tratado de múltiples formas y en grandiosas obras artísticas. Aún así, la película roza, en ocasiones, con ese prodigioso territorio en que se nubla la razón y el juicio. Ahora, por ejemplo, escucho la Ballade nº 1, de Chopin, interpretada por Zimerman y es mi tótem para salvaguardarme del sueño de la mañana.
Mañana, cuando todo comience a girar en los contornos de lo absurdo, me disfrazaré de Pessoa. Seré el doble oficial de Pessoa en el trabajo. Cada mañana, llegaré disfrazado, con un abrigo negro hasta los tobillos, gafas, bombín y un andar de cíclope asfáltico. No miraré a nadie ni diré palabra alguna, todo el desasosiego lo resguardaré en el calor del abrigo. Echaré la culpa de todo a un puñado de heterónimos e inventaré un nuevo meditar, en solitario, como deben alcanzarse las obras únicas y profundas.

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Como el personaje de El malogrado, de T. Bernhard, no soporto ya más las descripciones en una obra literaria, menos aún en una novela, son emplastes sin sentido y que además están escritos sin ánimo. Ese es el estado de la literatura, la decadencia de la palabra.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Un amigo me asedia con un asunto que parece que tiene a algunos escritores muy preocupados: las escuelas de escritores. Sus argumentos para convencerme de su utilidad se trasladan a Estados Unidos, ya que allí las escuelas florecen como hongos descontrolados. Ahora, en la provincia, sucede que algunos quieren que las escuelas de escritores principien un auge del número de gente que le apetece escribir, sea por lo que sea. Atónito, incrédulo, le contesto simplemente que no me convencen esos nuevos mecanismos para crear escritores, ya que ese prodigio, que lleva a alguien a la actividad escrituraria, pertenece a otra órbita difícil de enseñar. Y, tras el último achuchón, me defiendo diciéndole que el mercadeo de la letra tiene sus tentáculos y sombras muy alargadas y que, como Ovidio, prefiero escribir mis tristes y pónticas como un desterrado de todo lo nuevo.

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A.M.M. escribió en Babelia un artículo acerca de los diarios, centrándose en los de Cheever, ya que se ha escrito una biografía recientemente. Uno, que es lector de diarios por encima de otros géneros en prosa, acepta algunas de las líneas que el escritor desgaja en su opinión. Sin embargo, estos escritores de hoy, que tienen la posibilidad de escribir en medios de comunicación de gran alcance, parecen que leen de pasada, soslayando la profundidad de este género. Por ejemplo, cita varias veces a Sándor Márai y cuando esto sucede, se remite a la famosa última anotación que escribió a mano y a su suicidio, justamente los dos índices más exactos de que leyó a Márai de soslayo o que ni siquiera completó la lectura.

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Nunca pensé que los textos que iba escribiendo terminarían por conformar un conjunto del que poco entiendo y del poco sé. Ahora me encuentro en una encrucijada y en un jardín de senderos que se bifurcan, porque me han incitado a practicar un ejercicio de retrospectiva, una analepsis, sobre mi diario. Quizás la literatura no sea más que un ejercicio continuo de analepsis que se prodiga bajo la tutela de la conciencia de haber sido otro, otro que escribió, que pensó de una determinada manera o que prefería un poeta que, a la postre, resultó ser chusco y penoso. Porque toda proyección o acercamiento hacia lo que uno pretende comprender termina esfumándose o en mero intento.
Comprendí un día, gracias a Valéry, que la escritura no entiende de horas y días, de estados más o menos predispuestos, sino que la prosa debe ser el estímulo que nos empuje y arrastré hacia una dilatación de lo que somos. Esa insistencia debe instalarse perennemente en nuestra voluntad, como un quiste profundo e inextirpable. No cuento nunca con la intención de escribir una novela, de escribir un libro de poemas, de leer el volumen de Virgilio que descansa desde hace años en las baldas. No hay intenciones en la lectura y la escritura, hay actos, acciones de la voluntad que lo relegan todo a la insignificancia. Cuando eso sucede, cuando alguien comienza a leer por ese imperativo espiritual, cuando un escritor comienza a urdir una obra que surge de la conciencia y el ardor literario, sucede la maravilla de la extirpación del tiempo y el espacio, de las proyecciones que producimos de esas entelequias. En ese encuentro diferido entre escritor y lector se produce, a diario, una eclosión y un virtuosismo de lo azaroso que, para el hombre, debe significar algo más que escuelas o saraos.
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u, o, i, e, a ...

sábado, 11 de septiembre de 2010

La mujer de la cama de al lado tiene un problema de respiración. Toda la noche infectada de profundos suspiros que parecían aleteos de pájaros migratorios. Parece que los signos se confabulan alrededor de la enfermedad y de la estancia. La negrura de los pasillos repletos de cuerpos maltrechos precipita en el ánimo un reducto irreconocible, de rostro pétreo. Es el límite lo que impulsa estas letras, es el abismo emboscado en la respiración artificial lo que enuncia esta reflexión. Durante horas, mientras escuchaba las melodías de Chopin, los pulmones viciaron la noche, diluyeron las horas, dilataron los días.

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La primera vez que escuché una obra de Liszt coincidió con un descubrimiento: Zimmerman. Al igual que Gould y Bach, a partir de ese momento, todas las audiciones que más me han emocionado de Chopin y Liszt han sido las de Crystian Zimerman. Pude verlo en una grabación cuando tenía doce años. Un señor barbado, impoluto, en medio de un salón interpretando con maestría los nocturnos de Chopin. Imagen fija, persistente, que desprende una serenidad compleja, porque el trabajo que se encierra en ese estilo es mastodóntico siempre ha sido u estímulo. En las manos de un pianista el virtuosismo desprende naturalidad y frescura, cosa contraria a lo que sucede con los escritores quienes, embelesados por la palabra, la vomitan sin conciencia.


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En estas profundidades de la madrugada, cuando el cuerpo nos confunde y azota y cuando la memoria es un préstamo del olvido, escribo. Lo hago lentamente, para no despertar ni levantar sospechas, como si estuviera adentrándome en un lago enorme. Poco a poco, las aguas van tomando las carnes y éstas dejan su gravedad diluida. Esa gravedad incandescente la he recuperado esta noche, cuando va perfilándose la aurora en el horizonte.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Al recordarme Lisboa, lo primero que hizo R. fue hablar de Pessoa. Eso hizo que con rapidez comenzara a proyectar el último septiembre en Lisboa. Librerías, paseos vespertinos, encrucijadas con gente que deambulaba sin concierto. Había una solemnidad de lo callejero, una proclama muda que procedía de la luz y que se anclaba en los cafés. En ellos recuerdo a M. sofisticada y soñadora, con especial predilección por los designios del futuro.
En las palabras de R. estaba sostenida la emoción de un lector que consigue auspicio entre los libros y los sujetos dominantes del escritor portugués. De Lisboa proceden algunos versos que he escrito en soliloquio. Creo que en el soliloquio anida la encrucijada de la pluralidad.

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Dudo, cada vez más, de la palabra. La cercanía y la fuerza emotiva con que experimento ciertos hallazgos son mucho más potentes que la nominación de la realidad. La palabra no siempre es causa, sobre todo en niveles en que se penetra profundamente en la realidad. Hay fuentes más enraizadas en el hombre. Por lo tanto, si en algún momento las palabras quieren tener pretensiones de verdad, de ser solapado a la realidad, deben ser silenciadas. Así que es el sujeto, en la intimidad de un sujeto, el que posee el terreno de la epifanía o del aura. Sólo en un hombre puede contenerse la belleza.

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Dice Leibniz, “¿por qué no hay nada?”. Y eso me lleva a Shakespeare, a un pasaje de Hamlet. Al inicio, Marcelo le pregunta a Bernardo, si ha vuelto a ver algo. Bernardo, en una frase que puede pasar desapercibida en la primera lectura le contesta: “No he visto nada”. Y a partir de ahí comienza una reflexión sobre la fortificación a la que someten los sentidos cuando la fantasía irrumpe sin causas concretas. Leibniz bien pudo preguntar, ¿yo soy el que no ve la nada?
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Escribo desde el sótano, rropado por un silencio blanco, un blanco nocturno. Puede decirse que la habitación está intacta y que , por primera vez, resuenan en ella la cardiopatía de unos dedos tecleando. Hasta el momento, sólo había escrito en un cuarto de la casa, en Murano, que está en la planat alta, pero hoy hemos decidido que debíamos tener un espacio mejor acomodado para poder escribir o estudiar. De esta forma, en el sótano, totalmente sólo, rodeado de la parte de la biblioteca que recoge la Historia, la Filosfía o la Antroplogía, me dedico a escribir, a escribir bajo tierra. En esta humedad la palabras parecen surgir de unas raíces más verdaderas y diáfanas.
Tengo la costumbre de leer un pequeño texto (elegido al azar entre los libros que arropan la mesa donde escribo) para llevarme, mientras conduzco, algunas líneas en la cabeza, resonancias que irán medrando a lo largo del día y que terminarán incluidas en mis propias letras. Podría decirse que soy un rumiante de la palabra y que no puedo dejar de transformar mi discurso con los elementos orgánicos de los demás.
Esta mañana, y estoy alargando esta nota que no pensaba escribir, he leído un texto de Borges en Discusión (1932) que me ha dejado pintiparado. Borges recupera una definición de música que realizó Shopenahuer y, al leerla, he conocido la imposibilidad de la glosa y la comprensión. Con pocos textos me ha sucedido la inmediata paralización de todo entendimiento, por desbordante y exacto. Hoy he comprendido, con Borges, que la exactitud y la justicia en la palabra y el pensamiento conducen al silencio y la incomprensión racional: “La música es una tan inmediata objetivación de la voluntad, como el universo”.

martes, 7 de septiembre de 2010

El silencio de los hospitales abriga la noche como un esturión de auroras. Lo hace en la medianía de la materia moribunda y en el trayecto que recorre la piel en guarnición. Es un deletreo profundo de la miseria. El hexámetro más exacto de lo humano. En medio de esa noche, enraizado de estrellas, agarré mi libreta con la intención de comenzar a escribir como si la circunstancia fuera otra, en otro lento suceder. Imaginé un mundo tamizado por un atardecer repleto de naturaleza que mostraba algún canto peregrino de un pájaro; soñé con las inclinaciones de la mañana mostrando las enaguas del día, con palabras limpias de poetas, con axiomas revolucionarios de filósofos y con la prosa de Cervantes, concretamente con su prosa. A un lado quedaban Virgilio y Ovidio. Al otro, Homero. Muy cerca, Dante. Callado, en mesnada, san Juan pellizcando a fray Luis. De pronto, aparecí vestido con la ropa de un comandante antiguo y maltrecho. Las heridas habían impregnado el uniforme de no sé qué sangre agriada. Vi fosas tremendas y pálidas, cuerpos descompuestos y la punción de un frío que penetraba hasta el tuétano. Tras el tuétano una sombra que recorría incesante un desierto. Fue la última visión y la recuerdo con nitidez porque, al abrir la mano, no dejó de césar hacia el suelo una arena blanca y húmeda, de desierto soñado. Siempre estuve recordando las palabras de Pessoa:” Actué siempre hacia dentro…Nunca he tocado la vida…Siempre que yo esbozaba un gesto, acaba en un sueño, heoricamente,”, la arena ´continuaba desprendiéndose.

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Como Galdós, Pessoa tuvo conciencia de la incesante relación que se establece entre la vida y la literatura para un escritor. Para esa conjunción, se mostró condescendiente con aquellos mecanismos de la ficción que se adecuaban a sus propósitos. Como toda vida bien narrada, esta que se declina en el diario, lleva una novela dentro, una diarivela, en términos de Trapiello. Es por ello por lo quiero destacar la capacidad de síntesis que poseía Pessoa para estas conjeturas, porque mientras Galdós teorizaba novelando con maestría, Trapiello deshace los límites que dona la verosimilitud, el portugués escribía en su diario: “Si no soy yo mismo en mi epopeya, habré vivido en vano. Si no hay en cada uno de mis versos un acento de eternidad, habré malgastado el tiempo de los dioses en mí […] Si una contingencia del mundo visible puede aplicar su corrección sobre el manuscrito de m vida en proyecto, no seré más que el vacío de mí mismo, el eco sin nombre de las estrellas que asisten indiferentes”.

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Nunca un cuerdo tuvo recuerdos más bellos que los locos, escribió Baudelaire. Cervantes, instaurado en la sustancia de la ficción, hizo algo parecido entre verdad y ficción de una vez por todas. Puso la ficción en el sueño de un loco que es, en definitiva, como si hubiera puesto los sueños en la cabeza de un cuerdo. Dejó la disyuntiva sin solución, convirtió todo en un uroboros, en un enigma perpetuo sobre el que siguen girando las letras actualmente, las buenas letras, obviamente.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Repleto de incertidumbres repasaré la bilis de esta tarde inocua. La lanzaré para interpretar, como un oráculo, qué me depararán los dioses y los astros. Y dependiendo del hedor que expulsen, pensaré en volver a comérmelas. Esa es la disposición que le damos al tiempo los humanos. El tiempo es la bilis que nos recorre y atraviesa sin que sepamos de ella; el ácido meditar de los días.

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Todavía no he decidido qué libros me llevaré al hospital. Seguramente opte por la prosa de Pessoa, porque en un hospital, uno deja de ser en cuanto se instala en él. Quizás me lleve mi libro de Conan Doyle en inglés, con lo que seguiré practicando el idioma. O, en todo caso, y lo más probable, será que me lleve varios volúmenes. Llegaré cargado con una bolsa de tela y con varios libros. La noche en los hospitales son dragones de salitre y amapolas ruborizadas. Sólo en un hospital es posible cruzarse con un minotauro y tener la sensación de que el hilo que sujetábamos era un sueño de Ariadna.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Que contemple mi vida el curso de las aguas como lo hace la noche azucenamente plena, que contemplen mis ojos la espesura del ser aun siendo etéreo; que se rijan mis oídos por el sueño de la tierra que trenza amaneceres y que nazcan de mis manos las raíces del canto, del canto de una recua de exilios; que devuelvan mis huesos su esencia a los árboles, que dicten mis deseos los fuegos clandestinos, que dispare, pétrea, mi figura a los contornos en que se conmueven los hombres que audazmente persiguen la belleza.

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Antes dije, la palabra es la luz del silencio. Ahora escribo, la palabra es el claroscuro del silencio.

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¿Quién levantará testimonio de este cuerpo que me impulsa, quién?

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Varios días leyendo el verso de Kavafis: “no la envilezcas nunca/en contacto excesivo con el mundo […] en el necio vacío de la estupidez humana”. En este poema, Kavafis conmina a un alejamiento de todas aquellas circunstancias que envilecen y hacen inoportuna la vida. El problema es claro: es imposible hacer la vida como uno quiere. De ta forma que en este verbo, querer, se esconden todas las líneas de un punto de fuga que resulta tu vida. Hacer lo que puedas, hacer para desligarte de esas acciones, del tú que sociamente significas, del inividuo que se embosca en discursos prefijados que colocan tu vida en el orden de lo mezquino y de lo vacuo. Lo vacuo sólo lo pueden medir los individuos en sí mismos, sin dar explicaciones ni argumentos. Y en esa imposibilidad del sujeto me encuentro desde que comenzó el verano. Aborrezco todo lo que merodea con la excepción de dos o tres personas y dos o tres acciones. Aborrezco, me aborrezco como ser social, como ente que vive más en los demás que en sí mismo y denuncio que esta vida me provoque el sobresfuerzo de vender y arrimar mis palabras a lo ignoto, desarticulado, clarísimamente innecesario.
deseo no rtener la conciencia del ndividuo que reresenta mi cuerpo, porque el verdadero latido es más profundo, sincronizado en el discurso de la luz limpia y poderosa de la realidad en sí. No necsito a quien soy para ser más que nunca, no me necesito. Entregaré este cadáver que me representa a los caníbales de lo cotidiano, a los que llenan sus hechuras de vivientes a esto y aquello que, en definitiva no dejan de ser nada. Toda la nada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Hay libros que deben habitar una casa como meros objetos, como presencias vaporosas o fantasmas familiares. Libros que deben contenerse en una balda, mostrando tan solo en el lomo su título y quién los escribió. Como unas catacumbas antiguas, solo estarán ahí para convertir el hogar en una galería de testimonios, como un subterráneo a la vista. Porque es tan solo el testimonio la voz que anidará en el futuro.
Deberán mantenerse en la casa como los frescos antiguos y las monedas imperiales. Su uso deberá restringirse a la mera cita esporádica o al menos a la oxigenación de sus páginas. Su presencia no sólo justifica su elección sino nuestra existencia.

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Toda la prosa de Ramón Gaya se instala en una disputa interna entre el arte y el producto artístico. Llevo leyendo al magnífico pintor y excelente prosista varios meses y desde el principio no he tenido la capacidad de poder ofrecer una respuesta a esa clarividencia que ofrecen sus letras. No son estas un propósito inicial de esbozar una respuesta más o menos consensuada conmigo mismo. Únicamente me apetecía darle entidad literaria a esa disputa que tanto preocupó a quien admiro: “porque el arte, como se pensó, no es una corporeidad, sino una concavidad”.

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El artista grande, absoluto, persigue vaciar la realidad de ornamentos, de cosas terrenales, de vanidades, de objetos de paso, de engalanaduras tristes y modernas, de pisadas meramente humanas. Vacía, por el contrario, al arte de todo elo y lo ofrece en plenitud, todo él, sin límites, aprehendiendo los límites por los que nunca nadie imaginó que pudiera uno encauzarse.

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Cada vez me siento más aislado de todo. No tengo amigos severos y profundos, la literatura sigue remedando mis sombras en un diario. ¿Iré descargando en este diario mis inoportunos reclamos? He aprendido a no exigirle nada a la vida, porque la vida en sí no es nada. Sólo es producto de nuestra conciencia y de nuestra inteligencia. Por supuesto, lo trascendente es lo que aviva.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Tal vez solo tengamos este mapa para reconocernos, este mapa de marcas negras que un texto. Tal vez solo poseamos una palabra que nos completa y que nos lleva hacia dentro en una búsqueda durante toda la vida. Tal vez la escribimos o la hemos soñado o acaso pronunciado sin conciencia, sin advertirla. Quizás haya coexistido con nosotros y nos pertenezca. Siempre nos quedará la incertidumbre de qué palabra fue nuestra sin saberlo al igual que un día, una noche. Como una ceguera, los días sobrevuelan sobre nuestra peil sin dejar marca que lo atestigüen.

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La palabra articulada debe aspirar a proferir las incógnitas de lo que no es humano, es decir, de lo que no pertenece a la razón. Por tanto, a lo que todavía no se ha nombrado. Esto es, al todo
Me siento dentro de una trama de la que quisiera escaparme.


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Con ciertas actitudes no soporto demasiado tiempo una charla o una situación siempre y cuando pueda evadirme sin sospechas y sin que se note demasiado el conflicto que hace que me marche. Indudablemente, el comportamiento que más me enfurece es el adocenamiento, la subordinación de un hombre a otro. Porque cada vez hay más gente que piensa que al ser encargado de algo o director de no sé qué su estatus como persona es superior, mejor, óptimo en cualquier caso. Habría que echar mano, sin duda, de la psicología para explicar con detalle muchos de estas actitudes, así como sus patologías. Pero quiero, únicamente, que en este diario, quede clara mi insubordinación en cuanto ser humano.
Esta situación tiene, además, una circunstancia añadida. Hay quienes se sienten atraídos por los que ejercen el poder, sea este del pelaje que sea. Y entonces, motivados por esa presencia, omnubilados, entregan su personalidad, sus aptitudes, sus virtudes como sujeto a los caprichos del otro, del poderoso que hace y deshace.
En más de una ocasión he debido ser más cauto y mostrar menos mis enfados cuando se produce el ejercicio del poder ante mis ojos. En más de una ocasión hubiera conseguido otros logros si yo mismo hubiera cantado las divinidades del sujeto de turno que puede influir en mi vida. Pero siempre, en todas las ocasiones, he salido satisfecho de la postura por la que he optado. Porque me he visto, por minutos, por horas, anulado, totalmente eclipsado por los delirios de otro sujeto que, a la postre, como decía Machado, no tendrá valor más alto que el de ser hombre.


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Tampoco sabe uno nada nunca sobre lo que otro, un amigo, un compañero, es capaz de hacer cuando se enfrenta a una situación parecida, a una encrucijada en la que piensa uno que el compañero va a optar por aquellas palabras que siempre defendió enfervorizado. Nada más lejos. El mundo se ha infectado con la vanidad y la envidia sumadas a la soberbia. Nadie reconoce nada en el otro porque todos podemos hacer lo mismo. Y el deleite, el gusto en sí, ha quedado arrinconado por la vanagloria. Sucede esto en todos los campos: el trabajo, la literatura o la familia.
También caben el ruido y la furia en lo cotidiano. Mutis en el foro. Cielo abierto. Levitan los pájaros en su vuelo.

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Esta tarde recitaré un poema de Luis Rosales que se titula "Ciego por Voluntad y por destino" en una jornada de homenaje al poeta en la Fundación Caballero Bonald. Lo cierto es que me siento intranquilo desde que me lo propusieron, no por la lectura en público, sino por la celebración en torno a un poeta que nunca me ha dado claridad, confianza, entusiasmo. Serán versos de La casa encendida. Y lo haré pausadamente pero, al correr de la dicción, no deseo que se me note la desconfianza ante esos versos y ante este poeta. Lo hare casi susurrando, pero sin la plenitud de un poema sin astillas. Algo parecido a lo que acabo de escribir, me siento integrante de una trama de la que quisiera escaparme.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Sangre de culebra.

La fiebre se ha sumado a este estado de calorina continua y me acerca a los límites en que el surrealismo comienza a ofrecerme imágenes fantásticas. Por ejemplo, ha venido a hablarme Balzac mientras leía un pasaje de Las ilusiones perdidas. Olía a alcohol y sus ropajes estaban cubiertos de mugre. Luego ha entrado en el salón Oscar Wilde, con una capa aterciopelada de color negro. Se ha sentado junto a mí y me ha besado la frente. Balzac le pegó un puñetazo y le dejó la cara amoratada. Sus labios, sin embargo, estaban frescos, como retratos inmanentes en los espejos.
Al cabo de un tiempo, la habitación se ha plegado sobre sí misma y ha cambiado de color, ha tomado un color amarillento, de caduca piedra. Han desaparecido todos los libros, libros que revoloteaban mientras los zumbaba un viento enorme de lengua verde. Un grito, un niño, un círculo desvirgado. Toda la tarde encerrado en este reducto, en la recolecta esencia de la fiebre. Por unos momentos he dejado de ser para ser más que nunca.

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La asfixia, por la insuficiencia de mis pulmones, me está dejando enormes lecciones de estilo.

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Silbidos, muchos silbidos desacompasados. Como una grillería colérica ese silbido ha penetrado mis tímpanos. Una fatiga continua, el cuerpo aplomado. Las manos apenas sosteniendo el lápiz que, al mirarlo con atención, comenzó a convertirse en una culebra. Es por eso por lo que escribo con sangre de culebra.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

En estos días sin causas, en que el viento latiguea por los muros de la casa, se levanta, moribunda, una conciencia de no sé qué estado primitivo. Me veo recorrido por una suerte de desvelo continuo y de desapego absoluto con el mundo. Todo ha quedado relegado a dos o tres motivos, como una sinfonía inconclusa que se repite ad infinitum. Sin particiones el mundo en sí aspira a otro donde la muerte es el límite de un trino.
No me valen las palabras que pretenden ser deshonestas y mordaces, ni siquiera esa rabia que pretendes con tu verbo maniatado. Son dos o tres las causas que nos mantienen en perfil. Dos o tres, y acaso algún silencio, el rítmico y percuciente sostén para esta vida, para este inexpugnable lugar en que nos condenaron a vivir.
Alguien ensaya toda la tarde una partitura de Bach en el piano. Lo hace durante seis o siete horas. Siempre me agradaron esas horas de repetición, de aislamiento musical. Alguien repite, ensaya, merodea por una partitura perfecta que encierra una totalidad materializada. Y esa pesante intentona por dominarla es la situación que mejor define lo que sucede hoy, una tarde de aislada melodía de Bach como estorninos ahogados.

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Como los versos de Coleridge, Then all the charm is broken, -all that phantom world- so fair. All that phantom world…todo el vuelo del colibrí que aguanta el grisáceo ser de la tarde, todo el verso que retiene insolente, la tierra que empapa las pieles fósiles. Todo se rompe, resquebraja al concierto de una música indescifrable. Jamás se dirá nada complaciente sobre la música, nada que le pertenezca, que incluya una cualidad, un estado, que la haga de este mundo. Es el misterio del arte más profundo, el inexplicable y dador de únicos momentos.

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La belleza de la música nunca será contenida en una palabra. Es más que ella porque es más que el ser humano.

martes, 31 de agosto de 2010

Llevo varios días haciendo la prueba. La llevo siempre conmigo y a cada momento escribo lo primero que se me ocurre o lo que me suscita la lectura de un poema o un buen párrafo de Stefan Zweig. Sin revisarlas ni corregirlas, las releo a la llegada de la noche. En sus contradicciones me reflejo, incierta presencia de no se sabe qué tiempo ni qué lugar. Tampoco para qué. Surgen en la llana soledad de un individuo que parece adocenarlas sin más pretensiones que darles vida. Una vida quieta e insonora, tremendamente araigada.

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Vivir en secreto, sin adornos, sin cubiertas que lo engalanen, sin fastuosas vanaglorias, como quería Ovidio que llegara su libro a Roma cuando lo escribía camino del lugar al que había sido desterrado.

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O como Cernuda, naipe desprendido de una baraja.
Para un filósofo, que intenta crear un sistema cerrado de pensamiento y explicación, la realidad es inexplicable. Le interesa, más que vivirla, explicarla, dejarla adecuadamente expuesta a la razón. Tanto le vale un desplazamiento a un país lejano que un viaje al sillón de su cuarto. Su realidad está velada en el raciocinio y, en él, la memoria es el presente que percute.
Todas las costuras que hilvana el filósofo en la realidad pueden valerle al escritor para montar sus palabras sin demasiados atropellos, con más acomodo, con más tino. Sin embargo, para un escritor, la realidad es el lugar de sus apariciones, la topografía en la que se proyecta, como en un sueño, para construir y deshacer lo que le venga en gana. No puede ser grande más que para su palabra, no puede ser compleja más que para su construcción. Hay una encarnadura más fresca de la realidad en la literatura y cuando un escritor consigue hacinarla con todos sus contradicciones y desmanes, sus apriorismos y carencias, devuelve el recuerdo de la ya vivido en una reluciente perorata perenne.

domingo, 29 de agosto de 2010

El verbo escribir, como soñar, no admite el presente.


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Quizás las palabras no son más que tachaduras elegantes al silencio.
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Hay profesores, críticos y aspirantes a vates universitarios que miden las obras literarias en referencia a su capacidad de análisis, a su formación. Si la obra es un jugoso pastel al que se le puede aplicar el método deconstruccionista, estilístico, formalista o cualquier sucedáneo y escribir, a su costa, un librito, es un texto estupendo. Por el contrario, si el texto supone una demostración de su incapacidad o de sus faltas eruditas (porque no sabe cómo hincarle el diente), entonces el libro se le cae de las manos. Y está bien esa expresión, porque un libro en manos inadecuadas es como si estuvieran en las garras de la ignorancia.
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Cada vez me siento más cercano a la imposibilidad de ofrecer un texto objetivo que explique las virtudes de otro. La objetividad para explicar la obra de arte, me resulta indiscernible, aún menos cuando nos encontramos en un tiempo de travesuras y desvelos. Creo, con Steiner, que las mejores obras de crítica literaria son las propias obras literarias y que son los lectores, cada uno, los que van armando su concepto de literatura.
Ese ha sido uno de los problemas de la crítica moderna y pienso que del arte de este tiempo: la explícita explicación de todo. No cabe la explicación en lo que es puro, en lo que es arte en sí, ya que esa glosa lo único que produce y ofrece es alejamiento y subjetividad. El otro día, por ejemplo, escuché a un amigo elogiando el último libro de poemas de J.B., “es un genio, lo que hace no se parece a nada”. He leído el libro en la librería, -porque no lo he comprado-, en varias ocasiones y en todas me siguen pareciendo una birria. Pero no sólo con este poeta pseudojoven, sino con otros tantos escritores de culto que una mayoría elogia, novelistas y pensadores incluidos. ¿Qué me ocurre? Antes intentaba achacarlo todo a mi incapacidad, a mi incultura, a las faltas de lectura, pero he descentrado el problema y creo que, en el fondo, me gustan muy pocas cosas del mundo en el que vivo y que necesito, por el contrario, alimentarme de la naturalidad de la realidad. Ser arte, ser literatura, ser realidad; no leer literatura, observar la realidad, degustar el arte.

sábado, 28 de agosto de 2010

Poseo varios cuadernos en los que voy anotando aquellas cuestiones que más me desasosiegan. Llevé uno a Italia, otro a Londres. Llevo otro en la maleta del trabajo, otro en el de las llaves y la cartera. Uno descansa en el salón. Y, el más antiguo, el primero, junto al ordenador. He ido leyendo uno a uno las páginas durante estos días. En todos he leído los mismos temas, las mismas preocupaciones. ¿Será ese el escritor, el que se apropia de las palabras para decir lo mismo durante su vida? Pero, ¿cuándo quedan configurados esos temas?¿Hay formas de ampliarlos, hacerlos distintos?
Un violín suena en acorde menor por tus calles de almendras. Es un susurro prominente.
Casi un desvelo en plena claridad. Suena cadencioso, a veces serpentea por los agudos. En ocasiones mantiene el cuerpo de los templos profanos. Es quieta y solemne, irónica y mordaz. Hiriente del alma. Diríase que roza el silencio del estornino con su aureola de daga. Por tus calles de almendras mordidas y senos de hiedra.

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Hoy, sábado de agosto, debo volver a ser quien fui con urgencia.


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La literatura debería ser la impresión no de que estamos ante algo nuevo, sino de que estamos ante algo que hemos olvidado y que, con esas palabras justas, son removidas de lo profundo y ofrecidas, a la memoria, como un manjar recién concebido.

viernes, 27 de agosto de 2010

Hay anotaciones, líneas, palabras que llegan como ráfagas imprecisas. No hay más remedio que anotarlas con la mejor condescendencia. Otras son bastardas impresiones de lo cotidiano que no merecen siquiera ser atendidas ni mejoradas. Sin embargo, en un diario, al cabo de un tiempo, compruebas que hay anotaciones que recogen en realidad otros días que no son estos, otras noches que se desvelan solas como náyades. Anotaciones que son válidas para siempre, qué son, en definitiva y por conclusión, sin más ni más. Son, ellas, traviesas, como esas noches en que me ataca el asma y me deja moribundo, en que la asfixia es real en los pulmnes y solo me deja al ritmo de la respiración dificultosa. Es, en esos momentos de invasión, en los que me observo más humano, más plebeyo con la literatura, más miserable. Porque la literatura es ese ataque irreprimible de asma, de asfixia que necesita de la urgente manía de la palabra, sea la que sea, la que brote limpia, la que surja macarra, la que diga, por poco tiempo, quién latía detrás de ellas, aunque el que lata sea nadie. En su perennidad seremos e eco de las sombras.

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Estas dos noches han pesado como metales plutonianos, como excrecencias invariables. Durante la asfixia, he leído a Proust como un cosaco, a riesgo de caer muerto. Nunca lo he vivido con mayor plenitud, con mayor osadía. Luego he ido a Thomas Bernhard. ¿Qué hay en estos escritores asmáticos y enfermos; que se traslada a su estilo?

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Estoy perdido, sin lectura no hay literatura.

miércoles, 25 de agosto de 2010

-No ha leído a Steinfield. Su obra es un dechado de afortunadas sentencias; su prosa es fabulosa y su pensamiento profundiza en las cuestiones capitales del hombre en el siglo XX.

-No. Ahora leo a Dante y a Virgilio.

-¿No los había leído ya?

-Sí, también he visto ya París, los frescos de Giotto y he escuchado millones de veces a Bach. Cada día lo sigo haciendo.

-No entiendo esa actitud.

-Yo tampoco la suya, perdóneme.



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Mientras tanto seguía paseando por las calles de la capital. Iba recordando lo que la noche antes había sucedido. Estrépito en la calle por el tumulto de coches que abocinaban el centro. Una mujer esbelta y cariátide cruzaba la calle con la mirada gacha, parecía recogida y ensimismada por algún suceso fortuito. Decidí seguirla. Era lo único que justificaba estar allí, a esas horas en que la noche vierte su galaxia con las ubres del deseo.

martes, 24 de agosto de 2010

Comprender la realidad es apenas un ejercicio del intelecto. Sus cauces son los mismos que los que conducen al conocimiento de cualquier otro sistema instaurado, ya sea la literatura o la ciencia. Comprender la realidad es como saber de literatura. Sin embargo, uno de los innumerables secretos que nos guarda la luz, el vuelo de un pájaro o la elegante disposición de una plaza funda sus virtudes en ser la realidad. No hay que entenderla, ni comprenderla ni siquiera contemplarla para ser la realidad misma. Y esa aspiración es el único cauce necesario para el escritor.

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La diferencia entre los que conocen muy bien la literatura y los que son literatura es tan evidente como las distancias que hay entre sus verbos.

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Después de algunos años, he comprobado que el viaje es una forma plena para llegar a ser. En el viaje distendido, sin fechas de entradas. Hay en el viaje un sentir inmóvil rabiosamente expresivo muy difícil de trasladar a la literatura sin que resuenen sus herrajes y artificios. Ahora, por ejemplo, que estoy sentado delante de la Biblioteca Marciana, en Venecia, una paloma acaba de posarse en un barandal. Sus plumas son verdosas, podría decirse que son algas enquistadas. De pronto, comienza su vuelo de estudio y aritmética en la plaza. Nadie se percata de ello, pero es tan evidente que la plaza misma la que vuela con ella. Es el vuelo del ser.

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Anhelo dejar de ser artista para ser creador; anhelo el silencio y la naturalidad de la creación por los ambages huecos y parlantes del artificio. Deseo el poder humilde de la creación y no los fastos moribundos del artista moderno; anhelo un verso de San Juan, una línea clarividente de Cervantes ante la mojigata presencia de lo efímero. Lo natural, lo huido quieto, lo que está siendo constantemente frente a lo fugitivo, lo pasajero, lo que se carga de ideas hueras.

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No quiero alardes ni orgullos, explicaciones innecesarias, palabras de sobra sobre la creación. Quiero ser un vasallo del ser. Sin más estridencias que las necesarias

sábado, 21 de agosto de 2010

Leyendo El enigma de la llegada, de V.S. Naipul, me he visto merodeando por Salisbury. Por los bosques, las laderas, cerca del Avon. Aquí la lluvia es rosada y porta una gravedad extrema. Acaso la de los cielos cubiertos con los sueños derruidos.


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En la noche los cuerpos toman la figura del volcán. Las formas retienen sus contornos primeros, aquellos que brotan de la ausencia y del deseo. En la noche, las palabras recorren recalcitrantes los vástagos sonidos del cielo. Sonidos que provienen de una piel convertida en llanura, sin deshielos, sin grietas ni azabaches.
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Cada día me sobra más palabras. No sé lo que me falta, cuál es la ausencia requerida.

viernes, 20 de agosto de 2010

Porque quedan tomadas por la conciencia, en la reserva inhospita de la memoria; porque se aíslan y se ensalzan como figurillas de un juego inusitado; porque nunca deberíamos asirnos a la palabra de una noche trastocada por la ebriedad o por las ensoñaciones, ocurre ahora que estoy en esta plaza. Mirándola. En silencio.

jueves, 19 de agosto de 2010

Hoy he vuelto a encontrarme con algunos amigos de la infancia. Por aquellos años, jugábamos por el campo utilizando las remolachas y las patatas como elementos arrojadizos. Imagínense cómo dejaba las camisetas una remolacha recién levantada de la tierra. Igualmente, utilizábamos zanahorias y tomates. Sin duda, al dueño de la finca, lo que más le molestaba era la captura de tomates. Cuando se percataba de que estábamos merodeando su hacienda, soltaba unos perros cuyos ladridos provocaban nuestra fuga inmediata. Estos amigos montaron en bicicleta conmigo muchas horas y corrieron por la playa desbocados, como lo hacen ahora los caballos para el mundo. Cuando había bajamar y las orillas eran inmensos arsenales de muergos y gusanas, fueron ellos los que me enseñaron a utilizar la medida exacta de sal para cogerlos a la caída del sol.
Han formado parte de mi vida y ahora están tan alejados de ella. Esa circunstancia, unida a la música de Sibelius, me ha sumido en un melancólico bucle que no ha dejado de azotarme en toda la tarde. He conocido a sus hijos, los he besado como reliquias contemporáneas y he pensado, detenidamente, en la maleable sustancia que nos hace humanos. Marea perdida, siroco, tierra de sal, luz declinada y en desvelo.

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Este diario, como no pude intuir, se ha vuelto demasiado tosco en algunos aspectos. Sus rudimentarios textos, sus torpezas imperdonables, sus aspiraciones que ya no tienen justificación. Lo voy escribiendo como el testimonio de una vida, como esas olas que rompen pero que parecen recomponerse en las siguientes.
Alguien, en el futuro, leerá estas anotaciones no sé con qué sentido ni sé con qué intención. Quedarán huérfanas cuando el que las agita desee abandonarlas; pero he aquí que cada día, en ellas, en sus lentas caminatas, en sus callejuelas etruscas con olor a albahaca, en sus permanentes manías y colores, en el rosa Tiépolo, va creciendo un individuo que sin ellas sería humo, ceniza, mansa vida y azul de Saturno. Este diario ha ido suplantando mi vida y ahora hay en ella más de la que pensaba, la vida, digo, es la escritura sobre blanco.

miércoles, 18 de agosto de 2010

La mayor parte de nuestra vida pertenece a la ausencia, a la pérdida, a la deriva. Nos envuelve lo ausente y ello es lo que inunda a diario nuestros días. Acciones de paso, cotidianas, incrustadas en un trabajo, una inquietud o una expresión. Músicas que se repiten, -como esta de Debussy-, como si nunca hubieran sido escuchadas con detenimiento. Poemas que pertenecen a la membrana interna de nuestra inteligencia, ciudades cuyas calles orientan nuestro callejero de ausencias; amores que fueron de una época en llamaradas; amores de vida, de la vida aquilatada y de rumores internos. Palabras, amigos, pinturas, profesores y maestros. Todo arrumbado en ese espacio en que la memoria solicita su fisonomía para convertirse en carne encíclica.


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Me he reído mucho al leer algunas entradas antiguas de este diario. Las risas han sido provocadas por la fuerza de la ficción. He leído una vida ajena, la que quiero que impregne estas líneas lentamente y lo he hecho con la irónica enseñanza cervantina.
Una imagen que ofrezca una totalidad con sus contradicciones y, por supuesto, con sus imposibles enlaces con la realidad a la que algunos, ilusos, quieren agarrarme. La realidad azota a quien la quiere someter a sus juicios.
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Tocaré el violín como el señor Holmes en aquellas tardes ofuscadas y de árboles tristes. Tocaré la melodía de entonces cada vez que se ofrezcan los coros húmedos de la noche en mis ojos. Cada vez que recuerde el pentagrama, la rayada figura horizontal, la fractura de lo humano.

martes, 17 de agosto de 2010

M. siempre recuerda, en los regresos, las palabras de García Márquez sobre el alma y el cuerpo. Lo hace como un bálsamo que va moldeando el enigma de la huida. Porque huimos, huimos sin cesar de nosotros mismos no porque estemos sobrecogidos por algún terror o por alguna amenaza que nos atraviesa como animalillos heridos sin porque el derecho a la huida es el derecho al conocimiento; todo ejercicio de comprensión necesita de un espacio que se recoge en sí mismo, en unos límites, sean estos calles o gente, bosques o mares.
Ese es el problema del arte, en definitiva, el problema de nuestra naturaleza cuando se hace estética, conducir lo infinito con medios finitos. Paul Valéry situaba en esta imposibilidad la realidad del artista y desde que la leí en sus Cuadernos no he dejado de reparar en esas palabras. Una y otra vez, una y otra vez.


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He perdido la poca fe que tenía en el ser humano. No lo considero el merecedor de este mundo. Ni sus actuaciones, ni sus pensamientos, mucho menos su chabacanería, que es hiel de iracundia y madrugada. La belleza natural no es obra suya.
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Sostengo en la mano un puñado de nueces que voy comiendo poco a poco, acompañado de una copa de ginebra. Realizo el ejercicio con mesura, destripando la nuez en la boca. Sus pellejos, su textura lítica y frágil. Su fragancia desnuda y de suaves perfiles. Cuando termino con ellas recojo de la mesa el vaso de ginebra (en verano sólo puedo beber ginebra, es una costumbre antigua). Paladeo la esencia de frutos, la mixtura en la elaboración. Al segundo trago, abro las páginas de la Vida del doctor Johnson escrita por James Boswell, en la edición de El Acantilado, edición que me ha acompañado a Londres estos días. El frescor y la humedad acompañan e invitan a la lectura. La memoria me va convirtiendo en otro, me voy haciendo otro, pues todavía mis pasos resuenan por Baker Street.

lunes, 16 de agosto de 2010

Qué si no el todo o la llaga. Qué si no la vida tomada como un pulso del aire, transparente y renovado, tomada como una virtuosa galería de bellezas muertas. Qué importa que no podamos verlo todo, decir todas las palabras, conocer todos los lugares, hablar todas las lenguas; qué si no conocemos todas nuestras facultades en la vida, todos nuestras aptitudes . Qué importa si tenemos conciencia de ello, es decir, de nuestra finitud.




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Parado en una esquina de la ciudad, detengo mis pasos por unos minutos. Respiro lentamente y dirijo mi mirada hacia arriba, donde unos pájaros se copian fugitivos. Miro hacia arriba agarrando a M. de la mano y quizás respirando su mismo aire en una plena transfusión de vida.
Cuando vuelvo a la horizontalidad de las calles y de la gente que está saliendo del trabajo, es cuando se me antoja volverme invisible para observarlo todo. Como el detective de Paul Auster en Ciudad de cristal o como el de Conan Doyle o acaso como el de Poe, la vida se ampara en la observación, se nutre de ella. La inteligencia surge de los tentáculos de un espíritu observador, a pesar de que la música, la ciencia suprema, nos observe a nosotros. Con estas disquisicones en la cabeza, recuerdo algunos pasajes en que estos detectives han penetrado en la vida de una persona más allá de los personajes de marras, más allá de ellos mismos. Habían penetrado incluso en lo que ellos, los afectados, los socorridos, nunca habían podido acceder. Como demiurgos, como astrolabios proféticos y gracias a la observación, consiguieron hacerse con la vida de otro individuo.
A menudo, cuando llevo demasiado tiempo volcando la mirada (y con ello el tiempo, los días, la vida, las letras) sobre los otros, sobre otras lenguas, sobre otras costumbres en otras ciudades, siento una plenitud exacta y medida, tal y como pudiera ser yo mismo. Dejando de ser llegarás a ti.

domingo, 15 de agosto de 2010

Nunca fue tan elocuente Conan Doyle como el día de su muerte. Murió tomando la mano de cada familiar, de uno en uno, cadenciosamente, pero sin decir ni una palabra.

sábado, 14 de agosto de 2010

I will be there.

He vuelto a visitar las librerías de Bloomsbury. He comprado un par de libros del Doctor Johnson publicados en Oxford en 1937; sólo estaban los dos primeros volúmenes. Comencé a leerlos en el primer Pub que encontré, acompañado de una tónica y de un diccionario. La prosa es de un poderío asombroso a pesar de que soy incapaz de apreciarla en su plenitud. Percibo una inteligencia fuera de lo común que se traslada a la sintaxis, al orden del discurso, que es el del mundo.
Al cabo de un rato, y después de una llovizna, las calles recogen en un haz la luz que las envuelve. Es una luz tímida, decadente, apenas amenazante, pero lo suficientemente adecuada para comprender que la inteligencia eclipsa y reconstituye los días que se van.

Los volúmenes, encuadernados en piel azul, no son demasiado gruesos. Sin embargo, al leer el ex libris de su anterior propietario, me percato de que perteneció a una familia de renombre, los Roylott de Stoke Moran. Hubo un señor en esta familia que fue dejando unas marcas de lectura, estigmas acumulativos, que se desgranaban como palimpsesto intencionado de un mismo autor. Sus anotaciones dicen que leyó el libro en varias ocasiones, que lo hizo caninamente, como si quisiera igualar la voraz manía de Samuel Johnson. Están escritas a lápiz, como una veladura que tiñe los márgenes del libro. Son anotaciones borrosas, decrépitas, crípticas. Casi no puedo leer lo que está escrito, pero veo con claridad, con la claridad de una luz que galopa sinuosa entre las calles de Londres a un lector antiguo que quizás converge en mí mismo y que soy yo ahora.






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Nos dirijinos al Royal Albert Hall, ya que desde ese lugar he escuchado un gran número de conciertos. Para los que escuchamos la radio desde hace años, es un lugar ligado a un gran número de conciertos inolvidables. Después de un paseo por los parques, decidimos acercarnos al edificio.
Mientras nos acercamos, la ciudad vuelve a provocarme un estupor extraño, desasido, que me deja perplejo. Es temprano y la mañana nos ofrece la posibilidad de caminar solos, junto a los pájaros, junto a los árboles que esperan la llegada de la luz. Así de quietos, como esas aves que descansan emplumadas en el lago, comenzamos a caminar. Justo encima de la sala de conciertos, el cielo hace piruetas que anuncian una órfica estación. Y no puedo detenr mis pasos como no se pueden detener los sueños.

viernes, 13 de agosto de 2010

Leo a Cona Doyle. Es un vicio que pervive desde la infancia y que se produce todos los veranos. Cona Doyle, como recuerda Javier Marías, solía decir que no forzaba una frase y creo que esa virtud que se enquista en la naturalidad es una de las cosas que más admiro de su literatura. Ni una sola frase es innecesaria en los relatos de Cona Doyle, fuera del pacto ficcional que a uno lo invade cuando abre un volumen de los suyos. Ahora, en Londres, junto a M., abro el preciado libro de la juventud con el mismo entusiasmo de entonces. Sin embargo, bajo este cielo derruido de blancos y empastado de grises, con este viento fresco que azota el cogote, con esta aritmética acercanza a las calles en las que vivió el autor de marras, amén de sus personajes, leo en el pentagrama solitario de Londres.

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Abro el libro con cierta mesura y anoto en los márgenes ciertas resonancias cervantinas que el bueno de Arthur desgajaba con maestría. Un pasaje de agudeza, unas limpias palabras sobre una actitud concreta. En cualquier caso, la naturalidad y el alejamiento al estilo artificioso. Cómo consigue Conan Doyle el prodigio es tarea de genios y de locuaces justos de la ficción. Eso mismo hablaba hace unos días en Bajo de Guía delante de unos platos de corvina en salsa tártara y de marrajo a la vinagreta. El mar aminorado por el hechizo del caldo de la tierra, pero sin extravagancias, sólo siendo ella misma.
Abro el libro, de nuevo, con parsimonia, después de acercarme una cerveza a la boca y de darle un buen trago, una cerveza bien tirada, en su frío justo certero, y anoto algunas impresiones, aquí en Lupus Street, donde me hago de cebada y malta, de fermentada adolescencia.

jueves, 12 de agosto de 2010

La vida quieta, estática, demográficamente unívoca me desagrada. No entiendo otro estado que el de la inquietud y la curiosidad perennes. No comprendo cómo el hombre puede dar por concluida aquellas acciones que le son desconocidas y cómo puede dar por terminadas en la vida una sensación, un viaje, una experiencia.
De un tiempo a esta parte la vida ha ido mostrándome que el estado en que mejor sobrevivo es aquel que está colmado de múltiples direcciones, senderos que terminan por desfigurarme, encrucijadas que contiene la medida de mi rostro. Soy un enigma continuo. Soy un misterio que anhela a invisibilidad, la transparencia y la fusión. Las ideas, las amistades, los idiomas, la familia, las ciudades, los libros, acaso un microcosmos que azarosamente va convulsionando al único individuo que lo habita. En esa frenética estancia, en esa deleitosa y cambiante estación, voy encentrando en la maraña las constantes que me sustancian. Desde no sé qué momento me hice permeable, desde entonces no deja de golpearme la transformación.
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La cosa más importante pueda que no sea un libro, ni siquiera una suma importante de libros, ni una biblioteca milenaria, ni los textos más antiguos e importantes. La vida brotó sin ellos y sin ellos ha seguido y sigue su naturaleza. Pero hay algo que un libro ofrece y que la vida jamás podrá igualar, ni siquiera remeda como un burdo pintor de imitaciones. Un libro es un periplo y una vida cerrada, que se presenta cercenada de arritmias y uniforme al compás de la escritura. Sin embargo, la vida breve, la que nos circunda en esta piel y con estos órganos es la consagración de la primavera marchitada.

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He decidido que pasado mañana vuelvo a Londres. Parece que me he olvidado de mí mismo entre sus calles. Lo haremos por la mañana, por varios días. Describiré cuál es mi estado ajeno.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Uno de los aspectos más conmovedores de Londres es su estática movilidad. Sus calles son quiasmos pendulares que configuran el movimiento de la humanidad en el silencio y la pulcritud. La gente se sabe en un territorio cruzado por las aguas de una melancólica batida de ángeles, el eco y el estigma de la vida digna.
Escribí esta nota después de haber tenido entre mis manos, en Bloomsbury, un volumen de la vida del doctor Johnson, escrita por James Boswell y que venía a decirnos que el doctor leía con hambre canina, como si estuviese devorando el libro mientras guardaba otro, bajo el mantel, mientras comía. Esa imagen de tácita euforia contenida, esa desmesura triangular, la manera en que el verde agrede en los jardines y las nubes amenazan aun besándonos, es lo que me mantiene desconcertado de la ciudad. Su prodigiosa metamorfosis contunua que nunca nadie acierta a describir, que no se doma con la memoria, porque ella es su sustancia íntegra.

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Notas en Londres. Lecturas en algunas plazas. Paseos. Lluvia. Sol. Un pub. Otro. Visitas a Westminster, a la Abadía. Y la música de Haendel. Cuando comencé a estuiar música, Haendel fue el primer compositor que escuché enfervorecido, casi sin descanso. Con el paso del tiempo, fui alejándome de sus conciertos, porque se me antojaban demasiado metódicos. Pero ahora entiendo qué estaba encerrado en aquella música, en aquel autor que se me ha vuelto, como de la tierra, virtud de un edificio demolido.

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Fue al verlo y al desaparecer cuando traje a la memoria a los presocráticos. Pensé que JSM debía su aspecto, de soslayo y transparencia, a Anaximandro, al apeiron, a lo indefinido. Porque la naturaleza toda de este viaje iniciático (incluidos los sueños, las líneas verosímiles, las encrucijadas) se asemeja a ese envejecimiento imposible de la naturaleza, a esa circuncisión de los elementos que no pueden ser escritos, solo contemplados.

martes, 10 de agosto de 2010

Discutía con J. la influencia que ejercerán o que están ejerciendo los nuevos formatos que ha traído la tecnología, tales como una bitácora, en la escritura. Hablábamos durante un almuerzo en Florencia, muy cerca de la Plaza de la Santa Cruz, donde se rige una estatua a Dante. Él piensa que nos encontramos en una época de transición tal y como sucedió a los escritores que testimoniaron la aparición de la imprenta. Un tiempo intermedio en que todo son tentativas, jugueteos y demás variantes porque aún no se conoce si un escritor terminará por escribir pensando en el formato en que se encauzará su obra.
Frente a esa postura, siempre argumentada por el conocimiento de la imprenta y el libro antiguo en parangón, intentaba mantenerme como un apocalíptico de Umberto Eco, un apocalíptico más bien integrado. Porque no concibo aún una escritura pensada en el modo de transmisión, en una escritura que se aleje de la escritura misma. Esto no quiere decir más que no contemplo aún la posibilidad de crear ad hoc en relación a la tecnología, sobre todo porque cada vez estoy más convencido de una cuestión: la literatura y ninguna de las artes fueron democráticas nunca y una bitácora o una red social o cualesquiera de esas manifestaciones actuales no son más que estertores de las relaciones humanas, transmitidas por escrito, eso sí, pero sin aspiraciones literarias ninguna en su mayoría. su función es comunicativa y eso es solo una parte de la función de la literatura.
Con esta postura he pensado que lo mejor sería seguir escribiendo a escondidas, a mano, sin mediaciones tecnológicas, sin ninguna otra tramoya que perturbe la esencia. Y, en el caso de que esa construcción sea imposible, debido a mis torpezas y desmanes, volver a la bitácora, al canto público y digital. Pero, ¿será esto lo adecuado o es que J. era un profeta que no comprendí y me describió?
De cualquier forma, los nuevos derroteros irán surgiendo a su tiempo, con su debida pausa y cadencia. La inteligencia deberá estar agudizada para tomar de ello algún logro, aunque evidentemente en la literatura, después de tantos siglos, los logros están ya escritos.

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Como un paseo de Robert Walser, diario e incierto, como una tránsfuga melodía de Mahler, como una apoltronada pincelada de Van Gogh, como el cielo abierto de los grises de Turner, como las verdades ingrávidas de la Comedia de Dante, como una piedra tornasolada en Arezzo, como el silbo de la higuera en el Fiesole.
Como las lenguas muertas de los árboles, como el delirio impuro del viento, como el auge de los besos en la noche, tan raudos y violetas, tan densos y desnudos.

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Me detuve en un mercado de libros en Londres. Comenzó a llover, sin avisos, sin que las nubes levantaran sospechas. Entonces creí ver a J.S.M, barbado, erecto, pendiente de unos libros antiguos. Lo perdí de vista debido al tumulto que se creó debajo del puente debido a las lluvias. Comencé a buscarlo, por un lado y por otro. Incluso recuerdo que me miró al mismo tiempo que sonreía. Su mirada en el gris era la de un poderoso holograma y su figura parecía suspendida y leve. Suspendida y leve…eso dije al despertar.

lunes, 9 de agosto de 2010

De nuevo la plenitud del viaje y la epifanía de la literatura. Repaso las notas escritas en el cuaderno que me ha acompañado durante estas semanas e, incrédulo, no creo haberlas escrito nunca. Pienso que estoy leyendo indiscretamente las anotaciones de otro viajero que ha pasado una temporada en Perugia, en Roma o en Florencia. Londres es estación del alma, todavía. Las tomo así porque el viaje es la transformación que anega la pluralidad que nos acoge.
Somos intrínsecos y plurales, individuos larvados por un filo múltiple y unívoco al mismo tiempo. Pertenecemos a todo y no nos sabemos deudores de nada. Nos ignoramos por completo aun perteneciendo a una categoría. Somos humanos porque existe la humanidad.


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He tenido la oportunidad de concluir la lectura del Infierno y del Purgatorio de Dante entre la Toscana y la Umbría. En Arezzo, por ejemplo, donde nació Petrarca, terminé de recitar en alto los últimos versos del Infierno. Y fue entre Gubbio y Orbieto cuando comencé a deleitarme con el Purgatorio. Justo cuando me disponía a viajar a Londres, dejé la lectura. Con una tromenta enrabietada, resguardado en Rávena, di al viento algunos pasajes de la obra de Dante. Anhelo todo de no se sabe qué razones.

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Los cipreses habitan los campos de La Toscana hiératicos, como pinturas del trecento. Al fondo del paisaje, entre algunas higueras y olivos, se vislumbra una casa, una villa sometida al zumbido candente del verano. Se diría que la tranquilidad y el sosiego se recogen en ella. Voy camino de Perugia, todavía, en la distancia, en una ciudad, en otra, en un café, con un libro, con un poema de Dante, con la vida de Samuel Johnson, con mis pasos persiguiéndose alrededor de la memoria.

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En Londres, mientras leía una frase del doctor Johnson agarraba en la mano un libro de Pessoa. Lo llevaba como un amuleto, como el objeto adecuado para que mis sensaciones nunca perdieran el tácito razonamiento de las ciudades. Londres ha imantado, desde el comienzo, con una potencia prodigiosa no sé que estado de gracia que me dejó ágrafo total. No pude escribir en Londres como tampoco lo pude hacer en París. Paseando por Warwick Square, cerca del hotel, mientras M. terminaba de mordisquear una manzana, sentí que en Londres debía dejarme de una vez, diluirme, desaparecer. Londres me devolvió la invisibilidad, el deseo mayor.