miércoles, 9 de enero de 2013

RILKE estuvo por primera vez en Venecia en 1908. Lo hizo en las callejuelas que enredan los sestieri de Dorsoduro y Santa Croce originados desde Zattere al Ponte Lungo. Se hospedó exactamente en el número 1471. Allí está la casa en que Rilke vivió esos días con las hermanas Romanelli, especialmente con Adelmina, Mimí en las cartas del poeta. 
Allí paseé la última vez que estuve en Italia. Durante varias horas recorrí las callejuelas aledañas (en Venecia, el término callejuela es inexacto, como ocurre con todo lo que se nombre de Venecia), tomando café, por unos momentos, leyendo algunos poemas, en otros. 
Aquí, hoy, amparado por el estruendo del rito de silencio que anida en la mañana neblinosa, han venido a la memoria las palabras que le dedicó Rilke a Mimí en una rotunda despedida y cierre de las relaciones sentimenales que se habían proferido. Escribió Rilke:

"no olvide nunca que pertenezco a la soledad; que no he de tener necesidad de nadie; que incluso toda mi fuerza nace de ese desapego. Y le aseguró, Mimí, le suplico, como a todos los que me aman, que amen mi soledad. De no ser así, tendría que esconderme a sus ojos y a sus manos, como un animal salvaje que se esconde de la caza de sus enemigos". 

El escritor pertenece a la soledad. No hay en ello tara mental ni carencia de cariños familiares, como piensan algunos estudiosos: es la naturaleza del hombre que vive el arte, que trasvasa el arte a la vida y la vida al arte. Es una acción plenamente solitaria, que no podría darse de otra manera, pues su naturaleza esencial es esa misma , tanto como la vida ascética, tanto como la meditación, la contemplación y el infinito del cosmos. 


Hoy me he quedado impresionado con un pasaje de la vida de Rilke en Duino. Al comienzo de su estancia en el castillo de Duino, no solo paseaba por el sendero que conduce al acantilado que desemboca en la playa Sistiana, sino que por las tardes dedicaba el tiempo a traducir junto a la princesa María un libro en italiano, aporovechando el conocimiento de la compañera. ¿Qué libro traducían lentamente, soneto a soneto, contraponiendo el soniquete del italiano a la dureza sintáctica del alemán y que fue el libro más cercano al origen de las Elegías? Para mi asombro, Vita Nuova, de Dante.

En el viaje a Trieste teníamos muy claro que debíamos dirigir nuestros pasos a Duino. Allí recorrimos el sendero que realizaba Rilke diariamente y en el que, según cuenta el propio poeta, escuchó, de entre las hendiduras de las rocas, una voz exterior, reveladora, inspiradora, del viento: 

"¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los coros de los ángeles?". 

Es así como daba comienzo la revelación de las Elegías, de la primera elegía en concreto. 

En esta composición hay, además, un verso que acaba de alumbrar la mañana y de despojarme de todo en este ocioso día:
 [...]
"Porque lo bello no es otra cosa
que el comienzo de lo terrible". 
 [..]
 
En el comentario que realiza Rilke a la princesa María destaca un término en alemán. Dice Antonio Pau que "eigenmächtig" viene a significar "con fuerza propia", esto es, no sucedió que Rilke creara el comienzo del poema, sino que estaba ya ahí, ya estaba creado: él solo tuvo que revelarlo a los hombres. Esta escena explica, a la perfección, qué entiendo por Cuestión de desnudez y evidencia, pr otro lado, l que llamo la existencia de la estirpe de Orfeo. 

En cualquier caso, Rilke tuvo conocimiento, o en mejor decir, consciencia del lado oculto, misterioso, trascendente del mundo. Lo que en alemán se dice Weltinnenraum, es decir, "el espacio interior del mundo" de donde solo podemos decir los ecos, las sombras, las sugerentes presencias. El propio Rilke afirmó: "nosotros somos las abejas de lo invisble. Libamos desesperadamente la miel de lo invisible para acumularla en la gran colmena de oro de lo visible". Es el murmullo de la transparencia, el rito de silencio que provoca la contemplación interna y profunda de uno mismo.