viernes, 2 de marzo de 2012


LIBROS, libros llegan a casa. Hemos dejado de comprar libros en librerías de nuevo, tan solo algún volumen en italiano, rediciones de clásicos o traducciones actualizadas, ensayos y algún que otro diccionario actual. Para hacerse con un cuerpo bibliográfico sólido hay que comprar en librerías de viejo. Hoy llegaron los libros de Emilia de Zuleta, Lázaro Carreter, Amado Alonso, Rafael de Balbín y López Estrada. Parece que estamos comprando reliquias, le digo a M.C., cuando, en realidad, nos hacemos con lo indispensable en la casa de dos filólogos.

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ORDENO los libros de antropología y mitología. Rescato un libro de Robert Graves y, al abrirlo, asoman desoxigenadas unas líneas que había subrayado en el momento de la lectura. Las leo recordando la diosa blanca del escritor que tanto gustaba de vivir en España: “La obligación primordial del escritor consiste en trabajar, sin concederse tregua, en, desde, con y sobre la palabra”.

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CUANDO necesito conciliarme con el mundo, quiero decir, conmigo mismo, con lo cenital y sustancioso, con lo que brota de la esencia pura de la tierra, escucho la Suite nº 1 para Violonchello, de Bach.  

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El 25 de septiembre de 1823, escribe Leopardi en Zibaldone di pensieri:  “Superiorità della natura sulla ragione, dell´assuefazione sulla riflessione”. El párrafo que completa y ahonda en esta reflexión está cargado de una reticencia que persigue a Leopardi en buena parte de su obra: la necesidad de entregarse a lo irreflexivo.  
Es el miedo de la razón poética que sacude a todo poeta cuando su palabra comienza a verter significados que no solo remiten a realidades objetivas para los sentidos, sino que simbolizan realidades veladas, indescriptibles para los sentidos; cuando comienza la palabra a ser poiesis, creación,  únicamente para el reino de la palabra poética.