jueves, 18 de noviembre de 2010

Una tarde de agosto, cuando el sol se declinaba por la desembocadura del Guadalquivir con el desmayo de la calima, escuchaba la música de Corelli. En esos años fue cuando comencé a leer poesía. Recuerdo a Rubén, a Machado, el romancero. Mi padre, que a pesar de no haber estudiado en su vida y de no haber contado con una formación adecuada, siempre ha entendido mi posturas ante la vida. Creo que sintió, desde el comienzo, que mis ojos se desorbitaban cuando me dejaba dinero para comprar algún libro. Mi padre me daba setecientas o mil pesetas para que yo, imberbe, suministrara el capital en libros. En esos inicios, sin concierto ni criterio orgánico, leía a Neruda junto a los que he nombrado. Luego, en el instituto, cuando se convocó el primer premio de relatos, escribí un cuento sobre un músico que escuchaba la música de Corelli cuando llegaba la noche. Era un músico con las características oraculares de Laoconte. El premio consistía en unos libros de Garcilaso, Lope de vega, García Lorca y Unamuno.
Esta tarde, que vuelvo a Corelli, como de la marisma, se ha venido este recuerdo peregrino. Junto a él, la profesora, Manuela, que nos leía los versos de Machado, de los Machado, en mejor decir, ya que con ella fue cuando escuché la música de Manuel Machado, sus razas y sus morerías. Por aquel entonces, la vida era una dilatación continua, una expectativa rotunda, alargada, que se iba cargando de árboles frutales, colmado de semillas en la negra espalda del tiempo. Las he recordado con los compases del Concerto grosso. No. 1, y con el alma en vilo, porque se van avejentando, los recuerdos como las hojas caducas sobre el asfalto.

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La poesía es la unidad inaprensible.
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De estas anotaciones de diario poco quedará, acaso un temblor de sombras acurrucadas. De estas líneas, que fondean en lo ágrafo, que no sostienen armonías ni causas, sólo defectos de un hombre invisible... De estas anotaciones, que vuelven a tañirse sin ellas mismas, que son el hueco sucedido de la nada, la esfera luminosa de nadie, sólo diré que jamás fueron escritas.

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En el volumen que siempre manejo para leer poesía de trovadores, trouvères y minnesinger anoto la gracia y la virtud de los poetas y cantores. Hay versos realmente prodigiosos escritos a mitad del siglo XII, desprendidos de retoricismos y prebendas a la palabra inválida. Escribe, por ejemplo, Peire Vidal de Tolosa: “Ved cómo es el mundo/pues a quien más lo sigue, peor le va”. Peire Vidal fue hijo de un peletero, según las leyendas, y a quien un caballero de San Gil le cortó la lengua por estar engañándolo con su esposa. Algo más tarde Uc dels Bauls lo sanó. Cuando esto hubo sucedido, se embarcó a Ultramar, se casó con una mujer griega de la que decían que era sobrina del emperador de Constantinopla, por lo que el loco músico y poeta creyó que debía heredar el imperio. Por estos motivos, cuando uno lee El Quijote y ha leído estas historietas que trazan la vida de estos ministriles, dudo mucho de que Cervantes no las hubiera tenido en cuenta para forjar su personaje.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Hace años leí el libro de Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano. Estos días lo he vuelto a releer sorprendido por la vigencia que poseen muchos de sus planteamientos. En el tren que me lleva al trabajo, voy leyendo los libros que pienso que mejor se adaptan a las circunstancias del viaje: su duración, su acomodo, la hora en que se produce; y éste de Eiade es perfecto para el asunto. Además, teniendo en cuenta que el viaje a través de los raíles convierte a los usuarios en adocenados seres de costumbres cerradas, los libros que uno elija para tal fin deben servir para romper esas correas de amarre.
Lo sagrado y lo profano. Trato de extrapolarlo a otros fueros, como el literario y es, desde esa perspectiva, cuando subrayo frases como las siguientes: “la incapacidad humana para expresar lo ganz andere: el lenguaje se reduce a sugerir todo lo que rebasa la experiencia natural del hombre con términos tomados de ella”. Estas palabras, que tan hondamente expresan lo que de inefable nos queda como hombres desde la antropología religiosa, me han hecho repasar la cita de un dicho sufí que encabeza Tres tratados de Armonía, de A. Colinas: “¿de qué sirve que las criaturas humanas inventen una narración que explique la existencia cuando las realidades de la naturaleza son, en sí mismas, una lectura lineal de cómo es?”.
Estas reflexiones las hacino en la memoria. Anoto en mi moleskine algunos versos que quieren aparecer a pesar de la inconsciencia; unos párrafos que abordan el problema de la escritura como bien solitario; etcétera. Cuando faltan pocos minutos para que tenga que comenzar a trabajar, esto es, a desvivirme, escribo una pregunta: ¿cuál es la experiencia natural de la armonía?
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La poesía es perenne y subjetiva, nace del individuo para acogerse a lo universal, proviene de una mano para rasgar en las entrañas, combina la perfecta finitud del hombre con sus aspas abiertas a lo eterno.
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Hay veces que el mundo nos indulta.

martes, 16 de noviembre de 2010

Lo lírico es la transmutación, la avería en el raciocinio humano, el caos en la cosmogonía de la palabra. Mientras que lo discursivo, que permea en el poema demasiadas veces, ordena el pensamiento y lo traduce en parámetros espacio-temporales. Evidentemente, en el discurso lírico, esos parámetros quedan sujetos a una radicalización de la lengua a favor de la literatura (véase literatura como sendero, tránsito a...Belleza, Verdad, Luz, Realidad, etc.).

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Le comento a un amigo que he comprado las Obras completas de José Ángel Valente. Cuando termino de explicar que los libros son el gasto más continuo que puedo testimoniar, se queda con el rictus algo desenfadado y peripuesto. Su rostro parecía discutirme la elección de ese poeta, la elección de ese libro. Parecía que me estaba advirtiendo, desde su sapiencia, cómo había podido comprar eso o cómo aprecias la poesía de ese bardo menor o, simplemente, cómo no habías leído, bien leído, digo, a J.A.Valente, cuando yo me sé de memoria algunos poemas. Esa extrañeza del amigo me dejó en una incógnita que quise despejar rápidamente, porque cada vez me voy dando cuenta de que las dudas hay que despejarlas a sabiendas de que son irresolubles. Para ser más exactos, le dije que había terminado de leer Interior con figuras, un libro escrito desde 1973 hasta 1976 y que me parecía fabuloso, tremendamente soberbio.
Mi interlocutor seguía avanzando en sus trece y no dejaba margen para que pudiera decirle de memoria algún verso que acaba a de saborear. Pienso, últimamente, que la poesía hay que aprenderla de memoria, que cuando encontramos un autor que nos desegoice de nosotros mismos, debemos engullirlo en la memoria, tal y como hacía Platón con sus discípulos. Efectivamente, la poesía debe conducir al limo original de lo viviente, debe hablar debajo de los cuerpos, donde el no nombrado amor se engendra siempre.

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La tentativa aparece repetidamente, en demasiadas ocasiones. Todo lo resguardo a nada, porque ningún motivo cognoscible me lleva a leer y a escribir, a amar y a desnudar el roto de los espejos. Ando como el farero de Cernuda, soy más bien materia de lo cóncavo que desespera tras ser su reflejo en lo convexo. Sístole y diástole. Me fusiono en el latido constante de los ventrículos, de ventrílocuos que se convocan en mi palabra y que hablan por mi boca muerta. ¿Existirá algún fragmento sin nombre?
En estos mismos instantes en que lees estas líneas, como en noche silente, sobre campiñas argentadas y aguas, tengo abierto un libro de Leopardi, Cantos, sobre el teclado, abandonada, oscura queda la vida, alzando la mirada; y otro de Lu Ji, Wen fu, justamente al lado, la belleza de las palabras se muestra en la destreza del talento, pero es el pensamiento el artífice que las gobierna. Los estoy leyendo mientras escribo, porque he querido comprobar cómo la lectura es indisociable de los ojos del que mira, -sólo verán tus ojos-, incapaz de ser simultaneada y desvirtuada de su mecánica. Porque, ¿no percibes la cadencia de los versos de Leopardi; no te aproximas con la poesía milenaria de Lu Ji a la más exagerada poesía de la poesía?

lunes, 15 de noviembre de 2010

La plenitud de un poema se alcanza en el vislumbre de su terrena secuencia.



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La extrema luz del rayo fugitivo, la argenteada parábola de la noche, los brotes que cercenan y ensimisman, las presencias distantes y el prodigio de contemplar cada mañana la serena y tácita luz en las campiñas.

domingo, 14 de noviembre de 2010

El mundo en sí es complejo porque cada hombre lo comprende de una manera. Son esas comprensiones las que perfilan las posibilidades del mundo. Si el mundo es unívoco, el hombre debería entenderlo en esa única posibilidad, pero, ¿qué sucede cuando hay diversas formas de ser en él? ¿Implica ello que el mundo en sí sea plural?

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El otro día comentaba con R. que existen temas más importantes que otros. Lo dije convencido de esas palabras porque una mayoría de ciudadanos terminan por conversar sólo de dos o tres temas que se repiten hasta la saciedad. No quiere decir uno que exista gente más audaz o diversa que otra (aunque así lo crea firmemente), con más capacidad para entender la pluralidad del mundo y de sí mismo. Tampoco puede uno decir a las claras que lo común de las conversaciones al uso es el aburrimiento, por repetitivas, cansinas, superficiales. Así visto, evidentemente existen temas más importantes que otros, palabras que nos derivan por otros aspectos que son los que nos deben interesar como hombres, los que nos arrojan luz sobre l que nunca atendimos.
Pero esta sintaxis tan abrupta que utilizo, “deben, tienen, hay, tendríamos” puede conducirme a un adoctrinamiento del que rehúyo, sin embargo. Sólo quiero expresar, en esta tarde de gotas en la conciencia, si es posible que cada interpretación del mundo, por superficial y banal que sea, tenga el mismo valor que las demás. Pienso, de antemano, que no es posible, al igual que no es moral, que el voto de un hombre valga igual que el de otro; como tampoco es posible (según mi criterio) que la obra literaria de cualquiera sea la de Cervantes.
Huyo de los relativismos en aquellos aspectos en los que no ayudan a interpretar y aprehender en su totalidad nuestra conducta. Porque hay pautas en la vida del hombre que necesitan de cierto absoluto que vertebre, al menos, el comienzo de una reflexión. Desde hace unos meses, observo que la sociedad circula por derroteros que nadie ha trazado y que el hombre, cuando se deja a su albedrío, a su torpe e insustancial instinto, termina en el desafuero y la arrogancia. No pueden perderse los límites con las otras formas que ordenan la vida de hombres, porque si estamos convencidos de la nuestra, nos servirá para reforzar nuestra conciencia; pero si estamos en tensión y disputa, nos valdrá para encontrar lo que no hallamos de momento.

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Quizás los versos de T. S. Eliot tengan razón y debamos tener en cuenta que “no pueden/los humanos soportar demasiada/ realidad” y que cuando se pregunta por el hombre, así, en limpio, de lleno, está preguntándose por el universo al completo, porque todo lo que exista ,aun en subjuntivo, parte del individuo. Por eso los versos primeros de Four Quartets, de Eliot, comienzan de forma tan rotunda y explican que el pasado, el presente y el futuro están contenidos entre sí. Y es en el presente donde, o cuando, los tiempos se entrecruzan en una llamarada fugitiva que invade la conciencia torpe del hombre, una claridad llamada ser. Sólo en su cercanía vislumbraremos lo que pudimos ser, lo que alcanzamos en el presente eterno que nos sostiene.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Varios días llevo recordando a mi abuelo Juan, amigo del fallecido Marcelino Camacho. Siempre que me dispongo a escribir sobre él, tengo la impresión de que utilizo una pátina demasiado mitificada en estas palabras, pero siento, por ende, una enorme sensación de pérdida por alguien a quien apenas conocí, una desmedida rabia que me recorre cada vez que me comentan algo al respecto de algunas de sus actuaciones hace más de medio siglo: de su carácter, su afán, sus ideales, sus lecturas, su maestría.
Hablaba con el profesor y amigo P.J. sobre las magníficas conversaciones que hubiera podido tener con él, ya que, según analizo de las palabras de mi padre y de mi abuela, “leía todo el tiempo a escondidas, con miedo, como perseguido…”. En la mesa estaban algunos críticos, como Prieto de Paula y profesores, como José Luis Bernal, avezados en el estudio de la literatura. Me sobrecogió, de pronto, entre vinos y viandas, la temerosa avidez de haberlo tenido cerca, de haberlo escuchado conversar, a mi abuelo, al que arrojaron a la calle desde el balcón de un primer piso porque nombró a Miguel Hernández. Por unos minutos quedé ido, como en una morada excluida, de aquellas interpretaciones sobre este o aquel poeta, sobre Baroja o Azorín.
Poco después, cuando los pensamientos fueron abisales señas en la memoria, retomé las enfervorecidas palabras del crítico P.de P. sobre Azorín. Cuando salimos del restaurante, en pleno centro de Cádiz, le dije a solas al crítico y profesor, que había llegado a la obra de Azorín, sobre todo a La voluntad, gracias a Gonzalo Sobejano y a su libro Nietzsche en España. Parecen que estas palabras detonaron en el profesor todas las ganas de charlar que había escondido hacía unos minutos. Y me ilustró sobre unas cartas que le dirigió Baroja a Azorín …y la noche se iluminó y se terció el frío de la madrugada en calor humano y enseñanza, en lección de la experiencia que avivaron la negrura de no haber podido nunca recibir nada de mi abuelo Juan.
En ocasiones, sirve este diario voluble para ensayar con el aliento de algún endecasílabo que se enreda en la prosa contenida de estas confesiones a la nada. Alguna que otra vez, cuando he terminado de leer para corregir, me doy cuenta de que la prosa había adquirido los compases rítmicos de la lírica. Ante estas situaciones, nunca he sabido decidir si debiera haber escrito, por tanto, un poema en lugar de un texto en prosa. He pensado, al respecto, que a lo mejor existen textos prosíricos, liricosáricos, prosalíricos, que comparten y aglutinan las cadencias de las dos convenciones. He pensado en algunas prosas, como la de Proust, y en algunos versos, como los de T.S.Eliot, y he querido que las fronteras se desvanezcan como un iceberg perdiendo sus formas lentamente.
Escribo todo esto porque, hace unos días, cuando estaba en la estación de trenes mientras regía la madrugada, comencé a escribir no sé qué artificio verbal. Estaba totalmente sólo en el apeadero de la estación y comencé a escribir, por primera vez en mi vida, sin tener conciencia de que se trataba de algo que no sabía clasificar. Al principio me sedujo la idea y me guié por la intuición sonora, pero, al tiempo, al cabo de haber escrito algunas páginas en mi moleskine, no supe qué demonios estaba escribiendo. Ahora, toda vez que lo he releído, creo que pertenecen no a un género ni a una convención formal alguna, sino a una concepción de la vida, a una posición vital que se trasluce en la permeable instancia de la literatura.

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Como ese poemilla de Bergamín: “Voy huyendo de mi voz/ huyendo de mi silencio;/[…]me encuentro huyendo de mí/cuando conmigo me encuentro”.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Los ojos de W.G. Sebald siempre han encerrado una misteriosa postura alterna en la forma de mirar. Me he detenido a observarlos, porque parecen hundidos en la faz de su tersa y bigotuda cara. El pelo encanecido y el desaire de su porte han significado, en Los anillos de Saturno, una talla anexa a la escritura que se refleja antes de la lectura en cada una de las partes.
Precisamente, ayer volví a abrir el libro de Sebald por puro azar, ya que el libro se cayó desde la balda al estar yo reordenando el caos de volúmenes cercanos. Al recogerlo, quise darle una hojeada, presurosa, sin detenimientos, pero hete aquí que no tuve más remedio que pausarme en una de las fotos que habitualmente incluyen sus libros: era el rostro Roger Casament.
Todo esto hubiera quedado en fugitiva anécdota o en ejercicio ventrílocuo del destino si por la mañana no hubiésemos estado hablando, M. y el susodicho, sobre la novela que acabábamos de comprar de Mario Vargas Llosa, El sueño del celta. M. me preguntaba que, para leer la novela, quizás sería necesario ir tomando alguna referencia del personaje de marras. Yo le había indicado que F.I. había contado en su columna justo lo que había realizado antes de leer la novela, leer a Conrad. Era ese ejercicio el que más me apetecía y el que, sin duda, realizaré a poco que tenga unas horas por delante sin trabas. Sin embargo, tanto insistió M., con excelente criterio, que me pasé toda la tarde merodeando alrededor de la idea. Merodeando hasta que, a la altura de mis pies, se convocó la figura de Casement a través del cedazo de la literatura de Sebald.
Es así como acabo de terminar de leer las páginas que dedica el autor alemán con una fascinación que espera extenderse hasta los territorios verbales del Nobel hispano-peruano. Porque la visión que ofrece Sebald es la de una ensoñación en Sothwould tras ver en la televisión un documental de la BBC sobre Roger Casement. A partir de ese momento, en que el autor queda en un duermevela continuo, toda su experiencia en aquellas tierras queda en la mixtura del documental y la vida.
Cuando penetre en la espesura de la prosa de Vargas Llosa para desentrañar la concepción de las profundidades del hombre, lo haré ataviado del fuego sintáctico de Conrad, pero con la incandescencia imaginativa y profusa de Sebald. No tendré más remedio, por tanto, que dejarme el bigote para poder leer como.
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...y esto se presenta cuando me disponía a leer algunos de lo libros del poeta José Ángel Valente en sus Obras completas. Aunque la lectura de poesía es una lectura en campo a través, de concienzuda estancia en la vida y no de deleitoso y externo artificio. La poesía ahonda desde el prejuicio, predispone desde la conciencia. Es el género literario del ser.
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Ayer cenamos algunos amigos en torno al poeta Ángel García López. De recogida, mientras charlábamos, pude perderme con el poeta por unas callejuelas del centro, a solas, alejados de los otros. Cuando la intimidad se hizo presente, puso sus manos, porrudas, sobre mis hombros. Habíamos hablado de Gerardo Diego (maestro predilecto del poeta) y de José Hierro. Pero fue en ese instante, cuando lo miré y le pregunté por la poesía. Uno, que acababa de leer más de una veintena de libros suyos, esperaba un extenso ajuste poético. Pero el anciano poeta, el alumno de Diego, el amigo de Hierro, el lector empedernido, el poeta de verso inigualable en la música, en el fragor y la estrechez de la noche, sólo me ofreció el silencio más sonoro que he escuchado nunca.

martes, 9 de noviembre de 2010

Esta tarde, al llegar del trabajo, justo en la escalera de la entrada de la casa, me encontré empapado un paquete de correos con varios libros. Era una remesa de libros de poesía. toda vez que hube entrado, pude comprobar que el protector plástico que los envuelve hizo que los libros no terminarán humedecidos.
Después de este episodio, en que M. malhumorada no entendía cómo pueden dejar unos libros así, de esa forma, he comprendido que la palabra es humedad en lo mojado, que es el rastro, en la arena mojada, de los días y que su semblante, su verdadero y tácito semblante es el de la permanencia. No me importó la lluvia, ni la ira repentina por la luvia en el sobre. Hoy, más que nunca, la lluvia era el azote de la claridad.

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Mañana, con el poeta A.G.L. Después de leer los tres tomos de sus obras poéticas completas, creo que puedo, al menos, comentar algunos aspectos de esa experiencia lectora. Lo haré como venido de la palabra, lo haré como un poeta nonato. El verbo, el prodigioso decir del poeta gaditano, es una suerte de proteica alabanza a la palabra. Pocas veces una obra, en su totalidad, me ha dejado un fervor y un beneplácito tan justos y notables. He de anotar, además, en este cuaderno del olvido, que he aprendido con él qué señas poseen las voces nutricias.

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Nada mejor que Wagner para recuperar el espíritu mal avenido de un día aciago. Porque lucho, cuerpo a cuerpo, con la vida, con la intrusa forma y extraña forma de vida que llevo. De esta vida doble, bifurcada, demediada, que me solivianta sólo en lo placentero de lo individual, pero acaso sólo al otro, al otro vacuo y obseoleto de diálogo de sauce.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Ninguna palabra clarifica tanto como silencio.

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En las afueras de ti, hallarás tu conciencia.


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Es la voluntad el estado prematuro e individual de la luz. Del ser depende terminar en engendro o en posesión.


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Expúlsate de tu vanidad.


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Dirige la mirada hacia lo adentro, donde los pájaros recorren tu infinito.

sábado, 6 de noviembre de 2010

En lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad. La literatura participa de ese anhelo profundo del ser humano y ella misma se pone en camino, acompañando al hombre que ansía la plenitud de su propio ser. Al mismo tiempo, la literatura lleva a cabo su propio camino interior, aquél que la conduce a través de la ficción, la muerte o el amor, a hacerse transparencia de la otra verdad para el mundo.
Las palabras en cursiva sustituyen a otros vocablos que ha utilizado Ratzinger en el discurso que ha pronunciado en Santiago de Compostela. He querido, después de leerlo al completo, comprobar cómo la palabra, puesta en el lugar justo, puede trocar, petrificar, transmutar la realidad hasta equiparar lo más ajeno en lo más propio, lo más trascendente en lo más banal.

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En lo más externo de su ser, el hombre nunca está en camino, está en busca de la verdad. La vida participa de ese anhelo profundo del ser humano y ella misma se pone en camino, acompañando al hombre que ansía la plenitud de su ser externo. Al mismo tiempo, la vida ajena lleva a cabo su propio camino interior, aquél que la conduce a través de la otredad, la muerte o el amor, a hacerse transparencia de la otra vida para uno mismo.
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Hacía tiempo que no leía un libro tan sugerente y bien escrito como La luz es más antigua que el amor, de R.M.S. Un libro decididamente sobresaliente, que sobrevuela por el resto de la narrativa española escrita por los narradores incipientes que se preocupan más en talleres, patés y certámenes que en leer. Por eso, porque me parece un libro cuya lectura incita a escribir y a releer, a revisitar ciertos autores de la pintura, lo dejo escrito en este diario que, aunque terminará arrinconada y decrépita, especula con el sujeto que lo alienta.

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Ayer releí La vida es sueño, de Calderón. Lo hice en voz alta, en el salón de nuestra casa. Aproveché que M. había salido para poder decir en alto todos los pasajes que Calderón escribió con tal magisterio. Quedé imbuido, por unos minutos, en pasajes que hasta ahora no habían llamado mi atención. Versos sueltos, encabalgamientos prodigiosos, conceptos abigarrados y encerrados en sentencias excelentes. La lectura en voz alta es un ejercicio de la levedad, pero, en ocasiones, sacude allí donde el silencio cree estarse en la superioridad.
Nada.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Mis manos son cúpulas mudas al viento.


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Siempre a contracorriente, contra viento y marea. Ahora, más que nunca. Hay una vuelta necesaria a las raíces de la civilización, una bajada y fonda con las que extraer lo perdido. Se acabó el Desiderio, hace falta el diálogo con uno mismo, sólo, interior, abisal, incorruptible. Después de esa decisión, la vida o la nada. La obra o la nada.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Esta tarde (y me urge este presente tácito) necesitaba recostarme en el sofá y escuchar con delectación La pasión según San Mateo, de Bach. Esta obra congracia al hombre con el mundo como ninguna otra, pero también me acelera la conciencia del sueño, del estarse despierto y viviente en un músico acento. En él me sostienen otras evidencias inenarrables, que jamás serán presencias en este diario, tan sólo apuntes, notas, sugerencias, como este texto que concluyo cuando la armonía se conduce sola, sin firmamento ni asidero imaginado.

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Todo, desde hace tiempo, parece un borrador de otra vida. La memoria, a medida que amplía sus vectores, va desgajándose de la mente que la ilumina. En esa inconsciencia, en ocasiones tenemos la sensación de que somos sueños de otro ente superior que debió controlarnos desde el inicio y del que hemos perdido toda huella nemográfica. Sea una idea filosófica o una entelequia absoluta, no deja de azuzarnos debido a la naturaleza que nos sustancia.
La vida va adquiriendo una medrosa luz de inocencia. Hay que apurar cielos, como Segismundo, poseer ojos hidrópicos, ser hombre entre las fieras y fiera entre los hombres, ser un esqueleto vivo y un animado muerto. Así vislumbro, cada mañana, la vida que me tocó vivir entre zafias esperanzas. Necesito más espacio para escribir y leer, más prisión que la que me retiene. Odio y estoy infectado de vacuas arrogancias que me desdicen y me convocan a la muerte. Todas las mañanas bailo una danza mortuoria cada vez que asilo la belleza y las artes de mi vida.

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Vida infame no es vida y ésa es la nuestra. La infame turba de nocturnas vidas que aquilatan con sus palabras el enigma que somos. Como Rosaura, es todo el cielo un presagio, y es todo el mundo un prodigio. Quizás, con Borges, nos encontramos en unas ruinas circulares a las que creemos que estamos llegando cuando, en puridad, estamos dejando a las espaldas. En ese juego especulativo, tan pródigo en el Barroco (porque el Barroco diseccionó el logro del Renacimiento: un hombre, en sí, son muchos hombres figurados), la libertad nos espera en el sueño y debemos escuchar sus acentos, sus múltiples declinaciones.
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Lloro, lloro sin más ni más, sin causa que explique esta desesperación. Lloro con los acordes de Corelli porque me llevan a una evidencia. De un golpe en tierra surgen los recuerdos junto a M., los únicos verdaderos y necesarios. Cuando estoy deambulando imaginariamente por ellos, me emociono con lágrimas, aunque las lágrimas desvirtúan la emoción. Habrá quien piense que, en este siglo de tecnológicos sentimientos, el lloro es una bagatela, pero me embarga, cada cierto tiempo, un vaho de finitud, de claridad, de éxtasis, que hacen que renuncien a mí mismo por unos minutos. En ellos dejo de ser yo para ser,no sé dónde ni cómo, únicamente, ser.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Antes de que la palabra tomase el raciocinio humano y lo desbrozara en la imposibilidad del ser. Y levantara en el hombre la sospecha de su existencia; y sacudiera la existencia desde el sonido articulado; y diese con la ficción, con la fisonomía de la intemperie, ya habitaban el mundo la luz y las sombras.

Antes de que el hombre tomara la tierra como una regencia húmeda y taciturna, los pájaros levantaron el vuelo.

Antes de que fuese la traidora nocturnidad la metáfora del círculo, ya las raíces tomaron aposentos.

Antes de que las encinas vibraran en el silencio y la negrura de la tierra, nunca se imaginó la palabra, porque la armonía de la naturaleza sólo debe ser susurrada, livianamente rasgada de los labios, apenas sustancia fónica, silbo oculto. El hombre es la savia de un tronco demolido que jamás fue plantado.

martes, 2 de noviembre de 2010

Porque ya era independiente de mí esta mañana, puedo decir que se suicidó un poema. Fue al no escribirlo, de pronto, en el abismo, porque todo él estaba en la cabeza. Sobrevino soterrado, como la luz en la tierra; y ningún dios fue capaz de rescatarlo y restituirlo ni de devolverlo a la vileza…así el hombre piensa en los mundos insondables, herrumbrosas lanzas de la certeza.
Por eso pienso que la poesía brota de la plenitud y que un poeta no lo es más que cuando está contemplando la eternidad de su finitud. Corriente alterna, espacio sin límites, sílabas prendidas; la creación no ocurre ex nihilo, surge de la celebración de lo humano, de la comprensiva pauta que despierta en el hombre el mundo en sí. Es la relación de fisicidad de las ideas que sustentan el cosmos. Su trayectoria comienza en lo indecible-pensado y termina, mediante la palabra, en el pensamiento-inefable que realiza el lector. Es decir, es la comunión extática con el mundo y con el hombre mismo.

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Creo que hubo un intercambio de la luz y de la claridad y que acrisolaron en una especie de ideograma indescifrable. Una caligrafía surgida de no sé qué avatares que desdibujó el horizonte convocando las fauces de un idilio. Eso fue la mañana con el poema en sus entrañas.

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En cualquir caso, puedo afirmar que es la sensación más parecida a lo que escribió Platón al final de Fedro, cuando introduce a Teuth y a Thamus. La interiorización, el desvelo interno, sin pedagogías exteriores, sin recordatorios superfluos. Thamus le dice a Teuth: "porque es olvido lo que producirán en las almas quienes las aprendan", al referirse a la escritura. Al término de esta referencia, Sócrates le recuerda a Fedro: "según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras provenían de una encina". Y, como las encinas, que crecen en silencio y en la negrura de la tierra, como las encinas de Donda, la antigua y trágica, nacieron las palabras muertas en la mañana. Este texto es su velatorio.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Sobre la palabra humildad, sobre esa palabra, escribe J.J.L unas líneas que hacen que me detenga y que acuda al Tesoro de la lengua, de Covarrubias. Hacía tiempo que un escritor no me conducía hasta Covarrubias. La verdad es que pocos escritores mantienen ese coqueteo con las entrañas históricas de las palabras, pocos, por no decir casi ninguno, porque los términos se utilizan como avenidos sin limpieza en las prosas de ahora. Hay casos, es cierto, de escritores que rubatean con los términos teniendo en cuanta su étimo y su capacidad semántica.
Hay palabras que sustentan un étimo que ha ido derivando en la semántica por territorios léxicos que bien valen un poema. Alguna vez dije que el poeta era un etimologista del verbo sin hacer y que su labor consistía en truncar la trayectoria precipitada de las palabras de la tribu. Aunque, volviendo a la cuestión, la palabra humilde, una vez leído su étimo, merece un poema. Como uno no está poeta casi nunca y como uno no es poeta por la gracia de la voluntad, me conformo con realizar una glosa más o menos pertinente sobre este término en este diario. Algo parecido a lo que fue realizando A.T. en un volumen magnífico que se titula El arca de las palabras.
Humildad, dice Covarrubias que proviene de humilis, opuesto a soberbio, a altivez. Sin embargo, lo que más me interesa es humillarse, ya que, sobre este término piensa Covarrubias que trae su origen (qué expresión más hermosa, traer su origen) de la palabra humus, humi, esto es, tierra. Por lo tanto, entiendo que humilde es aquello que pertenece a la tierra, que no levanta sus miras y su existencia más allá del contacto con el terruño. Humilde, el que mantiene los pies en la tierra sin soberbias.
Claro, Covarubias, de tanto contacto, introduce su apostilla filosófica aderezada con algo de ficción y de ideología de la época. Dice Covarrubias: “la tierra, así como ella es la más humilde de los cuatro elementos, inclinada a centro y arredrada de la alteza del cielo, así el humilde ha de llevar condición y andar pecho por tierra cosido con ella”. Se deja entrever, en las últimas líneas, una magnífica imagen de lo que debe ser una persona humilde: un hombre que ande pecho con tierra cosido con ella. Esta metáfora me ha llevado a la poesía de Miguel Hernández, a la poesía mineral de Neruda o a la terrícola y agraria sensación de Don de la ebriedad, de C. Rodríguez. En fin, desvelos etimológicos que se entrecruzan con la poesía, con el pecho descosido, andando cosido a las palabras.

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Siempre hay en un diario un regreso a los orígenes, porque uno merodea por el origen toda su vida. Me escribe J.S.M. y me confirma esta sensación, porque hasta ahora, sólo era pálpito y no experiencia. Y lo mismo sucede en la poesía y en la prosa narrativa, lo que uno fue lo sigue siendo. La escritura es, como en Platón, aletheia, desvelo de lo que fecunda a diario lo que fuimos siendo.

domingo, 31 de octubre de 2010

Llevo varios meses reflexionando sobre la conducta humana que actúa sin referentes morales y éticos. Pienso que los hombres de ahora están desnortados y que no poseen ni referentes religiosos de conducta ni referentes laicos de conducta. También opino que, a la postre, la lectura de Platón o de Shopenhauer, la lectura de los textos cristianos originarios y el entendimiento de las teorías filosóficas más elevadas, terminan bañándose en las mismas aguas: Justicia, Leyes, Conductas, Bien, Amor, Solidaridad, Amistad, Estado, Conocimiento, etc., todos esos términos que marcamos con mayúsculas. Son los radicalismos y fundamentalismos de uno y otro pelaje, los que han llevado a las posturas extremas y a los desajustes que estoy comentando.
Lo hago porque pienso que es ése el estado de la sociedad de este país. Desde la política (y con la ayuda de los medios de comunicación) se ha intentado un vaciado de texto, esto es, el desarme intelectual de los ciudadanos. Para ello, toda la carga ideológica apunta, constantemente, hacia la capacidad individual para las elecciones personales. Se ha querido decir que la libertad consiste en poder elegir entre esta o aquella opción, cuando, en realidad, les ha faltado añadir que poder es saber elegir. No basta con ofrecerle al hombre la capacidad para poder elegir ente esta o aquella acción demonizando las propuestas restantes. Para que el hombre sepa elegir en libertad hay que tener en la cabeza un conglomerado de conocimientos y actitudes que poca presencia tienen en la actualidad.
Ocurre que, con ese exacerbamiento de la individualidad, se ha desacralizado cualquier estamento y estrato social. Todo el mundo es capaz de todo, y todos podemos hacer todas las cosas. Esta consigna encierra una grave falta de conciencia y es ápice para que algunos terminen exaltando las violencias del libertinaje. Ni todos poseemos la misma capacidad intelectual, ni todos podemos desarrollar en la sociedad las mismas acciones estatales. Con este ideario, hemos conseguido que la división ente lo profano y lo sagrado (desprendida de todo reminiscencia religiosa) se haya diluido y que todo pueda ser arte, todo pueda ser admitido como buena acción, todo el mundo pueda ser profesor, todo el mundo pueda ser político, todo el mundo pueda dar su opinión para que influya a los ciudadanos, en definitiva, todo el mundo pueda conseguir en la vida lo que los demás. ¿Por qué tú sí y yo no, si somos iguales?
Llevo varios días sin escribir nada, ni siquiera tomando notas sueltas en los cuadernos que me acompañan. Leo, de vez en cuando, el libro maravilloso de J.J.L. y algunas páginas de la novela que tiene como protagonista al pintor Rothko. Sin embargo, he terminado de leer las notas del diario de Los cuadernos de Rembrandt que corresponden al año dos mil cinco. Me he quedado prendado con la pausa de la prosa del escritor que ya tiene ochenta años y que retiene, todavía con vigor, la lucidez necesaria para no caer en sectarismos ni en prebendas a la ideología.
Cuando termino de cerrar el libro, que es una delicia editorial, continúo con el verbo poético de A.G.L. y me detengo en un libro prodigioso, Glosolalia. Y con él, ante la la luz de su palabra, me
escondo de la miserias de mis oscuridades.
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Estuve hablando con el poeta C.G.A, que dirige una colección importante de poesía en nuestro país. Lo saludé y le dirigí unas palabras sinceras, de bienvenida. Estuvimos tomando un café durante el descanso de un congreso de literatura y nuestro diálogo fue tomando distintos derroteros, ya que los dos somos profesores de la materia de marras. A sabiendas de su dedicación como director de la colección, le estuve hablando de mi fervor por la obra del poeta A.C. incluido su último libro de prosas Tres tratados de armonía. Ante esta insistencia por mi parte, el poeta quiso decirme que ya que conoce personalmente al poeta, le parecía que estaba escribiendo casi siempre el mismo libro.
Estoy con él en esa afirmación, los poetas escriben siempre el mismo libro, no pueden escribir, como hombres, sobre otros asuntos. También le dije que, aunque escribiera uno siempre el mismo libro, tendría que aprender que las palabras, como decía Platón, llevan a la cosa y que si utilizamos y nos valemos de otras palabras, aunque en el fondo pretendamos llegar al mismo paradigma semántico, lo haríamos por un sendero inexplorado. Y eso, de ello estoy cada vez más convencido, es la literatura: los diversos caminos de la palabra que desembocan en las mismas aguas. Por este motivo, sus palabras que escondían cierta reprimenda, para mí son elogiosas hasta el fondo.

jueves, 28 de octubre de 2010

Antes de volver al congreso en el que estoy participando, quiero dejar recogidas algunas impresiones que no dejan de azuzarme desde hace unos días. La primera cuestión se refiere a los profesores escritores y a lo que es más grave, los poetas escritores. Piensa, una mayoría, que hay que leer más poesía. Y ante esa opinión siempre les digo que mencionen una época posterior a la que la oralidad era la forma de transmisión, en que hubiere un número masivo de lectores de poesía. La segunda es la distante posición de algunos poetas que se piensan por encima de otros, que se creen, con sus semblantes serios, que su obra y su palabra valen más que la de otro poeta. Hoy he comprobado esto mismo que escribo. Y, por último, están los que se creen que la experiencia en literatura vale para algo. Uno, que trata de ser invisible, de ser ajeno a todo, piensa en sus adentros que la experiencia para escribir literatura vale para muy poco.

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La única experiencia posible y plena para un escritor es la lectura. Tras ella, tras levantar los ojos de volumen que ha agarrado durante unas horas, el mundo se ofrece nuevo, imperito y neonato para su conciencia. Es lo que le sucedió a Don Quijote, cerró el libro y se fue a la vida para vivirlo. Es ese proceso el único que puede otorgar distancia entre un escritor y otro, la lectura y la posterior posesión de la palabra.
Los clásicos son los libros que nos fondean el alma y que nos realizan un análisis de nuestra evolución espiritual. Es con ellos, con los que decimos de otra forma, como en una polifonía de seres habitando el mismo cuerpo. Para ello no hace falta la edad ni el tiempo, porque un clásico se vuelve a leer siempre por primera vez. La experiencia es inútil cuando se trata de Virgilio, de Homero, de Cervantes o de la literatura, en resumidas cuentas.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Toda una vida, o al menos, una veta sentimental de una vida, cabe en un poema. Tal es la dilatación que provoca la palabra poética en la realidad, tal es su poderosa y letal posición sobre el mundo, que lo desbroza y transforma en un solo verso, acaso, en una palabra que brote plena. Algo similar sucede con la prosa limpia y natural de Cervantes o con las exploraciones del espíritu de Shakespeare, pero, igualmente, lo provocan los poemas de Rilke,el teatro de Calderón o los libros de Homero. Ellos mismos, en sí, sin más, han cercenado el mundo con tan solo las palabras, con tan sólo con el uso de las palabras que articulan una mastodóntica creación del intelecto. En ese ejercicio, en que el mundo sublevado se muestra ridículo, estamos todos los hombres, porque la lectura está abierta a cualquier espíritu y a cualquier hombre. Lástima que, con el tiempo, sean menos los que precipiten sus días a la clarividencia de los veros de Virgilio o a la sosegada estación de fray Luis.

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La literatura debería enseñarse como una disciplina independiente.
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No todos los lectores pueden ser profesores de literatura, pero los buenos profesores de literatura son excelentes lectores.

martes, 26 de octubre de 2010

Hoy hemos reído mucho con la punta de Rembrandt, quiero decir, con la punta seca de Rembrandt, porque como él, según R, nadie la usó. Hemos hablado pausadamente, sobre esto y aquello, con gracia y soltura y lo hemos hecho cuando el mundo latía y nos vertíamos, R. y el susodicho, en las palabras como salvavidas.
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En el cuaderno de J.J.L. puede leerse lo siguiente: “Si no hay nada suficientemente entitativo y sacral que llenar de estiércol, ¡cómo sabríamos que somos libres?”. Esta pregunta se la plantea el escritor cuando diserta sobre el problema del arte moderno y la creatividad de los genios. Después de reflexionar a partir de estas palabras, sigo leyendo, interno y sereno, en esta prosa de altura y en este libro sobresaliente.

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Sigo leyendo, igualmente, la poesía de Yeats, en la edición de A.R.T, hasta el momento, la traducción me parece soberbia y a la altura del poeta de marras. Aunque, en ocasiones, compruebo que me sobrepasan algunas referencias, algunas situaciones, algunas presencias naturales. Aún así, la poesía pervive y late con fuerza entre sus páginas.

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…la punta, ay, la punta seca.

lunes, 25 de octubre de 2010

Acabo de comprar dos libros bien distintos pero que, en el fondo, son muy similares. Uno está escrito por un autor del que conozco su prosa y su estilo con convencimiento. Los cuadernos de Rembrandt, de J.J.L, muestra en la portada un grabado del pintor que se titula San Jerónimo escribiendo al pie de un sauce, de 1648. La imagen es una delicia que provoca, de momento, que uno tenga que comenzar a leer el libro sin remedio. El autor escribe un Ofrecimiento a los lectores futuros en que deja a las claras que su deseo se concentra y apunta al disfrute y al acompañamiento de algún modo.
Creo que un cuaderno de notas siempre es una compañía que intercede entre las soledades de dos espíritus. Por un lado, el errante escritor que lo sostiene; por otro lado, el casual lector que se acerca a su forma. Cuando uno concibe los diarios como una forma pura y exacta de literatura. Más allá de convenciones y filosofías, no puede uno mantenerse más tiempo como lector de otras bagatelas o de otras formas literarias excepto de la poesía y del derramamiento de un espíritu en soledad, aritméticamente solo ante la palabra.
Anida la esperanza en este autor de que algún lector ocioso deambule por sus páginas. No puede comenzar con mejor palabra que "curiosidad", que es la que principia la Metafísica, de Aristóteles. Y escribe, acaso por la estricta y formidable formación del autor, sin ambajes, con la mesura y la potencia de la palabra plena, como quien ofrece unas piras en el alba de la tontuna actual. Esta prosa, abigarrada y quieta, arranca con la presunción de culpablidad del yo que las guía y cita, para ello, a Pascal, en eso que el filosofo llamó odioso, para decir que el yo, ese misterio intrínseco, nos pierde siempre.
Es curioso. Un hombre escribe que el yo nos pierde siempre, cuando otro anota, sobre lo anotado, que el yo es el reino de la mansedumbre.

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El otro libro del que hablaba se titula La luz es más antigua que el amor, de R.M.S. Lo he comprado porque comencé a espigar entre sus páginas, inocentemente,tras leer un par de párrafos felices y repletos, extraños en este tiempo de poca densidad narrativa. Los he leído sin desmayo, de pie, -como leo últimamente- y no he hecho otra cosa que cerrarlo y meterlo en la maleta después de haberlo pagado. Cuando hube salido de la librería, sentí que necesitaba leer algunos pasajes más de este volumen. Realmente me importan poco los autores y las editoriales, sólo me convencen las palabras: “El hombre pinta porque el hombre no es solo naturaleza, también es cultura”. Frases, sentencias, retales que hilvanan un trayecto del que me siento atraído, porque toda la literatura que pretende justificar la literatura, toda palabra que abrigue a la palabra misma, toda ficción que supure ficción, es bienvenida en este umbral y en este páramo del yo que me pierde, como me pierden la pintura en la pintura, de Velázques, o la música en la música, de Bach.

domingo, 24 de octubre de 2010

¿Qué habrá de la psiconeurología en los escritores? ¿Existirá una huella neurológica en los artistas?

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Ya he comenzado el tercer volumen de la obra poética de A.G.L. Toda la obra que voy asimilando es literatura y nada más. Hacía tiempo que no me venía, como del rayo, un autor tan completo y extenso y tan ajeno a modernuras de entonces.


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Después de releer Dios deseado y deseante, de J.R.J, dejé de ser hombre por unos minutos. En esas turbulencias exactas de la turbación, ningún verbo quiso desdecir la lucidez de la evidencia.


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Mañana, entonces, seré en la aritmética de la nada.
5, percha de perfil.


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7, oreja cubista asomando.


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~, espermatozoide penetrando en el óvulo.

sábado, 23 de octubre de 2010

Eres cintura en fa menor, violín; rumor y aullido eres contrabajo; el alterno fecundo eres viola; la noche condensada, el violonchello.


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La tarde puede macerarse con formas embaucadas o con la tontuna de este tiempo. Sólo hay que observar en una cafetería –ese reducto familiar en que se vocifera- cómo actúan los ciudadanos. La mayoría grita y realiza aspavientos con los brazos como si sus palabras fueran las más pletóricas en sentido y plenitud. Otros tantos hacen de sus conversaciones recortes de titulares de prensa que repiten sin conciencia y sin acritud, es cierto, pero sí como un discurso insomne. Acusan a una idea y a otra de ser las culpables de lo que les pasa, sin tener en cuenta que ya Camus advirtió que el hombre no puede estar al servicio de las ideas, sino las ideas al servicio del hombre. Y es eso lo que les sucede a la mayoría, sucede que se cansan de ser hombre, como el verso de Neruda, porque nunca se han parado a contemplar qué hacen aquí y qué son. Estas reflexiones, que en ningún punto son profundas (porque lo necesario no es profundidad) son las que faltan en esta sociedad de rapidez y desmesura por hacer la vida.
Todo se ha desustanciado, incluidos los hombre, todo ha caído en el cómo hay que vivir y en el cómo hay que realizar los trabajos y los mundos. Nos hemos olvidado de lo que recorre el interior de los materiales que nos acechan y persiguen, de los que nos hace hombre, de las acciones, sean estas artísticas o simples confidencias en un bar. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. Y contra eso lucho a diario, porque no parezca que obedezco la voz de los contrarios a la vida y la voz indiscutible de los que creen tener en propiedad la conducta de los hombres que habitamos de momento. Lucho contra la estulticia diaria y la vanaglira, por no parecer un adocenado y pendenciero trabajador, por no pertenecer a ningún dictado ni a ningún prejuicio y, por supuesto, por otorgar a lo importante su importancia, a lo necesario su tiempo como es debido.

jueves, 21 de octubre de 2010

Leer poesía te conduce a la perversificación. Por ejemplo, acabo de leer un poema de Aldana y ronda por la memoria, en fin, en fin, tras tanto andar muriendo, un desgüace de palabras que reverberan como girasoles desmayados. Lo cierto es que la literatura troca y varía vida y destino. Pensar en ella es apretar en la nada e ir nada cogiendo. Es un ir acá y allá, yendo y viniendo, sin aliento útil, pero con vaho peregrino. Es un erraje continuo del que uno es ministro.
El deseo de lo humano es ser muerto en la memoria. Vivir en un rincón, que somos nosotros mismos, e ir dando premio a lo servido por la palabra, la muerte y lo huido.

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Hoy soy mariposa que revolotea en torno de la luz de una candela como el poema de Gutierre de Cetina. De puro contento, he ido en busca de la luz que me atraviesa cuando oigo el absurdo hecho palabrería. En ese vuelo, no conozco el partir de las cosas, pero me alejo del frío vacuo a la lumbre y el calor de mí mismo. Mas soy un mísero, como todo hombre, que cree encontrarse donde no se halla. Con dolor, sin enojo, me acaba la náusea diaria que me aprieta y extirpa las alas que arden, a lo lejos, entre las olas del ser habitado.

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Con Rioja, arrojo la rosa a la llamarada del día. Émulo, como ciego caminante, que conoce su condición de tercio, comencé la mañana desde la estación de tren. Había en el ambiente un desasosiego con puntas de ramas vencidas. El púrpura, concentrado en un punto, ejecutó la aurora. Y yo, como cerco malherido, como ciervo asfixiado, caí como las hojas encrespadas en los senos del rocío. Era todo una imagen peregrina de una realidad antigua, una espuma cambiante, un sacrificio del silencio. Tan cerca estuve de mí mismo que, en la lágrima mustia del nacimiento del día, lloraba mi sombra.

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Con Unamuno, mi voz de buitre se encorva hasta el espino, hasta que devora fieramente las peñas de mi cuerpo. Sorber, sorber, postrarse ante el olvido como máscara de hielo, como solo sueño, como solo estorbo. El triunfo del hambre atroz de literatura cuando el sol se derrama sobre la pálida rama polvorienta y sobre el encanto de una fuente limpia.

miércoles, 20 de octubre de 2010

A pesar de la vida, escribo...la vida.


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Los episodios de la vida se suceden como estampas de un árbol disecado con hojas de acanto en sinestesia. Quedan en la memoria junto a la savia, unidos al olvido por la juntura de la inteligencia. Orfeo no bajó a los infiernos, descendió al alma misma de la música.

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Dirimir de entre lo vivido es la tarea de la mortalidad porque, en el preclaro horizonte de la muerte, reside nuestra naturaleza.

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Como quien descubre una aurora entre sus manos y cae mudo y ciego de esplendor; como quien atrapa malherido la sustancia misma de la rosa que no es otra que el tiempo macerado en la memoria; como quien recita de golpe los versos que provienen del origen del mundo; como la nada que transita este olvido que habitamos.

martes, 19 de octubre de 2010

No eres fuego ni entraña viva, ni filo de los sueños como espadas. Tampoco eres raíz fugitiva, sólo marca, vínculo, arquitrabe de un templo levantado en la llanura de tu vida.


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Decía Delacroix que hay dos cosas que uno debe aprender desde el comienzo. La primera es saber corregir. La segunda, no corregir demasiado. Y en un diario, ¿qué es corregir sino eliminar trazos de la vida, qué es lanzar al olvido sino destruir lo vivido?


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Y Magris dijo, hace poco, en una entrevista: "la literatura no salva la vida, pero puede darle sentido”.


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No sé, realmente, por qué recojo en el diario las palabras de los otros. Quizás las selecciono con el criterio de lo cristalino, porque las palabras exactas son como los cristales resplandecientes que dejan traspasar la luz y lo abundan todo, con rabia, con incalculable dimensión. Son anotaciones que giran alrededor de las virtudes y de las penurias que a diario, -en un libro, en el tren, en un poema- desgaja uno, para la eternidad, de entre tantas palabras inservibles. Son ellas mismas, en sí, sin más cohorte que el de la lectura, sin más boato que el de la literatura.

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Otra tarde arrojada a la deriva por la estulticia, otra tarde de vanidades y pavoneos. De cuerpos abierto en flor que muestran sus colas reales, sus colas maltrechas por la infamia, sus colas egotistas y la vanidad.

lunes, 18 de octubre de 2010

La honestidad ha quedado relegada en este diario como una sonata de Schubert perdida entre los mirtos y entre helechos de azufre. Trae la tarde una ascuas prendidas de no sé qué inocencia con esta música de piano que me supera y trasciende de tan remota sensibilidad, que he contemplado cómo la articulación de las palabras son devaneos y relámpagos en los espejos que nos figuran. Somos derretidas presencias en lo vacuo y eso nos basta y ensimisma.

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En esta paz de arena tornasolada y viva en la quietud, en esta sed que arrastro de mares y de verbos, miro el mundo como nuevo, escribo el mundo como antiguo.

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¿Qué soledad tan pétrea y furibunda existe en la música de Mahler; qué profunda letanía e incredulidad?

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Las últimas semanas las empiezo leyendo poesía. He comprobado que ese ejercicio reverbera seguidamente hasta el final y la huida. Leo poesía, además, desde el apeadero de un tren durante algo más de una hora, en vilo, en incierta estación del ser. Lo hago cada mañana, cuando la palabra parece amanecida y rociada, trémula de luz y de verdad, cuando edifico al individuo que palpita tras este cuerpo.
En estos días, leo al poeta A.G.L. por cuestiones que no vienen al caso. Sin embargo, ha sido un descubrimiento al punto que ha jalonado esa agrafía que me tenía atrapado. Supuro cada día versos de memoria, escribo en una libreta, emborrono anotaciones con leves versos que se precipitan púberes. Incluso me hace reír a carcajadas mientras escribo poemas. Nunca antes me había ocurrido esta risa mefistofélica.
Como nací bruto, leo la obra completa, que se divide en tres extensos volúmenes. En todos ellos, desde el primer verso, hay una enseñanza: la Literatura.

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M.A.G me cuenta una anécdota propia de un relato de Kafka. Decía que, acostumbrado a andar por el campo sin derroteros predeterminados y a que sólo lo detengan la lluvia y las inclemencias del tiempo, se quedó turbado cuando quiso atravesar una avenida en Sevilla y un semáforo se lo prohibió. Por unos momentos, dijo, se quedó meditabundo y obsoleto por aquella maquinaria que organizaba el paso a los transeúntes. Miró el aparato, al gentío que tenía enfrente esperando el verde y una trágica sucesión de absurdo lo invadió de pronto, dijo exaltado. Cuando paseo por el campo, -seguía diciendo-, me detengo en este, aquel árbol, en el canto de una rapaz o en la floritura sobre la tierra de las plantas. En definitiva, soy instantánea sobre la tierra, como lo es el hombre.

domingo, 17 de octubre de 2010

Por mucho que algunos me conminen a leer la obra del poeta M.D., sigo pensando que es un poeta de arte menor y un señor con malas pulgas que escribe por escribir sus problemas e ideas. ¿Un genio que no se valora? No, en este caso, es un genio valorado como lo que es, un añadido a la poesía sin poesía.


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Como en el poema de Eugenio Montale, "El sueño del prisionero": “Albas y noches, aquí, apenas se distinguen”. Albas y noches conjugadas en una suerte de estancia en que los límites han sido abolidos por lo vacuo. En esta espera, han vuelto a merodear las ambiciones religiosas de antaño, las ambiciones y las plegarias en que me cobijaba cuando aprendí de Dios que el hombre era el todo. Llevo un tiempo de tanteo en el ostracismo del espíritu, porque la sociedad me produce náusea, peste y caída. En esa caída, cada vez más profunda, he vuelto a arrancar las hierbas que crecieron alrededor de las creencias. Quizás es el momento de extirparse del tiempo en que vivimos y de la ambición científica y tecnológica, y buscarse entre malvas y azucenas, dolorido, eso sí, pero iluso y descarnado, como son los hombres al comienzo.
Sólo creo en el individuo que fue porque el que está siendo me resulta infame y repleto de demasiadas aspiraciones decorativas. El individuo en sí, cargado de sus faltas y torpezas, de sus deseos proyectados como olivos en el campo, de sus anhelos eternos y su inteligencia de eclipse. No creo en el hombre de ahora ni en el futuro del hombre, sólo en cada uno de nosotros con sus fidelidades. Con Rubén Darío, hambre de espacio y sed de cielo.
Desvinculare de lo que la masa va modelando cn sus tentáculos ciegos. La religiosidad entendida como un estado del ser necesario para defeder lo permanente, sin más aristas que las individuales, sin más espadas que la palabra sentida, sin más ceremnias que los juegos internos.
El escritor ha quedado para escribir, de vez en cuando, un artefacto original. Quiero decir que el escritor se empeña en convertirse en el primero en decir o haber pensado algo antes que los demás. Es tan patética su figura que con eso se conforma. No aspira más que al gracejo y a la borrachera momentánea. Nunca pertenció a la literatura, a pesar de que se crea su cúspide y almena.
Con este panorama, cuando uno lee una obra de hace décadas y encuentra en ella literatura no puede dejar de preguntarse qué ha ocurrido con ella después de tantos siglos. Porque los que se llaman literatos en este país pertenecen, en su mayoría, a capillas editoriales y a casetas de editoriales que les publican porque su nombre en una librería vende libros, pero no porque escriban literatura. La literatura está en manos de los que no les interesa la literatura. Muerte de lo literario, vómito en lo literario, defecación en lo literario.

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Junto a esta desmesura de lo original se une la edad: hace falta ser joven para ser un escritor con futuro, dicen algunos. Cuando escucho esto, me he propuesto dejar de escribir en cualquier lugar en que se hagan públicas las líneas que uno trenza a diario o los poemas que le vienen como del rayo, en contadas ocasiones. Lo público se ha convertido en un burdel de vanidades.
Escribir sin más miras que las de publicar cuando tenga sesenta o setenta años, si es que aún sigo vivo, es la consigna que me golpea cada vez que entro en cólera. Sería un desafío a estos tiempos de poesía vacua y prosistas sin fuste, de galeristas del mercado editorial y de bobos avenidos al mundo de las letras. Evadirse, desaparecer, invisibilizarse. Publicar con sesenta años, por ejemplo, y esperar con una sonrisa sarcástica los elogios fugitivos o no esperarlos nunca, elogios de argel. Valdrían tanto como los que te pueden decir de un primer libro con veinte años, porque los elogios en literatura son como el océano, inabarcables por imposibles. Por tanto, invisibilizarme es el acto más literario que contemplo en estas semanas.

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La obra de Flaubert, Bouvard y Pécuchet, es un océano, "porque el océano es la imagen del infinito".

jueves, 14 de octubre de 2010

Leo en el almanaque que octubre va reptando por su medianía, que noviembre asoma entre luciérnagas y que tu cuerpo va tomando los contornos de la encina. Mientras esto sucede, la noche anega las entrañas de la aurora y ls cielos se prometen como sarcófagos y acantilados. Sólo verán tus ojos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Escribo de pie mientras llega el tren. Lo hago a la intemperie a pesar del frío que arrecia. Lo hago irremediablemente sin saber aún por qué voy escribiendo los renglones de este diario. Quizás las explicaciones nunca fueron bienvenidas a la ficción, porque todo es ficción y tú lo sabes.
A veces, pienso que es una epístola moral para otro ser futuro, pero tampoco la vida me ha dejado la experiencia necesaria más que la mortalidad. Una epístola secreta, dirigida a alguien que me habita desde dentro, lector futuro, alfabeto ser, fuego de la especie que me engloba, latido a contrapunto.

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Leo algunos versos de Fernández de Andrada mientras recuerdo a Manrique. El tren asoma por los raíles tomados por una sinuosa niebla. Aquí me mantengo, erguido, contra el bullicio, como un extraño o misionero que cumple contra la mayoría, contra esta masa que corre y se amontona dislocada, que vuela y se dispara en cuanto ve el frontal del tren sobre sus sienes de seres figurados.


martes, 12 de octubre de 2010

Cómo surge no lo sé, tampoco de qué forma. Con Heráclito pienso que el camino de ida y de vuelta es el mismo. Es el hombre el que trueca su paisaje interno, el que revoca su estampa avejentada y el que supura anhelos y deseos que nunca serán cumplidos. Es el hombre el que proyecta fuera de su cauce, el que sueña más allá de la razón que nos otorgaron y el que piensa que sus huesos y sus ojos verán más allá de su muerte. Siempre los arboles estuvieron en el alma.
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Creo que fue en París donde conocí la literatura y el amor en un mismo acto. Es difícil y obsceno soslayar en París la dimensión de la literatura en el centro de uno mismo. Es difícil no tomar un café en Saint-Germain des Prés y desenvolverse en la poética de lo que nos sustancia. Sus calles repletas de ausencias, sus jardines adocenados por los vericuetos del cielo, su piedra, su piedra estática y de fervor. Fue en París, además, donde perdí la palabra por varios días después de leer en los Cuadernos, de Valéry, “la música es la superación del pensamiento articulado”.

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Creo que en París, definitivamente, como dice Spinoza, la verdad se pone de manifiesto. Aunque un poeta, un hombre, pudiese poner la verdad de manifiesto o la revelara o intuyera jamás lo sabría, ni mucho menos, sabría cómo explicarlo.

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El otro día le dije a un alumno que analizara la siguiente oración: “El perro ladró inquieto detrás de la puerta”. El alumno de marras se levantó de su asiento y, con tranquilidad, la analizó impecablemente. A sabiendas de su timidez, le dije que se quedara por unos minutos en la pizarra y que comenzara a pensar en un país extraño y con unos personajes extraños también. Al cabo de unos minutos, le propuse que me escribiese una historia en que ese perro tuviera alguna participación. El alumno no sabía que era el comienzo de un relato de Chéjov titulado "Luces".

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"La idea es totalidad del estar determinado en sí". Esta frase la tengo anotada en el cuaderno de notas que me llevé a Italia este verano. Esta escrita junto a otras sentencias de Hegel que fui espigando de su Estética pocos días antes de comenzar el viaje. Estuve, a principios de julio, leyendo enfervorizado la obra de Hegel, porque creo que hay mucho en ella que debe ser restituido y recompuesto en el ideario común. Muchos han querido que esta obra se reduzca a un salmo desbocado del espíritu y a una entelequia propia de la época romántica. Nada más lejos de la realidad. A muchos intelectuales del momento y a muchos artistas de esta década, les sorprendería encontrar en esta obra pensamientos tan inexpugnables como el que principia este texto de entonces que sigue siendo magma de ahora.

lunes, 11 de octubre de 2010

Un poeta le dice a otro: “Dime la verdad”…


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Hay quienes pueden declarar que un maestro les abrió la senda para escribir su obra o que les facilitó lecturas e interpretaciones o que les aseguró atajos por los que transitar para no caer en las trampas primerizas de la literatura. Hay quienes por ello ya se sienten, ellos mismos, poetas o escritores y se vanaglorian de esa circunstancia en la que un maestro adiestra a un pupilo.
Este binomio nunca me resultó beneficioso a la postre, ya que si, llegado el momento, el alumno se encrespa por encima del maestro llegando a otras cotas, a otras dimensiones que el maestro ni siquiera había intuido o que no era capaz de intuir jamás, todo se desmorona hasta lo ridículo. Es el tiempo en que el maestro debe aceptar su transformación, su tiempo de paso y convertirse, como no debería de haber dejado nunca, en aprendiz de su pupilo. Cuando esto sucede, la palabra maestro es la que conceptualmente mejor recoge la circunstancia, porque si el maestro termina encabronado con el pupilo y con su propia mediocridad, rebajará su estatus a simple profesor o docente de cualquier cosa.
Esta presente necesidad de mejora, de transformación y metamorfosis es la que anidó en los grandes poetas y escritores que uno lee pasados los siglos y es, por el contrario, la que no observo en los que vienen a llamarse así sólo porque cuentan con más años en la vida. Dante con Virgilio, Borges con Shopenhauer o fray Luis con Horacio.
Luego están los que no consienten que sus pupilos escriban obras que se contrapongan a sus creencias estéticas o políticas y es entonces cuando los premios y las publicaciones reproducen una forma continua que termina llamándose generación o grupo o mamarrachada de praliné.
Aunque lo peor de todo es que el maestro no sea un hombre solo, sino una editorial al completo. En ese caso, podemos hablar de imposición o de cualquier palabra que atenta directamente sobre lo literario. Aunque todo esto no son más que aledaños de la literatura que poco importan y que nada sustancian.

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La obra se hace en soledad, en la más absoluta soledad. Nadie participa en su creación más que el poeta; nadie viene a desfigurar lo que abrigamos por de dentro, ni siquiera los sueños, ni siquiera la vida, ni siquiera el mar, ni el mar siquiera.

domingo, 10 de octubre de 2010

En Málaga, insiste el cielo en confundirse con el mar en un gris de Peloponeso mientras escribo en la terraza de un piso que nos ofrece vistas al mar de forma sesgada e intuitiva. Parece la pupila de Homero este mar, cegado de azul grisáceo. Aunque el mar jamás se ofrece entero, al completo, como la poesía, más bien siempre parece estar presente como una imagen especular de la que sabemos que faltan demasiados elementos para comprenderla. El mar está quieto y en sosiego, como lo están los versos de Leopardi, y sólo el rumor de una fuente recóndita lo inunda todo con su discurso de hielo.
Esta visita a Málaga nos ha ayudado a evadirnos de la cotidiana rapidez y de la malévola presencia del absurdo que atravesaba los días con demasiada presencia. A alcanzar el ritmo sinuoso de lo lento, de lo que percute en lo constante, es decir, en nosotros mismos. Últimamente, la vida sólo pronuncia sus miserias y su presencia es tan ajena y distante, como lo son los días en claro. Nos abofetea la vida a través de los seres que la habitan y nos rodean. Ante ese golpe, ay, sólo nos hospeda la poesía.

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Llegamos a la ciudad el viernes demasiado cansados como para poder recorrer sus calles y sus plazas. Nos esperaba la poesía y esa circunstancia me crea una inestabilidad emocional y una puesta en abismo de la que no logro sobreponerme hasta que no pasan unos días. Durante el trayecto, fui pensando en las palabras que mejor definieran la poesía sin contar, por supuesto, con el poeta. Pensaba en hablar de la poesía desgajada del autor, del libro, de la concepción subjetiva. Porque es común que el poeta confunda la poesía con su poesía, que confunda su opinión con la categoría que sostiene este género milenario. Sin embargo, he comprobado que, cuando comparto estas confidencias con amigos y allegados con los que me compenetro, toda intranquilidad y nerviosismo desaparecen. Así, junto a J.S.M y J.C, pude disfrutar de las palabras elogiosas de uno en la cercanía y de las precisiones de otro después de la participación. Sin duda, la experiencia ayuda a desvelar las carencias y con estos amigos las carencias ululan desde el inicio con llamadas a la lectura y el pensamiento. Luego, en la cena, palabras, opiniones, apriorismos conjugados con la benevolencia de los comensales. Mientras tanto, flotaban en la librería, perduraban en las paredes repletas de volúmenes, algunas propuestas que, como un lápiz que había colgado en la pared, serán materia del olvido hasta que la mina no lo escriba y lo deposite en la memoria.

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De entre todos los libros que he leído de M. Vargas Llosa, destaco siempre dos ensayos, Historia secreta de una novela y, sobre todos, Cartas a un joven novelista, ya que, desde entonces aprendí que convivo con una solitaria en los intestinos. Por tanto, todo el material diario y el trabajo literario le pertenecen a un organismo que me habita, que me obliga a leer para ella y que me hace escribir, a diario, metódicamente, sólo para su regocijo. Soy títere de una solitaria. De esta forma, más que el aprendizaje de las técnicas narrativas y de los narradores, del discurso moderno y total de sus novelas, la enseñanza mayor es ética: Vargas Llosa es un escritor por encima de cualquier circunstancia.

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De la poesía que se escribe en estos años poco me interesa, un puñado de autores notables. Ni el misterio, ni la intensidad ni el encanto. Todas estas palabras han caído en desuso por los poetas, por los que prefieren escribir como si estuvieran hablando con un amigo por teléfono o como si todo fuera un ensayo que se escribe para que alguien te lo corrija o, con suerte, alguien inserta algún chiste o gracieta con que aliña el verso desvaído. Falta determinación, disciplina, inteligencia. Falta poesía, digo.

jueves, 7 de octubre de 2010

No hay una experiencia tan profunda como escribir poesía. Llevo varios meses sin escribir versos, ni siquiera pienso en escribirlos porque me observo incapaz de esa tarea. Sin embargo, cuando vuelvo a leer poesía de continuo, a leer versos de poetas admirados, sucede lo que a las encinas, que en silencio crecen y viven las ansias escondidas.
Noto que alguna sensación va gestándose lentamente aunque sin saber para qué ni cuándo. No hay espacios para la escritura poética más que el de la palabra, como no los hay para el amor más allá de la geografía del cuerpo que amamos. No hay tiempo para la poesía más que el del silencio trasmutado, como no hay sinfonías grises para la epidermis de la noche.
A pesar de mí mismo, va germinando una decadente actualidad poética que me invade. Leo menos y sólo mantengo vivo el diario. Es el único espacio en que se mantienen vivas mis constantes vitales, ya que la náusea, la náusea física (la única verdadera) nos rebaja y humilla hasta lo mínimo.

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Al final de la agenda, en un rincón de la misma, se amontona un puñado de sentencias y aforismos de personajes ilustres. Eso me llama la atención y me detengo a leerlas con ansiedad. Las han llamado frases célebres y sus autores van desde Rosseau, Stendhal hasta Erasmo o Cicerón. Ninguna de ellas llega a deslumbrarme o a atraerme, ya que están muy centradas en el tema político y ético. Con estos mimbres, y dadas la lectura inicial, intento extraer de ellas algún aspecto que me valga para escribir la lectura mientras espero al tren, aquí en la estación, a las seis de la mañana. Caso imposible, porque esta mañana, el discurso del día es el único que percibo y que me retiene, que me invade con su bárbara cabellera de soles y tumbas.
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Ayer, por la tarde, cuando terminé de leer el libro de Thomas Mann, no tuve más remedio que tirarme al suelo con los brazos en cruz. Lo hice en el sótano sin que M. pudiera ver el acto surrealista que tanto me satisfizo. Lo que no intuí fue que, hoy, en el almuerzo, M. no dejara de hacer referencia al libro de Thomas Mann y a que alguien, alguna vez, se había tirado al suelo, con los brazos en cruz en el sótano de su casa. Cuando ella lo recordó, no tuve más remedio que traer de la memoria el libro de Thomas Bernhard, Sótano, y recordar que Thomas, siendo joven y tras leer el libro de Adrian Leverkun, cayó al suelo colapsado por la belleza y la sublimidad que se encerraban en la obra.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Transcribo las anotaciones que he escrito durante varios días en la estación de trenes. Todas están recogidas en mi moleskine y escritas con un bolígrafo que compré en Roma de tinta negra. Un bolígrafo especialmente pequeño, pero que otorga mucha comodidad para la escritura a primera hora de la mañana.

“4/X/2010. Después de introducir el abono del tren en la máquina, compruebo que los datos son correctos. En la primera lectura no percibo ninguna anomalía y, con un acto reflejo, guardo el billete en el bolsillo delantero de mi camisa azul. Sin embargo, pasados unos minutos, vuelvo a comprobar los datos que se han impreso en el billete movido por una extraña y repentina sensación de náusea. Efectivamente: coche tres, asiento ciento treinta y siete. Es el mismo dato que se repite en los veintinueve viajes pasados; las cifras que confirman que la existencia es el olvido de lo nunca recordado.

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“6/X/2010. Esta mañana, como me he levantado muy temprano, he querido parecerme a Paul Valéry. Por eso me he dibujado un rotundo bigote y he desaliñado el pelo con las manos. Al poco tiempo, he cogido un traje de chaqueta, me lo he colocado con riguroso acierto y he sacado un cuaderno, este cuaderno, cuando eran las cinco de la mañana. Al hilo de este dato tan minucioso, he de decir que llevo un mes sin dormir solemnemente y que el insomnio no me deja descansar como debiera. Aunque, por otro lado, gracias al insomnio, he terminado de leer algunos libros de Platón que nunca había leído. Al escribir todo esto, he querido, además, remedar las hechuras de Valéry y he encendido un purito de los que tengo en la mesa sólo por decoración, pues mis pulmones no soportan la reverenda contaminación y el adulterio al oxígeno puro. Estuve listo, repito, a las cinco y cuarenta minutos de la madrugada. Con un bolígrafo que compré e París hace cuatro años y que jamás utilicé hasta este momento en que quiero ser Valéry musculando el intelecto cuando la noche es reminiscencia y es laberinto y mi geografía sinfónica.

martes, 5 de octubre de 2010

Antes de ir a la estantería para abrir Libro del desasosiego, de Pessoa, pretendo recordar el pasaje en que el autor relata cómo se queda sólo, en la oficina, mientras todos sus compañeros de trabajo acuden a almorzar a la calle. Me resisto y quiero recordar que la situación bien pudo pertenecer a un fragmento de los Diarios, de Kafka o que, simplemente, he tenido el recuerdo del propio kafka creyéndose Pessoa.
Esta náusea física, como digo, náusea del alma como si nos hubiesen robado el poder ser antes de que todo sea, me hace levantarme y buscar el libro. Cuando caigo en la cuenta de que el libro está en la mesa del sótano, comienza a desarrollarse una bifurcación de la náusea que me lleva a escribir esto que lees a continuación: incluso hablar, hacerlo sin demora y sin límites sobre los temas más peregrinos, es una concesión demasiado generosa con los demás. Niego la palabra por modestia y por respeto, niego el diálogo si no es para la mayéutica.
Por las escaleras, expulso de la cabeza aquellos pensamientos que me impiden encontrar el libro con la celeridad que requiero. Pienso. El tedio del futuro es aún más melancólico cuando los ojos rezuman otredad; los propios ojos, expulsan trementina. Agarro el volumen y vuelvo por las escaleras al salón de la casa. Lo hago todo cn grandes zancadas, saltándome los escalones.

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“Envidio a todo el mundo no ser yo. Hoy, por ejemplo, cuando todos han ido a almorzar después del trabajo, me he quedado en la oficina, pero, ¿ no estaba con ellos, allí, con el pensamiento?”, escribió el portugués.

domingo, 3 de octubre de 2010

Hoy, descenso final, después de un tiempo soportando, con indignación, situaciones de condescendencia. No habrá más retrocesos, más tolerancia, más comprensión de posturas contrarias que tratan de imponerse a pesar de sus carencias. No habrá más concesiones ni más contenciones. Porque en cada una de esas confirmo que se diluye la idea que me poseía. A esta postura se le denomina carácter y, ya se sabe, carácter es destino. Las ideas están para servir a los hombres, como decía Camus. En este caso, la idea será defendida por un hombre, uno sólo, el único que la abriga internamente.

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Terminé de leer uno de los libros de poemas que me tenía comprometido esta semana. Lo terminé ayer, por la tarde, sofocado de gris y latigado de viento. Al término del ejercicio, pues la vida es sucesión de ejercicios, no sucedió lo que ocurre en otras ocasiones. Había utilizado el lápiz más de lo que tenía pensado, ya que me mantuve con atención flamenca escribiendo sobre él. La poesía la entiendo como revelación y no por ser más clara y comunicativa se hace más entendible, fue lo que pensé al final. Es revelación y único lenguaje, pensé de nuevo. Y cuando eso no se produce en un libro de poemas, no queda nada, ni siquiera intensidad, ni relámpago, ni misterio, pensé por último. Lo comunicativo enpoesía es una entelequia.

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En el sótano he encontrado un eco del que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Disfruto leyendo en voz alta algunos pasajes de Poe y otros de Rilke, algunos de Pessoa y más bien pocos de Platón. Cuando lo hago pienso en el eco que sucumbirá después en mis oídos. Las palabras devuelven a la lectura otro brío, una encarnadura vibratoria que me satisface. Intento modular el eco a las distintas lecturas y, por momentos, parezco un actor desentrañando un guión en un ensayo. Hasta M. ha bajado asustada preguntando qué había ocurrido. Nada, le dije, la palabra por sí misma figurada en los oídos. Esas especulares imágenes que recibían los oídos de sonidos que parecían pertenecer a otro texto, a otro autor, a otra realidad, no han devuelto nada al texto. No estaba Shakespeare en el monólogo que leí de Macbeth. No estaba Sócrates encicutado en el Fedón, como no lo estaban ni Cervantes, ni Lampedusa, ni Marco Aurelio. Sin embargo, cuando el poema de Rilke titulado Música, percibo que la acción se ha escapado de mi intelecto y de que ha surgido algo, acaso una conciencia, de la que no soy mentor. Si yo supiera, ay, para quién sueno…

sábado, 2 de octubre de 2010

Me sucedió en París a mí mismo y ahora le ocurre a quien escribe estos diarios.


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Comencé a escribir y yo estaba en París.


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Escribes estos diarios como te sucedió en París, ¿recuerdas?, en el Jardín de las Tullerías. No supiste dónde conducían esos tentáculos enormes que de pronto irrumpieron en aquella plácida tarde de otoño y que fueron, en definitiva, anotaciones de un diario. Estabas junto a M. y nunca antes habías pensado en escribir diarios y menos, mucho menos, en que otro se encargaría de hacerlo.

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Los observas detenidamente. Uno en París, otro sentado escribiendo con efusión unos diarios. Los dos con la mano agarrada a M., con fuerza. Los dos, desaforados, entregando la vida a las letras, a las hordas de la ficción. Los dos, figuras especulares, cóncava y convexa. Los dos, observando los tentáculos de la palabra.

viernes, 1 de octubre de 2010

Toda la tarde leyendo a dos poetas distintos. Uno, rubateando con las palabras. Otro, entregado a la frase hecha desde la percepción culta. Los dos, poetas. Qué demonios...


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Las dos señoras se sientan elante de mí, en el vagón tres, en una de esas mesas para cuatro viajeros. Lo hacen vivarachas y atentas a los pasajeros del vagón que, en su mayoría, y dada la hora, dormitan. El comienzo de su conversación no se hizo esperar, venían de Cádiz cargadas de acontecimientos recientes que estaban ansiosas de glosar la una a la otra. Sin embargo, el diálogo fue tomando otro cuerpo, comenzó a transitar por otros derroteros menosfestivos. Un hermano de la señora de la derecha acababa de morir recientemente tras una larga enfermedad. mientras todo esto fluía, mantuve el libro de L.A.C. abierto por un poema que se titula Lo que somos. Antes de bajarme del tren, escribí una esquina doblada en cualquier hoja en mi moleskine.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Qué sentido hay en que esté escribiendo en el sótano de una casa con la música de Beethoven, con la música de cámara, la sublime música final de cámara, la exacta melancolía que se impregna en esa música de cámara de Beethoven. Qué y quién escribe seguirán siendo enigmas constantes que no necesitan ser dilucidados. Escribir a diario, sin falta, con las manos esqueleteadas sobre un teclado que resiente sus años. Escribir sin más, escribir, no por necesidad ni por otra boutades que tanto gustan a los escritores, sino porque la vida se concentra en ello, ello es la vida, ello-vida, ellovida. Escribir en la profundidad de la tierra, metido en tierra, como si estuviera en un inmenso ataúd prematuro donde la vida brota incesante, bajo tierra, en silencio, perdón, en cuerda final de cámara.

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Esta mañana, al levantarme, he confirmado que he tenido el sueño de otro en mi cabeza. Duró toda la noche, con una persistencia desconocida para mí. Fue un sueño en otro, la invasión onírica de un individuo a otro individuo. Los límites, en ese ejercicio, eran invisibles; no existía la menor sensación de mortalidad. Esa misma sensación es la que manejo cuando comienzo a leer por las tardes: la mortalidad es anécdota ante la memoria continua de los libros. Ese sueño de la noche ocurría en un castillo, en la torre de un castillo cuyo techo estaba totalmente inscrito de sentencias y frases latinas y griegas. Había una notable biblioteca plurilingüe y un olor a humedad casi corrosivo para el organismo. Al leer aquellos apotegmas tallados en la madera con una caligrafía esbelta y erudita, tuve la sensación, como nunca antes había sucedido, de estar más cerca de esos textos. Entendí que la interpretación es apología de la cercanía mental y espiritual, de la catarsis in mente del lector. Justo en ese instante, en que el lector ocupa, por segundos, ínfimamente, el observatorio del escritor, se produjo el sueño, justo ahí, allí, en ese momento. Al despertar, junto a la cama, descansaban los volúmenes con los ensayos del autor francés que tanto había perturbado los sueños. El mismo libro que es materia de él mismo, de mí mismo, de todo ser humano, en definitiva.

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Deberías estar siempre en contrapunto, siempre en compases ternarios. Como un violonchello, deberías participar de la vida siempre a la retaguardia, en la zaga, observando cómo la melodía que trazan los solistas puede ser reconvertida en los bajos de la humanidad. Estar a la espera para revocar la pronunciación del amanecer, la dicción de la tarde, el bostezo profundo y energúmeno de la noche que es lo sublime.

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Kant distinguió lo sublime de lo bello. Dijo: “La noche es sublime, el día es bello”. En este paradigma de definiciones, intento consignar una diferencia estética y ética que me permita comprender la sentencia. Para ello, lo escribo en una pared del sótano, con letra de gran dimensión, perceptible desde el fondo. La dejo descansar para luego recurrir a ella.
Sigo leyendo a Kant y subrayo lo siguiente: “Lo sublime ha de ser sencillo”. Bastante tiempo llevo hablando, en distintos foros, de la necesidad de la naturalidad en el arte. La naturalidad como el sustento de lo sublime, la sencillez, como poseen las pirámides de Egipto, para alcanzar lo grande y eterno. Creo que todo apunta al asombro inmóvil, la vida quieta, el movimiento perpetuo en lentitud.

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>, peces en blanco.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las palabras no provienen de la revelación, sino de la memoria. No proviene el hallazgo del conocimiento nada más que de lo leve, especular y auroral que encierra la palabra.
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Tal vez convendría adecentar la sintaxis de algunas frases demasiado manidas. Por ejemplo, enfrentarse a los problemas de la vida. Después de observar un rato el efecto semántico de la misma, creo que en puridad queremos decir el problema de la vida.

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Si alguna vez pudiera comprender quién y qué soy.
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Decía Sartre que uno habla con su propia voz pero escribe con la de otros. En esa sentencia, tan atinada, cabría añadir que la propia voz es siempre plural, siempre de los otros que nos habitan.

martes, 28 de septiembre de 2010

He afirmado demasiadas veces que desearía ser invisible y no por escribirlo a cada momento el hecho llegará a consumarse materialmente. Sin embargo, me he dado cuenta de que la táctica que más me conviene en estos momentos es mantenerme a escondidas y en celada, ajeno a todo tumulto y soslayando todo encuentro que me desagrade. En efecto, la cercanía a la misantropía es una amenaza, pero no la considero de peor calado que la banalidad y el absurdo. No he de derramar más tiempo en los otros porque no quiero pertenecer a sus coartadas en la vida; no he de desprenderme de más vida si no es para lo esencial que, aun siendo desconocido, brujulea los días y los mundos. El solipsismo siempre fue una añoranza y una necesidad. Hoy más que nunca.

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Toda la tarde engolado con Fedro, de Platón, mientras invade el sótano el Impromptu Op. 90. N.1, de Schubert.

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La vida de la voz, eso es la poesía.

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En cualquier caso, nunca escribo buscando el enfrentamiento con un interlocutor que no sea yo mismo, antes al contrario, las palabras larvan y horadan en las profundidades del individuo y, en esas abisales estancias, el verbo es un desboque del alma.

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A veces, cuando comienzo a leer un libro de poemas con la intención de escribir sobre él, me sucede. No puedo remediarlo, es un desamparo y una desesperanza que me conducen a la agrafía. Como en arpegio, la sensación de los versos configura un poso liviano que se resguardadas de los días. Permanecen, entonces, algunos versos en el reino blanco de la palabra viva, de la palabra que se aposenta en la memoria que auguran los volúmenes de una biblioteca. A pesar de nuestra incapacidad por entender el mundo el mundo existe y la memoria es prodigio de la multitud. Por eso es tan poderosa y tan pétrea, tan pródiga de luces y de verdades.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Una furia incontenida ausente de palabras, de palabras, una furia incontenida. Una mirada que abarca el aire con el desafío de un dios olímpico, con el desafío de la nada entre las manos, de la húmeda niebla que transita entre los días, que siega lentamente el iris de la conciencia. Un llanto en la tarde con el proteico meditar de la especie; diluido en la especie he llorado como en una cueva antigua en la que la decoración era una desfiguración de mi rostro escrito.

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Las páginas de miles de libros conviven con nosotros. Toda la realidad nombrada en ellos las pienso como túneles interminables que bifurcan nuestras vidas y las extienden hasta no sabemos dónde. Como una suerte de formas concéntricas he observado la biblioteca. Me he detenido ante ella y he llevado mis manos por los lomos de los libros, como si estuviera rozando un teclado. He imaginado los millones de palabras que jamás leeré; he proyectado a otro lector futuro en ellas, a otro lector en que me inserto, a pesar de la finitud, con estas palabras deseosas. La lectura es un ejercicio de humanidad creada por el hombre para concienciarlo de su ser. Por este motivo, todo lector termina enfrentándose no a un montón de celulosa y de páginas, sino a su propia figura proyectada en esa incapacidad. No hay que rehuir la finitud, sino más bien aprehenderla, para poder integrarla en nuestra conciencia. No hay que huir ni llorar por lo que somos, por nuestras mezquindades, por nuestras vilezas, por las pérdidas de vida que continuamente otorgamos a los días. No somos más que aventuras pasajeras de un sueño proscrito, de un emblema de la voluntad. No somos más que una palabra, ni siquiera aspiramos a convertirnos en un verbo perpetuo e insonoro. En cualquier caso, alguien que haya abierto un libro y haya comprobado que lo humano se encuentra en ellos, en el resguardo de la memoria, deseará encontrarse con la tierra, con las cenizas, avivando la atmósfera de los otros como antes lo hacía en cada momento, en cada estación del estarse fugitivo.

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Son estos meses de una incertidumbre terrible. Colapsado. Así me encuentro frente a todo, en un maremágnum irresoluble en que se teje la escritura, la lectura, la vida, la conciencia de la muerte. Hay golpes de la muerte en la vida que vienen a dictarnos sentencia. Hay golpes, yo no sé, tan férreos que no tienen procedencia, que aparecen como del alba en la mañana, sin origen ni pretensión. Hoy, por ejemplo, mientras iba al trabajo, vislumbré una loma desierta, sólo poseída por el frescor de la madrugada. Había una quietud de óleo en su contorno, pero sin embargo, en la negrura de sus raíces, en la profundidad de la tierra embarrada, percibí más vida que nunca, más brote que nunca, más muerte que nunca.

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Alguien me pregunta, de nuevo, qué escribo a parte de este diario. Si poseo proyectos secretos preparados para premios. Rápidamente, como la situación la vivo de vez e cuando, le contesto con alevosía: no sé escribir en tiempo muerto, en borradores, para calentar la muñeca ni para querer aparentar que esto son sólo bagatelas. Frente a la palabra el hombre no tiene elección, el escritor tampoco.